Personas mayores y desplazamiento forzado: una población invisibilizada en los conflictos armados
- 20 jun
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«No dejar a nadie atrás.»
— Naciones Unidas
20 de junio. Día Mundial del Refugiado. Este artículo está dedicado a quienes nunca pudieron convertirse en uno.
Los ancianos que nunca aparecen en las fotografías de la guerra
Cuando una ciudad es evacuada por la guerra, solemos imaginar lo mismo. Miles de personas cargando maletas, empujando carritos, cruzando puentes a pie bajo la lluvia. Coches atascados en carreteras que nunca habían visto tanta gente. Madres con niños en brazos. Familias enteras que lo dejan todo para salvar lo único que no puede reemplazarse. Lo que rara vez imaginamos es lo que queda detrás.
Personas de ochenta o noventa años que permanecen en sus casas porque no pueden caminar, porque necesitan oxígeno o medicación constante, porque llevan décadas sin subir cuatro tramos de escaleras y la evacuación empieza precisamente ahí, en el portal. Personas que no tienen a nadie que las saque. Que esperan. Que en muchos casos siguen esperando cuando los equipos humanitarios, semanas o meses después, consiguen por fin acceder al barrio.
A veces la escena es silenciosa: una cocina ordenada, la mesa puesta para dos, una radio encendida en un idioma que ya casi nadie habla en la zona. Otras veces es más cruda: camas arrimadas a la pared para evitar los cristales, botellas de agua alineadas como si fueran a durar siempre, un teléfono fijo que ya no suena. Son imágenes que existen, pero casi nunca llegan a la portada. Su invisibilidad es el resultado de dinámicas que rara vez ocupan el centro del debate público: la forma en que los sistemas de asistencia están diseñados, la forma en que medimos el éxito de una evacuación y, en último término, la forma en que solemos representar quién sufre en una crisis.
Lo que ocurre en los conflictos recientes
El patrón se repite en contextos muy distintos. No es un problema de un país, de una cultura o de un tipo específico de conflicto. Es un problema que aparece cada vez que la emergencia supera la capacidad del entorno de sacar a todos.
En Ucrania, tras la invasión a gran escala de febrero de 2022, las organizaciones humanitarias documentaron decenas de casos de personas mayores abandonadas en residencias de cuidado sin personal. El personal había evacuado. Los residentes, muchos sin familiares cercanos o con familia ya dispersada por el conflicto, no tenían a dónde ir ni cómo ir. En las primeras semanas de combates, los equipos que lograban acceder a zonas recién liberadas encontraban con regularidad a personas de edad avanzada que llevaban días sin recibir ayuda, sin medicación, a veces sin agua. HelpAge International documentó que el 51% de los ucranianos mayores de 70 años vivían solos, sin apoyo familiar, y que el 32% carecía de refugio seguro como consecuencia directa de los daños de la guerra. No habían huido porque no podían hacerlo. Y en el caos de la evacuación, nadie había tenido tiempo de volver por ellas. Para muchas, la guerra no empezó con una sirena, sino con el silencio: el silencio del timbre que ya no suena, del vecino que dejaba el pan en la puerta y un día dejó de hacerlo.
En Sudán, desde el estallido del conflicto armado en abril de 2023, los informes de campo del ACNUR y de organizaciones locales describen una movilidad llamativamente inferior entre la población de mayor edad. Mientras los desplazamientos masivos vaciaban ciudades enteras, una parte de la población permanecía. No porque hubiera elegido quedarse en el sentido pleno de la palabra, sino porque cruzar cientos de kilómetros a pie o en condiciones precarias sencillamente no era una opción real para quien tiene setenta y cinco años y una cadera operada. El resultado es una población que queda fuera del alcance de casi todos los sistemas de asistencia, diseñados en su mayoría para quienes llegan hasta ellos, no para quienes no pueden moverse. En los mapas de respuesta aparecen flechas que se desplazan hacia la frontera; en las casas que no salen en el mapa siguen encendidas unas pocas velas.
En Gaza, aproximadamente 111.500 personas mayores vivían allí cuando comenzó el conflicto. Casi todas con enfermedades crónicas. La mayoría con alguna discapacidad. Cuando empezaron las órdenes de evacuación, los mecanismos de asistencia para quienes no podían desplazarse por sí solos eran, en el mejor de los casos, insuficientes. Quienes no han podido moverse han permanecido en entornos de combate activo: un informe de HelpAge publicado en febrero de 2026 recoge testimonios de 416 personas mayores en cuatro gobernaciones de Gaza que describen desplazamientos repetidos, pérdida de medicación esencial y ausencia casi total de asistencia adaptada a su situación. Algunos relatan cómo fueron evacuados una vez y, al no poder soportar el hacinamiento y la falta de medicamentos en los refugios, regresaron a sus casas dañadas, asumiendo el riesgo de los bombardeos a cambio de un poco de estabilidad.
Tres conflictos distintos. Tres geografías distintas. El mismo problema poco visible.
