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EE.UU., Israel e Irán: la escalada militar que redefine el equilibrio geopolítico en Oriente Medio

  • Foto del escritor: Rafael Loro Penella
    Rafael Loro Penella
  • 1 mar
  • 22 Min. de lectura

Artículo escrito por: José Manuel Jiménez Vidal y Rafael Loro Penella


Cuando un vacío de poder sumió a Oriente Próximo en la incertidumbre tras la retirada británica de la región en 1971, tras ciento cincuenta años de hegemonía ejercida, los Estados Unidos de América, con intereses energéticos vitales en Arabia Saudí y de contención de la influencia soviética en la vecina Irán –todavía bajo la monarquía de Mohamed Reza Pahleví– comprendió que no tenía otra opción más que ocupar ese liderazgo como garante de la seguridad regional para beneficio de su agenda exterior (Lippman, 2011).


No ha sido fácil para las distintas administraciones norteamericanas tener que buscar el equilibrio entre el petróleo y su estrecha relación con Israel, muy criticada por los países árabes. Tel Aviv recibe armamento y obtiene acceso a tecnología moderna, acceso a su mercados internos, apoyo total en caso de guerra y respaldo institucional a través de su veto en Naciones Unidas (Petras, 2002). En relación a ello, el embargo petrolero de 1973 establecido por las monarquías árabes exportadoras fue precisamente motivado por el apoyo al estado hebreo durante la Guerra de Yom Kippur contra el Egipto nasserista (Maffeo, 2003).


Tal es el compromiso de EEUU en su alianza con Israel que, la Administración Biden, llegó a describir la posible normalización de las relaciones entre Riad y Beit Aghion como “un interés de seguridad nacional” para su país (Congressional Research Service, 2023). De hecho, su constante intervencionismo en la zona no puede explicarse dejando aparte su probada determinación de garantizar la existencia del país liderado por Benjamin Netanyahu.


Tras la crisis de los Rehenes de 1979 –secuestro de personal diplomático norteamericano por fundamentalistas iraníes– se puso en marcha la Doctrina Carter, por la cual el país intervendría siempre que fuera necesario y por todos sus medios en el Golfo Árabe para defender sus intereses, vinculados como no, a su dependencia del petróleo. Esta doctrina fue recurrida por el presidente George H. W. Bush para el envío de tropas en 1990 a la Península Arábiga tras la agresión de Irak sobre Kuwait (Sánchez, 2001).


En la actualidad, EE.UU. posee bases e infraestructuras militares en Kuwait, Baréin, Israel, Egipto, Jordania, Irak, Omán, Catar, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Turquía (Wallin, 2018).


La cuestión del programa nuclear iraní

La revolución liderada por el ayatolá Jomeini en 1979 convirtió a la anterior monarquía pro-estadounidense y “gendarme” de los intereses de Washington en un nuevo régimen que abiertamente le declaraba su hostilidad. 


El período en el que nos encontramos es denominado como “Segunda Guerra Fría de Oriente Medio”. En ella, Arabia Saudí e Irán aspiraban a obtener la hegemonía y capitanear a las naciones musulmanas. Consciente de que el chiismo, interpretación del Islam seguida por esta teocracia y que tan solo representa al 5% de la población musulmanana mundial, –de la cual un 40% residen dentro de sus fronteras– es un elemento inviable ante la arrolladora corriente sunita a la hora de alcanzar sus intereses geopolíticos, el régimen de los ayatolás planteó una ideología revolucionaria y antiamericana (Poza, 2017). En tal forma, se enfatizó como arma los vínculos de Occidente con el Estado hebreo para legitimar el nuevo orden regional que esperaba liderar.

 

Esta animadversión ha motivado la creación y financiación de grupos armados tales como Hezbollah o los Hutíes. En el caso del primero, creado en 1982, consolidándose como el principal activo de Irán en su lucha contra la existencia del Estado de Israel, siendo entrenado y armado por la Guardia Revolucionaria y la Fuerza Quds (Azani y Karmon, 2018).

 

Por su parte, la capital de Austria fue testigo de la firma en 2015 del Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC) entre Irán y los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU a los que se unió Alemania, por el cual se pretendía retrasar la obtención de armas nucleares por parte de la teocracia liderada por Alí Jamenei. Entre las medidas acordadas se incluyen la eliminación de casi la totalidad –un 98% – de sus reservas de uranio enriquecido en un período de 15 años, limitar al 3,67% su enriquecimiento de citado material y la reducción  de dicha actividad tan sólo a las instalaciones de Natanz. Doce fueron los años que duraron, las ahora ya sabidas, fallidas negociaciones (Dueñas, 2020).


