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Somalilandia: ¿Por qué sigue sin ser un Estado reconocido internacionalmente?

“Debe ser entendido que nuestra independencia no es negociable. Nunca vamos a olvidar lo que pasó cuando renunciamos a ella en 1960 al unirnos voluntariamente con Somalia. Lo que inicialmente se percibió como el cumplimiento del sueño de una Gran Somalia resultó ser inalcanzable y una pesadilla de larga duración para la región.”


Mohamed Abdullahi Omar, ministro de Asuntos Exteriores de Somalilandia, 2011.


Estas fueron las palabras pronunciadas por Mohamed Abdullahi Omar cuando se cumplieron veinte años de una independencia que nadie parecía dispuesto a reconocer. Fue ministro en el territorio entre 2010 y 2013, aunque realmente en este punto empieza la primera contradicción: ¿ministro de qué país? Su discurso habla de una soberanía abandonada voluntariamente, de una unión fallida y de unas ciudades que quedaron convertidas en escombros por Somalia. Por ello, pocas historias son más pertinentes para Naciones en Ruinas que una ¿nación? que continúa fuera de casi todos los mapas políticos, con unas ruinas sobre las que se levantaron y una prosperidad mayor, en comparación con el Estado al que oficialmente queda anexado.


Antes de que Somalilandia quisiera volver a existir

Somalilandia no apareció de la noche a la mañana en 1991. Mucho antes, el territorio ya estaba recorrido por pastores y comerciantes que conectaban el interior del Cuerno de África con el golfo de Adén y el océano Índico. Los movimientos entre el Guban costero, las montañas del Ogo y las llanuras del Haud dependían de los pastos y del agua, mientras puertos como Zeila y Berbera enlazaban la región con Arabia, Persia e India. De allí salían ganado, marfil e incienso; a cambio llegaban tejidos, perfumes y cerámicas orientales (Gutiérrez de León Juberías, 2023). 


A finales del siglo XIX, los británicos establecieron en el norte el Protectorado de Somalilandia, mientras Italia controlaba el centro y el sur. La futura Somalia quedó dividida entre administraciones, sistemas jurídicos y élites diferentes. No eran territorios imposibles de unir, pero tampoco las dos piezas perfectamente compatibles que después quiso imaginar el nacionalismo somalí.


El 26 de junio de 1960, el protectorado británico se convirtió en el Estado independiente de Somalilandia, pero la experiencia independiente en realidad duró cinco días. El 1 de julio se unió voluntariamente con la antigua Somalia italiana para crear la República Somalí. El entusiasmo era comprensible: la unión debía ser el primer paso hacia una Gran Somalia que reuniera también a las comunidades somalíes de Yibuti, Etiopía y Kenia. Había bandera, proyecto y épica. La preparación institucional ya era otra cosa (Banús, 2011).


Las primeras tensiones no tardaron demasiado. Mogadiscio concentró la Administración y buena parte del poder. En 1961, la población del norte rechazó mayoritariamente el proyecto constitucional somalí, aunque el peso electoral del sur permitió aprobarlo. Ese mismo año, varios oficiales somalilandeses intentaron deshacer la unión mediante un golpe de Estado. Habían pasado apenas unos meses desde la independencia y el gran proyecto nacional ya empezaba a chirriar. Después llegó el golpe de Mohamed Siad Barre en 1969, la derrota frente a Etiopía en la guerra del Ogadén y una represión cada vez más dura por parte de éste contra el Movimiento Nacional Somalí y la población del clan isaaq, considerados como una prolongación de la insurgencia.


En 1988, el Ejército bombardeó Hargeisa y Burao. Miles de civiles murieron y cientos de miles huyeron hacia Etiopía. Cuando el régimen cayó en 1991, los dirigentes del norte se reunieron en Burao y proclamaron la independencia. Para Somalilandia, aquello no significaba crear un país nuevo, sino recuperar el que había renunciado a existir cinco días después de nacer (BBC News Mundo, 2025).


