El G7 ante los nuevos desequilibrios de la globalización: seguridad económica, rivalidad con China e inteligencia artificial en la Cumbre de Évian
- 29 jun
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Artículo escrito por: Javier Angulo Perojil y Rocío Iglesias Cassinelli.
En un mundo cada vez más fragmentado por tensiones geopolíticas, crisis económicas y desafíos climáticos, emerge uno de los foros de cooperación más influyentes en la comunidad internacional: el G7. También conocido como el Grupo de los 7, los Grandes 7, o en inglés, Big Seven, se trata de una serie de reuniones anuales donde los líderes políticos de los siete países más influyentes del mundo se sientan a la mesa para definir las líneas de acción y coordinar políticas en temas relacionados con el comercio, la tecnología, el cambio climático y la seguridad.
¿Qué es el G7?
Nacido en los turbulentos años setenta como propuesta frente a las acontecidas Guerras del Petróleo y el colapso del sistema de tipos de cambio fijo, comenzó como un marco para tratar cuestiones puramente económicas y monetarias. Sin embargo, a lo largo de los años el G7 ha ido añadiendo temas a su repertorio que van más allá de la cooperación meramente económica: se han incluido en la agenda cuestiones relacionadas políticas de desarrollo (como pasó en 1988 en el G7 de Toronto, donde uno de los puntos de debate propuestos fue el apoyo al continente africano), también aquellas relacionadas con la lucha contra el cambio climático, cuestiones sociales (como la creación de empleo y la protección social), y todo aquello relacionado con las grandes crisis y conflictos (como la crisis de Libia, el conflicto sirio, la situación de Fukushima, la crisis de la deuda pública europea o la anexión de Crimea, entre otro).
De tal forma, el Grupo de los Siete se ha logrado consolidar como el club de las democracias ricas, donde los países más potentes (en el presente: Estados Unidos, Alemania, Japón, Canadá, Francia, Italia y el Reino Unido), pueden reunirse de forma informal en una Cumbre que organiza el país que ostente la presidencia ese año. Por esta misma razón, donde no se tiene una sede fija ni la formalidad clásica de las organizaciones, el G7 es un foro internacional donde se definen posiciones coordinadas y no una organización internacional clásica como las Naciones Unidas.
En ese sentido, tampoco tiene personalidad jurídica ni un tratado fundacional único- Tampoco posee una secretaría permanente. Estas son características propias de cualquier organización internacional clásica que el G7 no tiene, por lo que cabe destacar que es un foro internacional y no una organización con su organigrama de órganos permanentes. Por tal, no habrá una resolución o una directiva del G7 como sí de la Unión Europea o de la ONU, sino que las decisiones que se tomen dentro de estas charlas suelen ser publicadas como comunicados conjuntos entre las Naciones.
Évian y los desequilibrios de la globalización
De este modo, la cumbre, celebrada entre el 15 y el 17 de junio en Évian, dejó una imagen muy clara del panorama internacional actual. No porque el G7 saliera de allí con una fórmula para ordenar el mundo o resolver las tensiones actuales. Más bien todo lo contrario. Évian sirvió para dejar al descubierto algo que realmente nunca dejó de estar presente: la globalización ha dejado de sentirse como una promesa cómoda de apertura, eficiencia y crecimiento compartido. Ahora hablar de este concepto significa debatir sobre vulnerabilidad, dependencias, rutas inseguras, deuda, escasez de minerales críticos, inflación, crimen organizado y sobre la dificultad de mantener cohesionado un sistema que reparte cada vez peor sus beneficios.
La presidencia francesa pretendió situar los desequilibrios mundiales en el centro del debate, lo cual no es un detalle banal. Durante décadas, las grandes economías avanzadas defendieron un tipo de globalización basada en la apertura de mercados, la integración productiva y la circulación rápida de capitales, bienes y tecnología. El problema es que esa integración no generó las mismas capacidades para todos. Algunos países acumularon industria, innovación, financiación y margen político. Otros quedaron atrapados en una posición más delicada: proveedores de materias primas, receptores de deuda, economías vulnerables a los shocks externos y Estados con poco espacio para decidir su propio modelo de desarrollo a medio plazo.