La preocupación mundial por la posibilidad de que Irán desarrolle su propio arsenal nuclear, en línea con el espíritu del Tratado de No Proliferación de 1968 adquiere una connotación existencial para el Estado de Israel y el status quo en Oriente Medio defendido por los Estados Unidos. A día de hoy, el ejército semita es el único de la región que posee armamento nuclear (BBC News Mundo, 2025) y la emergencia de otra potencia con capacidad semejante resultaría profundamente desestabilizante en favor de la antigua Persia y en detrimento de los estados árabes del Golfo, en especial Arabia Saudí.


Según el Informe Anual sobre el poder militar de 2014 ofrecido por el Departamento de Defensa de los EE.UU., Jamenei estaba llevando a cabo una política militar defensiva que asegure el futuro del régimen que lideraba en un momento de desventaja nuclear, ya que si Teherán contase con este tipo de armamento podría hacer servir la doctrina de la “Destrucción Mutua Asegurada”. Citando textualmente dicho informe, se busca “disuadir un ataque, sobrevivir a un ataque inicial, tomar represalias contra un agresor, y forzar una solución diplomática a las hostilidades y evitar cualquier concesión que desafíe sus intereses fundamentales”.


Contexto y ataque israelí-estadounidense del 28 de febrero de 2026

Los ataques conjuntos de Tel Aviv y la Casa Blanca sobre el régimen teocrático en el durante los últimos días están desencadenando una escalada sin precedentes en décadas. Durante las semanas anteriores se había procedido a un despliegue militar no visto desde la Guerra de Irak de 2003, acompañado de amenazas constantes de instigar un cambio de régimen.


Ya en junio del año pasado se produjeron ataques militares enfocados a impedir el desarrollo del programa nuclear iraní por medio del desmantelamiento de su infraestructura técnica y científica, conocidos en conjunto como la Operación León Ascendiente (Patelli, 2025). En aquel entonces la base norteamericana en Catar fue atacada sin mucho éxito y sin daños personales graves.

El 2 de enero del presente año, en la primera semana de una gran oleada de protestas que sacudieron al país de Oriente Medio y dejaron entre 3.000 (según las cifras oficiales) y 30.000 muertos (según medios europeos), el presidente Trump aseguró que se lanzaría una operación militar en Irán si el gobierno mataba manifestantes (BBC News Mundi, 2026). Casi dos meses han transcurrido para que esa posibilidad se haya convertido en realidad.


La anterior intervención, junto con la que hoy sacude el sistema internacional, son ejemplos de guerras preventivas que tanto Donald Trump como Benjamin Netanyahu han evidenciado a través de comunicados en sus redes sociales. El primer ministro israelí acusa al gobierno de los ayatolás de ser “un régimen terrorista asesino” y que “no debe armarse con armas nucleares que le permitan amenazar a la humanidad”, y añade que “juntos nos mantendremos firmes, juntos lucharemos y juntos aseguraremos la eternidad de Israel”. Por su parte, el presidente de los Estados Unidos anunció públicamente minutos antes de las nueve de la mañana, en hora de Europa Central, los movimientos realizados por sus tropas en las horas previas:  “Nuestro objetivo es proteger al pueblo estadounidense eliminando amenazas inminentes del régimen iraní”; “Sus actividades amenazantes ponen en peligro directamente a Estados Unidos”.


La operación ha sido bautizada como “Furia Épica” y según la U.S. Central Command –uno de los nueve comandos unificados del Departamento de Guerra encargado de velar por la seguridad y los intereses estadounidenses en Oriente Próximo–, a la una y cuarto de la mañana de Florida, desde donde se monitorizó el transcurso de la actuación, se alcanzaron los objetivos prioritarios con propósito de desarticular el aparato de seguridad de la República Islámica: aeródromos militares, capacidades de defensa aérea, instalaciones de mando y control de la Guardia Revolucionaria y de lanzamiento de drones y misiles.


Asimismo, la Media Luna Roja iraní reportó la muerte de un total de 201 personas a las 17:48h del día 28 de febrero de 2026, a consecuencia de los ataques perpetrados sobre el país y además de que veinte de sus treinta y dos provincias habían sido atacadas.


A las 22:47, hora española, la Casa Blanca anunció, republicando un tuit del presidente Trump, la muerte del Líder Supremo iraní: “Jamenei, una de las personas más malvadas de la historia ha muerto”. Si bien el régimen había estado negando tal información ofrecida desde la tarde por el gobierno israelí, ha sido finalmente confirmada esta madrugada por la televisión pública nacional.