En Hargeisa, su reconocimiento no se entiende como una sutileza jurídica. Forma parte de una memoria concreta: la de una independencia entregada con entusiasmo y unas ciudades que terminaron siendo bombardeadas por el mismo Estado que debía representarlas. Por eso, cuando Somalilandia habla hoy de recuperar su soberanía, no cree estar aprovechando el hundimiento de Somalia para marcharse por su cuenta. Cree estar corrigiendo una decisión tomada en 1960 que acabó de la peor manera posible (BBC News Mundo, 2025).


Crear un Estado con el que todos quieren negociar, pero nadie reconoce

Tras 1991, probablemente el desafío más complejo era reconstruir Hargeisa, desarmar las milicias y convencer a los clanes que acababan de combatir juntos -en ocasiones incluso entre ellos- de que ahora debían organizarse y repartirse un mismo Estado. Además, como podría ser previsible, Somalilandia no pasaba por su mejor momento económico, sumado al hecho de que no tenían apoyo internacional ni una línea evolutiva especialmente trazada, por lo que se necesitaba urgentemente evitar cualquier posibilidad de iniciar una guerra. 


Las conferencias de Burao en 1991 y Borama en 1993 fueron fundamentales para dar forma a este nuevo sistema. El resultado fue la creación de una república presidencialista con Parlamento bicameral: la Cámara de Representantes, elegida por el pueblo; y la Cámara Alta, la Guurti, formada por autoridades tradicionales con capacidad para intervenir en la resolución de conflictos. Este sistema respondía a una necesidad local en el que la autoridad formal difícilmente podía consolidarse sin el respaldo de quienes habían mediado entre comunidades y milicias durante la guerra (Mohamoud, 2024).


Los clanes, por tanto, fueron decisivos formando parte de la decisión. Sin ellos, negociar la paz, devolver combatientes a la vida civil o repartir cargos de una forma proporcional hubiera sido más difícil. Sin embargo, esto tuvo una parte negativa: las mismas redes que ayudaron a estabilizar el territorio acabaron incrustadas dentro del sistema. La familia de clanes isaaq, por ejemplo, concentraba una buena parte del poder político y económico en Hargeisa, Burao y Berbera; los gadabursi tenían mayor peso en Awdal y los dhulbahante en Sool. Los partidos y las elecciones existen, pero quedan superpuestos a las redes de patronazgo que continúan influyendo en la distribución de cargos, recursos y representación. Informes como los de Freedom House advierten precisamente de la marginación política y económica de los clanes minoritarios, y además añaden que los controles frente a la corrupción y la transparencia institucional se ven ampliamente debilitados por este sistema (Freedom House, 2025).


Somalilandia cuenta con una Constitución, ratificada en 2001 con cerca del 97% de votos, estableciendo un sistema multipartidista limitado a tres formaciones nacionales, con el objetivo de impedir que cada clan transformara su estructura familiar en un partido y que las rivalidades personales pasasen al plano político. Por otra parte, el efecto negativo es que el pluralismo político es sumamente limitado, pero, a pesar de esas reservas, la celebración de elecciones ya de por sí son un argumento sólido de que Somalilandia puede autogobernarse. De hecho, en 2003 solucionaron una situación algo complicada -una victoria por 80 votos- sin disputa armada. Hubo alternancia política tanto en 2010 como en 2024, cuando Abdirahman Mohamed Abdullahi, del partido Waddani, obtuvo cerca del 64% de los votos y derrotó al entonces presidente Muse Bihi en una jornada calificada como pacífica, bien gestionada y con resultados ampliamente aceptados (Flores et al, 2025).


Sin embargo, eso no convierte a Somalilandia en una democracia plenamente consolidada para nada. Sin ir más lejos, las elecciones de 2024 fueron convocadas con dos años de retraso, los mandatos son frecuentemente prolongados y la Guurti lleva décadas necesitando una renovación que le aporte cierta legitimidad. Podríamos hablar de una democracia competitiva, pero imperfecta. De hecho, Freedom House le otorga 47 puntos sobre 100, cuando a Somalia le aporta 8. Aunque la diferencia es bastante considerable, es innegable que presenta ciertas deficiencias en cuanto a debilidad judicial, restricciones a la libertad de reunión o presiones contra periodistas (Freedom House, 2025).


