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Copa Africana de Naciones 2025: fútbol, geopolítica y poder blando en África

  • Foto del escritor: Javier Angulo Perojil
    Javier Angulo Perojil
  • 22 dic 2025
  • 8 Min. de lectura

El próximo 21 de diciembre el balón comenzará a rodar en África, y no se detendrá hasta pasado cerca de un mes, periodo en el cual comenzará uno de los torneos más importantes, al mismo tiempo que interesante como objeto de estudio, del fútbol internacional: La Copa Africana de Naciones. Precisamente se presenta como una oportunidad para analizar la intersección entre deporte, poder, política y sociedad en el continente africano. Lejos de ser meras competiciones deportivas exclusivamente, todos los torneos internacionales se convierten en espacios de proyección internacional, producción diplomática e intereses geopolíticos en el que los Estados, las federaciones y los actores transnacionales articulan estrategias de legitimación, influencia y proyección internacional. Específicamente, la CAN no es únicamente el principal torneo de selecciones del continente, sino también un espacio donde se articulan estrategias de liderazgo regional, competencia simbólica  e incluso, por muy atrevido que pareciera, como símbolo del estado contractual de cada país participante.


La geopolítica del fútbol y el soft-power,  como conceptos clave

El concepto “geopolítica del fútbol” parte de la premisa de que el deporte no es un ámbito separado de la política, sino que funciona como uno de sus escenarios más visibles y emocionalmente eficaces. El fútbol es un deporte emocional, que transmite una serie de valores de comunidad, hermandad o unión, por lo que se puede convertir en una herramienta de poder simbólico capaz de influir tanto en audiencias internas como externas, operando a través de métodos como la identificación sensitiva, la narrativa épica y la representación simbólica de la nación. 


Si bien éste es un concepto novedoso en términos geopolíticos, especialmente en el contexto de las controversias acerca el mundial de Qatar 2022, ha sido incorporado por múltiples autores (Xavier Brito Alvarado, Santiago Vayas Castro, Valerio Mancini, Javier Pera…), y actualmente tiene bastante sentido analizar cualquier factor relacionado a un evento futbolístico internacional y unirlo a la geopolítica del fútbol.


En África, esta dimensión se ve reforzada por factores estructurales, empezando con que el fútbol es uno de los pocos elementos que verdaderamente unen de forma transversal a sociedades marcadas por la fragmentación étnica, lingüística y religiosa. También se observa en las fronteras heredadas de épocas de descolonizaciones, en las cuales no fueron tenidos en cuenta las particularidades de los pueblos y etnias que quedaron separadas por una frontera, por lo que la construcción de una identidad nacional es, cuanto menos, delicada, otorgando a este deporte un papel central en ello. Finalmente, la presencia limitada de África en otros espacios de poder global convierte al deporte en un canal verdaderamente privilegiado de visibilidad internacional efectiva. La CAN funciona así como un microcosmos del sistema político africano.


De este modo, la geopolítica del fútbol se inscribe dentro de la diplomacia deportiva, que a su vez constituye uno de los puntos principales del más que conocido concepto de Soft Power, formulado por Joseph S. Nye, el cual hace referencia a la capacidad de los actores internacionales para proyectar sus propios valores e intereses, e influir en el comportamiento de otros a través de la atracción, la legitimidad y la construcción de narrativas positivas, en lugar de realizarlo mediante la coerción o la imposición (que sería el hard power). Así, el deporte, y muy de forma particular el fútbol, se ha convertido en una de las herramientas más eficaces, pues permite a los Estados:


  • Proyectar estabilidad institucional y capacidad organizativa

  • Construir reputación internacional.

  • Reforzar identidades nacionales e imaginarios colectivos.

  • Neutralizar o atenuar críticas externas en ámbitos sensibles (por ejemplo, el respeto a los Derechos Humanos)


Evolución histórica, centralidad continental y proyección internacional

Celebrada por primera vez en 1957 en un contexto marcado por la búsqueda de reconocimiento internacional en el inicio de los procesos de descolonización, la Copa Africana de Naciones constituye una de las competiciones continentales más antiguas del fútbol internacional. Su nacimiento surge dentro de un contexto histórico peculiar, en el que África se encontraba en plena transformación política, donde los nuevos Estados independientes buscaban espacios de afirmación soberana, reconocimiento internacional y construcción nacional, por lo que el fútbol era el acompañante perfecto para condensar aspiraciones políticas en un formato más distendido, pero al mismo tiempo competitivo. Así, las primera ediciones del torneo fueron una extensión simbólica de esta independencia política: portar una bandera nueva, competir bajo el amparo de un escudo, cantar un himno nacional… adquiría un significado especial. 