Las repercusiones de la guerra preventiva declarada por Tel Aviv y Washington se sienten en el corazón económico del Golfo. La mayoría de los países árabes con bases militares americanas han sido atacados, y si bien se podía esperar una ofensiva focalizada en infraestructuras militares, los aeropuertos de Dubái, Abu Dabi o Kuwait han sido objeto de ataques que han dejado heridos y daños materiales limitados. La República Islámica parece estar decidida a vengar por todos los medios la muerte de su líder durante más de treinta y cinco años, paralizando uno de los aeropuertos con mayor tráfico aéreo (Aeropuerto Internacional de Dubái) o atacando edificios emblemáticos como el Burj Al Arab o la zona turística de Palm Jumeirah. Emiratos Árabes Unidos parece estar llevándose la peor parte, quizás por la cercanía geográfica, los intereses financieros ligados, la percepción de Dubái y Abu Dhabi como icónos capitalistas –contrarios al ideario chiíta iraní– o el apoyo en inteligencia a servicios occidentales. En lo que concierne al Reino de Arabia Saudí, este parece enfrentar relativa calma tras el ataque frustrado en Riad y la Provincia Oriental.


Cualquier esfuerzo previo por llegar a una solución pacífica ha quedado en vano. El ministro de Asuntos Exteriores del Sultanato de Omán, Badr Albusaidi, destacado por su papel en las negociaciones entre EE.UU. e Irán, se mostraba consternado en redes sociales, afirmando que “esto no beneficia ni a los intereses de Estados Unidos ni a la causa de la paz mundial”. Posteriormente, el puerto de Duqm, ha sido atacado por Irán, siendo el sultanato el último país bombardeado por Teherán por el frustrado intento de golpear las bases británicas en la isla de Chipre.


Ataques sobre el Reino de Baréin

El Reino de Baréin, pequeño Estado insular situado en las costas del Golfo Árabe, constituye desde hace décadas el principal centro neurálgico de las operaciones militares estadounidenses en Oriente Medio. En su territorio se encuentra la sede de la Quinta Flota de Estados Unidos, desde donde se supervisan las operaciones del US Central Command en el Golfo Pérsica, el Golfo de Omán, el Mar Rojo y el Mar Arábigo, así como en enclaves estratégicos del comercio mundial como los estrecha de Ormuz, Bab al-Mandeb y el canal de Suez. La relevancia de esta infraestructura militar queda reflejada en la inversión estadounidense, que hasta 2017 ascendía a unos 2,000 millones de dólares destinados a la Naval Support Activity (NSA).


La presencia naval estadounidense en el archipiélago se remonta a 1948 y quedó formalizada tras la independenci bareiní en 1971 mediante un Acuerdo de Estatus de Fuerzas (SOFA). Posteriormente, la cooperación se profundizó tras la operación “Tormenta del Desierto” en 1991 con la firma del Acuerdo de Cooperación de Defensa (DCA), conflicto durante el cual Baréin acogió tropas y aeronaves norteamericanas. La importancia estratégica del país quedó consolidada en 2002, cuando el presidente George W. Bush lo designó oficialmente como aliado principal no perteneciente a la OTAN. Como otras monarquías del Golfo, Baréin ha buscado beneficiarse del paraguas de seguridad de Washington, especialmente ante la percepción histórica de amenaza procedente de Irán, que llegó a reivindicar la isla como su decimocuarta provincia en 1950.


En este contexto geopolítico se produjo la jornada de ataques atribuida a Irán contra el territorio bareiní. A las 11:51 horas locales, el Ministerio del Interior activó las sirenas de emergencia e instó a la ciudadanía a refugiarse y mantener la calma. Veinte minutos más tarde, el Centro Nacional de Comunicaciones confirmó que el centro de servicio de la Quinta Flota estadounidense había sido objeto de un ataque con misiles. A las 12:26 horas, el Gobierno bareiní condenó los hechos calificándolos como una flagrante violación a su soberanía y seguridad nacional, reservándose el derecho a responder. Posteriormente, a las 13:07 horas, las autoridades solicitaron a la población limitar el uso de las carreteras a casos estrictamente necesarios para facilitar las labores de los servicios de emergencia y recomendaron seguir exclusivamente fuentes oficiales.


Aunque a las 13:19 horas la situación fue descrita como controlada, se adoptaron medidas adicionales de seguridad, entre ellas la clausura del puente Sheikh Khalifa y el cierre del acceso a Juffair por la autopista Al Fateh, zona próxima a instalaciones militares estadounidenses. A las 13:42 horas se cerró también el Salman Port, con presencia de buques norteamericanos, reabriéndose una hora después. A las 14:13 horas el Ministerio del Interior confirmó la evacuación del área de Juffair, mientras que a las 14:31 horas el Comando General de la Fuerza de Defensa anunció la intercepción de un nuevo ataque con misiles, reiterando el llamamiento a la cautela ciudadana.