Ese es uno de los puntos más importantes para entender la relevancia de lo debatido en Évian. El G7 habló de crecimiento equilibrado, duradero y resiliente, pero esas palabras solo tienen sentido si se mira quién puede permitirse crecer y quién simplemente intenta resistir. Una economía avanzada puede aprobar subsidios industriales, reforzar reservas energéticas, reorientar cadenas de suministro o movilizar inversión privada con cierta rapidez, pero muchos países de renta media o baja no pueden partir de ahí. Tienen deuda elevada, monedas expuestas, dependencia alimentaria o energética, menor acceso a financiación barata y una presión social más inmediata. Para ellos, una subida del petróleo, una restricción en fertilizantes o un encarecimiento del transporte marítimo significa una pérdida de estabilidad política.
Respecto a los conflictos actuales, también hubo palabras y decisiones. Sin ir más lejos, Ucrania, como viene siendo habitual, estuvo presente. Sería incongruente pensar que una cumbre del G7 no tuviera en cuenta la guerra y sus consecuencias para la seguridad europea. Los líderes reafirmaron nuevamente su apoyo a Kiev, la defensa de su soberanía y la necesidad de aumentar la presión sobre la economía de guerra rusa. La guerra sigue ordenando prioridades occidentales en defensa, energía, sanciones e industria, aunque ya no basta para explicar toda la agenda. La seguridad europea actualmente tiene que convivir con preocupaciones más amplias: la estabilidad comercial, el acceso a recursos estratégicos, las tensiones en Oriente Próximo, el ascenso del Indo-Pacífico y la resistencia de un orden económico cada vez más discutido.
Oriente Próximo sí apareció como una de las zonas donde la economía mundial deja de ser una abstracción y vuelve a depender de variables muy concretas: estrechos marítimos, capacidad de exportación, reservas energéticas, seguros de transporte, sanciones, equilibrios militares y credibilidad diplomática. El acuerdo preliminar entre Estados Unidos e Irán fue presentado en Évian como una oportunidad para rebajar la tensión regional, pero conviene leerlo más como un mecanismo provisional de contención que como una paz consolidada. Su fragilidad era evidente: dependía del expediente nuclear iraní, de la posición de Israel, de la presión sobre Hezbolá en Líbano, de la situación humanitaria y política en Gaza, del levantamiento o mantenimiento de sanciones, y de la reapertura segura del estrecho de Ormuz. Este último punto es central.
Ormuz no es solo una referencia geográfica entre Irán, Omán y Emiratos Árabes Unidos; es uno de los principales cuellos de botella energéticos del planeta, transitando por la zona en torno a una quinta parte del suministro mundial de petróleo y una parte sustancial del gas natural licuado procedente del Golfo. Cuando el G7 insiste en la libertad de paso, no está defendiendo únicamente un principio jurídico de navegación, sino una condición material para la estabilidad de precios, la seguridad energética y la continuidad del comercio internacional.
La importancia de Ormuz se entiende mejor si se observa la cadena de transmisión económica que activa cualquier tensión en la zona. Una amenaza de cierre, una reducción del tráfico o una militarización del paso no afecta solo al precio del barril en los mercados internacionales. Así, introduce una prima de riesgo geopolítica sobre el crudo; encarece los fletes, altera las pólizas de seguro marítimo, obliga a redirigir cargamentos, tensiona las reservas estratégicas y presiona a los países importadores más dependientes de Asia y Europa. Ese impacto termina filtrándose hacia la electricidad, los combustibles, los fertilizantes, el transporte de mercancías y, finalmente, los precios al consumo.
Por eso Oriente Próximo no aparece en Évian como un asunto regional, sino como un espacio donde se cruzan seguridad, energía, inflación y gobernanza económica. La región muestra con claridad uno de los grandes desequilibrios de la globalización: buena parte del sistema productivo mundial funciona bajo la apariencia de fluidez, pero depende de pasos estrechos, acuerdos inestables y actores capaces de convertir una crisis local en un problema macroeconómico global. En ese punto, la geopolítica no interrumpe la economía desde fuera; forma parte de su propia estructura.
