70 aniversario del Festival de la Canción de Eurovisión: de instrumento cultural en la Guerra Fría a escenario de tensiones geopolíticas globales
- Javier Angulo Perojil

- hace 5 horas
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Eurovisión es la competición musical y el programa televisivo más longevo del mundo que aún se encuentra vigente. El festival más reconocido del Viejo Continente entra de lleno en su octava década de existencia rodeado de incertidumbres y atravesado por una crisis sin precedentes, marcada por la retirada de cinco países, entre ellos España, de una edición profundamente condicionada por las tensiones políticas internacionales. El conflicto comenzó en septiembre de este año, cuando un grupo de eurodiputados solicitó aplicar el mismo protocolo a Israel que el que se utilizó cuando Rusia fue expulsada en el año 2022, con motivo de la guerra de Ucrania.
No obstante, la relación entre Eurovisión y la geopolítica no es una anomalía reciente ni un espejo de la actualidad internacional. Al contrario, forma parte de su esencia histórica. El certamen nació en un panorama político sensible, en el que Europa trataba de recomponerse tras la Segunda Guerra Mundial y los devastadores efectos que ella implicó, al mismo tiempo que observaba cómo el mundo se dividía en torno a dos bloques antagónicos en el contexto de la Guerra Fría.
Así, bajo la amable apariencia de un concurso musical, Eurovisión funcionó desde un primer momento como un ejercicio de cooperación cultural, una demostración de modernidad y un símbolo de reconciliación entre países: la música permitía representar una comunidad que trataba de transformar rivalidades políticas en competencia cultural, proyectando identidades nacionales sin romper un marco común.
El famoso lema United by Music, acuñado de forma permanente desde la edición de 2024, venía a representar lo que en un inicio pretendía el festival: establecer lazos mediante la música. Hoy, la perspectiva continúa siendo la misma en su fondo, pero ha cambiado todo a su alrededor: la dimensión geopolítica se ha vuelto ahora más visible, conflictiva y global; las votaciones, ausencias, expulsiones, boicots, polémicas en torno a participaciones… demuestran que quizá Eurovisión no ha cambiado tanto. Ha sido el mundo entero quien ha cambiado, junto con las formas de manifestar intereses, tensiones, fracturas y alianzas.
La Europa de la Guerra Fría: en búsqueda de una identidad común
Para comprender el nacimiento del festival, es imprescindible ubicarlo en su contexto histórico de la Europa de la Guerra Fría. Tras la Segunda Guerra Mundial, el continente se encontraba altamente dividido en términos políticos e ideológicos. Europa había quedado profundamente marcada por la destrucción bélica, por la necesidad de reconstruir sus instituciones y por una nueva división ideológica que comenzaba a ordenar el sistema internacional en torno a dos grandes bloques antagónicos. Ante tal situación, cualquier proyecto de colaboración entre países iba mucho más allá de lo técnico: significaba ensayar nuevas formas de relación, comunicación y reconocimiento mutuo en un continente todavía atravesado por la memoria del conflicto.
De este modo, Eurovisión se entiende dentro de sus orígenes como parte de ese proceso de reconstrucción simbólica. La cultura ofrecía una fórmula práctica y sencilla, pero eficaz: que ciertos países se reconocieran dentro de un mismo escenario, compitieran en torno a unas reglas comunes y compartieran un espacio donde hablar y humanizarse entre sí ofrecía una oportunidad única. El festival exhibía las identidades nacionales y las compartía, en ningún caso las diluía. Esa fue su principal aportación: transformar la diversidad nacional en convivencia. Artistas como Domenico Modugno, Julio Iglesias, Raphael, Cliff Richard o Abba traspasaron la barrera nacional participando en el festival y, en ciertos casos, ganándolo y obteniendo una significativa proyección internacional.
