Irán como mosaico étnico: historia, tensiones internas y desafíos geopolíticos en el siglo XXI
- Octavio Jesús Lorenzo Hernández
- 12 may
- 11 Min. de lectura
Cuando el Presidente Donald Trump, el pasado mes de abril, dijo en su red social, Truth Social, que: “una civilización entera morirá”, como amenaza al régimen iraní por la actual guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, es difícil imaginar que el presidente estadounidense era realmente consciente de sus palabras, ya que, estaba dirigiéndose así, a una nación con más de siete mil años de historia, 90 millones de personas y con una evidente resiliencia ante crisis económicas, sociales y políticas.
Al pensar en Irán, en especial desde la visión occidental, se tiende a imaginar una nación monolítica, un país persa, chiíta y teocrático. Esa imagen, sin embargo, es bastante inexacta, Irán es en realidad uno de los países étnicamente más diversos del mundo, un espacio donde conviven persas, kurdos, azeríes, árabes, baluchíes, turcomanos, lures y mazandaraníes, entre otros muchos pueblos, cada uno con su lengua, su memoria histórica y sus propias tensiones.
El Imperio nunca fue solo persa
La identidad iraní tiene raíces muy anteriores al islam y, por supuesto, muy anteriores a la República Islámica. Así pues, el Imperio aqueménida, fundado por Ciro el Grande en el siglo VI a.C., como muchos otros imperios históricos, fue uno de los grandes referentes regionales de lo que significaba existir conviviendo con conceptos–en menor o mayor medida y uso de la fuerza y la cultura– multiétnicos y multilingües, siendo así, una máquina de absorción, donde los pueblos conquistados mantenían sus tradiciones, sus dioses y sus administraciones locales bajo la tutela imperial persa –concepto similar al occidental Alejandro Magno–. Esta lógica de dominación flexible se repetiría bajo los seléucidas, los partos, los sasánidas y más tarde los imperios islámicos que sucedieron a la conquista árabe del siglo VII.
La llegada del islam en el año 651 d.C., con la derrota del Imperio sasánida ante las fuerzas árabes, introdujo una nueva capa al amplio espectro étnico y cultural de la región. Los persas adoptaron el islam, pero no se diluyeron en la arabidad. Muy al contrario, fueron ellos quienes en gran medida construyeron la cultura intelectual islámica clásica, la filosofía, la poesía, la administración… aportando figuras como Avicena, Rumi o Al-Biruni. El persa se convirtió en la lengua predominante en la cultura islámica oriental, compitiendo en prestigio con el árabe. Esta tensión entre identidad persa e identidad islámica no ha desaparecido y sigue siendo quizás uno de los debates culturales más fuertes dentro de la sociedad iraní contemporánea.
En este sentido, la fragmentación étnica, que hoy se conoce, se fue consolidando a lo largo de siglos de migraciones, invasiones y reorganizaciones territoriales. Por ejemplo, las invasiones turco-mongolas de los siglos XI al XIII, que trajeron oleadas de pueblos túrquicos al noroeste y noreste del territorio, son el origen de la presencia azerí y turcomana en Irán. Por su parte, las tribus kurdas se asentaron en las montañas del noroeste y los baluchíes ocuparon el sureste árido, conectados con lo que hoy es Pakistán y Afganistán; los árabes se asentaron en la región de Juzestán, junto al Golfo Pérsico, zona que los iraníes llaman así y que los árabes conocen como Arabistán.
Los azeríes: una minoría con mucho poder
El grupo étnico más numeroso tras los persas en Irán son los azeríes, con estimaciones que los sitúan entre el 15 y el 25 por ciento de la población total, lo que podría significar entre 13 y 20 millones de personas. Viven principalmente en las provincias del noroeste del país, en una región históricamente conocida como Azerbaiyán del Sur o Azerbaiyán iraní, y tienen una conexión cultural, lingüística y religiosa directa con la República de Azerbaiyán, Estado independiente que nació después de la disolución de la Unión Soviética en 1991.
La particularidad de los azeríes dentro de Irán, es su integración histórica profunda en las estructuras del poder persa, ya que, muchas figuras clave de la historia iraní moderna, incluyendo líderes revolucionarios y militares, tenían origen azerí. El propio Alí Jamenei, que fue líder supremo de la República Islámica desde 1989 hasta el pasado mes de febrero, tenía ascendencia azerí por parte de su progenitor, aunque se identificaba como persa. Esta integración ha amortiguado históricamente conflictos entre ambos grupos étnicos, pero no lo ha eliminado por completo.
