Diplomacia española en China: geoeconomía, multilateralismo y competencia en el orden global contemporáneo
- Amalia García López

- hace 7 horas
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Diplomacia española en China: entre la geoeconomía y la competencia global
En un momento en el que el orden internacional parece cada vez más volátil, la reciente visita de Pedro Sánchez a China no puede leerse como un simple gesto diplomático más. Llega en un contexto marcado por la imprevisibilidad de Estados Unidos bajo el liderazgo de Donald Trump, la creciente asertividad global de China y la escalada de tensiones en Oriente Medio, con Irán como epicentro. En ese tablero, España ha optado por una estrategia que combina pragmatismo económico, posicionamiento europeo y una cierta vocación de mediación.
La visita del Presidente de España revela hasta qué punto los países europeos, especialmente potencias medias como España, están tratando de adaptarse a un entorno internacional en el que las reglas del juego ya no están claras.
La visita de Pedro Sánchez a China se ha desarrollado entre el 10 y el 15 de abril de 2026, aunque su agenda oficial comenzó el día 13 en Pekín, concentrado en apenas tres jornadas el núcleo político, económico y simbólico del viaje. No era un desplazamiento más sino que se trataba de su cuarta visita a China en apenas cuatro años, un dato que por sí solo refleja el peso creciente de la relación bilateral en la política exterior española.
El viaje arrancó con un perfil más institucional y académico. El día 13, Sánchez intervino en la Universidad de Tsinghua, una de las instituciones intelectuales más influyentes del país, donde lanzó un mensaje claro: “Europa y China están llamadas a entenderse en un momento de tensiones globales” así como también en su discurso añadió: “China está llamada a jugar un papel esencial en el futuro del mundo.”
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, subrayó la importancia de avanzar hacia una relación comercial más equilibrada y basada en la reciprocidad con China durante su intervención en Pekín. En el marco de su visita oficial, el Gobierno español ha optado por asumir esta realidad con un enfoque basado en el realismo, el pragmatismo y el sentido de la responsabilidad. Sin ignorar las diferencias existentes con China, ha defendido la conveniencia de reforzar los elementos de cooperación que históricamente han permitido el entendimiento entre ambos países.
"La propuesta de España es clara: construir una relación basada en el respeto mutuo. Un respeto que nos permita cooperar en todo lo posible. Competir en lo que sea necesario. Y gestionar nuestras diferencias cuando éstas resulten inevitables. España defiende esta visión. Lo hace en Madrid. Lo hace en Bruselas. Y lo hará donde haga falta", expresó Sánchez y reiteran desde Moncloa.
Por otra parte, en su intervención ante un auditorio formado en gran parte por estudiantes de una de las instituciones académicas más influyentes de China, Sánchez evocó un episodio histórico para ilustrar la profundidad de los vínculos entre ambos mundos. Recordó cómo en 1583 el jesuita Matteo Ricci revisó su concepción del mundo al constatar que China no ocupaba una posición periférica, como se asumía en Occidente. España, señaló, no era ajena a esa realidad, ya que mantenía intercambios comerciales con la dinastía Ming. En esa línea, destacó que tanto entonces como ahora España reconoce el peso de China en el sistema internacional, subrayando su condición actual como principal exportador de bienes a nivel global y uno de los actores más relevantes en el comercio de servicios.
Qué se dijeron Sánchez y Xi Jinping
Lejos de limitarse a cuestiones bilaterales, la conversación entre ambos líderes estuvo profundamente marcada por el contexto global. Sánchez trasladó a Xi la necesidad de reforzar el papel de China como actor clave en la resolución de conflictos internacionales, especialmente en Oriente Medio, llegando a señalar que resulta difícil encontrar otros interlocutores con la misma capacidad de influencia.
