La Gran Muralla Verde y la lucha contra la desertificación en África subsahariana: reforestación, desarrollo sostenible y resiliencia climática
- 25 jun
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El cambio climático una problemática global
El planeta está en peligro, hay necesidad de cambios, debemos asegurar un futuro para las nuevas generaciones, el cambio climático ya está aquí.
Es una realidad sin posibilidad de debate, o un fenómeno rodeado de sensacionalismo, sea cual sea la perspectiva del lector, el cambio climático y la degradación del territorio es una problemática global, con claros efectos e influencia en todos los niveles ya sea local, regional, nacional e incluso mundial.
El deterioro del territorio, fauna y flora no afecta por igual a todo ecosistema o población, sino que aquellos más vulnerables se encuentran más expuestos a las repercusiones medioambientales. En consecuencia, el presente artículo analiza y valora los esfuerzos de la población imbricados con el apoyo de organizaciones internacionales externas y múltiples gobiernos africanos para garantizar la subsistencia y prosperidad en una de las regiones más amenazadas en la actualidad: el Subsahara.
El Sáhara es el mayor desierto cálido de todo el planeta con una extensión de 9.400.000 kilómetros cuadrados. Previamente alojó vida, incluida marítima. No obstante, su avance durante los últimos siglos no ha tenido freno, inundando de dunas toda zona anexa e incrementando su tamaño un 10% en los últimos 100 años.
La Gran Muralla Verde, un proyecto panafricano
A modo de respuesta ante tal expansión y con el objetivo de reacondicionar progresivamente la superficie para habilitar su repoblación, la Unión Africana promovió en 2007 el mayor proyecto de reforestación del mundo, la Gran Muralla Verde, una empresa megalítica de 8000 kilómetros de longitud y 15 kilómetros de ancho que transcurrirá a lo largo de 11 países situados en la zonas más áridas del Sahel (Senegal, Mauritania, Níger, Malí, Burkina Faso, Nigeria, Chad, Sudán, Eritrea, Etiopía y Yibuti), y que en principio se instauró con la intención de materializarse para 2030.
A fin de facilitar la coordinación intraestatal, en 2010 se instauró la Agencia Panafricana de la Gran Muralla Verde, una entidad que adicionalmente sirvió para integrar organizaciones internacionales y agentes externos a la causa, que han ido jugando un papel fundamental en áreas como la logística, la financiación o la educación medioambiental. Entre tales entidades destacan la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura, impulsora del programa Acción Contra la Desertificación; y el Banco Africano de Desarrollo, que ha promovido y subvencionado proyectos para la aceleración de la reforestación, la mejora de técnicas de gestión de los recursos naturales y la adaptación al cambio climático y a las catástrofes naturales, como la Iniciativa de Transformación Agrícola en África, el Programa de Fortalecimiento de los servicios climáticos para el sector de la seguridad alimentaria o el Building Resilience through Innovation, Communication and Knowledge Services.
Reforestación en el África subsahariana, una cuestión de supervivencia y autodeterminación
La constitución del proyecto internacional surge para atender a las necesidades prolongadas de la población del Sahel a causa del incremento de la aridez y desertificación de toda la región subsahariana. Un fenómeno que ha traído consigo una pérdida de la biodiversidad sin precedentes, la imposibilidad de cultivar, un incremento exponencial de la hambruna, la necesidad de la juventud de emigrar para tener un futuro digno o la consecución de múltiples conflictos internos por la lucha de los escasos recursos existentes, en otras palabras, la degradación del terreno en todos estos países genera una reducción de las posibilidades económicas y de supervivencia de la población local, lo cuál le suma en una precaria situación de pobreza que condiciona la aparición de tensiones bélicas y migración descontrolada (que deja desamparado el entorno rural y en ocasiones empuja a los jóvenes incluso a migrar hasta Europa).
Dentro de los principales apelativos que fomentan la creación de la Gran Muralla Verde, se prevén la mejora de calidad de vida de más de 100 millones de personas, la reintroducción de vegetación y plantas comestibles en las zonas intervenidas, el freno de la desertización, la mejoría de la economía local (habiendo creado 335.000 empleos conexos ya en 2019) y la mitigación de tendencias anexas a la pobreza como la migración o el terrorismo.
De igual manera, el incremento de flora y principalmente de árboles tendría un enorme impacto sobre los ecosistemas, involucrando una notoria reducción de los niveles de CO2 y las temperaturas (modificándose estas últimas como consecuencia de un notable incremento de la humedad) y un aumento del nivel freático y del alimento para el ganado.