Un ejemplo de lo previamente expuesto fue la participación de Alemania Occidental desde la primera edición. Apenas una década después del final de la Segunda Guerra Mundial, la presencia alemana en un certamen europeo compartido tenía una carga simbólica significativa: Alemania dejaba de estar asociada al trauma de la guerra y se le integraba dentro de una comunidad, en lugar de marginarla y humillarla. Su integración en Eurovisión significaba un aprendizaje de la anterior guerra, y consistía en un amplio proceso de normalización política, cultural y diplomática de las relaciones, en el que el propio festival contribuía a mostrar que antiguos enemigos podían volver a compartir un espacio, y que Europa podía reintegrar, incluso a quien una vez buscó destruirla. Como muestra de ello, será precisamente Alemania Occidental quien organizó la segunda edición de Eurovisión.
La Guerra Fría convirtió a Europa en uno de los potenciales escenarios de la disputa entre modelos políticos, económicos y culturales. Frente al bloque oriental, articulado bajo la influencia soviética, la Europa occidental trató de proyectarse como un espacio de democracia liberal, confianza institucional, modernización tecnológica y pluralismo cultural. En este sentido, la cultura y los medios de comunicación no fueron elementos secundarios, sino instrumentos fundamentales de legitimación y proyección. La televisión, en particular, comenzó a adquirir una enorme importancia como medio capaz de conectar sociedades enteras, construir imaginarios compartidos y difundir una determinada idea de modernidad. Eurovisión nacería precisamente en ese cruce entre tecnología, cultura y geopolítica.
En este marco surgió uno de los actores que posibilitan cada año la celebración del festival: la EBU (European Broadcasting Union), una corporación internacional de radiodifusoras, cuya sede se encuentra en Ginebra, Suiza. Su función, desde su fundación en 1950, consistía en promover y desarrollar los medios de comunicación de servicio público y sus valores -universalidad, independencia, excelencia, diversidad, innovación y responsabilidad social-, de modo que mejorase y se salvaguardase la libertad de expresión e información. Con ella, se creó Euroradio y Eurovisión, que en principio eran sistemas de distribución -radiofónica y televisiva respectivamente- que permitían compartir programas de las distintas cadenas de televisión tradicionales.
Sin embargo, su importancia no puede reducirse a una cuestión meramente técnica. En una Europa marcada por la división de bloques, la EBU ofrecía estructuras comunes desde las que coordinar emisiones internacionales, compartir avances tecnológicos y reforzar una cierta identidad europea todavía embrionaria. La posibilidad de conectar televisiones públicas de distintos países no solo demostraba capacidad técnica, sino también voluntad de cooperación. La radiodifusión se convertía así en una herramienta de acercamiento cultural, capaz de producir experiencias compartidas entre audiencias nacionales diferentes. La EBU proporcionó la infraestructura; Eurovisión acabaría proporcionando el símbolo.
De Sanremo a Lugano con un experimento técnico
Llegó 1954, momento en el que la televisión llegó a gran parte de los países europeos. Así, la UER creó un comité interno para estudiar las diferentes ideas para crear un programa común de entretenimiento emitido por televisión de forma simultánea en todos los países miembros de la corporación. La idea inicial, de hecho, fue crear un espectáculo con variedades circenses y acrobáticas, popular en aquel entonces. Fue entonces cuando la RAI, empresa de radiodifusión italiana, propuso “imitar” la fórmula Sanremo -que por aquel entonces llevaba cuatro ediciones celebradas- y trasladarla a nivel europeo, donde participasen cantantes de todos los países.
El comité encabezado por Marcel Bezençon, Director General de la televisión suiza, estudió seriamente esta propuesta y su viabilidad. Meses después, el 19 de octubre de 1955, el comité aprobó de forma oficial que el Grand Prix Eurovision de la Chanson fuera celebrado en la primavera de 1956 en Lugano, Suiza. Una vez establecidos el nombre y la fecha, se comenzó a escribir un reglamento de obligado cumplimiento para los 10 participantes que se presuponían. Finalmente acabaron siendo siete, debido a que Austria, Reino Unido y Dinamarca confirmaron su participación fuera de plazo.