Con el paso de las décadas, la CAN ha ido presentando una transformación profunda. La ampliación progresiva del número de selecciones participantes refleja no sólo el crecimiento del continente futbolístico, sino que triunfa como un evento verdaderamente continental (que fue el objetivo de la Confederación Africana de Fútbol cuando creó esta competición). Además, la profesionalización del fútbol africano, la exportación de futbolistas a ligas europeas y la mercantilización del deporte han modificado evidentemente la naturaleza del torneo. 


Hoy, la CAN se sitúa en la intersección entre deporte, política y economía, pues celebrar el torneo actualmente involucra dimensiones económicas relevantes- derechos televisivos, turismo, patrocinios…- y ofrece una fuerte capacidad de incidencia política. En este sentido, este es uno de los espacios donde África se representa, se ordena, se reconoce y se proyecta al exterior.


Precisamente, uno de los aspectos más peculiares de este torneo es la fecha en la que se celebra usualmente- entre los meses de diciembre y febrero-. Si bien este es un suceso multifactorial, la razón más importante por la que se escoge esta fecha es por motivos climáticos, pues gran parte de África atraviesa en dichos meses la estación seca, lo que permite campos en buen estado y partidos sin interrupciones ni aplazamientos por lluvias torrenciales, aparte por supuesto de que muchas regiones sufren temperaturas extremadamente altas en los meses de verano, lo que complica las circunstancias para jugar un partido de fútbol. Por otro lado, esto también tiene que ver con la tradición histórica del torneo, pues desde la primera edición lleva celebrándose en esta estación, soportando incluso intentos de moverla a verano por intereses del fútbol europeo. Relacionado con lo anterior, la Copa África precisamente supone un altavoz del continente sobre el fútbol europeo, pues los jugadores seleccionados que jueguen en ligas europeas deben abandonar sus clubes en plena temporada. Sin ir más lejos, la liga española perderá, según lo estimado, a unos 12 jugadores que militan en 6 equipos por un mes.


La CAF 2025: Contexto internacional, y Marruecos como sede

La Copa Africana de Naciones de 2025, organizada por Marruecos, se sitúa dentro de un contexto particularmente denso desde el punto de vista geopolítico, pues se trata de una edición que coincide con una etapa de reconfiguración del orden mundial, marcada por una competencia simbólica, regional y multipolar entre Estados, y por el creciente protagonismo de los grandes eventos deportivos como herramientas de posicionamiento global (véase el Mundial 2022, en Qatar).


Devolviendo la pelota al tejado futbolístico, esta edición reunirá a una generación de selecciones africanas muy competitivas, nutridas por futbolistas que son verdaderas estrellas en las principales ligas deportivas, reforzando la calidad del torneo y su solidez. La presencia masiva de la diáspora africana en Europa y la creciente atención de las plataformas audiovisuales globales contribuyen a situar el torneo más allá de los márgenes tradicionales del continente.


Sin embargo, la singularidad de la edición de 2025 no reside únicamente en su dimensión deportiva. Su relevancia fundamental es de carácter político. Marruecos no actúa como un anfitrión neutral, sino como un Estado estratega que concibe la organización del torneo como un instrumento de política exterior, de legitimación interna y de acumulación de capital simbólico. La CAN 2025 se convierte así en un evento cuidadosamente integrado dentro de una narrativa estatal de modernidad, estabilidad y liderazgo regional.


En las dos últimas décadas, Marruecos ha desarrollado una política exterior orientada de manera creciente hacia el continente africano. El retorno del país a la Unión Africana en 2017 constituyó un hito fundamental, simbolizando la voluntad de Rabat de abandonar una posición periférica para situarse como actor central en la arquitectura política africana. Desde entonces, esta estrategia se ha materializado a través de inversiones financieras, cooperación bancaria, presencia empresarial, iniciativas religiosas y una intensa diplomacia cultural y deportiva.


