Feria de Abril de Sevilla: 179 años de historia entre casetas, rebujito y tradición
- Javier Angulo Perojil

- 20 abr
- 12 Min. de lectura
Sevilla comienza a engalanarse poco a poco, como todos los años y como toda la vida, casi sin pedir permiso, de rojo, verde y blanco; de farolillos que cuelgan como si el cielo se hubiera bajado a la calle, de trajes de flamenca que ondulan al compás de la tarde, de sevillanas que brotan en cualquier grupo de amigos y de guitarras y palmas que marcan el pulso de una ciudad que despierta distinta, con más alegría y salero. Donde se pone alegre “la gente seria”, porque en el aire ya se respira algo que no se puede explicar del todo, pero que todos reconocen: ya huele a feria.
En apenas unos días, el Real de la Feria, asentado en el barrio sevillano de Los Remedios, se transformará en un auténtico epicentro humano, un escenario vibrante por el que desfilarán cientos de miles de personas entre luces, albero, música y rebujito. Allí, entre casetas que guardan historias y encuentros que se repiten año tras año, se celebrará una nueva edición de una festividad que suma ya 179 años de vida, y que, lejos de quedarse anclada en la nostalgia, ha sabido adaptarse al paso del tiempo sin perder su esencia. Como la propia ciudad, la Feria ha mutado, ha crecido y se ha reinterpretado, pero sigue siendo, en lo más profundo, ese latido colectivo que define a Sevilla cuando llega la primavera.
179 años de feria: historia, cambios y presente
La Feria de Abril actualmente trasciende su importancia del ámbito local, convirtiéndose en una de las festividades marcadas en rojo en el calendario nacional, pero su origen dista notablemente de lo que actualmente se concibe como la feria. Su fundación, en 1847, respondió a una lógica económica propia del liberalismo de las décadas centrales del siglo XIX. Fueron los concejales José María Ybarra y Narciso Bonaplata quienes intentaron impulsar el mercado local, por lo que convocaron una feria de ganadería anual para atraer a tratantes, comerciantes y agricultores en el Prado de San Sebastián. La elección de este emplazamiento no fue casual: en aquel momento, el Prado se encontraba en las afueras de la ciudad, al no existir, entre otros emplazamientos, la icónica Plaza de España, erigida en 1920. Además, era un término medio entre amplitud y accesibilidad para que la población concurriera.
Aquella primera edición, autorizada por Isabel II, se celebró entre los días 18 y 21 de abril de 1847 (hace justamente 179 años) y contó con un número reducido de casetas, destinadas a la compraventa. Sin embargo, desde ese mismo momento inicial comenzaron a emerger dinámicas que desbordaban el marco estrictamente mercantil: la presencia de puestos de comida, música improvisada y espacios de encuentro social anticipaban una transformación que, con el paso de las décadas, sería irreversible.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, la Feria experimentó una evolución progresiva desde su función económica hacia una dimensión crecientemente festiva. Este proceso no fue abrupto, sino acumulativo: la ciudad de Sevilla, en pleno proceso de redefinición tras la crisis del Antiguo Régimen, encontró en la Feria un espacio donde articular nuevas formas de sociabilidad urbana. Las casetas, inicialmente abiertas y de acceso libre, se multiplicaron y diversificaron, reflejando la complejidad social de la ciudad. Paralelamente, la música -especialmente las sevillanas- la indumentaria tradicional y la gastronomía comenzaron a adquirir un protagonismo creciente, configurando una identidad festiva que trascendía el mero intercambio comercial.
El cambio de siglo consolidó definitivamente esta mutación. A comienzos del siglo XX, la Feria ya había dejado de ser, en sentido estricto, una feria ganadera para convertirse en una celebración popular de amplio espectro. Este proceso se vio reforzado por la propia evolución urbana de Sevilla, especialmente tras la Exposición Iberoamericana de 1929, que proyectó una imagen de la ciudad profundamente ligada a la tradición, el tipismo y la escenificación de lo andaluz. La Feria se integró plenamente en esa lógica simbólica, convirtiéndose en un escaparate de identidad colectiva. No obstante, este crecimiento planteó también desafíos materiales. El Prado de San Sebastián, que durante décadas había servido de sede, comenzó a resultar insuficiente ante el aumento exponencial de asistentes y casetas. La expansión urbana del siglo XX terminó por absorber este espacio, generando tensiones entre la ciudad cotidiana y la ciudad festiva. Como respuesta a estas limitaciones, en 1973 se decidió trasladar la Feria a su actual ubicación en el barrio de Los Remedios, donde se creó el denominado Real de la Feria.