En dicho reglamento se especificaban ciertas cuestiones como la recomendación encarecida de que las canciones fuesen previamente seleccionadas mediante una final nacional en cada país, con el objetivo de acercar la música al pueblo y favorecer a la elección democrática de los candidatos. Otro elemento distintivo era la duración, 3 minutos y medio -frente a los tres permitidos actualmente- y la obligatoriedad de su interpretación en directo con una orquesta. No se responden cuestiones como número máximo de artistas o el idioma de la canción, ni el premio a otorgar -en las primeras ediciones ni siquiera hubo premio-, fueron cuestiones resueltas en la práctica del festival y en reglamentos posteriores.
Respondiendo a esta lógica, la edición de 1956 arrancó sin una votación registrada. No existe constancia escrita de ningún elemento del proceso, pues en realidad el jurado sólo debía anunciar quién ganaba, tras haber deliberado en secreto. El sistema clásico de votación en Eurovisión, sencillamente, surgió en base a la práctica. En la segunda edición se impulsó el voto del jurado, del 1 al 10, pero el famoso “the twelve points go to…” no nacería hasta el 1975, mientras que el televoto no se implantará hasta 1997. Por otro lado, la existencia de las semifinales se remonta a la década de los 2000, habiendo antes una única final, en la que se participaban todos los países.
El concurso comenzó alejado de la grandiosidad de su formato actual; más bien, se trató de un modesto experimento tecnológico que utilizó la televisión como prueba de modernidad y cooperación europea. En un momento en el que la pequeña pantalla todavía no ocupaba el lugar central que tendría décadas después, Eurovisión permitió ensayar una idea profundamente novedosa: que distintos países pudieran asistir, al mismo tiempo, a un mismo acontecimiento retransmitido en directo. La coordinación de señales, cámaras, locutores, jurados y conexiones internacionales convertía el festival en algo más que una competición musical; lo transformaba en una demostración de capacidad técnica compartida. La televisión dejaba de ser un medio encerrado dentro de las fronteras nacionales para convertirse en un espacio común, capaz de unir audiencias separadas por barreras culturales, lingüísticas, e incluso políticas. Así, bajo la apariencia sencilla de unas canciones, Eurovisión proyectaba un mensaje de enorme potencia simbólica: Europa podía mirarse a sí misma a través de una misma pantalla.
Por su parte, España no llegará al festival hasta la sexta edición, cuando Conchita Bautista representó su canción “Estando Contigo”, alcanzando la octava posición. Su entrada responde a un contexto ligado a la estrategia exterior del franquismo. Tras años de aislamiento internacional después de la Segunda Guerra Mundial, el régimen buscaba proyectar una imagen más moderna, abierta y plenamente integrada en la Europa occidental. La participación en Eurovisión permitía precisamente eso: aparecer en un gran escaparate cultural europeo, compartir escenario con democracias occidentales y utilizar la televisión como herramienta de prestigio y normalización internacional. Pretendían mostrar que España también era parte de esa Europa moderna, televisiva y culturalmente conectada.
El “modelo Eurovisión”: cuando la música se convierte en influencia
La prueba de que Eurovisión nunca fue un simple concurso musical está en su capacidad de ser imitado como un modelo de representación geográfica y cultural en todas las fases de su historia: un festival se ha convertido en una manera útil de reunir países, ordenar identidades nacionales, escenificar pertenencias comunes y convertir la competición en espectáculo. Eurovisión no solo demostró que era posible conectar a varios países mediante una misma retransmisión en directo; también enseñó que la música podía funcionar como un lenguaje político sin necesidad de presentarse como tal. Bajo la apariencia de canciones, jurados y escenarios, el festival estaba ensayando una forma de convivencia simbólica entre Estados.
