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Incendios forestales en España: la urgencia de recuperar el medio rural y reforzar la gestión forestal

Los incendios de Madrid, Ávila y Toledo, entre otros, vuelven a demostrar que el fuego no solo consume hectáreas de maleza. También pone en evidencia el abandono del medio rural; especialmente por las autoridades, la necesidad de una gestión forestal eficiente y ambiciosa y la gran deuda que España mantiene con quienes viven, trabajan y protegen el campo.


Julio de 2026 será tristemente recordado como un mes en el que el humo volvió a teñir de gris el cielo español. Las llamas avanzaron y avanzan con una rapidez devastadora sobre los montes de Madrid, Toledo, Castellón, Guadalajara, Ávila…, obligando a evacuar a cientos de miles de personas, interrumpiendo carreteras, amenazando viviendas y dejando tras de sí un paisaje irreconocible. Sin embargo, reducir esta nueva tragedia al número de hectáreas calcinadas sería un error. Detrás de cada incendio hay pueblos que ven desaparecer parte de su historia, agricultores y ganaderos que pierden el trabajo de toda una vida mientras intentan salvar a sus animales, viviendas y familias. A su vez, la visión es imponente, marcada por una contemplación de un paisaje que ha devorado aquello que fue considerado siempre hogar.


España conoce bien esta imagen. Cada verano, los incendios forestales regresan con fuerza, aunque en realidad hace años que dejaron de sorprender a la población para convertirse en una amenaza recurrente. Cambian los nombres de los municipios afectados, las comunidades autónomas o las cifras de superficie quemada, pero el patrón apenas varía. Cuando llegan las altas temperaturas, el viento y la sequía, el país vuelve a enfrentarse a una realidad incómoda: seguimos reaccionando mejor ante la emergencia que ante sus causas.


Es innegable que el cambio climático está modificando el comportamiento de los incendios. Las olas de calor son más frecuentes, los periodos de sequía más prolongados y la vegetación permanece más tiempo en condiciones extremas de inflamabilidad. Los incendios actuales son rápidos, intensos y más difíciles de controlar que hace décadas. Negar esta realidad es ignorar una evidencia científica. No obstante, convertir al cambio climático en la única explicación también supone una simplificación de un problema mucho más complejo.


El fuego encuentra combustible allí donde durante años se ha acumulado biomasa sin gestionar. Lo hace en montes abandonados, antiguos campos de cultivo convertidos en matorral, pinares donde nunca se realizan clareos o cortafuegos que llevan demasiado tiempo esperando un mínimo mantenimiento. El problema no comienza cuando aparece la primera llama; empieza antes, cuando dejamos de cuidar nuestro territorio.


Durante décadas, el campo español ha perdido población, explotaciones agrícolas y servicios públicos. Miles de jóvenes abandonaron sus pueblos buscando oportunidades que el medio rural ya no podía ofrecerles. Con ellos desaparecieron también prácticas tradicionales que actuaban, sin pretenderlo, como auténticas herramientas de prevención, así como oportunidades de innovación y emprendimiento. El pastoreo mantenía limpios multitud de montes, la agricultura creaba espacios abiertos que dificultaban la propagación del fuego y la actividad forestal eliminaba gran parte del combustible vegetal acumulado. Hoy muchos de esos paisajes están completamente abandonados. 

Resulta paradójico que una sociedad cada vez más “preocupada” por la conservación de la naturaleza haya terminado alejándose de quienes históricamente la han cuidado. Durante demasiado tiempo se ha contemplado el monte como un espacio que simplemente debía dejarse intacto, señalando de forma injusta a sus cuidadores mediante legislaciones, discursos y narrativas peyorativas hacia los mismos. Sin embargo, un bosque mediterráneo no es un jardín. Necesita gestión, mantenimiento y presencia humana, obviamente de forma sensata y atenta. Cuidar el monte no significa destruirlo; significa gestionarlo para garantizar que pueda sobrevivir.