El nuevo recinto supuso un punto de inflexión en la historia del evento. A diferencia del Prado, el Real de Los Remedios fue concebido como un espacio específicamente diseñado para la celebración: calles trazadas con una lógica ortogonal, infraestructuras más sólidas y una organización más sistemática de las casetas. Este proceso implicó, en cierto modo, una institucionalización de la Feria, que pasó a estar más regulada y planificada, aunque sin perder su carácter efímero ni su dimensión simbólica. La portada, elemento central del recinto, comenzó a renovarse anualmente, incorporando referencias arquitectónicas y patrimoniales de la ciudad, reforzando así el vínculo entre tradición e innovación. En las últimas décadas, la Feria ha continuado evolucionando en paralelo a los cambios sociales, económicos y urbanos de la ciudad de Sevilla, con aumento de calles, y proyectos de ampliación recurrentes. El incremento del turismo, la profesionalización de sectores vinculados estrictamente a la fiesta y la creciente proyección mediática han transformado su fisionomía , hasta el punto de plantear un posible traslado al Charco de la Pava, una zona más amplia que permitiría abordar problemas estructurales como la congestión, la accesibilidad o la capacidad de crecimiento. Esta propuesta, recurrente en el debate político local, enfrenta posiciones encontradas: mientras algunos sectores la consideran una solución necesaria, otros la perciben como una ruptura con la memoria espacial construida desde 1973.
A este debate territorial se suma la controversia en torno al calendario. Tradicionalmente, la Feria se celebraba de lunes a domingo, comenzando con la popular “noche del pescaíto”. Sin embargo, en años recientes se ha impuesto el modelo de sábado a sábado, ampliando su duración. Esta modificación, fruto de consultas ciudadanas y decisiones políticas, refleja tensiones entre tradición y adaptación: por un lado, responde a intereses económicos y a la demanda de mayor disfrute; por otro, plantea interrogantes sobre la intensidad y autenticidad de la experiencia festiva.
Particularidades de la Feria: entre rebujito y casetas
Entre lo que se comparte y lo que se cuida, entre la jarra que pasa de mano en mano y la caseta que acoge como si fuera una casa prestada, se entiende mejor el equilibrio íntimo de la Feria de Abril. El rebujito y las casetas privadas no responden a una lógica de exclusión, sino de pertenencia: uno articula la convivencia desde lo colectivo, ligero y abierto; las otras desde la cercanía, la vecindad y los vínculos que se repiten año tras año. En ese cruce, la Feria se construye como una ciudad paralela donde lo público y lo familiar no se contradicen, sino que se complementan: se entra para compartir, pero también para reencontrarse.
Si hay un elemento que, sin ser originario, ha terminado por convertirse en símbolo casi inseparable de la Feria de Abril, ese es el rebujito. Esta bebida, hoy omnipresente en cualquier caseta, no formó parte del paisaje tradicional de la Feria hasta fechas relativamente recientes. Su origen se encuentra en una adaptación local de combinados británicos como el sherry cobbler, introducidos en Andalucía a lo largo del siglo XIX en el contexto de las intensas relaciones comerciales entre el sur de España y el Reino Unido, especialmente en el ámbito del vino de Jerez. Sin embargo, no sería hasta finales del siglo XX, especialmente entre las décadas de 1980 y 1990, cuando el rebujito, tal y como hoy lo conocemos -mezcla de manzanilla con 7up y abundante hielo-, comenzó a servirse de forma generalizada en el Real, desplazando progresivamente a otras formas más tradicionales de consumo del vino.
Sí bien no existe una fecha exacta y oficial de su “primera vez” en la Feria, todo padre y toda madre sevillana vivió su irrupción como un verdadero fenómeno colectivo con un gran éxito. Frente a otras bebidas más densas o alcohólicamente intensas, el rebujito responde perfectamente a las condiciones climáticas de la Feria: calor, largas jornadas, consumo continuado, y a su propia lógica social: es una bebida ligera, compartida en catavinos o vasos de plástico pequeños, que se sirve en jarras y acompaña la conversación más que interrumpirla, salvo para pedir otra. En ese sentido, su consolidación no solo refleja una evolución en los hábitos de consumo, sino también una adaptación cultural a una Feria cada vez más masiva, más prolongada y más exigente en términos de resistencia festiva. El rebujito, lejos de ser una tradición ancestral, es un ejemplo claro de cómo la Feria incorpora elementos nuevos hasta hacerlos parecer de toda la vida.
Por otro lado, esta bebida se suele beber en torno a las casetas, que en Sevilla suelen ser privadas, elemento que suele ser un choque cultural reseñable. En sus orígenes, cuando la Feria aún conservaba su carácter ganadero en el Prado de San Sebastián, las primeras casetas eran estructuras provisionales donde comerciantes y tratantes se reunían para cerrar acuerdos, comer y resguardarse. Eran espacios abiertos, sí, pero también profundamente vinculados a redes concretas de confianza: familias, socios, conocidos. Con el paso del tiempo, a medida que la función económica fue cediendo terreno a la dimensión festiva, esas estructuras no desaparecieron, sino que mutaron hacia lo que hoy entendemos como casetas: lugares de encuentro más íntimos dentro de un marco colectivo.