La crisis continuó escalando durante la tarde. A las 15:12 horas, el Ministerio de Asuntos Exteriores instó a los ciudadanos bareiníes presentes en Irán a abandonar inmediatamente el país y registrar sus datos para facilitar su evacuación. Dieciséis minutos después volvieron a activarse las sirenas de emergencia en la isla. A las 16:19 horas, el Ministerio de Transporte y Telecomunicaciones anunció el cierre del espacio aéreo y la paralización de las operaciones del Aeropuerto Internacional de Baréin. Poco después se suspendieron las clases presenciales hasta nuevo aviso y se implantó el teletrabajo para aproximadamente el setenta por ciento de los funcionarios públicos.


A las 17:08 horas, el Ministerio de Industria y Comercio trató de contener la inquietud social asegurando que el Reino disponía de reservas suficientes para cubrir las necesidades de la población a precios estables. Sin embargo, las sirenas volvieron a sonar a las 18:50 horas y, más tarde, el Ministerio del Interior informó de daños en tres edificios de Manama y Muharraq causados por ataques con drones y la caída de restos de un misil interceptado. En paralelo, el Ministerio de Asuntos Exteriores condenó enérgicamente los ataques iraníes contra varios países aliados del Consejo de Cooperación del Golfo –Arabia Saudí, Catar, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait–,a los que se sumarían posteriores ataques en Jordania y Omán –también miembro del Consejo–, evidenciando la dimensión regional de la ofensiva.


Por su parte, la noche estuvo marcada por una sucesión de nuevas alertas aéreas a las 22:22, 23:35 y 02:39 horas. Apenas un minuto después de la última, el Comando General de la Fuerza de Defensa informó la intercepción de 45 misiles y nueve drones iraníes, entre ellos modelos Shahid-136. Cinco minutos más tarde se confirmó la existencia de cuatro heridos atendidos en el Complejo Médico Salmaniya y un aumento de los daños materiales. Finalmente, a las 04:21 horas, la Bahrain News Agency informó de un ataque con dron contra el Aeropuerto Internacional de Baréin que provocó daños menores, cerrando una jornada que evidenció la vulnerabilidad estratégica del país y su papel central en la rivalidad militar entre Washington y Teherán.


El ataque a los Emiratos Árabes Unidos: infraestructuras bajo fuego en la escalada regional

La federación de los Emiratos Árabes Unidos, que alberga algunas de las infraestructuras militares y logísticas más relevantes para la proyección estratégica estadounidense en el Golfo, también se convirtió en objeto de la respuesta iraní contra intereses vinculados a Washington durante la jornada del 28 de febrero. Entre estos enclaves destaca la Base Aérea de Al Dhafra, donde desde 2016 permanece desplegado un contingente estadounidense de aproximadamente 3,800 efectivos; el Puerto de Jebel Ali en Dubái, que pese a no ser formalmente una instalación militar recibe de forma habitual portaaviones y buques de guerra norteamericanos; y la base naval de Fujairah, situada cerca del Estrecho de Ormuz y concebida como alternativa operativa terrestre ante un eventual cierre de esa vía marítima estratégica. Estas instalaciones, clave para la logística y la movilidad naval en la región, situaron al país en el centro de la escalada militar.


La tensión comenzó a hacerse visible a primera hora de la tarde, cuando el diario local Gulf News informó a las 13:10 horas de la clausura parcial del espacio aéreo emiratí como medida preventiva tras la evaluación de los riesgos derivados del deterioro de la seguridad regional. Aproximadamente una hora después, el Ministerio de Defensa anunciaba públicamente la intercepción exitosa de varios misiles iraníes dirigidos contra el país, confirmando al mismo tiempo daños materiales en una zona residencial de la capital, Abu Dabi, así como la muerte de una persona de nacionalidad asiática. Las autoridades calificaron la acción como un ataque “cobarde” por poner en peligro instalaciones civiles y reiteraron su rechazo absoluto, reservándose el derecho a responder, en línea con el resto de Estados afectados por los ataques.


La situación se agravó durante la tarde. A las 16:14 horas, la Oficina de Medios del Gobierno de Dubái confirmó la suspensión completa de los aeropuertos de la ciudad, incluido el Aeropuerto Internacional de Dubái, coincidiendo con una segunda oleada de misiles iraníes que fue nuevamente interceptada por las defensas aéreas. Sin embargo, los restos de los proyectiles impactaron en diversas zonas del emirato de Abu Dabi, entre ellas Al Falah, Bani Yas, Khalifa, Saadiyat y la ciudad Mohamed Bin Zayed. Posteriormente, a las 19:44 horas, se confirmó que cuatro personas resultaron heridas tras el incendio de un edificio en Palm Jumeirah provocado por otro impacto. A las 21:30 horas, las autoridades difundieron un mensaje simbólico acompañado por la bandera nacional con la frase: “Señor mío, haz que esta ciudad sea tranquila y segura”, reflejando el clima de tensión que atravesaba el país y, especialmente, la ciudad de Dubái.