La globalización depende de lugares que muchas veces no controla. Esa frase resume bien el papel de Oriente Próximo en la cumbre. Las grandes economías pueden diseñar estrategias de diversificación, aumentar reservas o pedir libertad de navegación, pero siguen dependiendo de espacios políticamente inestables para sostener una parte importante de su seguridad energética. En este punto apareció uno de los puntos débiles del G7: quiere un entorno económico estable y predecible, aunque parte de ese entorno descansa sobre regiones atravesadas por guerras, bloqueos, rivalidades históricas, intereses militares y Estados debilitados.
El Indo-Pacífico también ocupó un lugar relevante en la agenda, aunque desde una lógica distinta a la de Oriente Próximo. Allí la preocupación no era tanto la libertad de navegación o el equilibrio militar en los mares de China Oriental y Meridional, más bien cómo esto afecta directamente a la organización futura de la producción mundial. El mar de China Meridional es una de las arterias comerciales más sensibles del planeta: por sus aguas pasaron en 2016 alrededor de 3,4 billones de dólares en comercio marítimo, cerca de un tercio del comercio global transportado por mar, y estimaciones posteriores lo sitúan en torno al 5% del PIB mundial. A esa dimensión logística se suma la concentración tecnológica de la región. Taiwán ocupa una posición central en la fabricación de semiconductores avanzados a través de TSMC, mientras el mercado global de chips podría superar los 1,5 billones de dólares en 2030 impulsado por la inteligencia artificial y la computación de alto rendimiento. Esto convierte cualquier tensión en el Indo-Pacífico en algo mucho más amplio que una disputa regional: una crisis en la zona puede afectar a automóviles, teléfonos, defensa, inteligencia artificial, energías renovables, electrónica de consumo y producción industrial en Europa o Norteamérica.
China, en ese marco, no puede reducirse a una simple amenaza. Es competidor estratégico, socio comercial, potencia tecnológica, centro manufacturero y actor indispensable para muchas cadenas de valor. Precisamente, el hecho de que Pekín concentre todos estos procesos, es el motivo de preocupación principalmente del G7 en este sentido: China domina alrededor del 90% del procesamiento mundial de tierras raras, conserva una posición muy fuerte en materiales críticos y puede condicionar sectores enteros mediante controles de exportación, subsidios industriales o presión comercial.
De hecho, el G7 planteó en Évian reducir la dependencia de un único proveedor externo en minerales críticos por debajo del 60% para 2030, con el objetivo posterior de acercarse al 50%, empezando por pilotos en litio y níquel. Durante años, la globalización premió producir donde resultara más barato y eficiente. La pandemia, la invasión rusa de Ucrania, la crisis energética y el pulso tecnológico con China cambiaron esa lectura. La pregunta ya no es dónde se produce a menor coste, sino qué ocurre cuando una potencia concentra materiales, rutas, tecnología y capacidad industrial suficientes como para convertir una ventaja económica en poder geopolítico.
Por eso los minerales críticos tuvieron tanta presencia en Évian. Litio, níquel, tierras raras, imanes permanentes, baterías, semiconductores, tecnología digital, defensa, transición verde. Todo eso suena a futuro, pero descansa sobre minas, refinerías, barcos, puertos, contratos y Estados con intereses propios. La economía limpia también se encuentra influenciada por la geopolítica, y, además, no siempre es limpia. Se hablaron términos de diversificación, almacenamiento, reciclaje, trazabilidad o cooperación con socios, pero son acciones que nacen de un proceso progresivo que requiere inversión, acuerdos, tecnología, estabilidad política y aceptación social. La autonomía estratégica queda muy bien en un comunicado, pero convertirla en realidad es muy complejo según el contexto.
En este aspecto, lo que deja la cumbre celebrada en territorio galo es una imagen bastante nítida de la opinión de estos estados sobre los desequilibrios que atraviesa la globalización actual, más que una valoración definitiva. Ucrania, Oriente Próximo, el Indo-Pacífico, los minerales críticos, la deuda o la seguridad de las rutas comerciales aparecen como asuntos remitidos a una misma realidad: el crecimiento mundial depende de cadenas, territorios y recursos que no están distribuidos de forma equilibrada ni protegidos frente a conflictos.
