Elecciones Etiopía: análisis político, resultados y desafíos para la democracia con Abiy Ahmed
- 20 jun
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Hay países cuya historia parece diseñada para desafiar cualquier resumen. Etiopía es uno de ellos. El Estado independiente más antiguo de África, uno de los pocos que escapó a la colonización europea, la cuna de la histórica “Lucy”, uno de los fósiles humanos más antiguos conocidos o el asiento de la Unión Africana. Un Estado que lleva milenios existiendo y que, sin embargo, sigue sin encontrar la forma de gobernarse sin que alguien acabe aplastando a alguien.
Hoy, más de 50 millones de etíopes están llamados a las urnas. Y la pregunta no es quién va a ganar, sino qué significa votar cuando el resultado está más o menos decidido de antemano.
Un país que siempre prometió más de lo que cumplió
Para entender dónde está Etiopía hoy, hay que hacer un pequeño viaje hacia atrás. Hasta 1974, el país vivió bajo el mando del emperador Haile Selassie, figura icónica en el mundo, inspiración para el movimiento rastafari, símbolo del África no colonizada, pero también monarca absolutista que gobernó con mano de hierro. Cayó en un golpe militar que alumbró algo peor: el Derg, el régimen marxista-leninista del general Mengistu Haile Mariam. Los años de Mengistu son sinónimo de "Terror Rojo", de purgas masivas, de la hambruna de 1983-1985, la cual mató a casi un millón de personas mientras el régimen seguía exportando café para pagar armamento soviético.
En 1991, una coalición rebelde liderada por el Frente de Liberación Popular de Tigré (TPLF) derrocó a Mengistu y llegó al poder bajo el paraguas del Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (EPRDF). Llegaron con promesas de democracia. Aprobaron una constitución federal en 1994, dividieron el país en regiones según etnias, el llamado federalismo étnico, celebraron elecciones desde 1995. Y luego gobernaron durante casi treinta años como si todo aquello hubiera sido puro formalismo. En 2015, el EPRDF ganó los 547 escaños del parlamento. Los 547. Sin dejar ni uno a la oposición.
Así que cuando en 2018 llegó Abiy Ahmed, joven, carismático, con un discurso de reconciliación que sonaba a otra cosa, mucha gente, dentro y fuera de Etiopía, quiso creerle. Y durante un tiempo, había razones para hacerlo.
El hombre que ganó el nobel y luego declaró la guerra
Abiy Ahmed tiene 49 años y una trayectoria que parece escrita por alguien con sentido del drama. Llegó al poder el 2 de abril de 2018 en un momento de crisis: oleadas de protestas de los oromos y los amharas, las dos etnias mayoritarias, habían forzado la dimisión de su predecesor. Abiy prometió ruptura. Y al principio, cumplió: amnistió a miles de presos políticos, legalizó partidos que llevaban años prohibidos, conformó el primer gobierno paritario de la historia del país y firmó la paz con Eritrea, cerrando un conflicto que llevaba veinte años abierto. En 2019, la Academia sueco-noruega le dio el Premio Nobel de la Paz.
Un año después, declaró la guerra a sus compatriotas del norte.
En noviembre de 2020, Abiy lanzó una ofensiva militar contra la región de Tigré, gobernada por el TPLF, el mismo partido que había dominado Etiopía durante décadas y que se negó a disolverse cuando Abiy refundó el partido gobernante como Partido de la Prosperidad (PP). La guerra duró dos años. Causó, según investigadores de la Universidad de Gante, al menos 600.000 muertos. Una de las mayores catástrofes humanitarias del siglo XXI, que ocurrió prácticamente en silencio mediático global.
El acuerdo de paz de Pretoria, en noviembre de 2022, detuvo los combates. No resolvió nada. La región de Tigré vuelve a quedar excluida de las elecciones de hoy por "inestabilidad política y de seguridad". En enero de 2026, hubo nuevos enfrentamientos. En mayo, el TPLF, ilegalizado y perseguido, anunció la restauración de su propio gobierno regional. El conflicto sigue latente.
¿Cómo se vota en un país así? ¿Qué legitimidad tiene una elección que ni siquiera puede celebrarse en una de sus regiones principales?
Una oposición que existe pero no puede ganar
Oficialmente, 47 partidos concurren a estos comicios. El número suena a pluralismo. Pero los números, en la política etíope, mienten con facilidad.
El PP llega con 457 de los 547 escaños actuales. Controla el aparato estatal, los medios públicos, los recursos del gobierno. En Oromía, la región más grande del país, que aporta 178 escaños al parlamento, el Ejército de Liberación Oromo (OLA), ilegalizado como organización terrorista, combate a las fuerzas federales. Los partidos próximos a ese espacio político están fuera del juego. En ocho circunscripciones de la región de Amhara, tampoco ha habido votación por razones de seguridad.
Los partidos que sí participan, como EZEMA, Ciudadanos Etíopes por la Justicia Social, liderado por Berhanu Nega, llevan años denunciando intimidación, obstrucción de candidaturas y manipulación del proceso electoral. Tras las elecciones de 2021, EZEMA presentó 207 quejas formales. No prosperó ninguna. No es que la oposición esté prohibida. Es algo más sutil y quizá más perverso: existe, puede presentarse, puede hablar. Simplemente no puede ganar.
Y cuando las reglas del juego están diseñadas para que solo pueda ganar uno, llamar a eso democracia requiere cierta generosidad semántica.