En paralelo, un comunicado del Ministerio de Defensa emitido a las 19:37 horas reconocía que las fuerzas armadas continuaban interceptando con éxito nuevos misiles y drones iraníes en sucesivas oleadas sin registrar víctimas adicionales. Durante la madrugada, a las 01:51 horas, las defensas aéreas emiratíes afirmaron haber derribado un total de 137 misiles y 209 drones desde el inicio de la ofensiva iraní. Apenas minutos después, se informó de daños menores en una de las terminales del aeropuerto internacional de Dubái y de cuatro miembros del personal heridos, aunque la evacuación preventiva de pasajeros había sido completada previamente en la mayoría de las instalaciones.


La tensión persistió durante la noche. Hacia las 03:00 horas, el Gobierno de Dubái comunicó que nuevos impactos relacionados con restos de misiles interceptados habían afectado al puerto de Jebel Ali, al tiempo que las autoridades pidieron a la población no difundir vídeos antiguos –especialmente vinculados a incendios ocurridos en 2021 en torres como el Burj Khalifa– para evitar la propagación de desinformación. Poco después, a las 03:36 horas, la Defensa Civil logró controlar un incendio menor en la fachada del emblemático Burj Al Arab tras un nuevo impacto.


La jornada evidenció una fecha traumática para los principales nodos logísticos y militares del Golfo ante ataques de saturación con misiles y drones, así como el papel central que desempeñan los Emiratos Árabes Unidos en el entramado regional, convirtiendo al país en uno de los escenarios de mayor ataque de Irán y en un socio fundamental para Occidente. Posteriormente, se han documentado nuevos ataques e incidentes con restos de drones derribados en la zona del Puerto de Dubái, el Aeropuerto Internacional y zonas residenciales dubaitíes y de Abu Dabi. Asimismo, el gobierno emiratí ha confirmado la retirada del personal diplomático y el cierre de su embajada en Irán.


Ataques sobre el Estado de Catar

El Estado de Catar se convirtió igualmente en objetivo de la ofensiva iraní debido a su papel central dentro del dispositivo militar estadounidense en Oriente Medio. En su territorio se encuentra la Base Aérea de Al Udeid, la mayor instalación militar de Estados Unidos en la región, inaugurada en 1996 y capaz de albergar a unos diez mil efectivos. Esta infraestructura permitió en su momento la reubicación de tropas estadounidenses desplegadas en Arabia Saudí tras la liberación de Kuwait y constituye uno de los principales centros de operaciones aéreas del US Central Command. A ello se suma la relevancia logística de Camp As Sayliyah, consolidando al país como un nodo estratégico prioritario y, por tanto, como objetivo directo dentro de la escalada regional.


La jornada de ataques comenzó a las 12:57 horas locales, cuando el Ministerio de Defensa catarí anunció la intercepción de varios misiles antes de que alcanzaran territorio nacional, mientras fuertes detonaciones podían escucharse desde la capital, Doha. Minutos antes, la aerolínea Qatar Airways había suspendido todos sus vuelos tras el cierre preventivo del espacio aéreo. Pasadas las tres de la tarde, el Ministerio de Asuntos Exteriores condenó formalmente las acciones iraníes por considerarlas una violación de la soberanía nacional, expresó su solidaridad con otros países afectados y reiteró su derecho a responder.


Las autoridades cataríes informaron posteriormente de la neutralización de una segunda oleada de ataques a las 13:13 horas, seguida de una tercera a las 14:30 y una cuarta durante la madrugada, en torno a las 03:00 horas, en la que fueron interceptados dieciocho misiles balísticos. Durante la segunda oleada, uno de los proyectiles cayó en una zona residencial del distrito de Barwa, en Doha, provocando daños materiales pero sin víctimas mortales. Ante la evolución de los acontecimientos, el Ministerio de Educación ordenó la suspensión inmediata de las clases presenciales hasta nuevo aviso.


A medida que avanzaba la tarde, el Ministerio del Interior instó a las 18:43 horas a la población a permanecer en sus hogares, alejados de ventanas y evitando desplazamientos innecesarios, en línea con las medidas adoptadas por otros Estados de la zona. Finalmente, a las 04:20 horas, un nuevo comunicado oficial actualizó el balance provisional elevando a dieciséis el número de heridos y confirmando que los daños materiales habían sido limitados, reflejando la eficiencia de los sistemas de defensa aérea.


Ataques sobre el Estado de Kuwait

El Estado de Kuwait también se vio afectado por la represalia iraní contra países aliados de Washington. Desde el final de la Guerra del Golfo de 1991, el país mantiene un estrecho acuerdo de cooperación militar con Estados Unidos, que se traduce en la presencia de instalaciones estratégicas como la Base Aérea Ali Al Salem, Camp Arifjan, Camp Buehring y Camp Patriot. Esta relación ha llevado a que Kuwait sea considerado un aliado principal no perteneciente a la OTAN, reforzando su papel dentro del sistema de seguridad de las administraciones norteamericanas.