Se puede tensionar energía, defensa o industria con un solo movimiento, como en Ucrania; se puede desestabilizar una economía en base a un estrecho, una región o unas reservas de hidrocarburos, como en Oriente Próximo; y se puede generar una disputa entre rutas, capacidad industrial e influencia geoestratégica con otras potencias en un largo plazo, como en el Indo-Pacífico. Todos los acontecimientos tratados muestran que la globalización funciona, pero ya no es neutral -principio que acompañó durante décadas al comercio internacional- y necesita de una moderación, diversificación y principios que no socaven una economía con un movimiento. La interdependencia se planteó como una garantía de estabilidad y como un desincentivador para romper el sistema, pero está tornando en exposición y vulnerabilidad. Por eso los desequilibrios no son sólo una cuestión de riqueza entre países, sino de capacidad para resistir. Algunos Estados pueden diversificar, almacenar, subsidiar o reindustrializar. Otros llegan a cada crisis con deuda, dependencia energética, menor margen fiscal y una posición más débil en las cadenas de valor.
El G7 se suma al boom de la inteligencia artificial
Por su parte, otro de los temas en la agenda fue el de la tecnología, un ámbito que en el siglo de la revolución digital ha cobrado gran significado y relevancia. En ese sentido, destacaron dos elementos: la búsqueda de los países reunidos para alcanzar un espacio digital más seguro para los menores, dotándolos de las herramientas necesarias para detectar posibles acciones ilícitas y de terrorismo en el ciberespacio; y también la inteligencia artificial (IA), el componente con más apogeo en los debates de actualidad y el cual, por ende, ocupó un rol central en la Cumbre.
Respecto al primero, los miembros del G7, así como países socios del grupo como Brasil, Egipto, India, Kenia y la República de Corea, han reconocido la infinidad de oportunidades que el espacio digital representa para la sociedad y sobre todo para los menores, por lo que han resaltado la importancia de proveer todas las herramientas necesarias para que la tecnología pueda impulsar la educación, salud, creatividad y conexiones sociales en la juventud. No obstante, también han destacado los peligros que puede suponer la tecnología, por lo cual en el comunicado conjunto titulado "Leaders call on a safer digital space for minors", los lideres reunidos en el G7 acordaron intercambiar buenas prácticas y reforzar sus esfuerzos para hacer del ciberespacio un lugar más seguro. En ese mismo texto, también subrayaron el rol de las figuras paternas y educativas para enseñar acerca de su uso seguro, mas no proveyeron muchas más indicaciones que esas.
En cambio, donde realmente se tomó una política más contundente fue respecto a la inteligencia artificial, que, como se comentaba, fue la gran protagonista durante las reuniones dedicadas a la tecnología. En esa línea, destacaron los comentarios del presidente francés y anfitrión de la cumbre de este año, Emmanuel Macron, quien ratificó que los líderes reunidos habían expresado su interés en potenciar sus economías mediante el uso de la inteligencia artificial, pero que también eran conscientes de los peligros que podía suponer si se permite que siga avanzando sin un marco internacional común y estándares comunes para todos.
Frente a ello, el presidente también destacó el consenso sobre la importancia de la cooperación internacional en materia de IA, e hizo pública la decisión de los siete países de lanzar un trabajo en conjunto para alcanzar una regulación de los modelos avanzados de IA que logre blindar su desarrollo frente a posibles amenazas globales, como los ataques contra la ciberseguridad, o directamente contra el hecho de que los modelos más avanzados puedan caer en manos de regímenes autoritarios. Para alcanzarlo, pactaron construir en los próximos meses una plataforma de discusión y de cooperación entre democracias para enfrentar los riesgos de la IA, donde se establecerían estándares comunes y se pondrían en común formas de mejorar la seguridad digital. Además, para conseguirlo, también le solicitaron a los expertos en ciberseguridad del G7 identificar las mejores prácticas en el ámbito de la IA y mejorar la comunicación y el intercambio de ideas con los organismos de ciberseguridad e instituciones pertinentes en los grupos del foro.