En la misma línea, ambos coincidieron en la defensa del multilateralismo y el derecho internacional frente a lo que Xi describió como el riesgo de volver a una “ley de la selva” en las relaciones internacionales. Esta expresión no es menor ya que apunta directamente a la percepción compartida de que el sistema internacional está entrando en una fase de desorden, marcada por decisiones unilaterales y conflictos abiertos como ocurre en Irán ahora mismo.
El Presidente Sánchez, por su parte, fue explícito al señalar que el orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial está siendo “socavado” y defendió la necesidad de reformarlo en lugar de abandonarlo. En ese marco, España se presentó como un actor dispuesto a construir puentes entre China y Europa, manteniendo su identidad europeísta pero apostando por el diálogo.
Además, durante la visita se produjeron encuentros con inversores y empresas chinas como fue la empresa tecnológica Huawei, con el fin de reforzar la cooperación entre empresas chinas y españolas. Sectores como la automoción eléctrica, la energía o las infraestructuras estuvieron en el centro de las conversaciones, reflejando una estrategia evidente atraer capital chino sin romper el marco europeo.
¿Cuándo se originaron las relaciones entre España y China?
La relación entre España y China no es reciente ni exclusivamente contemporánea. Tiene raíces profundas que aunque sean discontinuas revelan una interacción histórica basada en el comercio, la curiosidad mutua y la política económica.
Los primeros vínculos entre ambos mundos se remontan al siglo XVI, en el contexto de la expansión global de la Monarquía Hispánica. Aunque España y China no establecieron relaciones diplomáticas formales en ese momento, sí existió un contacto indirecto pero relevante a través de la ruta comercial del Galeón de Manila, que conectaba Asia con América.
Desde Filipinas, territorio bajo dominio español por entonces, se articuló un flujo constante de mercancías entre China y el Imperio español. Productos como la seda, la porcelana o las especias llegaban a América y desde allí a Europa. Este comercio convirtió a China en un socio económico clave, aunque fuese lejano, para la Corona española.
En paralelo, figuras como Matteo Ricci (mencionado por Sánchez en su discurso) desempeñaron un papel fundamental en el acercamiento cultural. Aunque italiano, Ricci formaba parte de las misiones católicas impulsadas en gran medida por las redes ibéricas. Su labor en la Corte china contribuyó a generar un conocimiento más preciso del gigante asiático en Europa, rompiendo con la idea de un territorio periférico y desconocido.
Tras este periodo inicial, las relaciones entre España y China entraron en una fase de menor intensidad. La progresiva decadencia del Imperio español y los cambios en el sistema internacional redujeron el contacto directo. A diferencia de otras potencias europeas como Reino Unido o Francia, España no tuvo un papel protagonista en China durante el siglo XIX, especialmente en el contexto de las guerras del opio y la apertura forzada del país asiático. Esto implicó que la relación bilateral careciera de los conflictos históricos que sí marcaron a otras potencias occidentales, pero también que su desarrollo fuera más limitado.
Sin embargo, aunque los contactos entre España y China pueden rastrearse indirectamente hasta el siglo XVI, a través de las rutas comerciales que conectaban Asia con América, las relaciones diplomáticas modernas se establecieron formalmente en 1973, cuando España reconoció oficialmente a la República Popular China. Este reconocimiento se produjo en un contexto de apertura internacional tanto por parte de China, tras su entrada en las Naciones Unidas en 1971 como de España, que en la etapa final del franquismo buscaba a su vez, reforzar su legitimidad exterior.
El establecimiento de relaciones diplomáticas marcó el inicio de un proceso gradual de acercamiento, aunque inicialmente limitado por factores ideológicos, geográficos y económicos. Los años siguientes, con la apertura económica china y su integración en la economía global especialmente tras su entrada en la Organización Mundial del Comercio en 2001 se generaron nuevas oportunidades para España.
En 2005 se creó la Asociación Estratégica Integral en aras de fortalecer las relaciones bilaterales y la cooperación tanto en materia política, económica, comercial y cultural firmada por el presidente al cargo José Luis Rodríguez Zapatero. Todo ello sentó las bases para el desarrollo posterior de vínculos más estrechos y la relación que se conoce hoy día.