Las primeras señales de los ataques se produjeron tras el cierre preventivo de su espacio aéreo a las 12:43 horas. Poco después, el periódico Kuwait Times informó a las 13:23 horas de la activación de las sirenas de emergencia en distintas zonas del país. A las 13:36 horas, la Universidad de Kuwait anunció la suspensión de exámenes y actividades académicas con el fin de proteger a estudiantes y personal docente.


El Ministerio de Asuntos Exteriores condenó oficialmente los ataques a las 14:00 horas, advirtiendo del riesgo de desestabilización regional y reservándose el derecho a responder. Cuarenta y tres minutos más tarde, la Guardia Nacional confirmó su coordinación con el ejército, la policía y los servicios de emergencia para garantizar la seguridad interna. Paralelamente, el Ministerio de Salud activó reuniones de emergencia destinadas a reforzar la preparación hospitalaria, señalando que hasta ese momento no se habían registrado víctimas atendidas en centros médicos.


A las 15:11 horas, el Ministerio del Interior describió la situación como “segura y estable”, aunque bajo vigilancia permanente, advirtiendo además sobre la ilegalidad de difundir información falsa. Ese mismo momento, el portavoz de la Compañía Nacional de Petróleo llamó a la calma asegurando la continuidad del suministro energético. Posteriormente, a las 16:05 horas, la defensa aérea confirmó la neutralización de varios objetos hostiles.


Sin embargo, el Aeropuerto Internacional de Kuwait también resultó afectado por ataques con drones, registrándose varios heridos leves y daños materiales según informaciones publicadas a las 18:11 horas. Horas después, Kuwait convocó al embajador iraní al considerar los hechos una violación del derecho internacional humanitario. El balance sanitario ascendía a doce heridos a las 20:00 horas, incluidos tres militares en la base de Ali Al Salem.


Entre las medidas adoptadas por las autoridades destacaron la paralización de las operaciones en el Puerto de Shuaiba y la cancelación de las oraciones de Taraweeh, decisiones que reflejaron el impacto social y operativo de una jornada marcada por la tensión y la ampliación del conflicto a prácticamente todo el arco de aliados estadounidenses en el Golfo.


Ataques sobre otros Estados (Jordania, Arabia Saudí, Omán y Chipre-Reino Unido)

La crisis militar abierta entre Irán, Israel y Estados Unidos ha evolucionado rápidamente hacia un escenario regional tras la respuesta armada iraní contra posiciones militares situadas en otros Estados de Oriente Medio y el Mediterráneo oriental. La operación iraní, presentada oficialmente por Teherán como una acción defensiva proporcional, constituye la primera campaña de represalia ejecutada simultáneamente contra múltiples países fuera del territorio israelí.


En las horas  posteriores al ataque occidental sobre Irán, Teherán inició una operación coordinada basada en el lanzamiento masivo de misiles balísticos y drones de ataque dirigidos principalmente contra instalaciones asociadas a fuerzas estadounidenses y aliadas. Según evaluaciones militares occidentales, el volumen total de proyectiles empleados durante las primeras fases superó varios centenares, organizados en oleadas sucesivas destinadas a saturar los sistemas defensivos regionales.


Jordania se convirtió en uno de los espacios aéreos más sensibles debido a su posición geográfica entre Israel, Irak y Siria. El gobierno jordano confirmó la activación completa de su defensa aérea tras detectar múltiples trayectorias de misiles y vehículos no tripulados atravesando su territorio. Las intercepciones evitaron daños significativos, pero el episodio evidenció la vulnerabilidad estratégica del reino hachemí, tradicionalmente considerado zona de amortiguación entre frentes militares activos. Ammán protestó diplomáticamente por la violación de su soberanía aérea mientras reforzaba la coordinación con socios occidentales.


En Arabia Saudí, los ataques iraníes se interpretaron como un mensaje estratégico más que como un intento de destrucción directa. Riad informó de la interceptación de varios proyectiles dirigidos hacia áreas donde operan infraestructuras militares vinculadas a la cooperación con EEUU. Aunque los daños fueron limitados, el incidente ha reactivado el temor a ataques contra instalaciones energéticas críticas, un factor que históricamente ha amplificado el impacto global de cualquier confrontación entre Teherán y las monarquías del Golfo.


El caso de Omán ha presentado una dinámica distinta. No se han registrado las mismas estrategias militares; destacando la ausencia de impactos terrestres confirmados, pero la tensión se ha trasladado al dominio marítimo, especialmente en el entorno del estrecho de Ormuz, paso estratégico por el que circula una parte sustancial del comercio mundial del petróleo. Incidentes con drones y amenazas contra buques mercantes han elevado el nivel de riesgo para la navegación internacional y provocaron alertas navales coordinadas por potencias occidentales y países del Golfo, evidenciando el uso iraní de la presión económica indirecta como instrumento militar.


