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La geopolítica del fútbol: cómo los Mundiales se convirtieron en escenarios de poder, política e identidad nacional

"Lo que yo tengo acá en mis brazos es el mundo, el mundo juega al fútbol”.  Diego Armando Maradona definía así el mayor de los trofeos futbolísticos, en una entrevista concedida en Zúrich allá por el 2017, años después de su victoria del 86. Esta definición puede resultar sentimentalista, exacerbada e incluso descontextualizada; sin embargo, encierra un significado tremendamente importante, y es que hablar de fútbol significa, sin duda, hablar de todo menos de fútbol. El fútbol es sentimiento, es unión y es familia, pero también es política, poder, dinero y prestigio; fronteras desdibujadas y conflictos resueltos a golpe de silbato y vítores. 


La capacidad de influencia del fútbol en otras esferas de acción resulta innegable, y, con él, el Mundial se erige como su broche de oro. Cuarenta y ocho selecciones, ciento cuatro partidos y más de tres mil millones de habitantes del planeta representados bajo la unión de esta copa en 2026 nos permiten mirar por la ventana del gigante más grande a nivel deportivo. 


A nivel histórico, el fútbol ha sido testigo de innumerables situaciones tras las cuales se escondía de todo menos instinto deportivo. Recorriendo los cinco continentes, encontramos infinidad de enfrentamientos cuyo resultado no se ha dictado por árbitros o jueces de línea, aún teniendo el verde como campo de batalla. Hoy, realizamos un recorrido por algunos de estos hitos más conocidos.


Mundial del 66: el rechazo del continente africano 

En enero del 64 la FIFA comenzó a dibujar la estructura de lo que sería la Copa del Mundo del 66, en Inglaterra. Dieciséis equipos asistirán al evento: diez de ellos europeos, cuatro latinoamericanos, uno a elegir entre la región de Centroamérica y el Caribe y otro a disputarse entre Asia, África y Oceanía. Esta partición irregular hizo saltar las alarmas en torno al Sur Global, donde asiáticos y africanos comenzaron a reclamar una distribución más igualitaria. Estas demandas se personificaron en la figura de Ohene Djan, Director de Deportes de Ghana, miembro de la FIFA y de la Confederación Africana de Fútbol (de ahora en delante, CAF).


Ghana había sido la primera nación africana en independizarse de Gran Bretaña, en 1957, aupada por los avances conseguidos desde 1955 con la Conferencia de Bandung. Tanto el presidente ghanés Kwame Nkrumah como otros grandes líderes fundadores como el ministro indio Jawaharlal Nehru, el presidente de Egipto Gamal Abdel Nasser, y el jefe indoneso Sukarno desarrollaron lo famosamente conocido como “Movimiento de los No Alineados”, corriente según la cual se reclamaba el no posicionamiento por parte de las ex-colonias europeas en los conflictos que se desarrollaban dentro de lo mal llamado “Norte Global”, algo que a su vez estuvo ligado al desarrollo del sentimiento panafricanista. 


Djan tenía un importante y nutrido contacto con Nkrumah, quien era uno de los principales defensores de dicho panafricanismo. Además, la CAF (fundada en 1957) era, hasta la fecha, la única asociación que existía en representación de todo el continente, por lo que la representación futbolística quedó totalmente ligada a este sentimiento de comunidad, así como a estos reclamos de independencia. Es así como en octubre del 64, la CAF consiguió la retirada de los quince equipos africanos potencialmente participantes del mundial. La selección ghanesa de los “Black Stars” se quedó sin participar en una competición mundialista, siendo sin embargo una de las mejores selecciones del país hasta la fecha, acompañada de otros países como Marruecos, Gabón o Sudán.


Si bien el boicot fue más que efectivo, consiguiendo un lugar propio para África y otro para Asia en el siguiente mundial, las opiniones respecto a si fue o no la respuesta más acertada son bastante variables, abriendo una brecha entre la perspectiva de los historiadores, que lo reivindican como un hito político e institucional fundamental, y la de los propios futbolistas, para quienes prevaleció la frustración de perder una oportunidad profesional irrepetible. 