En este contexto de debate en el foro del G7, también destacó la iniciativa presentada ante los líderes de los siete países por OpenAI (creadora de ChatGPT), Google DeepMInd (Gemini) y Anthropic (Claude), las tres empresas más grandes de IA. Según presentaron los CEOs de las tres desarrolladoras, la idea es poder formar una coalición internacional liderada por Estados Unidos, con la capacidad de controlar esta nueva tecnología a nivel mundial.
Durante uno de los almuerzos de la cumbre, Demis Hassabis, Sam Altman y Dario Amodei, altos cargos de las empresas mencionadas, siguieron la línea de debate de los representantes de los siete países y también llamaron a la cooperación internacional. Por ejemplo, Hassabis y Altman propusieron un organismo de estándares y un foro de evaluación que estuviese liderado por la potencia americana, algo que fue bien recibido por algunos de los altos cargos allí presentes, como el viceprimer ministro canadiense, Mark Carney. Por su parte, Amodei, director ejecutivo de Anthropic, resaltó que los países allí reunidos debían resistir la tentación de fragmentarse y defender el deber de las naciones democráticas de actuar de forma conjunta por una IA más segura. De tal forma, entre sus propuestas destaca la intención de bloquear a China para que no acceda a cadenas de suministro de chips y componentes críticos.
No obstante, aunque este escenario parece idílico, la realidad es que las propuestas de cooperación llegan en un momento bastante crítico para la IA, especialmente para Estados Unidos, y específicamente para Claude, cuyos nuevos modelos Mythos 5 y Fable 5 fueron bloqueados por la Administración Trump para todos aquellos usuarios no estadounidenses. Una política que, si bien pretendía evitar problemas de seguridad (pues las actualizaciones de Anthropic podían ser utilizadas para encontrar fallas informáticas aprovechables durante ciberataques), fue también criticada por nacionalistas, como lo hizo el presidente Macron, quien insistió en que “la respuesta no puede ser la no cooperación entre democracias”.
Por su parte, esta nueva plataforma de diálogo que parece comenzar a formarse demostrará ser el nuevo juego de ajedrez de los próximos meses. Una contienda donde quedará claro a qué países el G7 considera aliados, democráticos y/o posibles socios, y cuáles son los que integrarán la lista de amenazas autoritarias de las que los siete grandes quieren protegerse. En ese sentido, una de las potencias que probablemente encabece esa lista sea China, principal competidora de los modelos de inteligencia artificial occidentales, y la cual, junto con Rusia, ha sido puntera dentro del bloque que pretende cortar el flujo libre de datos transfronterizos.
La gran crítica al G7: ¿dónde está China?
Cuando de potencias económicas se habla, es verdad que siempre destaca la posición de Estados Unidos como la más importante, con un PIB de 32,38 billones de dólares según datos de 2026 del Fondo Monetario Internacional. Sin embargo, según los rankings de esta misma organización, quien le continúa en el segundo puesto del podio es China, con un valor de 20.85 billones de dólares, seguida por Alemania, con 5.45 billones de dólares, Japón con 4.38 billones de dólares, Reino Unido con 4.26 billones, India con 4.15 billones y Francia con 3.6 billones e Italia con 2.74 billones.
Esta enumeración engloba claramente a los siete integrantes del G7, pero, ¿por qué China no está allí si sobrepasa con creces a la segunda potencia más fuerte dentro del foro? ¿Cómo es posible que estén invitadas potencias con una media de 4 billones de dólares en PIB, y no una con más de 20,85 en la Cumbre de las potencias económicas más importantes del mundo? Claramente algo en la organización del club de los siete no cuadra, y esa es una de las críticas que se le hacen desde que China se ha convertido en un referente económico global.
Preguntas como las anteriores a veces son ignoradas por los altos mandatarios, otras veces, se justifican en que la República Popular de China no comparte los mismos valores que tiene el foro (lo cual tampoco es completamente mentira). La idea es poder hacer que el boleto de entrada al club de la élite sea mantener una sociedad abierta y democrática, que esté comprometida con los valores individuales, algo que el régimen de Xi Jinping no cumple y lo hace quedarse fuera. Mas la pregunta realmente sigue siendo si realmente puede abordarse la gobernanza económica mundial sin contar con el segundo mayor motor del crecimiento global.