El principal problema se encuentra en el este. En Las Anod, una parte importante de la población dhulbahante nunca aceptó plenamente el proyecto independentista dirigido desde Hargeisa. Las protestas y los combates de 2023 terminaron expulsando a las fuerzas somalilandesas y consolidaron el control de SSC-Khatumo sobre una parte de Sool. Durante las elecciones de 2024, varias circunscripciones orientales quedaron fuera de la votación, mientras las nuevas autoridades locales buscaban estrechar su relación con Mogadiscio. Somalilandia reclama las fronteras heredadas del protectorado británico, pero dentro de ellas existen comunidades que no quieren participar en el mismo proyecto estatal.  


A todo esto, se le añaden ciertos problemas económicos y sociales profundos que son honestamente complicados de calcular debido a la falta de información estadística disponible sobre el territorio. La referencia más completa sigue siendo una encuesta de hogares elaborada por el Banco Mundial con datos de 2013, que situó la pobreza en torno al 29% en las ciudades y al 38% en el medio rural. El mismo estudio calculó que aproximadamente la mitad de los niños de entre seis y trece años asistía a la escuela primaria y reflejó una inserción laboral juvenil especialmente baja: en Hargeisa, Burao y Borama, solo el 28% de los hombres y el 17% de las mujeres de entre 15 y 24 años se encontraban empleados. Es cierto que son cifras antiguas que no reflejan la situación actual del territorio, pero sí ayudan a entender la profundidad de unos problemas que los estudios posteriores siguen identificando: pobreza extendida, pocas oportunidades para la juventud y carencias persistentes en educación, infraestructuras y formación profesional (Banco Mundial, 2014; Mohamoud, 2024).


La economía somalilandesa continúa apoyándose en una base relativamente estrecha: ganadería, comercio, remesas enviadas por la diáspora y actividades relacionadas al puerto de Berbera son las actividades que sostienen el país. La ampliación portuaria y la inversión emiratí han reforzado su posición como corredor comercial para el Cuerno de África. También se ha desarrollado un sector privado dinámico en ámbitos como las telecomunicaciones, la energía y los servicios. Por el contrario, la falta de reconocimiento eleva el riesgo de invertir, dificulta el acceso del Gobierno a financiación soberana y limita su participación en organismos como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. Precisamente, el principal problema económico de Somalilandia es la estrecha relación entre financiación y poder, generando una falta de transposición de sus actividades económicas hacia unos presupuestos menos escasos para los servicios básicos de la población, como la sanidad, la educación o el propio funcionamiento cotidiano del Estado (Banús, 2011; Mohamoud, 2024).


Todos estos problemas hacen que su “política exterior” se vea permanentemente condicionada. Somalia sigue considerando a Somalilandia parte integral de su territorio, en el que las conversaciones entre ambos están completamente bloqueadas por la falta de acuerdo de las premisas de uno con las del otro. Etiopía sí podría considerarse su socio regional más importante. Desde la independencia de Eritrea, carecía de acceso directo al mar y dependía en gran manera de Yibuti, por lo que firmaron un memorando de entendimiento en 2024 en el que se contemplaba una vía de acceso a la costa y abrió la posibilidad de un reconocimiento etíope. Somalia lo denunció como una vulneración de su soberanía y recibió el respaldo de la Unión Africana, que volvió a defender la integridad territorial somalí. En diciembre de 2024, Etiopía y Somalia aprobaron la Declaración de Ankara, reafirmaron su respeto mutuo por la soberanía y la integridad territorial y acordaron buscar modalidades de acceso etíope al mar bajo autoridad somalí, sin la participación de Somalilandia en la reunión, quedando completamente excluida cuando los Estados deciden cómo resolver sus controversias (Ministerio de Asuntos Exteriores de Turquía, 2024). 


El resto de la región continúa completamente prudente. Yibuti observa el crecimiento del puerto de Berbera como una posible competencia portuaria; Emiratos Árabes Unidos ha invertido en el puerto a través de DP World, pero se niega a ir más allá; Turquía respalda de forma férrea en términos políticos y militares al Gobierno federal somalí, y por ejemplo Taiwán mantiene oficinas de representación en Somalilandia desde 2020 (BBC News Mundo, 2025). Así, Somalilandia ha logrado firmar acuerdos, recibir delegaciones, atraer inversiones y mantener una línea política propia en el exterior, por lo que es un tanto paradójico el hecho de que funcione lo suficiente para ser útil para sus socios, pero no siempre lo suficiente para ser reconocida.