A lo largo del siglo XX, especialmente tras el traslado al Real en Los Remedios en 1973, esta lógica se consolidó y se institucionalizó. Las casetas pasaron a organizarse en torno a titulares -familias, grupos de amigos, peñas, hermandades o entidades- que gestionaban el espacio y lo dotaban de identidad propia. Lejos de ser meros recintos festivos, se convirtieron en espacios de memoria compartida, donde cada año se repiten gestos, se reencuentran generaciones y se refuerzan vínculos. En este sentido, la caseta funciona casi como una casa efímera levantada sobre el albero: tiene sus normas, sus ritmos y, sobre todo, su gente. Por eso, el carácter privado de muchas casetas no puede entenderse desde una lógica de cierre arbitrario, sino desde una lógica doméstica. No se trata de excluir por excluir, sino de preservar un espacio de confianza. De la misma forma que nadie abre su salón a desconocidos sin mediación, la caseta mantiene esa frontera simbólica que distingue entre el invitado y el extraño.
En el fondo, las casetas privadas reflejan una manera muy concreta de entender la comunidad: no como algo abstracto o anónimo, sino como una red de relaciones vividas, cercanas, casi familiares. En una Feria que reúne a cientos de miles de personas, estos espacios permiten que la ciudad no pierda del todo su escala humana. Son, en definitiva, el lugar donde la multitud se convierte en grupo, donde la fiesta se hace conversación, y donde Sevilla, por unos días, se celebra, pero también se mira y se reconoce a sí misma.
La feria de Sevilla para la economía sevillana
Es necesario comprender que, del mismo modo que la Feria de Abril no se entendería sin la historia y sociedad que tiene detrás, también ciertos sectores económicos de la ciudad dependen de la Feria de Abril, siendo una de las principales palancas económicas de la ciudad en el siglo XXI. Su impacto trasciende lo simbólico para convertirse en una auténtica “industria temporal” que, concentrada en apenas una semana, moviliza cifras propias de grandes eventos internacionales. Las estimaciones más consolidadas sitúan su impacto económico en torno a los 1.000 millones de euros, llegando incluso a proyecciones más ambiciosas cercanas a los 2.000 millones según fuentes institucionales- aproximadamente 1700 euros al segundo se mueven en la feria (fuente: Diario de Sevilla)-. Esta magnitud no es menor: equivale aproximadamente al 3% del PIB anual de Sevilla, una cifra extraordinaria si se tiene en cuenta la brevedad del evento .
Esta capacidad de generación económica se sostiene, en gran medida, en una afluencia masiva de visitantes. En ediciones recientes, la Feria ha superado los tres millones de asistentes, con picos diarios cercanos al medio millón de personas transitando por el Real . A ello se suma un perfil turístico particularmente rentable: visitantes que no solo acuden a ver, sino a participar activamente en la experiencia, con un gasto medio estimado entre 100 y 150 euros diarios por persona . El resultado es una activación simultánea de múltiples sectores: hostelería, transporte, moda flamenca, espectáculos, logística o servicios públicos, generando además miles de empleos temporales vinculados directa o indirectamente al evento.
El sector turístico es, del mismo modo que en otras festividades como la Semana Santa, uno de los principales beneficiarios. Durante la Feria, Sevilla alcanza niveles de ocupación hotelera que rondan o superan el 80-85%, con picos aún mayores en días clave . Esta presión de la demanda no solo incrementa la ocupación, sino también los precios, generando una rentabilidad extraordinaria para el sector. A ello se suma el impacto indirecto en la proyección internacional de la ciudad: la Feria actúa como un escaparate global que refuerza la marca Sevilla como destino cultural y experiencial, multiplicando su atractivo turístico a medio y largo plazo.
Sin embargo, esta dimensión económica no está exenta de controversia. Una de las principales tensiones gira en torno a la propia mercantilización de la Feria. El aumento de precios -en casetas, alojamientos o servicios- ha generado críticas sobre la progresiva elitización del evento, alejándolo de su carácter popular original. A esto se suma el debate sobre el modelo de duración: la alternancia entre el formato tradicional y el modelo ampliado (de sábado a sábado) ha evidenciado intereses económicos contrapuestos. Mientras sectores como la hostelería o el turismo apuestan por una Feria más larga que maximice beneficios, otros actores -incluidos caseteros y el propio alcalde actual- han denunciado el incremento de costes y la pérdida de intensidad festiva, llegando incluso a advertir de crisis en el modelo actual. En este sentido, la Feria de Abril se convirtió incluso en programa electoral dentro de las pasadas elecciones municipales de 2023.