En los últimos días han vuelto a multiplicarse las propuestas para endurecer prohibiciones y restringir aún más el acceso al medio natural durante el verano. Algunas de estas medidas resultan razonables en momentos de riesgo extremo, pero es un error pensar que la solución pasa únicamente por prohibir. No se puede cerrar el campo durante cuatro meses al año y creer que el problema desaparecerá o que el culpable único será el cambio climático. La prevención no consiste únicamente en limitar actividades cuando el peligro ya es inminente; consiste en trabajar durante todo el año para que, cuando llegue el verano, el monte esté mejor preparado para resistir.


Eso implica invertir continuamente en limpieza forestal, recuperación de caminos, apertura de cortafuegos, gestión sostenible de biomasa, reactivación del pastoreo extensivo y apoyo a quienes viven del campo. Significa entender que cada euro destinado a prevenir incendios evita pérdidas económicas, ambientales y humanas mucho mayores cuando las llamas ya son imparables.


En medio de esta tragedia conviene recordar también a quienes aparecen cuando todos los demás huyen. Bomberos forestales, agentes medioambientales, brigadas helitransportistas, pilotos, miembros de la Unidad Militar de Emergencias, Guardia Civil, Protección Civil, voluntarios, servicios sanitarios y veterinarios y Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado., entre muchos otros Todos ellos, vuelven a protagonizar jornadas interminables luchando contra un enemigo imprevisible. Su trabajo rara vez ocupa titulares durante el resto del año, pero cada verano demuestran una profesionalidad y un compromiso extraordinarios, pese a las críticas y la presión institucional y pública que muchas veces reciben injustamente.


Junto a ellos aparecen otros protagonistas silenciosos  que pocas veces reciben el reconocimiento que merecen: agricultores que ofrecen sus tractores para abrir cortafuegos improvisados, ganaderos que ayudan a proteger explotaciones cercanas y rebaños de desconocidos, vecinos que colaboran en las evacuaciones o pequeños ayuntamientos que movilizan todos sus recursos para proteger a su comunidad. Son ellos quienes recuerdan que la respuesta frente al fuego sigue siendo, frente a todo, una respuesta colectiva.


Quizá la mayor lección que dejan los incendios no sea únicamente la vulnerabilidad de nuestros montes, sino la necesidad de reconciliarnos con el medio rural. Durante años se ha pedido al campo que produzca alimentos, conserve el paisaje, mantenga la biodiversidad y prevenga incendios, mientras perdían población, inversiones y oportunidades. Es difícil exigir que alguien cuide un territorio cuando ese territorio siente que ha sido olvidado.


Los incendios seguirán existiendo. Forman parte del ecosistema local y ningún Estado puede eliminarlos por completo. La diferencia reside en decidir si queremos convivir con incendios controlables o resignarnos a convivir con megaincendios cada vez más devastadores. Esa decisión no depende únicamente de los servicios de extinción, sino de una estrategia nacional sensata, que sitúe la prevención, la gestión forestal y el apoyo al medio rural en el centro de las políticas públicas.


Cuando las cámaras abandonen las provincias abrasadas y el humo se desvanezca de los informativos, comenzará el momento de la verdad: reconstruir, aprender y actuar. Porque el fuego se apaga en verano, pero la prevención empieza todos los días. Empieza cuando se cuida un camino forestal, cuando un pastor mantiene limpio el monte con su rebaño, cuando un agricultor continúa trabajando una tierra que evita la continuidad del combustible, cuando se limpian acuíferos; rías o riberas o cuando una administración entiende que proteger nuestros bosques también significa proteger a las personas que viven en ellos.


Defender el campo no es un gesto de nostalgia, sino una cuestión de futuro. Cada árbol perdido tardará décadas en recuperarse, pero la confianza de quienes sienten que el mundo rural solo importa cuando arde puede tardar mucho más. España necesita bosques sanos y pueblos vivos. Porque mientras haya personas que cuiden el territorio, habrá esperanza de que el próximo verano no vuelva a escribirse con el color del humo.


A todas las personas que han sufrido las consecuencias de los incendios en toda España; a quienes perdieron a un ser querido, su hogar, sus animales, su trabajo o el esfuerzo de toda una vida. Y a quienes, con valentía y compromiso, luchan por proteger nuestro campo, flora y fauna, nuestro país. Que su dolor nos recuerde la importancia de cuidar aquello que nunca debimos abandonar.


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