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Antártida: reclamaciones congeladas

  • Foto del escritor: nacionesenruinas
    nacionesenruinas
  • 12 ago 2025
  • 7 Min. de lectura

Actualizado: 14 ago 2025

La Antártida, el continente más austral del planeta, cubre alrededor de 14 millones de kilómetros cuadrados de superficie, de los cuales casi el 98% está cubierto por hielo. Lejos de ser un desierto helado irrelevante, es un territorio cargado de estrategias, ciencia y con un gran potencial económico. Sin embargo, el mapa político de la Antártida es completamente distinto al del resto del mundo: existen reclamaciones territoriales superpuestas, límites no reconocidos por todos y un tratado internacional que congela –literal y jurídicamente– estas disputas.


Este fenómeno se conoce como el de los “territorios congelados”: reclamaciones que están sobre la mesa, pero cuya validez está suspendida por un acuerdo multilateral que prioriza la cooperación pacífica y científica.


El origen de todo

El origen de las reclamaciones internacionales sobre la Antártida comienza a principios del siglo XX, motivadas por la exploración, el prestigio nacional y la proyección nacionalista y geopolítica. Las primeras  potencias en establecer reclamaciones formales fueron el Reino Unido, Noruega, Francia, Australia, Nueva Zelanda, Argentina y Chile. Sus argumentos fueron basados en principios de:


  • Descubrimiento y exploración: expediciones propias o patrocinadas por el territorio.

  • Proximidad geográfica: especialmente por Argentina y Chile.

  • Herencia colonial: como Australia y Nueva Z., herederos de reclamaciones inglesas.


Respecto a las exploraciones, hay una gran controversia de su simbolismo y consecuencias, puesto que cada país las utiliza para su beneficio propio. La primera incursión en aguas antárticas fue llevada a cabo por el británico James Cook en 1773, primer hombre en cruzar el Círculo Polar Antártico durante su segundo viaje, a bordo del HMS Resolution. Cook no llegó al continente, pero sí navegó 240 km de la costa, confirmando la existencia de mares cubiertos de hielo en el hemisferio sur.


El primer avistamiento del continente está disputado por tres países, cuyas expediciones fueron casi simultáneas. Fabian Gottlieb von Bellingshausen de Rusia, Edward Bransfield de Reino Unido y Nathaniel Palmer de los Estados Unidos reclaman el primer avistamiento por igual. Sin embargo, los registros muestran que el ruso fue el primero en avistar tierra, el 27 de enero de 1820.


Respecto al primer desembarco documentado, fue John David, quien el 7 de febrero de 1821 desembarcó junto al resto de sus compatriotas estadounidenses en búsqueda de pieles y carne de foca. No obstante, las primeras expediciones científicas y de exploración profunda ya se retrasan hasta 1895, cuando el noruego Carsten Borchgrevink desembarcó en el Cabo Adare, marcando el inicio de la Era Heroica de la Exploración Antártica –1897-1922–. De igual forma, en 1911, también un noruego, Roald Amundsen, lideró la primera expedición que alcanzó el Polo Sur, el 14 de diciembre.


Todo ello, ha generado reclamaciones dispares, tensiones y prisas por establecer el dominio en la región. Por ejemplo, el Reino Unido, reclamó el Territorio Antártico Británico en 1908, argumentando descubrimiento y ocupación efectiva, y luego expandió sus reclamaciones en 1917. Noruega, con su tradición pesquera y ballenera, reclamó la Tierra de la Reina Maud en 1939. Francia, por su parte, tomó posesión de la Tierra Adelia en 1924.


Reclamaciones actuales

Hoy en día, el mapa político de las reclamaciones antárticas es complejo, compuesto por siete países con denuncias oficiales respecto a la comunidad internacional:


  • Argentina: Sector Antártico Argentino, entre los meridianos 25º y 74 Oeste.

  • Chile: Territorio Chileno Antártico, entre 53º y 90º Oeste.

  • Reino Unido: Territorio Antártico Británico, entre 20º y 90º Oeste.

  • Australia: Territorio Antártico Australiano, el más grande, entre 45º Este y 160º Este.