El episodio más significativo desde el punto de vista europeo es el que ha afectado a la isla de Chipre, donde el Reino Unido mantiene las bases soberanas de Akrotiri y Dhekelia. El Ministerio de Defensa británico confirmó que misiles iraníes fueron destacados en dirección a la isla y neutralizados antes de alcanzar sus objetivos. El secretario de Defensa británica, John Haley, declaró que fuerzas británicas participaron también en la interceptación de drones que amenazaban instalaciones aliadas, subrayando que la situación representa una escalada grave y potencialmente desestabilizadora para la seguridad regional.


Desde una perspectiva estratégica, la operación iraní revela un cambio doctrinal relevante. En lugar de actuar exclusivamente mediante milicias aliadas o actores proxy, Teherán ha demostrado capacidad para proyectar fuerza de manera directa y simultánea sobre múltiples escenarios. El objetivo aparente no ha sido provocar una guerra inmediata, sino ampliar el coste político y militar para EEUU y sus aliados, mostrando que cualquier ataque contra Irán puede desencadenar efectos regionales inmediatos.


Las consecuencias inmediatas incluyen el aumento del nivel de alerta militar en Oriente Medio, restricciones del tráfico aéreo, volatilidad en los mercados energéticos y una intensa actividad diplomática internacional orientada a contener una escalada mayor. Analistas coinciden en que, aunque la mayoría de los proyectiles fueron interceptados, el impacto estratégico ya se ha producido: el conflicto ha dejado de ser bilateral para convertirse en una crisis regional con implicaciones directas para Europa y las rutas energéticas globales.


¿Dónde están los actores proxy?

Uno de los aspectos más significativos de la actual escalada militar en Oriente Medio no ha sido únicamente la amplitud de los ataques iraníes, sino la relativa discreción operativa de las organizaciones armadas que tradicionalmente han actuado como extensiones regionales de Teherán. Durante décadas, la estrategia iraní se ha apoyado en una red de actores no estatales –conocidos como proxies– para proyectar poder sin implicarse directamente. Sin embargo, en la crisis actual, su papel ha sido notablemente más limitado de lo esperado.


El caso más relevante es el de Hezbolá, considerado el principal instrumento militar iraní fuera del territorio nacional. A pesar del aumento de la tensión regional, la milicia libanesa no ha abierto un frente de gran escala contra Israel, al menos de momento. Las acciones registradas hasta ahora se han limitado a intercambios de fuego de baja intensidad en la frontera y movimientos defensivos, lejos de la ofensiva masiva que muchos anticipaban. Esta contención parece poder responder a un cálculo estratégico: una guerra total en Líbano podría destruir la estructura militar acumulada por Hezbolá durante años, reduciendo el activo disuasorio más importante de Irán frente a Israel.


La situación es distinta en Gaza, donde Hamás atraviesa una fase de debilidad estructural tras las operaciones militares israelíes de los últimos años. Su capacidad organizativa y logística se encuentra severamente deteriorada, lo que limita su papel en una escalada regional coordinada. Aunque mantiene presencia armada y capacidad para acciones puntuales, ya no constituye el vector estratégico principal que Irán podía utilizar para abrir un segundo frente inmediato contra Israel.


Por su parte, el movimiento hutí de Yemen, ha mantenido una actividad más visible, aunque indirecta. Sus acciones se han concentrado principalmente en el ámbito marítimo, mediante amenazas y ataques selectivos contra rutas comerciales en el mar Rojo y áreas próximas a las corredores energéticos internacionales. Esta presión no busca tanto la conquista territorial como el incremento del coste económico global del conflicto, afectando al comercio y a la seguridad del transporte marítimo.


En conjunto, la limitada activación de estos grupos sugiere un cambio táctico temporal en la doctrina iraní. En lugar de delegar la respuesta en milicias aliadas, Teherán ha optado por demostrar capacidad militar directa, reservando a sus proxies como instrumentos de escalada futura. Mantenerlos en segundo plano permite conservar opciones estratégicas si el conflicto se intensifica, evitando al mismo tiempo una guerra regional inmediata y difícilmente controlable.


Así, más que una ausencia real, lo que se ve es una contención deliberada, los aliados armados de Irán permanecen activos pero retenidos, funcionando como una reserva estratégica cuya plena movilización marcaría probablemente el paso definitivo hacia un conflicto regional abierto.