El contexto que lo explica todo
Etiopía no es una isla. Lo que ocurre aquí tiene consecuencias en toda una región que lleva años en ebullición.
Al norte, la tensión con Eritrea, la misma con la que Abiy firmó la paz que le valió el Nobel, no ha desaparecido. En 2026, los dos países se acusan mutuamente de provocaciones militares y apoyo a grupos rebeldes en sus fronteras. Al oeste, la guerra en Sudán crea flujos de refugiados y acusaciones cruzadas. Al norte, la disputa con Egipto y Sudán por las aguas del Nilo Azul —donde Etiopía construyó la Gran Presa del Renacimiento— sigue sin resolverse y tiene el potencial de convertirse en un conflicto regional de primer orden.
Asimismo, Abiy lleva meses lanzando señales sobre su aspiración de recuperar el acceso al mar Rojo, perdido cuando Eritrea se independizó en 1991. Una aspiración que en enero de 2024 cristalizó en un memorándum con Somalilandia, territorio no reconocido internacionalmente, que provocó una crisis diplomática sin precedentes en la región.
¿Puede un gobierno enfrentado a tantos frentes simultáneos gestionar también una apertura democrática real?
Es una pregunta honesta, sin respuesta fácil.
Resultados
Las urnas han empezado a ofrecer las primeras respuestas. Y, al menos por ahora, confirman buena parte de las previsiones que rodeaban estas elecciones.
Los resultados provisionales publicados por la Junta Electoral Nacional de Etiopía (NEBE) muestran una clara ventaja del Partido de la Prosperidad (PP) del primer ministro Abiy Ahmed, que ha obtenido la mayoría de los escaños adjudicados hasta el momento. En los primeros distritos cuyos resultados han sido oficialmente proclamados, el partido gobernante se ha impuesto de forma amplia, mientras que la oposición ha logrado únicamente victorias puntuales.
Aunque el recuento nacional continúa y todavía quedan circunscripciones pendientes de certificación, la tendencia observada hasta ahora apunta a que el Partido de la Prosperidad mantendrá una cómoda mayoría parlamentaria durante los próximos cinco años.
Sin embargo, las cifras electorales no agotan el debate que rodea estos comicios. Las elecciones se han celebrado en un contexto marcado por la exclusión de determinadas zonas del país por motivos de seguridad, la persistencia de conflictos armados en regiones como Amhara y Oromía, y las tensiones políticas todavía presentes tras la guerra de Tigré.
Por ello, más allá del reparto final de escaños, estas elecciones vuelven a plantear una cuestión que acompaña a Etiopía desde hace décadas: cómo construir instituciones capaces de representar una sociedad extraordinariamente diversa sin que las diferencias políticas, territoriales o étnicas terminen trasladándose al campo del conflicto.
Los resultados definitivos permitirán conocer la dimensión exacta de la victoria del Partido de la Prosperidad. Lo que probablemente seguirá siendo objeto de debate es qué significado político debe atribuirse a esa victoria y hasta qué punto refleja una consolidación democrática o, simplemente, la continuidad del equilibrio de poder existente.
Resultados de las elecciones generales de Etiopía - 2026 | ||
Votos emitidos: 33,6601,132 / Votos nulos: 1,430,371 | ||
Partido | Votos (%) | Escaños |
PP - Abiy Ahmed Ali | 30,018,782 – 89,18% | 457 (-9) |
EZEMA - Berhanu Nega | 1,007,136 – 2,99% | 5 (+5) |
TPLF - Debretsion Gebremichael | 658,579 – 1,96% | 4 (+4) |
Lo que dijeron las urnas y lo que siguen callando
Hubo participación. Hubo papeletas. Hubo observadores internacionales. Y los resultados provisionales conocidos hasta ahora apuntan, como anticipaba el análisis previo, a una nueva victoria del Partido de la Prosperidad de Abiy Ahmed.
Sin embargo, las elecciones etíopes plantean cuestiones que van más allá de quién obtiene más escaños. La exclusión de determinadas regiones por motivos de seguridad, la persistencia de conflictos armados en distintas partes del país y las denuncias recurrentes de algunos sectores de la oposición vuelven a situar el debate en torno a la calidad y la inclusividad del proceso político etíope.
Etiopía lleva décadas intentando encontrar un equilibrio entre estabilidad, representación y convivencia en una sociedad extraordinariamente diversa. Primero bajo el EPRDF y después bajo el Partido de la Prosperidad, distintos gobiernos han llegado al poder prometiendo reformas profundas. La cuestión de hasta qué punto esas transformaciones han logrado consolidarse sigue siendo objeto de debate tanto dentro como fuera del país.
Al mismo tiempo, sería injusto ignorar la realidad de una sociedad dinámica, una diáspora muy implicada y millones de ciudadanos que continúan participando en la vida política pese a las dificultades. En un contexto marcado por conflictos recientes y tensiones regionales persistentes, esa participación también constituye un dato relevante.
La próxima cita electoral relevante llegará en 2031. Hasta entonces, el desafío para el gobierno de Abiy Ahmed no será únicamente gestionar una nueva mayoría parlamentaria, sino demostrar que la estabilidad política puede ir acompañada de una apertura institucional capaz de integrar las distintas sensibilidades que conviven en Etiopía.
Los resultados ofrecen algunas respuestas. Las preguntas más importantes, probablemente, seguirán abiertas durante los próximos años.
El tiempo dirá. Las urnas, hoy, solo dicen una parte.




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