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La guerra en Ucrania y la fatiga mediática global: del protagonismo informativo al olvido internacional (2022–2026)

  • Foto del escritor: Sancho de Laurentis Zaldívar
    Sancho de Laurentis Zaldívar
  • hace 18 horas
  • 10 Min. de lectura
… Y Ucrania, ¿qué? El silencio de las rotativas 

19 días y 1535 noches no es el título de una nueva canción de Sabina, ya que se trata del tiempo transcurrido desde el 24 de febrero de 2022. Han pasado más de cuatro años desde que Rusia lanzó la invasión a gran escala de Ucrania, y la opinión pública ha dejado de conocer los partes de guerra, las cifras de bajas o el resultado de los asaltos terrestres en las líneas de trincheras. Salvo contadas excepciones, como los informes diarios recogidos por la Revista Ejércitos, los principales medios internacionales hace tiempo que dejaron el teatro ucraniano para centrarse en otras crisis que han ido surgiendo en el mapa internacional, desde Gaza hasta Venezuela, pasando por Trump y por Irán. Pero no se trata solamente de una cuestión de calendario: cada una de estas noches representa el lento y persistente avance de la fatiga de guerra que ha permeado en los medios y población del mundo entero.

 

“Los ucranianos están hartos de que estemos hartos de su guerra” comentó a este respecto el periodista Argemino Barro en su presentación del libro Mariupol, última batalla en febrero del 2025 en la librería Antonio Machado de Madrid. Según el informe que publicó Reporteros Sin Fronteras en junio de 2022, durante los primeros cuatro meses de guerra llegó a haber hasta 135 reporteros españoles acreditados cubriendo la guerra desde suelo ucraniano, de los que casi la mitad eran freelance. Actualmente, solo los grandes medios (RTVE, El País, EFE) mantienen presencia fija en suelo ucraniano. Esto no impide que ocasionalmente freelances o enviados especiales de algunos medios puedan pasar periodos prolongados en Ucrania cubriendo el conflicto, pero definitivamente los tiempos en los que había más micrófonos y cámaras en la Plaza del Maidán que en cualquier otro punto de la geografía europea han terminado.

 

Curiosamente, la presencia de esta guerra en medios viene últimamente condicionada por terceros eventos. Si en 2022 se estudiaba cómo la invasión estaba afectando a los precios de la energía y las reservas de gas en Europa, ahora es del revés: el alza de los precios del petróleo derivados de la situación en Oriente Medio tiene un efecto sobre las arcas rusas, y su consiguiente esfuerzo bélico. Si antes se planteaba que la crisis de refugiados podría hacer tambalear a los ejecutivos de Polonia, Rumanía o Alemania, ahora vemos como una consecuencia colateral de la caída de Orbán en Hungría la mayor cohesión europea respecto al apoyo a Kyiv. Aunque la guerra sigue siendo la misma, lo que antes parecía explicar las causas del impredecible escenario internacional, ahora aparenta ser solamente un reflejo más de este caos. La guerra no ha desaparecido y el frente prácticamente no se ha movido, pero, al menos según lo publicado, las tornas han cambiado.


9 de mayo frente

Aunque la rendición incondicional de la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial –denominada como Gran Guerra Patriótica en la Unión Soviética– se firmó en Reims el 7 de mayo de 1945, Stalin quiso personificar su victoria con una nueva ceremonia en el corazón del Reich, en la capital berlinesa, que finalmente tuvo dos días más tarde. Esta es la razón por la que bailan las fechas del fin del conflicto más grande de la historia en Europa; bien es cierto que el Kremlin supo capitalizar mejor en la memoria colectiva histórica su papel en los estertores de la guerra mundial, prueba de ello es la icónica foto del izado de la bandera de roja en el Reichstag durante la toma de Berlín. Este breve relato histórico se ha repetido en múltiples ocasiones a lo largo de los años que llevamos de contienda con el objeto de poner valor la importancia simbólica añadida de victorias militares para Moscú en estas fechas. 


Tal vez, la máxima exposición de esta materia se vivió en el primer año de guerra, cuando los esfuerzos por tomar las instalaciones de Azovstal en Mariupol (la ciudad ucraniana más grande conquistada y mantenida en manos rusas hasta el momento) se multiplicaron. Después de dos meses de asedio ininterrumpido, se intensificaron los ataques hace ahora cuatro años, llegando a ser empleadas bombas de caída libre para atacar un complejo de 11 kilómetros cuadrados de superficie y sus consiguientes niveles subterráneos. La presencia en este enclave de la unidad Azov, tachada por la maquinaria rusa como la máxima evidencia del carácter filonazi del “Régimen de Kiev”, no hizo sino apremiar la intensidad de los ataques contra los últimos centenares de soldados ucranianos que permanecían sitiados. Finalmente, la rendición se produjo el 20 de mayo.