La pregunta que el sentido común obliga a hacer
El sistema humanitario no partió de cero. Lleva décadas construyendo herramientas: protocolos para proteger a la infancia, mecanismos contra la violencia de género, registros para reunificar familias. Con todas sus limitaciones, ese andamiaje existe y en muchos casos funciona. Gracias a él, millones de personas han recibido protección y asistencia que, de otro modo, simplemente no habrían existido.
Sin embargo, hay una pregunta que ese andamiaje no responde bien: ¿qué ocurre con quien no puede llegar hasta él?
Todos esos sistemas asumen, sin decirlo, que quien necesita ayuda puede moverse hasta donde se la ofrecen. Es una premisa razonable para la mayoría. Pero no para todos. Se calcula que las personas mayores de 60 años representan entre el 3 y el 4% de la población desplazada en el mundo, y Naciones Unidas advierte que incluso esa cifra probablemente se queda corta: simplemente no hay datos suficientes, porque nadie los recoge de forma sistemática. El primer olvido es estadístico.
Los corredores humanitarios se abren para que la gente salga. Los campos de desplazados acogen a quienes han conseguido llegar. Los registros recogen a quienes han podido registrarse. Cada uno de esos mecanismos funciona. Y cada uno de ellos tiene en común que presupone un beneficiario capaz de moverse.
En una emergencia, los recursos son limitados, el tiempo es escaso y la presión sobre los equipos humanitarios es enorme. Nadie diseña los sistemas de evacuación con la intención de dejar a nadie atrás. No se trata de atribuir responsabilidades. Se trata de identificar un desafío que merece más atención de la que hasta ahora ha recibido: cómo hacer que unos mecanismos pensados para el movimiento sirvan también a quienes quedan inmóviles.
Lo que ocurre cuando la ayuda no llega
Cuando una persona mayor queda atrás en una zona de conflicto o emergencia, pueden ocurrir varias cosas. Ninguna de ellas es buena.
La primera es que no recibe asistencia. Los equipos humanitarios trabajan con recursos limitados y priorizan los puntos de concentración de personas desplazadas. Una persona que no ha podido desplazarse está, por definición, fuera de esos puntos. Si no existe un protocolo específico para buscarla activamente, sencillamente no aparece en el radar. A veces la única ayuda que recibe durante semanas es la de un vecino que le acerca agua cuando pasa por delante de su puerta con sus propias pertenencias a cuestas.
La segunda es que no aparece en los registros. Los sistemas de registro de emergencia capturan, sobre todo, a quienes se mueven. Quien permanece en su domicilio de una localidad evacuada no cruza ningún punto de registro. No es contabilizado como desplazado. No es contabilizado como necesitado de asistencia. En muchos casos, no es contabilizado como nada. Cuando una persona no existe estadísticamente, tampoco existe como problema que alguien tenga que resolver. La desaparición empieza, a veces, con un simple recuadro vacío en un formulario.
La tercera es que su familia pierde el contacto. Las separaciones familiares en contextos de evacuación caótica son frecuentes. Cuando se trata de una persona mayor que no ha podido seguir al resto de la familia durante la huida, el riesgo de pérdida de contacto es especialmente alto. Las bases de datos de reunificación familiar existen, pero su funcionamiento práctico depende de que ambas partes puedan acceder a ellas, lo que en el caso de personas mayores con dificultades para acceder a tecnología o sin familiares que activen la búsqueda resulta, con frecuencia, insuficiente. No es raro que los hijos, ya en otro país, tengan noticias de la guerra pero no de la casa concreta en la que vivía su madre.
La cuarta, y más grave, es que nadie sabe si sigue viva. En conflictos prolongados, en zonas donde los registros civiles han dejado de funcionar y donde el acceso humanitario es limitado, personas mayores mueren sin que quede constancia de su fallecimiento, sin identificación, sin que su familia sepa qué ha ocurrido. En términos jurídicos se habla de personas desaparecidas. En la práctica, hablamos también de duelos suspendidos, de herencias que no se cierran, de biografías que quedan detenidas en un punto de interrogación.
Todo esto plantea una pregunta que el Derecho Internacional tendrá que abordar tarde o temprano: ¿qué obligaciones existen respecto a quienes no pueden acceder por sí solos a los sistemas de protección disponibles? La respuesta actual, dispersa en instrumentos que protegen a los civiles de forma general, es una realidad insuficientemente discutida que empieza, muy lentamente, a entrar en la agenda internacional. El proceso de negociación de una convención sobre los derechos de las personas mayores, cuyo inicio fue aprobado por el Consejo de Derechos Humanos en 2025, es un avance en esa dirección. Llega tarde respecto a los instrumentos equivalentes para otros grupos. Pero llega.
Una reflexión para finalizar
Existe una forma habitual de medir el éxito de una evacuación humanitaria: el número de personas que consiguen salir de una zona de peligro. Es un indicador razonable. Pero quizá sea incompleto.
Quizá el éxito de una evacuación no deba medirse únicamente por el número de personas que consiguen salir. Quizá también deba medirse por la capacidad de proteger a quienes nunca tuvieron la posibilidad real de hacerlo.
Porque el verdadero fracaso de una evacuación no siempre es visible. A veces ocurre en silencio, en las casas que nadie volvió a abrir.




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