De este modo, Eurovisión creó una fórmula reconocible con audiencias que participan emocionalmente bajo una retransmisión común. Con el paso del tiempo, surgieron además proyectos inspirados en su estructura. Uno de los ejemplos más evidentes fue Intervisión, concebido durante la Guerra Fría como una alternativa del bloque socialista al festival occidental. Mientras Eurovisión proyectaba la imagen de una Europa occidental integrada, moderna y televisiva, Intervisión trató de articular su propio espacio cultural desde el otro lado del Telón de Acero. Su mera existencia confirma que el festival europeo nunca fue percibido únicamente como entretenimiento: si el bloque oriental necesitó construir una respuesta propia, fue porque Eurovisión también era entendido como un instrumento de influencia, identidad y representación.
Este festival, de hecho, renació en 2025 con el mismo nombre, pero con distintos invitados. En esta ocasión, tras la expulsión de Rusia del festival en 2022, con motivo de la guerra de Ucrania, Moscú recuperó este festival con Rusia a la cabeza como actor defensor de valores tradicionales y como cooperador con Estados afines o no alineados con Occidente, lo que nos muestra que la batalla simbólica de la Guerra Fría tampoco ha llegado a desaparecer, y que las fórmulas que previamente se utilizaban aún siguen siendo útiles.
También el Festival de la OTI demuestra hasta qué punto Eurovisión había creado una fórmula exportable. Surgido en 1972 en el espacio iberoamericano, el certamen trasladó parte de la lógica eurovisiva a una comunidad unida por vínculos lingüísticos, históricos y culturales. Por otro lado, la OTI no respondía a la fractura ideológica de la Guerra Fría de la misma manera que Intervisión, pero sí partía de una intuición similar: la televisión podía convertir una comunidad dispersa en una experiencia compartida. Países de habla española y portuguesa podían encontrarse en un mismo escenario, reconocerse mediante la música y construir una cierta identidad cultural común a través de la retransmisión. Fue el modelo posterior que más ediciones realizó, estando en emisión hasta el año 2000.
Ambos casos confirman que el modelo eurovisivo había superado la condición de ser un mero formato musical. Aunque con pretextos diferentes, su fórmula ofrecía un medio de proyección de identidades e intereses colectivos que no sólo generó un formato televisivo claramente exitoso, sino un lenguaje de diplomacia cultural. Intervisión agrupó a países socialistas -y agrupa a países afines a Rusia-, la OTI se trasladó a la comunidad iberoamericana, y Eurovisión al ámbito europeo y mediterráneo -cabe recordar que países como Marruecos o Túnez llegaron a participar-. La canción era el contenido visible; el verdadero trasfondo era la construcción de una colectividad con rasgos reconocibles, dentro de la propia heterogeneidad y particularidad existentes en la misma.
Por estos motivos, la frecuente acusación de “politización” de Eurovisión debe matizarse desde una perspectiva histórica. El festival no fue primero neutral y después político: nació en una Europa dividida, marcada por la posguerra, la Guerra Fría y la necesidad de crear símbolos compartidos, por lo que nació político. A veces no se definía de forma explícita, sino a través de medios más sutiles como la propia representación nacional, las ausencias, los retornos, las afinidades culturales y la propia delimitación de quién formaba parte del escenario europeo. Esta lógica también explicaría sus adaptaciones en el espacio soviético e iberoamericano.
El festival de la Canción de Eurovisión nunca ha eliminado la geopolítica de su realidad, sino que, históricamente, la ha traducido a un lenguaje más distendido. Su éxito consistió en transformar la rivalidad entre Estados en competencia cultural regulada, ofreciendo la imagen de una Europa capaz de reconocerse en sus diferencias sin romper el marco común. Aunque la actualidad internacional obliga hoy a una manifestación más tosca, visible y confrontativa, la historia demuestra, por tanto, que Eurovisión no se convirtió con el tiempo en un fenómeno geopolítico: nació atravesado por esa condición, aunque bajo la apariencia aparentemente inocente de una canción compartida.
Créditos foto: ABBA, TopPop (1974). Autor: AVRO. Fuente: Wikimedia Commons: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:ABBA_-_TopPop_1974_5.png. Licencia CC BY-SA 3.0.




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