Que el G7 siga sin incluir a China hace ver al foro como una coalición frente a la potencia asiática, una reunión de líderes que, más que coordinarse, buscan encontrar formas de aislarla de las cuestiones importantes en las que le correspondería participar. El mismo queda en parte demostrado con las charlas en el foro de este año respecto a los minerales críticos y a la propuesta de reducir la dependencia para con este país en un 50% lo antes posible.
Pero más allá de esto, lo que la falta de China dentro de las reuniones pregona es el posible declive del G7 como la cumbre de excelencia a la que cualquier país debería desear entrar. El no contar con su presencia puede suponer un error estratégico a futuro que alimenta la percepción de que Occidente pretende preservar estructuras incapaces de readaptarse, y que su única intención es mantener un orden mundial donde sus valores dominen en vez de la cooperación global que se pretendió luego de la Segunda Guerra y con la Carta de las Naciones Unidas.
Évian y por qué el poder ya no cabe en siete sillas
La reunión del G7 deja una lectura ciertamente incómoda, pero bastante clara: el G7 sigue siendo un foro informal significante, pero no basta para ordenar el mundo. Su influencia continúa siendo enorme, debido a que reúne economías con capacidad financiera, diplomática, tecnológica y militar más que suficiente para coordinar sanciones, lanzar mensajes políticos, marcar prioridades e influir en la conversación internacional. Pero estas capacidades conviven con una limitación relevante: no es una OI clásica, ni representa al conjunto de la comunidad internacional. Su informalidad inherente, que durante muchos años le permitió crecer, también destapa sus límites.
De hecho, Morgenthau (1948) ayuda a leer bien esta contradicción cuando plantea que la política internacional se entiende desde el interés definido en términos de poder, debiendo pensar en el interés nacional como “poder entre otros poderes”. El G7 encaja perfectamente en esa lógica, aunque quizá de una forma menos cómoda para su propio relato. Sus miembros hablan de cooperación, estabilidad, valores democráticos y gobernanza global, pero también pretenden preservar margen, influencia y capacidad de decisión en un sistema que ya no controlan como lo hicieron tradicionalmente. Évian no es solamente una cumbre reactiva ante los conflictos y desafíos globales; más bien fue un intento de conservar posición en un orden internacional donde China, India, el Golfo, Brasil o el Indo-Pacífico ya no son actores secundarios, sino piezas que condicionan comercio, energía, tecnología, deuda y cadenas de suministro.
A ese límite estructural al foro, se le suma una dimensión humana, menos visible en los comunicados, pero importantes en las reuniones: la política internacional también está hecha de egos. Lo señalaba nuestro colaborador Andrés Torres Amaro (2026) en su artículo para Naciones en Ruinas sobre el encontronazo entre Meloni y Trump: los liderazgos no son canales neutros de los intereses del Estado. Todos ellos arrastran ambiciones, inseguridades, relatos propios y una necesidad constante de demostrar autoridad. En una cumbre como el G7, esos gestos pesan y expresan más allá de una posición nacional; también forma parte de una disputa por protagonismo, credibilidad y control del relato en un foro en el que también hay ciertas diferencias.
Por eso estas cumbres tienen algo de teatro serio. Erving Goffman (1956) explicaba la vida social desde la idea de la representación: hay escenario, audiencia, papel, gesto y control de la impresión. El G7 funciona muchas veces así. La fotografía familiar, el comunicado conjunto, la frase medida, la tensión entre líderes, la ausencia de ciertos actores y la presencia calculada de otros forman parte de una coreografía política. La escenografía no sustituye al poder, pero sí que lo acompaña, y a veces eso incluso lo esclarece mejor que un comunicado final.
La cumbre de Évian, en este sentido, no cierra absolutamente nada. Más bien deja incógnitas abiertas en torno a la siguiente cuestión: ¿hasta dónde puede llegar un foro que conserva tanta capacidad de influencia, pero cuya legitimidad es cada vez más complicada de sostener en un mundo más plural, competitivo y menos dispuesto a aceptar direcciones heredadas? Esto no significa que el G7 deje de ser relevante. Importa mucho, pero ya no bastan siete sillas para decidir por ocho mil millones.




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