Argentina y el mundial del 78: la primera estrella frente al infinitésimo grito

El 24 de marzo de 1976 se producía un nuevo golpe de estado militar en Argentina. A la cabeza, un militar nacido en el seno de una familia de ascendencia española, graduado con honores con el grado de subteniente de infantería, Jorge Rafael Videla. Horas más tarde de ese mismo día de marzo, con el nuevo gobierno militar consolidado y un régimen sanguinario a punto de comenzar, se ratificaba en la Junta Militar la celebración de la siguiente competición mundialista en Argentina, una sede que la FIFA ya le había otorgado al país una década atrás, en 1966.


Dos años después, y con no pocos contravenencias con respecto a la organización, el mundial comenzaba en junio del 78. Los gritos de euforia y latas de cerveza Quilmes se amontonaban en todos los bares argentinos; sin embargo, el éxito de la albiceleste se veía relegado a un segundo plano, con la exaltación mundialista solapada con los gritos de las torturas realizadas por la dictadura. En unos campos vítores y cánticos de aliento, en otros, alaridos de agonía y deshumanización. El tratamiento que la dictadura de Videla hizo del Mundial del 78 puede encuadrarse dentro de las primeras manifestaciones de lo que hoy en día conocemos como sportswashing; así, la imagen que se buscaba dar, con un régimen consolidado y, sobre todo, aparentemente democrático, chocaban con los muchos campos de concentración que Videla utilizaba para tratar a sus contrarios, los famosos Centros Clandestinos de Detención. 


La opacidad de régimen valió para que importantes figuras dentro del mundo del fútbol rechazasen la participación en el mundial, como el centrocampista alemán Paul Breitner. En esa misma línea, todo el mundial quedó rodeado de polémicas tanto dentro como fuera del campo: desde los amaños de resultados en las semifinales contra Perú, con un extrañísimo 5-0 que salvó el pase a la final de la albiceleste, hasta el supuesto soborno por parte de Videla al entonces presidente de la FIFA João Havelange, pasando por el abandono del campo de la selección holandesa tras la derrota en la final, para no tener que saludar a dirigentes argentinos. Asimismo, todo vino igualmente aparejado de una paranoia estructural dentro de la cúpula de Videla. Se buscaría crear una estructura para contrarrestar lo que se conoció como "acción psicológica emprendida por intereses y grupos extranacionales dirigida contra el prestigio de la Nación Argentina en el exterior". 


El debate sobre si se debía o no estar en contra del mundial sacudió la nación argentina casi al mismo tiempo que las victorias de la albiceleste. Por una parte, la imagen de prisioneros siendo liberados junto a sus torturadores para celebrar momentáneamente los éxitos futbolísticos, así como la presencia de altavoces en los campos de concentración para poder escuchar los partidos otorgaba un caldo de cultivo perfecto para el debate sobre si el orgullo nacional debía posicionarse por encima del régimen coyuntural al que se sometía el pueblo argentino. Por una parte, muchos de los presos creían que el no apoyar a su selección demostraba directamente el no apoyar a Videla, mientras que en otros grupos como las famosas “madres de la Plaza de Mayo”, que luchaban por encontrar a sus hijos, maridos y familiares arrebatados, creían que el mundial servía justamente para impulsar la presencia de prensa extranjera, y por ende las denuncias sociales.

 

La España del 82, entre la transición y Naranjito

El mundial del 82 celebrado en España fue otro de los grandes hitos de la redonda. Aunque el país ha sido más conocido tanto por los Juegos Olímpicos de 1992 como por su victoria en Sudáfrica en 2010, el mundial del 82 sirvió como eje catalizador del intento modernizador que la transición buscaba, utilizado como un escaparate hacia el nuevo mundo. 


No obstante, a pesar de la televisión a color y la euforia llenando las calles del país, la España de Naranjito era aún un lugar de claros y oscuros. Tras el fallecimiento del general Francisco Franco el 20 de noviembre de 1975, el país se sumió en una inestabilidad político-social sin precedentes. Las primeras elecciones democráticas del país fueron en 1977, con el triunfo de Adolfo Suárez y la UCD, aunque los intentos estabilizadores y el ambiente democrático que podía llegar a respirarse en determinados círculos no difuminaron la violencia institucional y política que seguía estando presente. Lo que durante años habían sido entornos de represión y tortura se convertían ahora en foros de debate, donde aparentemente toda opinión era válida o, por lo menos, verbalizable. Acuerdos políticos entre individuos de todo el espectro político, como el alcanzado para la redacción y posterior aprobación de la Constitución del 1978, eclipsaron el desarrollo paralelo de movimientos paramilitares que fueron creciendo a la vez que lo hizo la nueva España. 