El nuevo ayatolá y la sucesión del poder en Irán: cómo se elige al líder

El asesinato del líder supremo Alí Jameneí, producida en medio de la actual escalada militar regional, abrió uno de los momentos más delicados para la República Islámica desde la revolución de 1979. La reacción del régimen ha sido inmediata y cuidadosamente coreografiada: proclamación de luto nacional, ceremonias masivas por el luto y una simbología pública destinada a transmitir continuidad del poder en un contexto de guerra y alta tensión interna.


Durante las primeras horas tras confirmar el fallecimiento, las autoridades ordenaron que numerosas mezquitas y santuarios religiosos fueran iluminados con luces rojas, un gesto cargado de significado dentro del chiismo iraní. El color rojo, asociado tradicionalmente al martirio, fue utilizado para presentar la muerte del líder como un sacrificio en defensa de la nación y del islam revolucionario. En ciudades como Teherán, Qom o Mashhad, miles de fieles han participado en vigilias nocturnas mientras banderas negras de duelo cubrían edificios oficiales.


El asesino no se ha producido en un vacío político. Según fuentes iraníes y evaluaciones occidentales, los ataques previos contra instalaciones estratégicas del país causaron también la muerte de varios altos mandos militares y asesores vinculados al aparato de seguridad estatal, incluidos miembros del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica. Estas pérdidas reforzaron la narrativa oficial de “agresión externa”, utilizada por el régimen para movilizar el apoyo interno y justificar la posterior ofensiva militar regional.


A diferencia de otros sistemas políticos, Irán no elige a su máxima autoridad mediante elecciones populares.Tras la muerte del líder supremo entró automáticamente en vigor el artículo 111 de la Constitución, que establece un liderazgo provisional mientras se designa al sucesor definitivo.

El poder quedó temporalmente en manos de un consejo interino formado por el presidente Masoud Pezeskhian, el jefe del poder judicial Gholamhossein Mohseni Ejei y el clérigo Alianza Arafi, figura destacada del establishment religioso. Este órgano asumió las competencias esenciales del líder supremo: supervisión del Estado, mando nominal de las fuerzas armadas y continuidad institucional.


La decisión final corresponde a la Asamblea de Expertos, un consejo de 88 clérigos encargados constitucionalmente de elegir –y teóricamente supervisar– al líder supremo. Sus deliberaciones se realizan a puerta cerrada y sin transparencia pública, en un proceso comparable más aún al cónclave religioso que a una transición política convencional. 


Aunque el cargo exige autoridad religiosa, el criterio decisivo es político. El líder supremo controla el ejército, valida elecciones, nombra jueces clave y mantiene autoridad directa sobre los Guardianes de la Revolución. Por ello, la elección depende del equilibrio entre tres centros de poder: el clero de Qom, el aparato de seguridad y las élites conservadoras.


El nombre de Alireza Arafi comenzó a ganar peso precisamente por representar una figura de continuidad. Cercano a los círculos doctrinales y aceptable para los sectores militares, su perfil encaja con el patrón histórico iraní: en momentos de crisis, el sistema prioriza estabilidad antes que liderazgo carismático.


Conclusiones

El escenario abierto tras la escalada permanece marcado por una profunda incertidumbre estratégica. La decisión de Irán de cruzar el umbral cualitativo que supone atacar directamente infraestructuras críticas y zonas civiles en varios Estados introduce un precedente peligroso que altera las reglas tácticas de contención que habían regido, hasta ahora, la confrontación indirecta regional. La crisis deja abiertas incógnitas fundamentales: la capacidad real de disuasión de las alianzas regionales, el margen de respuesta de EEUU y, especialmente, la resiliencia interna del propio sistema político iraní en un contexto de presión militar extrema, pérdidas en su cadena de mando y crecientes tensiones domésticas.


Al mismo tiempo, los países afectados se enfrentan probablemente al desafío de seguridad más serio desde su consolidación como Estados modernos. Se trata, en su mayoría, de naciones jóvenes cuya estabilidad ha descansando sobre la combinación de prosperidad económica, proyección internacional y garantías de protección tercera. La actual ofensiva pone a prueba no solo sus sistemas de defensa aérea, sino también sus modelos políticos y sociales, diseñados para la estabilidad y no para un escenario prolongado de conflicto abierto.


Dentro de este marco, los EAU parecen haberse convertido en un objetivo especialmente simbólico. Golpear espacios como Dubái–asociado a la globalización, la modernidad económica y la imagen de un islam pragmmático y aperturista– trasciende el daño material inmediato y apunta a un efecto psicológico más amplio. La perturbación de un enclave percibido como seguro y ajeno a la confrontación directa busca proyectar vulnerabilidad, generar incertidumbre en los mercados y trasladar el conflicto al terreno del impacto mediático y emocional. En un entorno geopolítico donde la percepción condiciona tanto como la fuerza militar, el miedo se convierte así en un instrumento de presión estratégica orientado a modificar cálculos políticos y abrir nuevas posiciones.

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