¿Por qué Israel decidió reconocer a Somalilandia?

El 26 de diciembre de 2025, Israel rompió el bloqueo diplomático sobre Somalilandia: Se convirtió en el primer Estado miembro de las Naciones Unidas en reconocer formalmente a Somalilandia como país independiente y soberano, rompiendo más de tres décadas de aislamiento diplomático. En junio de 2026, el presidente Abdirahman Mohamed Abdullahi inauguró en Jerusalén además la primera embajada somalilandesa, una elección que situó este vínculo en una disputa política más amplia que la del propio Cuerno de África (Gobierno de Israel, 2025). 


Para Somalilandia, el beneficio de esta declaración es más que evidente. El reconocimiento israelí abre oportunidades de cooperación en agricultura, tecnología, sanidad, seguridad y comercio, y puede servir incluso como puente hacia Washington por la estrecha relación entre Israel y Estados Unidos. El Gobierno somalilandés manifestó además su intención de incorporarse a los Acuerdos de Abraham. Hargeisa confía en que el primer reconocimiento reduzca el coste político para otros países que ya mantienen relaciones económicas con el territorio, especialmente Etiopía y Emiratos Árabes Unidos. Ninguno de ellos, sin embargo, ha seguido todavía el paso israelí (El Grand Continent, 2026).


Igualmente, el interés israelí también es claro. Somalilandia se encuentra frente a Yemen, en la costa meridional del golfo de Adén y cerca de Bab el Mandeb, uno de los principales puntos de paso marítimo entre el océano Índico, el mar Rojo y el canal de Suez. Los ataques hutíes contra buques comerciales y objetivos vinculados a Israel han hecho que esta demarcación sea aún más valiosa para Israel, que contempla la cooperación en base a las posibilidades de vigilancia marítima, intercambio de inteligencia y formación militar en una zona donde Israel busca contener en este momento tanto la capacidad hutí como la influencia iraní.


La respuesta regional al reconocimiento fue inmediata. Somalia denunció el reconocimiento como una vulneración de su soberanía, mientras la Unión Africana reafirmó que Somalilandia seguía formando parte del territorio somalí y advirtió del precedente que podría abrir para otros movimientos secesionistas. Egipto, Turquía, Yibuti y varios Estados árabes también rechazaron la decisión. La elección de Jerusalén para instalar la embajada añadió otra capa al conflicto, al vincular la causa somalilandesa con una de las cuestiones diplomáticas más sensibles de Oriente Próximo (Unión Africana, 2025; BBC News Mundo, 2025).


Además, la guerra en Gaza introdujo acusaciones sobre un posible traslado de la población palestina a Somalilandia. Mogadiscio usó esta posibilidad para cuestionar el acuerdo, pero Israel y Somalilandia la negaron. Igualmente, no existe evidencia pública de que ese punto forme parte del acuerdo, por lo que presentarla como un hecho sería también un error. Israel la reconoció porque encontró una posición geográfica valiosa y un socio necesitado de reconocimiento, lo que ayuda a explicar también que no se produjera un efecto dominó esperado. Para otros gobiernos, reconocer a Somalilandia ya no es únicamente pronunciarse sobre su historia o su separación de Somalia. La cuestión ha dejado de estar contenida dentro de Somalia y sus vecinos del Cuerno de África para integrarse en una de las rivalidades del mar Rojo y en la política exterior israelí. Reconocer a Somalilandia ahora obliga a posicionarse también respecto a Israel, Gaza y la seguridad regional (Reuters, 2026).


¿Qué le falta a Somalilandia para ser un Estado?