  • Nueva Zelanda: Dependencia Ross, entre 160º Este y 150º Oeste.

  • Francia: Tierra Aleida, entre 136º Este y 142º Este.

  • Noruega: Tierra de la Reina Maud, entre 20º Oeste y 45º Este, y la Isla Pedro I.


Mapa de las reclamaciones internacionales en el territorio antártico.
Mapa de las reclamaciones internacionales en el territorio antártico.

Un elemento particularmente conflictivo es que las reclamaciones de Chile, Argentina y el Reino Unido se superponen en la Península Antártica –también denominada Península de Tierra de O´Higgins por Chile o Península Trinidad por Argentina– y sus islas adyacentes. Esta triple superposición es un generador de tensiones diplomáticas, actualmente contenidas por el Tratado Antártico en la región del continente con más bases científicas internacionales.


Aunque la diplomacia y el Tratado Antártico han reducido las tensiones abiertas, las reclamaciones siguen siendo una parte central de la política exterior de estos países, inclusive en reuniones y declaraciones entre ellos mismos, lo que genera roces diplomáticos y abre heridas no cerradas.


Argentina basa su dominio en la proximidad geográfica, reforzada por la herencia histórica de España –Tratado de Tordesillas– y ocupaciones científicas y militares desde inicios del siglo XX. De forma similar lo hace Chile, argumentando la continuidad geográfica desde la parte chilena de Tierra del Fuego. Esta defensa del argumento de la cercanía es conocido como “prolongación natural del territorio”, derivado de la teoría de los sectores, donde las fronteras se proyectan hacia el sur siguiendo los meridianos.


En concreto, la Península Antártica –zona más cercana a tierra de otro continente– es un tema complejo por la presencia permanente argentina desde 1904, cuando tomó el control del Observatorio Meteorológico en las Orcadas del Sur, cedido por Escocia. Apoyada además por la continuidad histórica desde la administración española en el Río de la Plata. Por su parte, Chile, se apoya en la cercanía desde Magallanes y la Patagonia, pero las reclamaciones formales llegan más tarde, en torno a 1940. En cuanto a Reino Unido, declaró el Territorio Antártico Británico en 1908 en búsqueda de proteger sus intereses comerciales balleneros y pesqueros, los cuales justifica mediante las expedición Discovery entre 1901 a 1904, entrando en especial conflicto con Argentina.


En 1903, la Expedición Scotia, dirigida por el explorador escocés William Speirs Bruce, construyó un observatorio meteorológico en las islas Orcadas del Sur, geográficamente al norte del continente antártico, pero dentro del área reclamada. Al terminar la expedición, Bruce ofreció las instalaciones al gobierno brtánico, pero Londres no tenía interés en mantenerlas. Entonces, el 22 de febrero de 1904, Argentina aceptó la transferencia del observatorio, enviando personal y aprovisionamiento. Desde entonces, la presencia argentina en la zona es continua allí, siendo la ocupación humana permanente más antigua de la región, abriendo cuestiones sobre las declaraciones británicas.


El asentamiento científico argentino sirve como prueba de ocupación efectiva para la reclamación, cuatro años antes que la de Reino Unido. Es una de las pocas estaciones que puede demostrar más de 120 años de actividad sin interrupción y simboliza que, aunque la herencia española es parte del argumento argentino, la base práctica de su reclamo moderno empieza con un legado de misión científica.


En consecuencia, la política exterior británica respecto a Argentina ha tendido siempre a ser tensa, especialmente tras la Guerra por las Islas Malvinas, aumentando la vigilancia y presencia militar de Londres en las islas y la región antártica.


El Tratado Antártico

El Tratado Antártico, firmado en 1959 y en vigor desde 1961, estableció que la Antártida se utilizará exclusivamente para fines pacíficos y científicos. El artículo IV es clave en el contexto territorial: no anula las reclamaciones existentes, pero sí establece que mientras el tratado esté en vigor:


  • No se pueden presentar nuevas reclamaciones.

  • No se pueden ampliar las reclamaciones existentes.

  • No se pueden tomar acciones que constituyan una base para reclamar soberanía.