Otra controversia relevante reside en el impacto urbano y social. La concentración masiva de visitantes genera tensiones en movilidad, limpieza, seguridad y convivencia, obligando a desplegar dispositivos públicos de gran escala. Además, el modelo de casetas privadas, aunque históricamente arraigado, ha sido cuestionado en términos de accesibilidad y equidad, especialmente por parte de visitantes que perciben barreras en una fiesta que, en apariencia, se presenta como abierta.
Turistificación y gentrificación de la Feria de Abril
La Feria de Abril, como tantos otras fiestas altamente concurridas, no ha quedado al margen de los procesos contemporáneos de turistificación y, en menor medida, de gentrificación cultural. Lo que durante décadas funcionó como una fiesta con fuertes códigos internos -marcados por la vecindad, la pertenencia y la repetición de vínculos- se ha visto progresivamente atravesado por dinámicas externas que reconfiguran su sentido. La creciente proyección internacional de Sevilla, unida a la lógica del turismo experiencial, ha convertido la Feria en un producto global que no se vive, se consume, se exhibe y se representa, en un entorno altamente performativo.
En este proceso, el papel de los influencers y creadores de contenido ha sido especialmente significativo. La Feria se ha transformado en un escenario altamente visual, donde el traje de flamenca, el rebujito o el paseo de caballos funcionan como elementos de una narrativa exportable a redes sociales. Esto no es en sí problemático, pero sí introduce una cierta simplificación de la experiencia: se privilegia la imagen sobre el contexto, el instante sobre el significado. Así, proliferan asistentes que participan de la estética de la Feria sin conocer del todo sus códigos -desde el sentido de las casetas hasta los tiempos propios de la celebración- generando una tensión entre lo que se muestra y lo que realmente es.
A ello se suma la presencia creciente de turistas que, atraídos por esa imagen globalizada, acuden en masa al Real. Su impacto es ambivalente. Por un lado, sostienen una parte fundamental del motor económico de la ciudad; por otro, contribuyen a una saturación del espacio que altera las dinámicas tradicionales de la Feria. No se trata tanto de una sustitución de población -como en los procesos clásicos de gentrificación urbana-, sino de una reconfiguración del uso del espacio festivo, donde lo local convive, no siempre sin fricciones, con lo externo. En este sentido, la Feria corre el riesgo de convertirse, parcialmente, en un espectáculo observado desde fuera, más que en una experiencia vivida desde dentro. Los propios actores políticos tampoco son ajenos a esta transformación. La Feria se ha consolidado como un escaparate institucional donde alcaldes, concejales y representantes de distintos niveles se dejan ver, recorren casetas y participan de la liturgia festiva. Este “paseo político” forma parte de la tradición, pero en el contexto actual adquiere una dimensión más mediática y vinculada a aparecer en la foto.
Estos procesos no implican necesariamente la pérdida de la esencia de la Feria, pero sí la tensionan. La turistificación introduce nuevas lógicas de consumo y representación; la mediatización redefine los ritmos y las formas de participación; y la masificación obliga a replantear equilibrios. La cuestión de fondo no es tanto si la Feria cambia -porque siempre lo ha hecho y lo tiene que hacer-, sino hasta qué punto puede seguir transformándose sin diluir aquello que la hace reconocible para quienes, año tras año, la viven como parte de su propia forma de estar en el mundo.
Y al final, con todo lo que se diga, con todas las tensiones que se atraviesen, con todo lo que cambie o se discuta, la Feria de Abril sigue siendo ese momento en el que Sevilla se mira a sí misma y se reconoce, y en el que al sevillano, sin importar su momento personal, le entran los nervios de soñar como un niño. Por eso, a los sevillanos solo queda desearles lo de siempre, pero con más ganas que nunca: que la vivan como saben, sin prisa pero sin pausa, con esa mezcla de arte, elegancia y guasa que no se aprende en ningún sitio. Y a los que vienen de fuera, que no se queden en la foto ni en el titular. Que se arrimen, que pregunten, que escuchen un cante aunque no lo entiendan del todo, que se pierdan un poco. Que entren si les abren, y si no, que lo entiendan, porque aquí la puerta no se cierra por desprecio, sino porque dentro hay vida compartida.
Porque la Feria no se explica: se pisa, se huele, se canta y se recuerda. Y si uno viene con respeto y con ganas de vivirla de verdad, siempre acaba llevándose un trocito. Así que, como diría cualquiera en el Real cuando empieza lo bueno: disfruten ustedes… que esto es Sevilla, y esto es la Feria.




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