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Los ‘no lugares’ de Marc Augé: cómo la globalización está homogeneizando el mundo

  • Foto del escritor: Octavio Jesús Lorenzo Hernández
    Octavio Jesús Lorenzo Hernández
  • 12 abr
  • 6 Min. de lectura

Algo de lo que uno puede percatarse cuando viaja es que, al aterrizar en un aeropuerto, sea éste Frankfurt, Dubai o Ciudad de México, hay una serie de similitudes: mismas cintas transportadoras, mismas pantallas de vuelo, mismos pasillos con tiendas del Duty-Free con perfumes y chocolates envueltos en las mismas tipografías, todo al alrededor del individuo puede ser igual, estando en una punta u otra del mundo. Antes de ver el cielo o escuchar el idioma local, el espacio donde el sujeto se encuentra ya ha comunicado algo: “aquí no importa dónde estés”.

 

Esta experiencia normalizada, es lo que el antropólogo francés Marc Augé denominó en 1992 como los “no lugares". Tres décadas después, su concepto no sólo no ha envejecido, sino que ha ganado una dimensión nueva y más profunda, donde la producción industrial globalizada convierte al planeta entero en una cadena de montaje de “no lugares” fácilmente intercambiables y reconocibles. 


¿Qué es un “no lugar”?

Para Augé, el lugar es aquel espacio que puede definirse como identitario, relacional e histórico, es decir, una plaza, un mercado local o una iglesia de barrio. Todos ellos son lugares no únicamente por el espacio físico, sino porque en estos se encuentran rasgos de una comunidad, una memoria colectiva, una forma de ser en el mundo. El no lugar, por el contrario, es aquel espacio que no puede definirse ni como identitario, ni como relacional, ni como histórico.


No lugares son las autopistas, los supermercados de gran superficie, los campos de tránsito de refugiados, las cadenas hoteleras internacionales, las plataformas logísticas, los grandes centros comerciales… Básicamente, los espacios concebidos para la circulación, el consumo o la espera. No para la permanencia, el arraigo ni la memoria de las personas que pasan y conviven en ellos.

 

Augé subraya que los no lugares no son una patología, sino una condición de la sobremodernidad, donde la sociedad siente una aceleración del tiempo, un aumento de las movilidades y del individualismo dentro de los marcos colectivos de referencia. En esta sobremodernidad, el individuo se convierte en un pasajero perpetuo, navegando de no lugar en no lugar con la tarjeta de embarque como único documento de identidad provisional, lo que ha dado pie a que estos lugares sean usados como herramientas de expansión del capitalismo. 


La estandarización como ideología

La producción en masa tiene una lógica implacable, ya que fabricar el mismo tornillo en diez millones de unidades es infinitamente más rentable que fabricar diez millones de tornillos distintos. Este principio que Henry Ford aplicó al coche y Frederick Taylor al trabajo, se ha extendido en las últimas décadas a la producción del espacio habitable, comercial y de tránsito.


Las grandes cadenas internacionales como McDonald 's, Starbucks, IKEA, Zara, entre muchas otras, han perfeccionado el arte de la replicación espacial. Sus establecimientos no solo venden productos, venden una experiencia espacial estandarizada que minimiza la fricción cognitiva del consumidor, lo que hace que entrar en un Starbucks en Tokio o en Estambul active el mismo mapa mental, los mismos rituales de pedido y los mismos aromas, siendo la familiaridad el producto principal.


Esta lógica es muy poderosa en un sentido geopolítico, la capacidad de una empresa transnacional para implantar un entorno espacial reconocible en cualquier punto del globo es en el fondo una forma de poder blando. Ya que con ello se demuestra que las reglas del juego son globales, que el espacio local puede ser sustituido por el espacio de la marca, y que el territorio y cultura son aspectos negociables.


La cadena de suministro global a la que pertenecen el entramado de fábricas en Guangdong, los puertos en Rotterdam, los centros logísticos en los extrarradios de cualquier ciudad media, son en sí mismos, una red de no lugares. Los polígonos industriales y las plataformas de distribución son espacios sin identidad local, diseñados para ser idénticos en Kansas, en Cracovia o en Kuala Lumpur.


Geopolítica del no lugar

La producción estandarizada del espacio tiene dimensiones geopolíticas concretas y consecuencias para la soberanía, la cultura y el poder, existiendo una asimetría estructural en la capacidad de generar y exportar modelos espaciales. Los países que han dominado la segunda mitad del siglo XX, como Estados Unidos, pero también Alemania, Japón y más recientemente China, han sido los grandes exportadores de arquitecturas del no lugar. La franquicia estadounidense de comida rápida, el supermercado de distribución alemán, el complejo logístico de manufactura china, todos estos imponen una forma de hacer las cosas que otros países importan casi sin darse cuenta. 