Internacionalidad: un proyecto con divergencias en velocidad y eficacia
No obstante, a pesar de los múltiples beneficios que se garantizan, los avances del proceso han sido bastante inferiores a los esperados, suceso condicionado por factores como la inestabilidad política de algunos de estos países como Burkina Faso y Malí, la extendida corrupción y las promesas incumplidas por parte de ciertos supuestos donantes externos. Tal fenómeno se evidencia en el hecho de que a fecha de 2023, tan sólo se había completado un 18% de las 100 millones de hectáreas asignadas para 2030, un suceso que en efecto refleja la carencia de coordinación y financiación.
Dinámica que sin embargo, no es extensible a todas las naciones partícipes, pues por ejemplo en Níger, donde ha incidido en gran medida el Programa Mundial de Alimento de las Naciones Unidas, se han llegado a materializar 528 proyectos resilientes de reforestación y se han replantado alrededor de 300.000 hectáreas, elementos que a día de hoy, han logrado sacar a más de medio millón de personas de servicios de ayuda alimentaria. En palabras de John Mazunda, quien en 2024 fuera el líder del Programa Mundial de Alimento de las Naciones Unidas en Níger, tres aspectos a destacar respecto a este singular progreso alcanzado en el país subsahariano, son: la interconexión entre los diversos programas a nivel medioambiental, los grandes avances alcanzados contra la malnutrición y la relevancia indiscutible de la involucración de la población autóctona.
En referencia a la interconexión medioambiental, John Mazunda matiza que las actividades de restauración en zonas aledañas ayudan a incrementar el nivel freático de la región y los ríos, efecto que garantiza una producción efectiva a lo largo de todo el año, que permite a la ciudadanía obtener una amplia diversidad de alimentos nutritivos, incluyendo verduras y frutas, que llega a incorporar a sus respectivas dietas locales. Una adhesión que entre otros beneficios, frena la malnutrición en áreas dónde previamente 9 de cada 10 niños la sufrían. Finalmente, en términos logísticos y organizativos, los órganos y programas externos son conscientes de que su papel no va más allá de desempeñar un rol catalizador, de apoyo, que sirva como sustento para que la población autóctona, las comunidades, sean capaces por sí solas de lograr un cambio significativo en el territorio, y consecuentemente en sus vidas.
Prácticas de reforestación tradicionales. La necesidad del liderazgo comunal.
En relación con la planificación de los distintos sistemas de reforestación, así como con la involucración ciudadana en el progreso restaurativo, es necesario analizar la técnica de la media luna, un método ancestral subsahariano que ha sido recuperado en esta nueva iniciativa. La confección de las medias lunas, consiste en la construcción de terrazas y microembalses de 4 metros de diámetro (una persona puede crear una por día) que cumplan con tal diseño y que se encuentren rodeados de múltiples huecos de reducido tamaño, lo cuál llega a permitir el almacenamiento de recursos hídricos y la humedad y por ende el crecimiento de la vegetación.
Dada la aridez y dificultad inicial de arraigo de las especies vegetales, actualmente, se ha configurado una compleja estrategia que tiene como primer paso el plantado de especies endémicas, visto que su mayor capacidad de retención y enraizamiento, crean las condiciones prósperas para alimentar y nutrir un terreno escaso en nutrientes, que posteriormente pueda ser reutilizado por los técnicos forestales y especialistas en hortofruticultura para el cultivo de especies con mayor aporte nutricional.
Resumiendo, la técnica de la media luna, cumple una doble labor que altera tanto el ecosistema como la vida de los pobladores de una franja concreta, en cuanto que la reforestación por fases, mediante la primera introducción de especies autóctonas como el sorgo, la moringa o la ocra, que crean una necesaria biomasa para la regeneración de la tierra, seguido de la posterior incorporación de verduras y árboles frutales [como el jujube (Ziziphus mauritiana), las acacias (Acacia senegal, Acacia seyal) o el datilero del desierto (Balanites aegyptiaca)], se logra tanto la modificación de la temperatura, humedad ambiental y nivel freático del área, junto a la aportación de nuevos recursos alimenticios que permiten a las comunidades combatir la malnutrición, ampliar la agrodiversidad, reducir el efecto de la erosión en el terreno e incluso comercializar con los excedentes.
Otro istmo alternativo a las medias lunas, son las franjas de trincheras, en las que el mismo proyecto de sustitución de especies se lleva a cabo. Este procedimiento es asimismo propio de la agricultura sintrópica, una modalidad de agricultura sostenible centrada en la regeneración del suelo y la creación de sistemas agrícolas sin recurrir al empleo de químicos, únicamente contando con la mano del hombre.