La organización de la Copa Africana de Naciones de 2025 debe interpretarse como una prolongación coherente de esta estrategia. El fútbol opera como un lenguaje transversal que permite a Marruecos reforzar su liderazgo simbólico, presentarse como socio fiable y proyectar una imagen de estabilidad en un entorno regional marcado por la incertidumbre. 


El esfuerzo inversor realizado por el Estado marroquí en infraestructuras deportivas, urbanas y de transporte responde a esta lógica. Estadios modernizados, nuevas instalaciones, redes ferroviarias de alta velocidad, aeropuertos ampliados y dispositivos de seguridad reforzados conforman un paisaje material diseñado para exhibir capacidad organizativa y competencia técnica. Estas infraestructuras no son únicamente herramientas funcionales, sino elementos centrales de una puesta en escena política destinada a demostrar que Marruecos está preparado para jugar en la primera división de los grandes organizadores deportivos. Por ello, Marruecos pretende obtener grandes beneficios en términos económicos de este torneo, pues se anticipa un impacto positivo en el turismo, la inversión extranjera y la proyección de la marca país, así como el refuerzo de la legitimidad interna del régimen marroquí en términos políticos. 


La CAN 2025 desempeña además un papel clave como ensayo general del Mundial de 2030, que Marruecos organizará junto a España y Portugal. Desde una perspectiva geopolítica, en caso de ser la CAN un éxito, esto posee un valor estratégico considerable: consolida a Marruecos como puente entre África y Europa y refuerza su narrativa de actor transcontinental. La Copa África permite poner a prueba capacidades logísticas, coordinación interinstitucional, gestión de flujos turísticos y construcción de relatos internacionales, elementos imprescindibles para el éxito del Mundial.


No obstante, esta narrativa positiva convive con profundas desigualdades sociales y con denuncias persistentes de violaciones de derechos humanos. Diversas organizaciones internacionales han señalado restricciones a la libertad de expresión, represión de la disidencia política y problemas estructurales en materia de derechos laborales, así como vulneraciones al bienestar animal, asesinando a millones de perros callejeros para la realización de ambos eventos . En este contexto, la CAN 2025 puede interpretarse como un ejemplo paradigmático de sportswashing, es decir, el uso estratégico del deporte para mejorar la reputación internacional del Estado y desplazar el foco mediático de cuestiones controvertidas. A esta dimensión se añade la cuestión del Sáhara Occidental, que introduce una capa geopolítica adicional. El fútbol funciona como un instrumento de normalización simbólica de la posición marroquí, integrando la narrativa de unidad territorial dentro del discurso deportivo y reforzando su legitimidad internacional de manera indirecta.


Conclusión: un torneo vibrante con mucho en juego

De este modo, la Copa Africana de Naciones constituye un espacio privilegiado de proyección de rivalidades históricas y contemporáneas. Caben destacar partidos como el Marruecos - Malí, característico por la rivalidad magrebí-saheliana; el Nigeria-Túnez, Senegal - RD Congo y el Camerún - Gabón por motivos futbolísticos; todos los partidos de fase de grupos de Tanzania por sus rivalidades con sus vecinos; el Egipto-Sudáfrica como rivalidad norte-sur, entre el máximo ganador de la CAN y el país que renació tras el apartheid; o el Argelia - Sudán, por términos de rivalidades árabe-africana. Todos ellos se celebrarán exclusivamente en fases de grupos, por lo que es muy probable encontrar enfrentamientos con cargas mucho más simbólicas en las fases de torneo del KO.


Así, la edición de 2025 hará que todos los ojos del fútbol internacional miren nuevamente hacia África, entendiéndose como un dispositivo central de poder blando en el continente africano, y articulando estrategias estatales de legitimación, liderazgo y proyección, destacando el paradigmático caso de Marruecos, pues, aparte de partir como claro favorito, es el anfitrión, consolidándose como una de las potencias africanas en términos deportivos más relevantes del momento, en estrecha conexión con la organización del Mundial de 2030, aunque es cierto que está por ver cómo resuelve las tensiones previamente expuestas. Analizar la CAN desde esta perspectiva además permite comprender que el fútbol, lejos de ser un mero espectáculo, tiene unas raíces e intenciones más profundas, y constituye uno de los escenarios más relevantes de la actualidad político-social en África. Sólo queda que el árbitro dé el pitido inicial, y que comiencen a funcionar las estrategias de cada nación.


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