 

En un plano más general y aplicable al resto de años de contienda, la realidad es que esta época del año tiene cualidades atemporales que han favorecido el lanzamiento de “ofensivas de primavera” rusas. La solidificación del suelo tras el fin de la rasputitsa del fértil campo ucraniano, o el progresivo aumento de las horas diarias de luz solar, ya que el ejército ruso carece de la cantidad y calidad de equipos de visión nocturna que poseen sus homólogos occidentales.

 

La importancia de esta fecha para la política y el Ejército ruso queda reflejada en el desfile anual que se celebra en Moscú en conmemoración del descrito. Día de la Victoria. Resulta curiosa, por no decir directamente sintomática de la degradación de capacidades militares rusas, la paulatina decadencia de este evento.

 

Si bien en 2022 se llevó a cabo con una aparente normalidad, encajando por tanto en el relato de la “Operación Militar Especial” que había empezado a llevarse a cabo en Ucrania, ya destacó la ausencia de fuerza aérea justificada con unas malas condiciones meteorológicas que no parecían  tales. Al año siguiente, la noticia no fue la escasez de aviones sobre el cielo moscovita, sino la presencia de un único vehículo sobre orugas (un solitario tanque T-34 de la Segunda Guerra Mundial). En 2024 y 2025, aunque se reanudaron las actividades aéreas, se ha continuado reduciendo el número de vehículos totales para pasar a convertirse casi en exclusiva en un desfile de tropas de infantería, al menos por la parte rusa, ya que en la pasada edición también participaron terceros países. Pero el cambio no ha sido visible solo sobre el asfalto, sino también en el palco. La amenaza de ataques de drones o misiles, cada vez con mayor alcance, y la consideración de este evento como objetivo legítimo han marcado las últimas ediciones.

 

Con todo, el último desfile fue especial, al tratarse del 80 aniversario, y aunque transcurrió sin mayores incidentes, fue a costa de blindar la ciudad con mayor empeño que los años anteriores. 


La presente edición ha tenido efectos más allá del puro simbolismo. En aras de evitar ataques en Moscú, se ha desplazado gran parte de la capacidad antiaérea rusa a la capital y sus alrededores, desprotegiendo así otras zonas del país más extenso del mundo. Así las cosas, el potenciamiento a escalas industriales de tecnologías de largo alcance de sistemas ucranianos y la mencionada desprotección de múltiples puntos de la geografía rusa han permitido atacar en los últimos 20 días numerosas terminales de exportación de hidrocarburos. El objetivo reciente más mediático se ha tratado del puerto de Tupspé, localizado en el Mar Negro, que ha sufrido hasta cuatro ataques, dejando cada uno de ellos una catástrofe ecológica tras de sí.

 

No obstante, finalmente no se han registrado mayores ataques sobre el desfile. Después de una semana en la que ambos países buscaban un cese de las hostilidades temporal, el 8 de mayo –en la víspera– el presidente estadounidense Donald Trump anunció que se había alcanzado un acuerdo al respecto. Además de un alto al fuego de tres días de duración en todo el frente, se ha producido un nuevo intercambio de prisioneros entre ambos ejércitos.

 

Antes del incremento de ataques en lo largo y ancho de la Federación Rusa con motivo de esta efeméride, Reuters había calculado para el 1 de abril que al menos el 40% de la capacidad de exportación petrolífera de Moscú estaba paralizada. Recordemos que se trata de la principal fuente de financiación del Estado ruso.

 

Muerte, destrucción y sus consecuencias

 

El equilibrio entre describir una guerra o describir cómo y cuánto se cubre una guerra, y mostrar sus efectos resulta complicado si pretendemos evitar caer en una cascada de datos impersonales que hacen referencia en última instancia a vidas humanas. No se trata de contabilizar los escasos kilómetros cuadrados que cambian de manos semanalmente, o de los datos de bajas humanas y materiales confirmadas en fuentes abiertas. igual. Pero el goteo de muertes y la destrucción provocados por esta guerra de posiciones en la que se ha convertido la guerra en Ucrania puede perfectamente igualar el de las dramáticas ofensivas del comienzo del conflicto.


Pese a llevar cuatro años de guerra, ambos países tratan de funcionar con la máxima normalidad posible. Sin lugar a dudas, es la población ucraniana la que más ha sufrido y continúa padeciendo los efectos de la guerra. De nuevo, el pasado invierno, el frío se usó como arma de guerra, y los ataques aéreos contra población civil hace tiempo que dejaron de ser novedad. En medio de este padecimiento, indigna conocer la existencia de “safaris humanos” organizados en el lado ruso en la región de Jersón, precisamente, la zona con menos actividad militar del frente, ya que el río 

Dniéper imposibilita avances militares más allá de las marismas e islotes propios adyacentes a su curso.