Este mecanismo ha permitido que los países con disputas abiertas trabajen conjuntamente en proyectos logísticos y científicos. Hoy en día, hay cerca de cincuenta bases antárticas de casi una treintena de países. Sin embargo, la “congelación” es temporal: si el marco legal cambiase en un futuro, las tensiones pueden volver nuevamente.


Otras reclamaciones internacionales

Por su parte, algunos países no reclamantes, como Estados Unidos –3 bases permanentes– o Rusia – 4 bases permanentes–, no han presentado reclamaciones, pero se han reservado el derecho a hacerlo en un futuro, especialmente por la historia de avistamiento territorial. Ambos mantienen presencia científica significativa y consideran que la Antártida debe ser accesible a todos, de momento, para la investigación. La posición de estos actores es estratégica: no reconocen las reclamaciones existentes y participan en la gobernanza del continente para asegurarse que ningún otro país obtenga ventajas territoriales.


Aunque en el presente las reclamaciones están “en pausa”, su existencia tiene varias implicaciones. En primer lugar, las bases científicas funcionan tanto como herramienta científica como política, sirviendo como puntos de afirmación territorial. Argentina o Chile, han invertido en mantener instalaciones permanentes en zonas reclamadas, como las Orcadas del Sur o en las islas Shetland del Sur.


Por otro lado, la Antártida podría albergar grandes reservas de petróleo, gas y minerales estratégicos, si bien su explotación está prohibida por el Protocolo de Madrid de 1991. Si las condiciones políticas y económicas cambiaran, las reclamaciones serían una base legal para reclamar los derechos de explotación de la zona. La región posee depósitos potenciales minerales como: carbón, hierro, cobre, oro, uranio, petróleo, gas natural, agua dulce –70% del total mundial– y otros muchos.


De igual forma, la proyección marítima es otro punto a considerar. Las reclamaciones incluyen aguas circundantes ricas en recursos pesqueros, lo cual, genera interés económico y estratégico, especialmente en el caso de la captura del krill –fundamental para las cadenas alimentarias marinas–, peces como la merluza negra o el bacalao antártico y especies con alto valor ecológico como focas, pingüinos y ballenas. Si bien, la pesca comercial existe, pero está regulada bajo la Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos.


No obstante, el cambio climático, el impacto humano y el deshielo pueden abrir nuevas rutas, lo que daría valor geoestratégico adicional a los sectores reclamados, así como, a nuevas naciones con posibles reclamaciones, como podría ser Sudáfrica.


Por su parte, China no reconoce las reclamaciones existentes y ha establecido varias estaciones de investigación, incluida una en la Península Antártica, dentro de las zonas reclamadas por los otros tres países. Esto introduce un nuevo elemento: potencias sin reclamaciones históricas pero con capacidad tecnológica, militar y económica para influir en el futuro de la gobernanza antártica. India, Corea del Sur y otros países también han incrementado su presencia, posicionándose como actores de peso en cualquier negociación futura.


El Protocolo de Madrid

El Tratado Antártico no tiene fecha de expiración, pero su Protocolo de Madrid –que prohíbe actividades mineras– será revisable a partir de 2048. Esa fecha es vista como un posible punto de inflexión: si las condiciones globales cambiarán (crisis estratégicas, avances tecnológicos, tensiones geopolíticas), las reclamaciones territoriales podrían volver a ser un tema central.


En ese escenario, las reclamaciones históricas servirán como punta de partida para negociaciones o disputas, y la presencia física y científica de cada país podría ser un factor determinante.


El futuro de la Antártida es clave para la ciencia y la cooperación global. El continente helado depende del equilibrio entre la protección ambiental y los intereses científicos y geopolíticos. Hoy está protegida, pero el creciente interés por sus recursos y su valor estratégico podrían generar conflictos. Por eso, la cooperación internacional debe de seguir siendo vital para preservar este territorio único. Hemos de tener claro nuestro posicionamiento respecto al uso y actividades en la Antártida, para y por nuestra seguridad. Ninguna nación debe poseer derechos exclusivos en lo que es a día de hoy, la mayor reserva natural de la Tierra.

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