Otro de los grandes conflictos dentro de Irán han sido las demandas de reconocimiento lingüístico. El turco azerí no tiene estatus oficial en Irán, y la educación se imparte únicamente en persa, algo que los activistas azeríes llevan décadas denunciando. Las protestas en torno a este tema se intensificaron en 2006 tras la publicación de una caricatura considerada ofensiva hacia los azeríes en un periódico estatal, desencadenando manifestaciones masivas en Tabriz y otras ciudades del noroeste. El gobierno respondió con detenciones y una mezcla de gestos simbólicos sin cambios estructurales, patrón que se repetiría en los años posteriores.
La existencia de Azerbaiyán como Estado independiente añade una dimensión geopolítica extra en las tensiones étnicas dentro de Irán. Las relaciones entre Teherán y Bakú han sido históricamente complicadas, en parte porque el gobierno iraní teme que el nacionalismo panturco o el panazerbaiyanismo pueda convertirse en un vector de desestabilización interna. Las victorias militares de Azerbaiyán sobre Armenia en el conflicto del Alto Karabaj, especialmente la de 2020, generaron una euforia identitaria entre los azeríes iraníes que el régimen ha ido observando con especial atención.
Los kurdos: otro dolor de cabeza para Teherán
La historia de los kurdos en Irán no es muy distinta a la del resto de países donde viven. Este pueblo habla una lengua indoeuropea distinta del persa aunque emparentada con la misma, habitan al noreste de Irán, en una región fronteriza con Irak y Turquía, los otros dos Estados donde la cuestión kurda es igual de explosiva y compleja. El número de estos en Irán se estima entre los 8 y 12 millones de personas.
La República de Mahabad, proclamada en 1946 con apoyo soviético en el territorio kurdo del noroeste iraní, fue el único Estado kurdo independiente de la historia moderna, aunque su existencia fue de menos de un año, ya que en diciembre de 1946 las fuerzas del sah Mohammad Reza Pahlavi tomaron la ciudad y ejecutaron a su presidente, Qazi Mohammad. El episodio quedó grabado en la memoria colectiva kurda como una demostración de que ningún gran poder, ni la URSS; ni el resto de la comunidad internacional, estaba dispuesto a respaldar su autodeterminación cuando ello incomodase los equilibrios regionales.
La Revolución Islámica de 1979, que inicialmente despertó simpatías en algunos sectores kurdos que veían en el derrocamiento del sah una oportunidad de mayor autonomía, se tornó rápidamente en una nueva guerra. El Partido Democrático del Kurdistán Iraní (KDPI) y la organización de izquierda “Komala” combatieron contra las fuerzas de la nueva República Islámica en una guerrilla que costó miles de vidas. El ayatolá Jomeini declaró la guerra santa contra los kurdos iraníes en agosto de 1979, y las ejecuciones masivas en localidades como Sanandaj, Marivan y Paveh marcaron el inicio de una represión que, aunque con menor intensidad, no ha cesado hasta hoy.
Uno de los capítulos más oscuros de esa represión fue la campaña de asesinatos de opositores kurdos en el exilio durante los años ochenta y noventa, operaciones ejecutadas por los servicios de inteligencia iraníes en ciudades europeas. El caso más conocido fue la masacre del restaurante Mykonos en Berlín, en 1992, donde fueron asesinados cuatro dirigentes kurdos iraníes. El juicio posterior, celebrado en Alemania, se concluyó en 1997 con la condena de los autores materiales y la determinación judicial de que el atentado había sido ordenado desde el más alto nivel del gobierno iraní, lo que provocó una grave crisis diplomática entre Irán y la Unión Europea.
Como se ha mencionado, la represión sobre las comunidades kurdas iraníes se mantiene de forma estructural, todavía en la actualidad, las protestas de 2022, que sacudieron Irán tras la muerte de Mahsa Amini; una joven de origen kurdo detenida por la policía de la moral, tuvieron precisamente en las provincias kurdas su mayor resistencia y donde fueron más brutalmente reprimidas. En este sentido, Mahsa Amini se convirtió en símbolo de un movimiento que trascendió lo étnico en un país con gran polarización.
Los árabes de Juzestán: petróleo y marginalidad
La provincia de Juzestán, en el suroeste de Irán, en la frontera con Irak y el Golfo Pérsico, es la perfecta representación de cómo la maldición de los recursos no necesariamente afecta a todo un país, sino a una región concreta de este. Juzestán, concentra la mayor parte de las reservas de petróleo y gas natural iraníes, siendo responsable de una proporción enorme de los ingresos del Estado, y sin embargo su población, mayoritariamente árabe y chiíta, vive en condiciones de subdesarrollo, con tasas de paro, pobreza y falta de infraestructuras que contrastan brutalmente con la riqueza que sale de su suelo.