 

Resulta inhumano, valga la redundancia, que se haya vuelto una práctica habitual en la formación de los pilotos rusos de drones fpv y bombarderos el atacar a blancos civiles en, paradójicamente, la única capital de provincia que Rusia llegó a tomar en este conflicto. Tal vez lo más doloroso a este respecto es la alarmante impunidad con la que circulan infinidad de vídeos colgados en redes sociales que muestran estos hechos. A fecha de abril de 2026, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos cifró en más de 600 las muertes verificadas por esta práctica desde el inicio del conflicto. Cabe recordar que es probablemente el sector con menos actividad militar del frente, ya que el río Dniéper imposibilita avances militares más allá de las marismas e islotes propios adyacentes a su curso.

 

La sociedad civil de la Federación Rusa tampoco es ajena a la guerra, por supuesto. No obstante, las campañas aéreas ucranianas sobre suelo ruso se han centrado en su mayor parte hasta la fecha sobre objetivos militares e infraestructura de exportación de materias primas. En este sentido, las familias rusas perciben más los efectos de las bombas por el daño que hacen a la economía.

 

Según datos de Rosstat, la inflación acumulada desde el inicio de la invasión a gran escala alcanza el 34,7%. Este dato en sí mismo no es necesariamente un problema, pero,sin entrar en la credibilidad de los datos publicados por dicha institución, ha generado y mantenido políticas monetarias agresivas, con tipos de interés por encima de los dos dígitos desde agosto de 2023, con el consiguiente enfriamiento de la actividad económica. A esto, además, hay que sumarle un relativo estancamiento en el crecimiento del PIB (1,1% proyectado para este año con previsión al alza derivada de la subida del precio del petróleo), siendo en torno un 8% de este gasto militar.

 

Sin embargo, si algo ha trastocado la vida diaria del ciudadano ruso (desde las élites de Moscú/San Petersburgo a la población rural), ha sido la progresiva censura impuesta en internet. La reciente prohibición de Telegram y vpns ha sido la guinda de una campaña de control digital permanente desde el inicio de la invasión. Clamar que esto puede generar una revolución ciudadana, tal y como planteó esta semana el líder de la oposición “sistémica” comunista Ziuganov en la Duma, resultaría tan o más imprudente como cuando se profetizaba sobre un colapso de la economía rusa por las sanciones occidentales que nunca llegó.


Con todo, es innegable que esta cuestión está generando una erosión de la popularidad del gobierno, tal y como recogió el Centro de Investigación de la Opinión Pública de Rusia en su serie semanal el pasado viernes 19 de abril, última vez que se actualizó. Desde el pasado 30 de diciembre, la confianza en el presidente Vladimir Putin ha caído 10 puntos. Aunque siguen siendo cifras muy elevadas, ya que siguen oscilando el 70%, pero, al mismo tiempo, es necesario aclarar que la institución encargada no goza de la misma credibilidad que sus homólogas occidentales.

 

Sin paz a la vista 

En un momento en el que ninguno de los contendientes percibe peligro real de una derrota militar y los esfuerzos de la Administración Trump por mediar un acuerdo parecen haber llegado a su fin, no se vislumbra el fin del conflicto a corto plazo. Las recurrentes visitas del enviado especial Kellogg a Moscú no han logrado compromiso alguno hasta la fecha, a la par que en Kyiv existe un sentimiento de desconfianza generalizado hacia su figura. Una vez salvada Ucrania, al menos parcialmente, de la crisis de personal en el frente que sufrió en 2024 y 2025 y, de forma más global, la pérdida de estatus prioritario de socio de Washington desde enero del año pasado, en el medio plazo el candidato más susceptible a proponer mayores concesiones en los próximos procesos negociadores parece estar ser Moscú. En este sentido, quizás únicamente haya que sentarse a esperar que el Kremlin deje atrás su creencia pretérita de tener las cartas ganadoras en un conflicto prolongado, hecho que llevó a desdeñar las rondas negociadoras anteriores.

 

A fecha de 8 de mayo de 2026, el mercado de apuestas y predicciones Polymarket cifra en un 26% las probabilidades de que se alcance un alto al fuego antes de fin de año. Desde agosto del año pasado, donde se llegaron a alcanzar picos de más del 70% en esta sección, la tendencia ha sido a la baja.

 

Con motivo del previamente analizado Día de la Victoria del 9 de mayo, se especuló sobre un posible alto al fuego temporal, simbólico. Sin embargo, aunque Vladimir Putin anunció un cese de las operaciones ofensivas para esta fecha, su homólogo ucraniano ha denunciado que se trataba de una burda mentira, ya que el lunes pasado Kyiv aceptó una tregua unilateral en respuesta a esta propuesta que debía haberse iniciado a partir del miércoles 6 que no fue recíproca. No hay que perder de vista que el verdadero trasfondo de estos amagos de paz de los que ambos líderes son mutuamente conocedores que no van a llegar a buen puerto es simple y llanamente mejorar la imagen de sus países de cara a la comunidad internacional.

 

Es aquí donde, recapitulando lo ya tratado, se entiende la importancia que ambas capitales conceden a hechos como el cambio de gobierno en Hungría o las proyecciones de los precios internacionales de productos energéticos.

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