Una última práctica de rehabilitación del medio rural y del degradado terreno en las zonas semiárida (previamente verdes), ha sido empleada por la agencia senegalesa de reforestación, la cuál encontrándose liderada por el exministro de medio ambiente y ecologista Haïdar el Ali, ha ido aportando árboles frutales directamente a las distintas comunidades intentado otorgarles de tal manera de medios que les permitan obtener frutos que garanticen sus subsistencia a la par que excedentes que les ayuden desde un perfil económico. Dicho de otra forma, la agencia senegalesa, ha optado por soluciones sencillas y mucha sensibilización, para reforzar la acción y compresión comunitaria en el conflicto contra la desertificación. En cuanto a esta casuística concreta, subrayar dos matices, por un lado, que el propio exministro declaró la relevancia absoluta del ganado para el desplazamiento de semillas y por tanto el sistema de reforestación, mientras que por otro lado, de manera general en Senegal se han ido logrando evidentes avances, si bien perduran dudas sobre cuántos de los 15 millones de árboles plantados han sobrevivido las arduas condiciones climáticas y del terreno.
La proyección del éxito nacional como objetivo fundamental
Ante esta multiplicidad de prácticas exitosas, desde la Agencia Panafricana de la Gran Muralla Verde, surge la duda sobre como se puede llegar a escalar dicho éxito y frenar definitivamente el desierto a la vez que configurar una barrera íntegra que termine de englobar todo territorio entre Yibuti y Mauritania. Frente a este objetivo, surgen ciertas cuestiones a valorar como la complejidad del actual mosaico de plantaciones que conforman la muralla verde, la falta de educación de gran parte de la población, y principalmente la divergencia en los avances entre los proyectos de unos países y otros, fenómeno evidente al fijarse en Etiopía, el país más activo, que ha restaurado más de 12 millones de hectáreas de tierras degradadas, y en Chad y Burkina Faso que aún siendo de los países que más ayuda han recibido, se encuentran muy rezagados respecto al resto debido a sus respectivas orografías, gobernanzas y situaciones económicas y políticas (ambos tienen grandes problemas en términos de seguridad por el poder que detenta en sus territorios el Estado Islámico).
A modo de contraposición ante dicha realidad, es argumentado por diferentes entidades, que a pesar de tal disparidad y la gran degradación del territorio, una visión colectiva y transnacional liderada por la comunidad autóctona, puede realmente ocasionar cambios fructíferos, puesto que, tal y como se recalcó en párrafos anteriores la interconexión medioambiental es un suceso real, por el cual una mejoría específica en cierta región puede llegar a beneficiar a nivel hídrico y medioambiental una dimensión de terreno tres veces mayor. Como directa consecuencia de tal casuística, desde el Programa Mundial de Alimento de las Naciones Unidas (United Nations World Food Program), con el propósito de regenerar el Sahel, se alienta a adquirir un sendero de acción basado en la colectividad y la resiliencia que apueste tanto por la educación y formación de la población local, como por la consideración de la tierra como un bien común proveedor de bonanza y alimento para la población.
Desigualdad estructural en el contexto africano: la emancipación de la mujer
Teniendo en consideración, dicha voluntad de avance global, se ha de valorar de igual forma un parámetro fundamental para su consecución que en la mayoría de las ocasiones es ignorado por los sistemas gubernativos africanos, dicho aspecto es la situación de la mujer dentro del plano legal en el país y concretamente en esta casuística dentro del proyecto de reforestación.
A fin de abordar y minorar esta desigualdad, en el contexto de la Gran Muralla Verde, la Agencia Panafricana en coordinación con las distintas agencias nacionales, vista la ausencia de una política o estrategia distintiva en materia de género, han intentado crear un marco de acción conjunto y armonizado entre los diversos ministerios para atajar toda cuestión relativa a la igualdad entre hombres y mujeres en lo referente al proyecto. Muestra de tal compromiso es la conformación de la Plateforme Verte des Femmes, con la intención incrementar el reconocimiento de la labor de las mujeres dentro de la iniciativa.
Dentro de este contexto de revalorización, es necesario enmarcar la difícil situación del género femenino en la mayor parte de estos países, en los que el patriarcado, la dependencia económica, ciertas costumbres y normas tribales y musulmanas y la permanencia de figuras denigrantes como el matrimonio concertado o la mutilación genital femenina, estrangulan o limitan en sobremedida la mayor parte sino todas las iniciativas y acciones desarrolladas por el colectivo. Aun dándose tal realidad, es evidente que la participación de las mujeres es esencial para el éxito y perpetuidad de la Gran Muralla Verde, visto que constituyen la mayor parte de la mano de obra, y desde una perspectiva ecofeminista, especialmente en el ámbito rural, son el núcleo familiar, instaurándose como la piedra angular del sistema alimentario en sus comunidades, miembros activos dentro del activismo climático y motor tanto de los medios de subsistencia como del desarrollo socioeconómico en la región.