Los árabes iraníes comparten lengua y parte de la identidad cultural con Irak y el mundo árabe, aunque su adscripción al islam chiíta los diferencia de la mayoría árabe sunita y los conecta en doctrina con el Estado iraní, esa coincidencia religiosa, sin embargo, no ha impedido que las demandas de reconocimiento cultural y lingüístico, así como las denuncias de discriminación económica y política, sean una constante de la región.
Durante la guerra Irán-Irak de 1980-1988, Juzestán fue el principal teatro de operaciones terrestre y sufrió grandes devastaciones. Saddam Hussein intentó capitalizar el descontento árabe de la región bajo el lema de la liberación de "Arabistán", aunque sin un claro éxito. En realidad, la guerra, lejos de provocar una adhesión árabe hacia Irak, reforzó el sentimiento de pertenencia iraní entre una parte de la población local, al tiempo que dejó heridas físicas y sociales que décadas después permanecen sin cerrar.
Las protestas de 2021 en Juzestán, desencadenadas por la crisis del agua y los cortes de electricidad en plena ola de calor, mostraron una vez más cómo la tensión entre el potencial de riqueza de la región y la situación de sus habitantes puede desbordarse en cualquier momento, en dicho año, la respuesta del régimen fue como en otras ocasiones, una combinación de concesiones simbólicas y represión de los sectores más activos del movimiento y líderes opositores.
Los baluchíes: en el margen del margen
Si se quiere hablar de marginalidad hacia un grupo social, los baluchíes son la máxima representación del fenómeno dentro de Irán. El pueblo baluchi, de confesión sunita, ocupa la provincia de Sistán-Baluchistán, en el sureste del país, una de las regiones más pobres, más áridas y más olvidadas. Su condición sunita en un Estado que define su legitimidad en el chiísmo los coloca en una doble marginalidad, étnica y religiosa, que se traduce en tasas de analfabetismo, pobreza y mortalidad infantil que se encuentran entre las más altas del país.
La frontera que separa el Baluchistán iraní del paquistaní y del afgano es porosa y difícilmente controlable, lo que ha convertido la región en una zona de tráfico de drogas, armas y personas, así como en un espacio de actividad de grupos armados. El más conocido de ellos, Jaish ul-Adl, de orientación salafista, ha reivindicado varios atentados contra fuerzas de seguridad iraníes en la región durante la última década, generando una espiral de represión que incluye ejecuciones sumarias que organizaciones de derechos humanos han documentado con alarma.
La relación entre el Estado iraní y los baluchíes ilustra con especial claridad el patrón de gestión de la diversidad que ha caracterizado tanto al régimen del sah como a la República Islámica, que combina una negligencia estructural en lo económico, la represión de cualquier movimiento organizado y la detención ocasional de líderes. El resultado es una región que se siente permanentemente excluida del pacto nacional y cuyas demandas de reconocimiento raramente encuentran eco en Teherán. En consecuencia, los movimientos independentistas, regionalistas y transnacionales están más presentes que en otras regiones, coordinando sus actividades internacionalmente con el Baluchistán pakistaní, apoyados por India.
El modelo de gestión de la diversidad
Lo que resulta llamativo al analizar la gestión iraní de la diversidad étnica a lo largo del siglo XX es su notable continuidad a pesar de los cambios de régimen. Tanto la monarquía Pahlavi como la República Islámica han compartido un eje fundamental, este se basa en que la unidad nacional requiere la primacía del persa como lengua del Estado y la subordinación de las identidades étnicas a una identidad iraní que englobe todo.
Reza Shah Pahlavi, el fundador de la dinastía en 1925, emprendió un proyecto de modernización y homogeneización inspirado en el kemalismo turco. En este, la lengua persa fue impuesta en la educación y la administración, los trajes regionales fueron prohibidos en contextos públicos y las identidades tribales fueron perseguidas como obstáculos al progreso nacional. Su hijo, Mohammad Reza Shah, matizó algunas de estas políticas pero mantuvo la estructura centralista y la represión de los movimientos étnicos que cuestionasen la integridad territorial del Estado.