El reconocimiento israelí obliga a regresar a la pregunta que ha ido atravesando el artículo: ¿qué convierte realmente a un territorio en un Estado? Somalilandia tiene una población permanente, un Gobierno, instituciones, fuerzas de seguridad, moneda propia y capacidad para establecer lazos con actores extranjeros. Organiza elecciones, firma acuerdos y administra buena parte del territorio que reclama. Es decir, reúne casi todo aquello que solemos asociar de forma intuitiva con un Estado.


Ante esto, debemos remontarnos a la Convención de Montevideo de 1933, referencia frecuentemente utilizada para ordenar debates de esta índole. Según su primer artículo, un Estado debe contar con población permanente, un territorio determinado, un Gobierno y capacidad para establecer relaciones con otros Estados. Somalilandia cumple claramente tres de esas condiciones. La más discutible quizá es la del territorio, porque Hargeisa no controla de facto ciertas fronteras del antiguo protectorado británico y su autoridad continúa siendo rechazada en zonas como Sool. Sin embargo, sería exagerado afirmar que la ausencia de un control territorial absoluto invalida toda la reclamación, ya que muchos Estados reconocidos mantienen fronteras disputadas, conflictos internos o una autoridad incompleta sobre partes de su territorio (Convención de Montevideo, 1933).


La propia Convención establece que la existencia política de un Estado es independiente de su reconocimiento por los demás. Sobre el papel, Somalilandia no debería necesitar el permiso del mundo para existir, pero el derecho internacional no siempre avanza de la mano de la política internacional: el reconocimiento no crea las instituciones somalilandesas, pero determina hasta dónde pueden llegar.


Desde 2004, Somalilandia forma parte de la Organización de Naciones y Pueblos No Representados. La organización reúne a pueblos indígenas, minorías y territorios que carecen de representación efectiva en las instituciones internacionales. Se les da visibilidad, formación y una plataforma para defender sus reclamaciones, pero no es un sustituto de las Naciones Unidas, ni tiene capacidad para reconocer Estados. Precisamente, la pertenencia a esta organización confirma la ambigüedad actual de Somalilandia: dispone de voz exterior, pero no de un asiento en los espacios donde se toman las decisiones que afectan a su futuro. 


El principal obstáculo es más político que jurídico. La Unión Africana por ejemplo continúa defendiendo la unidad y la integridad territorial de Somalia y teme que el reconocimiento de Somalilandia pueda convertirse en un precedente para otras reclamaciones separatistas. La particularidad del caso no ha bastado para romper esa cautela. Aceptar esa separación en un continente con fronteras tan difusas como África en ciertos puntos, implicaría abrir una discusión que durante décadas se ha preferido mantener cerrada (Unión Africana, 2025).


Incluso si Somalilandia solicitara su ingreso en Naciones Unidas, el recorrido dependería mucho menos de sus instituciones que de la diplomacia. Necesitaría la recomendación del Consejo de Seguridad -sin el veto de ninguno de sus cinco miembros permanentes- y, después, el respaldo de dos tercios de la Asamblea General. Haber construido relativamente estable no basta: necesitaría convencer a las principales potencias y a una mayoría de Estados de que su reconocimiento no debilitaría a Somalia ni alteraría de forma peligrosa el equilibrio del Cuerno de África.


Somalilandia lleva más de tres décadas actuando como un Estado sin que casi nadie esté dispuesto a reconocerla como tal. En 1991 trató de recuperar la soberanía que había cedido en 1960, levantó instituciones, celebró elecciones y consiguió una estabilidad relativamente mayor que la de Somalia, aunque todavía arrastre importantes problemas políticos, sociales y territoriales. El reconocimiento de Israel no resuelve esa contradicción, pero sí ayuda a entender por qué ha llegado ahora: Somalilandia empezó a resultar realmente valiosa cuando su costa, el puerto de Berbera y su cercanía con Bab el Mandeb adquirieron un peso estratégico difícil de ignorar. Israel ha abierto una puerta, pero todavía no ha cambiado la norma. Somalilandia no es exactamente una nación sin Estado, porque el Estado existe y funciona en buena parte del territorio; tampoco es una realidad inexistente ni, desde luego, una nación en ruinas, aunque se levantara sobre ellas. Lo que sigue faltando es el reconocimiento necesario para que esa realidad interna se convierta en soberanía internacional plena.

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