En el año anterior, en 2025 a su vez, se firmaron siete acuerdos comerciales entre España y China que estaban destinados a impulsar la exportación de diversos productos españoles, especialmente del sector alimentario, sanitario y cosmético, hacia el mercado chino, al tiempo que buscan reforzar la cooperación bilateral en áreas como la cultura, la ciencia y la educación. Estos acuerdos produjeron un crecimiento superior al 7% de las empresas españolas hacia China. El mercado chino y las inversiones procedentes del país han adquirido una relevancia creciente dentro de la economía española, jugando un papel importante en la economía nacional, ya que se le visiona como un actor inversor con capacidad de influencia en infraestructuras, tecnología y energías renovables.
En términos estructurales, la relación es asimétrica pero complementaria. España presenta un déficit comercial persistente con China, lo que refleja una mayor dependencia de las importaciones que de las exportaciones.
Las importaciones de España procedentes de China alcanzaron en 2025 los 50.250 millones de euros, mientras que las exportaciones españolas hacia el mercado chino se situaron en el mismo periodo en 7.972 millones de euros según la Fundación Consejo España China.
Una visita en clave geopolítica
Es indudable que el viaje de Pedro Sánchez a China es un movimiento estratégico de múltiples capas. Por un lado, responde a una lógica económica evidente ya que por un lado pretende reforzar relaciones comerciales y seguir atrayendo inversiones para consolidar la presencia española en un mercado clave.
Sin embargo, en la otra cara de la moneda, reducir esta visita a una dimensión económica sería simplificarla en exceso. España ha tratado de proyectarse como un actor capaz de mantener canales de diálogo abiertos con China en un momento en el que las relaciones entre Pekín y Occidente atraviesan tensiones significativas.
En ese sentido, el encuentro con Xi Jinping no solo tiene valor bilateral, sino también europeo. España actúa en cierta medida, como interlocutor dentro de una Unión Europea que busca definir su propia posición entre Estados Unidos y China, sin quedar completamente subordinada a ninguno de los dos.
La Unión Europea se enfrenta a un dilema estratégico cada vez más evidente y que se ha visto incrementado desde el inicio de la guerra en Irán y el cierre del Estrecho de Ormuz, sobre cómo gestionar su relación con China sin deteriorar su alianza con Estados Unidos. Este equilibrio se ha vuelto más complejo en un contexto en el que Washington adopta posiciones más confrontativas, mientras que Pekín amplía su influencia global.
España, como potencia media dentro de la UE no pretende marcar la agenda, pero sí contribuye a matizarla. La visita de Sánchez puede interpretarse como un intento de reforzar la idea de una Europa con margen de autonomía, capaz de relacionarse con China desde una posición propia.
No obstante, esta estrategia no está exenta de tensiones. Las diferencias en materia de derechos humanos, gobernanza y modelo político siguen siendo un punto de fricción constante. La cuestión es hasta qué punto estos elementos condicionan realmente la política exterior frente a los intereses económicos y bélicos. A su vez, el papel de España tiene ventajas evidentes, pero también límites. La capacidad de España para influir en el orden global es reducida, y su margen de maniobra está condicionado por su pertenencia a la Unión Europea y por las dinámicas de las grandes potencias. Aun así, en un mundo donde las certezas escasean, la flexibilidad puede ser una estrategia en sí misma.
Desde el realismo estructural, autores como el politólogo estadounidense Kenneth Waltz sostendrían que los Estados actúan en función de su posición en un sistema internacional anárquico, buscando maximizar su margen de maniobra. Bajo esta lógica, el acercamiento de España a China no implicaría un cambio ideológico, sino una adaptación racional a un entorno en el que la hegemonía estadounidense se percibe más inestable y donde emergen nuevas potencias capaces de alterar el equilibrio global.