China con su ambicioso proyecto de la nueva Ruta de la Seda no solo financia infraestructuras de transporte, sino que construye puertos, aeropuertos, parques industriales y zonas económicas especiales con un modelo espacial específico, replicable, que lleva un conjunto de normas técnicas, laborales y comerciales que expanden la esfera de influencia de Pekín. Convirtiendo así, la Ruta de la Seda del siglo XXI en una red de no lugares adaptados a China.

 

Del mismo modo, las grandes plataformas digitales como Amazon, Alibaba o Google están construyendo una serie de plataformas de “no lugares” virtual que se superpone sobre los espacios físicos, por ejemplo, la central de datos de Amazon Prime en las afueras de cualquier ciudad europea es la conexión a una red global que responde a lógicas completamente ajenas al territorio donde se asienta, sus trabajadores son ciudadanos locales pero sus protocolos son globales. Así mismo, la plataforma en sí de Amazon Prime, no es muy distinta a la creada por Netflix, Disney Plus, u otra aplicación de entretenimiento, viendo en estas como la estandarización llega incluso al mundo digital.

 

Las redes sociales, las plataformas de streaming, los entornos de trabajo remoto, los videojuegos de mundo abierto, todos ellos son no lugares en el sentido augéano, pero con características que el antropólogo francés no pudo anticipar. El no lugar digital, inclusive lo podríamos considerar como el espacio más estandarizado jamás producido, esto si tomamos en cuenta que la interfaz de Facebook es idéntica en Madrid y en Sao Paulo y donde el feed de Instagram obedece al mismo algoritmo en Dakar que en Copenhague. La lógica de optimización que gobierna estos espacios no tiene patria ni cultura, tiene métricas de engagement y objetivos de retención para tener la mayor cantidad de usuarios posibles.

 

Esta estandarización digital tiene efectos en la vida cotidiana, como por ejemplo, en la gentrificación de los barrios urbanos, debido al aumento de locales fotogénicos diseñados para ser instagrameables o la transformación de destinos turísticos por efecto de la viralización en TikTok, siendo el espacio digital el que activamente reconfigura el espacio físico.

 

Resistencia, autenticidad y trampa del folklore

Frente a la expansión de los no lugares, han surgido diversas formas de resistencia cultural, el comercio local de toda la vida, que huye de la estandarización masiva, a nivel legislativo, encontramos las denominaciones de origen que protegen productos y paisajes. Sin embargo, existe una trampa en esta resistencia, ya que el capitalismo tiene una notable capacidad para absorber y rentabilizar la autenticidad, convirtiendo el barrio bohemio, el mercado artesanal o el restaurante de cocina local rápidamente en destinos de consumo diferenciado para turistas y clases medias urbanas, transformando la autenticidad en un producto más, distribuido a través de plataformas como Airbnb o TripAdvisor.


Esta dinámica tiene consecuencias políticas directas, las políticas de patrimonio, de protección del paisaje urbano y de regulación del turismo masivo, son en el fondo políticas de resistencia frente a la estandarización del espacio. Sin embargo, ciudades como Venecia  o Barcelona enfrentan la paradoja de ser deseadas precisamente por su especificidad local, enfrentando así, el turismo masivo y la especulación inmobiliaria. En este sentido, la lucha por el espacio, quién lo define, quién lo produce, quién lo habita y en qué condiciones, es una de las dimensiones menos visibles pero de las más relevantes en la geopolítica contemporánea.


Conclusión

Los no lugares no son simplemente aeropuertos aburridos o centros comerciales sin alma, aunque a priori se puede pensar que dicha estandarización es beneficiosa, son la materialización de una forma de organizar la economía mundial, la producción estandarizada, la circulación y el consumo, siendo en este sentido, espacios profundamente políticos. Comprender la geopolítica de los no lugares implica reconocer que el control del espacio es una parte del poder tan importante como el control de los recursos naturales o las capacidades militares. 


Las empresas transnacionales, las potencias emergentes y los Estados compiten por el derecho a definir cómo se ve, cómo huele y cómo funciona el espacio de la vida cotidiana. La resistencia a esta homogeneización no puede ser simplemente nostálgica, requiere políticas activas de planificación urbana, protección del comercio local, regulación de las plataformas digitales y una comprensión clara de que la diversidad espacial y cultural no es un lujo pintoresco, sino una condición de la resiliencia política y social. Augé escribió en 1992 que “la medida de la época podría ser en el exceso”, más de 30 años después, vemos como el exceso de no lugares no es solo una medida de la época, sino uno de sus problemas políticos más urgentes.

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