El gobierno de Adolfo Suárez se enfrentaría a una importantísima crisis financiera, con unos niveles muy altos de paro y déficit público, por lo que su dimisión el 29 de enero de 1981 parecía inevitable. Como sustituto, Suárez propuso a su vicepresidente económico Calvo Sotelo, quien necesitaría contar con el apoyo mayoritario del Congreso de los Diputados. Fue durante la segunda votación de la Cámara para aprobar dicha presidencia, un 23 de febrero de 1981, que el Teniente Coronel Tejero irrumpió en el Congreso de los Diputados, efectuando uno de los capítulos más turbulentos de nuestra historia nacional moderna, el Golpe de Estado fallido del 23F. 


Entre todos estos entresijos políticos, iba creciendo la hostilidad del grupo terrorista ETA. Creado en el año 59 para la defensa de los intereses nacionalistas vascos, el crecimiento de la banda ultranacionalista llegaría a su primer punto álgido entre el 78 y el 80, cuando, en el contexto de los “años del plomo”, se produjo la muerte de 244 personas. Aún acercándose la cita mundialista, ETA no parecía disminuir su actividad delictiva. El día mismo de la inauguración cometieron el primer atentado de los cuatro que se producirían a lo largo de toda la competición. Mientras el silbato de inicio daba por inaugurado el primer partido del mundial, el olor a pólvora taladraba el cuerpo de un Guardia Civil en Pasaia, José Luis Fernández Pernas, con los terroristas dentro de un taxi cuyo conductor había sido previamente coaccionado. 


Otra importante cita terrorista se produjo justo tras el partido de España contra Irlanda del Norte en fase de grupos. La derrota nacional no fue sólo dentro del campo, pues trascendió, aún más que el resultado, el atentado que Alberto Muñagorri, de 10 años, sufrió. Una mochila-bomba dejada en la acera explotó mientras Alberto caminaba por la calle, haciendo que perdiese tanto una pierna como la visión por uno de sus ojos. ETA dejaba claro que el mundial no serviría sólo para conocer la nueva faceta del país, sino también como altavoz para el mensaje de la izquierda abertzale.


Con todo este contexto, el Mundial se utilizó justamente como esa herramienta de soft power, aunque con una paradoja de origen: la cita mundialista se había gestado casi dos décadas antes, erigiéndose inicialmente como un proyecto de proyección internacional diseñado por el régimen franquista. Sin embargo, lo que nació bajo el ala de la dictadura para legitimar el aperturismo de los años sesenta terminó sufriendo una metamorfosis radical. Lejos de convertirse en un lavado de cara autoritario al estilo de la Argentina de Videla, el certamen acabó siendo el catalizador definitivo de una sociedad en plena transformación.

 

Alemania 2006: una bandera rota en el vestuario 

El debut de Messi en el mundial o el famosísimo cabezazo de Zidane a Materazzi parecen haber eclipsado un importantísimo debate geopolítico que se desarrolló en las inmediaciones de aquella Alemania de principios de los 2000. En su segunda cita de fase de grupos, el astro argentino marcaría su primer gol contra una selección que, sorprendentemente, no representaría ningún país. Hablamos de la selección de Serbia y Montenegro. 


El día 5 de junio de 2006, cuatro días antes del comienzo del mundial, Serbia y Montenegro firmarían su independencia en dos repúblicas individuales, con el reconocimiento de Montenegro como país por la ONU el 28 de junio de ese mismo año. Tras la cruenta Guerra de los Balcanes producida entre 1992 y 2001, el desmembramiento de la antigua Yugoslavia en diversas repúblicas independientes dejó a Serbia y Montenegro como la única entidad estatal todavía unida a nivel político. Asimismo, a pesar de esta unión de iure ambos territorios funcionaban de forma totalmente independiente, con importantes diferencias entre ellas a nivel territorial y logístico. 


La independencia se produjo mediante un proceso relativamente civilizado, con un apretado referéndum en el que la escisión ganó con un tenue 55,4% de los votos. No obstante, las tensiones dentro del equipo futbolístico, que aún debía representar ese compendio geopolítico de “Serbia y Montenegro” fueron más que evidentes. Si bien la fase de eliminación fue bastante aceptable, el paso por el mundial se acabó en fase de grupos. El vestuario reflejaba la fractura social, con ejemplos como la propia decisión del seleccionador serbio Ilija Petković de convocar a su propio hijo para suplir la baja de uno de los mejores delanteros montenegrinos del momento, Mirko Vučinić.