Desde esta perspectiva, el acercamiento a China no constituye una anomalía ni una ruptura del orden occidental, sino una expresión de balancing behavior suave o indirecto dentro de un sistema multipolar emergente. España no estaría “cambiando de bloque”, sino ajustando su inserción internacional para maximizar seguridad económica que últimamente se encuentra en jaque con la guerra en Irán y los altibajos de su relación con Estados Unidos. España parte de un margen de autonomía dentro de su posición estructural como potencia media, altamente integrada en la Unión Europea y dependiente del comercio exterior, por tanto es el actor idóneo para realizar un acercamiento a China en cuanto a temas bélicos, que tenga cierta repercusión internacional desde una posición mediadora y pacifista.
¿Qué ocurrirá ahora?
A diferencia de otras potencias occidentales, España y China no arrastran un legado significativo de conflictos históricos, lo que ha facilitado el desarrollo de una relación relativamente fluida, basada en el pragmatismo y es debido a esta ausencia de fricciones estructurales que se ha permitido que el vínculo bilateral evolucione con menor carga ideológica que en otros casos, aunque no por ello esté exento de complejidad en el contexto geopolítico actual.
En el marco de lo que algunos ya describen como un nuevo orden multipolar, la relación entre ambos países se inscribe en una dinámica más amplia de reconfiguración del poder global. En este escenario, España ha insistido en la necesidad de que China asuma un papel más activo en la defensa del derecho internacional y en la gestión de los principales focos de conflicto, desde Ucrania hasta Oriente Medio, incluyendo Líbano e Irán. La apelación no es menor ya que supondría reconocer explícitamente el peso creciente de Pekín como actor imprescindible en la gobernanza global.
Durante la visita, en un entorno diplomático especialmente activo, el Gobierno español ha subrayado la centralidad de China en la resolución de crisis internacionales. En palabras del propio presidente, se trataría del único actor del tablero global con capacidad real para contribuir a “desanudar” la situación en conflictos como el de Irán y la inestabilidad en el estrecho de Ormuz. Este diagnóstico se apoya en la constatación de que China representa hoy una superpotencia industrial y tecnológica con un peso económico difícil de ignorar, lo que justificaría según el Ejecutivo, reforzar la cooperación bilateral y consolidar una posición más visible de España en la interlocución con su liderazgo.
Bajo esta lógica, el viaje ha sido interpretado como un intento de consolidar una estrategia exterior basada en el refuerzo de vínculos con actores clave del sistema internacional, en un momento en el que otras potencias occidentales, como Estados Unidos bajo Donald Trump, muestran una creciente volatilidad en su papel global. En ese contexto, el acercamiento a China no se presenta como una ruptura, sino como una adaptación a una realidad internacional más fragmentada, en la que la diplomacia se desplaza hacia múltiples centros de poder.
Hoy, la relación entre España y China se inscribe así en un entorno mucho más complejo, en el que Pekín ha dejado de ser un actor periférico para convertirse en uno de los polos centrales del sistema internacional. Consciente de ello, España ha optado por una política de aproximación prudente, que busca equilibrar las oportunidades económicas con las obligaciones políticas y estratégicas derivadas de su pertenencia a la Unión Europea y de su inserción en el bloque occidental.
En este marco, el propio Pedro Sánchez ha resumido la filosofía de este acercamiento con una afirmación que condensa el espíritu de la visita: “En el pasado China y Europa supieron prosperar juntas y no hay razón para no volver a hacerlo.”
Pero si el futuro del sistema internacional pasa por una creciente fragmentación del poder, múltiples crisis simultáneas y la competencia entre grandes bloques, la pregunta que queda abierta es inevitable: ¿puede España realmente prosperar equilibrando a Estados Unidos y China sin acabar atrapada en la rivalidad entre ambos?
Créditos foto: Ministry of the Presidency. Government of Spain. Original published date: 11 April 2025. Retrieved via Wikimedia Commons: https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=163431203




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