Después de la Revolución de 1979 se introdujo un nuevo discurso de legitimidad, el islámico, que en teoría debía superar las divisiones étnicas bajo la fraternidad de los creyentes. En la práctica, sin embargo, el islam chiíta persa siguió siendo el marcador cultural hegemónico, y los grupos étnicos que no encajaban en ese molde, especialmente los sunitas y los hablantes de lenguas no persas, encontraron que el cambio de régimen había traído pocos cambios reales en su condición.
La Constitución de la República Islámica reconoce en su artículo 15 el derecho a la enseñanza en lenguas regionales junto con el persa, pero en la práctica este reconocimiento ha permanecido casi inexistente. Las demandas de educación bilingüe, de representación política proporcional y de descentralización económica son las tres grandes reivindicaciones que atraviesan, con distintos matices, a prácticamente todos los movimientos étnicos iraníes contemporáneos.
Conclusión: un mosaico bajo presión
Irán es en definitiva, un país que se narra a sí mismo desde lo persa, como si el resto de los grupos étnicos que pertenecen al país fueran complementos decorativos de una identidad ya definida, cuando en realidad, como hemos podido ver a lo largo del artículo, es una de las naciones más plurales del mundo. Según estimaciones, se cree que los persas étnicos representan entre el 40 y el 50 por ciento de la población total, lo que significa que la mayoría absoluta de los ciudadanos iraníes pertenece a alguna minoría étnica, estas cifras, raramente son mencionadas en los discursos oficiales del régimen y mucho menos en datos oficiales.
Las protestas que periódicamente sacuden el país, han mostrado una capacidad creciente de articulación entre comunidades distintas y un creciente malestar, algo que el régimen observa con particular inquietud. La oposición iraní al régimen ha sido históricamente fragmentada, en parte por las diferencias étnicas y regionales, movimientos como "Mujer, Vida, Libertad" de 2022 mostró por primera vez en mucho tiempo una capacidad de unión entre distintas etnias que desbordó las fronteras de Kurdistán o Juzestán para extenderse por las grandes ciudades persas.
No es casual que el régimen iraní invierta enormes recursos en el control de las regiones periféricas, ni que la narrativa oficial insista tan obsesivamente en la amenaza de injerencia extranjera como explicación de cualquier movilización étnica o regional. Detrás de esa narrativa hay un reconocimiento implícito de algo que el Estado prefiere no decir en voz alta y es que Irán es un mosaico bajo presión, y que la fuerza con la que Teherán ha intentado mantener su cohesión refleja, precisamente, cuánto le cuesta sostenerla y lo vulnerable que puede llegar a ser frente a operaciones terceras.
Las protestas en Irán, iniciadas a finales de 2025, las cuales causaron miles de muertos y la actual guerra con Estados Unidos, ha puesto en jaque al régimen iraní y a la región, con la muerte del líder supremo Alí Jamenei, pone en un nuevo escenario la resiliencia del gobierno ante las crisis y su capacidad de mantener unificado el segundo país más grande de Oriente medio. En mitad de las tensiones actuales y el bloqueo del Estrecho de Ormuz, Trump confirmó el pasado mes de abril que Estados Unidos había entregado armas a manifestantes iraníes durante las manifestaciones en el país a través de grupos opositores kurdos que actuaron como intermediarios, sobre esto, el presidente estadounidense en un tono molesto dijo en una entrevista para diversos medios que “Les enviamos muchas armas, se las enviamos a través de los kurdos, y creo que los kurdos se las quedaron”, utilizando un tono crítico con poca profundidad de análisis en cuanto a las dificultades para cambiar un régimen tan diverso y complejo como el iraní.
Los actuales movimientos erráticos de Estados Unidos en el actual conflicto, demuestran que el gobierno estadounidense no es capaz de entender las diferencias étnicas dentro de Irán, ni de los países de Oriente Medio y por ello a pesar de los continuos asesinatos de líderes del régimen y de intentos de desestabilización del país, no han logrado un cambio de estructura política en la antigua Persia.
Comprender la diversidad étnica iraní, es entender mucho de lo que pasa dentro del país y de la región. Los kurdos que marchan en Sanandaj, los azeríes que exigen aprender en su lengua en Tabriz, los árabes que claman por agua en Juzestán y los baluchíes que sobreviven en Sistán no son solo problemas periféricos de una nación que funciona bien en su centro, son la demostración de que el centro mismo se ha construido sobre una promesa incumplida, la de un Estado que reconociera y respetara la pluralidad que lo compone. Hasta que esa promesa no se cumpla, el mosaico seguirá siendo también una grieta para el desarrollo de Irán.