El Mundial de 2006 funcionó así como el acta de defunción deportiva de un proyecto político extinto, demostrando que cuando los cimientos de un Estado se desmoronan, ni siquiera la tregua del balón es capaz de sostener su bandera, con la separación entre Serbia y Montenegro como el broche final a un periodo de más de diez años de inestabilidad política en la región, donde la Guerra de los Balcanes había dejado una trágica cantidad de muertes y un mapa fronterizo completamente fragmentado.


La geopolítica del balón: de los BRICS al suelo americano

A pesar de todo lo expuesto, la historia de los campeones del mundo no deja de escribirse, así como tampoco su consecuente implicación geopolítica. Aunque ya hemos comentado el boicot africano del 1966, no fue hasta 2010, con el mundial de Sudáfrica (y la primera victoria española en una competición de este calibre) cuando dicha región volvió a encontrarse en el punto de mira. Con un apartheid formalmente finalizado en 1994, la reconstrucción sudafricana y su posicionamiento como una de las naciones principales a nivel de calidad de vida en el continente tomaron el mundial como su mayor exposición. Así, la competición no estuvo exenta de grandes figuras históricas como Nelson Mandela. 


Por otra parte, la consolidación de los BRICS y las demandas de nuevas potencias emergentes dentro del tablero geopolítico no se suplió solamente con la estrella española sino también con la alemana del 2014, con Brasil como su sede principal. Algo similar quiso intentarse con el mundial ruso de 2018, donde no sólo se reclamaba un orden más multipolar sino también se buscaría un blanqueamiento de la figura de Vladimir Putin a nivel político. El término sportswashing comenzaba nuevamente a colmar las portadas de los diarios, con un aire renovado que incluyó las nuevas líneas geopolíticas. 


No obstante, el máximo esplendor de este lavado de cara deportivo se vio con el mundial de Qatar de 2022, donde la monarquía petrodependiente del Golfo Pérsico protagonizó importantes flagelaciones a los Derechos Humanos, sobre las que la FIFA pareció hacer oídos sordos. Al igual que sus homólogos Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudí, Qatar se posiciona como una nación extremadamente desigual. Pese a los 35.1 puntos sobre el Índice de Gini que muestran los datos oficiales, la idea de una desigualdad moderada se difumina sobre la grandísima cantidad de ciudadanos extranjeros no legalizados que no se tienen en cuenta en estas mediciones, y que sin embargo representan una gran masa laboral que sufre condiciones infrahumanas. Desde India, Nepal o Bangladesh, los trabajadores se someten a jornadas de trabajo forzada, sin una regularización adecuada, con altísimas deudas derivadas de su propia contratación irregular, y esperas de meses para cobrar sus salarios. 


El gigante árabe tuvo que desarrollar una importante infraestructura futbolística, pues no contaba a nivel nacional con una liga lo suficientemente competitiva como para asegurar la presencia de Estadios correctamente preparados. Así, de acuerdo con Amnistía Internacional fueron 1,7 millones los trabajadores involucrados en el desarrollo logístico del mundial, con unos más de 3000 de ellos dedicados al trabajo directo en las obras. En esta línea, la regulación de estos migrantes quedó relegada a un segundo plano en muchos de los casos, con los trabajadores a disposición de un trabajo únicamente ilegal.


El escándalo humanitario qatarí quedó con los años cubierto por la victoria argentina y la coronación de Leo Messi como lo que parece ser el mejor jugador del mundo. A pesar de ello, las cálidas temperaturas de diciembre en el Golfo Pérsico se sustituyeron poco a poco con la presencia norteamericana, que comenzó a reclamar un cada vez más necesario protagonismo en términos futbolísticos. Así, el mundial de clubes del pasado 2025 ya se celebró en Estados Unidos, con una curiosa imagen de Donald Trump en primera plana justo al Chelsea, ganador del torneo, a la hora de recibir el premio. Una estampa parecida está destinada a repetirse en este mundial, donde Infantino no tiene reparo ninguno en estrechar la mano a dirigentes políticos, independientemente de su condición o ideología. 


Así, la evidencia de que el fútbol es, ante todo, de todo menos fútbol es totalmente innegable. Porque nos guste o no, hablar de fútbol implica siempre hablar de todo menos de fútbol.

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