A pesar de tal fuerte impacto, liderazgo innato y capacidad para sobreponerse no sólo a los desafíos intrínsecos a la desigualdad de género, sino también al cambio climático (que agudiza aún más si cabe la brecha de género, principalmente en el contexto rural), la relevancia de la mujer dentro del proyecto de reforestación del África subsahariana puede alcanzar cotas mucho mayores, de ahí que entidades ONU Mujeres, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura o los Fondos Internacionales de Desarrollo agrícola en estos últimos años hayan financiado múltiples iniciativas pro igualdad, que no sólo combaten la carencia de legislación y coordinación intraestatal, sino que también apuestan por la financiación inteligente de organizaciones pro mujeres, y el establecimiento de espacios que proporcionen a las mismas la libertad y los recursos necesarios para adquirir autonomía financiera y económica.
Un propósito que podría obtenerse mediante la configuración de nuevas empresas o la venta de los productos que cultiven (por ejemplo, dentro de los programas resilientes característicos de la Gran Muralla Verde, en Senegal, 1500 cuentan con la libertad de explotar y obtener beneficio de sus respectivas producciones agrícolas); promover dinámicas lideradas por mujeres que integren sus respectivas prioridades, necesidades y aspiraciones; crecer en el ámbito organizativo y logístico; y desarrollar sus capacidades a través del acceso a una educación de calidad.
Notoriedad mundial de una empresa megalítica a nivel regional
Dejando atrás la pertinente perspectiva de género, es necesario configurar una conclusión compleja capaz de identificar la relevancia y características de la Gran Muralla Verde. Un proyecto de inmensas dimensiones, que según previsiones puede mejorar la vida de más de mil millones de personas en una de las regiones más desangeladas y vulnerables frente al cambio climático.
Tal y como previamente se ha ido subrayando, esta gran masa verde no involucra únicamente beneficios a nivel hídrico, erosivo o vegetal, sino que también supone un halo de esperanza para una población residente en una región atenazada por la violencia, la pobreza, la malnutrición y la desigualdad. Teniendo presente que los avances dentro del proyecto han reflejado efectos tangibles, hay tres consideraciones que deben ser valoradas:
En primer lugar, que realmente la Gran Muralla Verde es aún hoy día, encontrándonos relativamente próximos al año 2030 (año previsto en un inicio para su finalización), un proyecto a medio configurar, puesto que por un lado, no se ha llegado a reforestar ni la mitad de la extensión prevista; mientras que por otro lado, objetivos claves dentro de su estructura, como por ejemplo las prioridades establecidas por el Banco Africano de Desarrollo, se han logrado actualmente únicamente de manera parcial, siendo las dichas prioridades recién aludidas: facilitar el acceso a energías renovables, establecer prácticas resilientes que favorezcan la seguridad alimentaria, mantener la conservación y promoción de la agrobiodiversidad, proteger los ecosistemas, mejorar los medios de subsistencia y sacar a millones de personas de la miseria.
En segundo lugar, remarcar que el éxito observado, así como la misma globalización, han dado pie al establecimiento de programas similares de manera coetánea en otras partes del mundo como la India (en el estado de Uttar Pradesh), España (a partir del seguimiento del Plan de Implementación de la Estrategia Nacional de Lucha contra la Desertificación) o China, disponiéndose en este último un plan igual de ambicioso en el Desierto del Gobi con el doble propósito de reducir la desertificación y propiciar la repoblación del interior del gigante asiático.
Finalmente, como tercer aspecto a tener en cuenta, es destacable la interconexión de los ecosistemas globales, pues si bien una reconfiguración del plano subsahariano supondría un fascinante avance en términos ecologistas y humanos, que devolvería la vida a aquel Sahara verde existente hace 5000 años, la reescritura del mapa climático y ecológico del planeta trae consigo notables consecuencias, ya que las arenas del Sáhara fertilizan la Amazonía, por lo que la sustitución del desierto del Sáhara por un bosque alteraría este flujo de nutrientes, lo que concatenadamente afectaría a plantas, animales y ecosistemas acuáticos de todo el globo.
En última instancia, es imprescindible una vez más incidir en el beneficio de la Gran Muralla Verde, ya perceptible a nivel satelital, pues más allá del plano geográfico, concretamente a nivel humano, adquiere una notoriedad sin precedentes, debido a que la cooperación interestatal que engloba, así como la mejoría en la calidad de vida que puede llegar a suponer para cientos de millones de personas, no son sino un reto, un desafío ganado frente a la imperturbable madre tierra que durante décadas y siglos ha ido azotando al África subsahariana con sequías, hambrunas y pérdida irreversible de fauna y flora.
Dicho de otro modo, la reforestación del Sáhara supone la revitalización de toda una región, de una población que con confianza e ilusión busca prosperar en un nuevo entorno que progresivamente va regenerando por sí misma y que además es capaz de nutrirse de programas internacionales de apoyo (como el Building Resilience througah Innovation, Communication and Knowledge Services), que no cumplen otra función sino acompañar y mostrar un sendero basado en la sostenibilidad, la autosuficiencia y el aprovechamiento de recursos.




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