La carrera demográfica entre India y China: ¿Puede la India convertirse en el nuevo gigante asiático?
- Nicolás Morago Palazón

- hace 3 días
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Históricamente, el centro de gravedad internacional ha sido el Océano Atlántico, debido a la preeminencia de las potencias europeas en el orden internacional, así como el consecuente proceso colonizador derivado de la misma. Sin embargo, en las últimas décadas, a causa del auge de China como potencia internacional de primer orden, junto al exponencial crecimiento económico y comercial de los países del sudeste asiático, especialmente los pertenecientes a la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, el continente oriental, y en particular el Mar de la China Meridional, se han convertido en el centro de la geopolítica y economía mundial.
El ascenso de Pekín encuentra su explicación en el proceso de Reforma y Apertura iniciado por Deng Xiaoping en 1978, mediante el cual China pasó de ser una economía agraria de base socialista a una forma de capitalismo de Estado, en la cual se crearon zonas económicas especiales, donde se permitía la libre inversión extranjera, atrayendo a múltiples empresas, especialmente estadounidenses. Sin embargo, este modelo económico, en el que China aprovechaba el marco económico y comercial creado por la globalización, sufrió un importante revés con la Crisis de 2008, afectando su posición en las cadenas globales de valor. Pese a ello y la actual guerra comercial con Washington, China mantiene su preeminencia, aunque ligeramente aminorada en el mercado global, siendo el productor clave de ciertas materias primas críticas, como el 80% de tierras raras, el 72% del cobalto o el 61% del litio, entre otras.
Por otro lado, China ha sido, hasta que fue sobrepasada por la India en 2023, el país más habitado del planeta, con una población actual en torno a 1.412 millones de personas, frente a las 1.476 millones de India. Las políticas del hijo único, actualmente derogadas, así como la crisis del COVID-19 y las históricas pasadas hambrunas han generado una pirámide poblacional regresiva, similar a los países europeos, en contraposición a la de la India, que goza de una de carácter progresivo, mayor número de población joven. Debido a lo anteriormente expuesto, así como el crecimiento económico de la India, situado en una media de un 7% anual, se plantea la posibilidad de que este país imite a China y se convierta en una potencia internacional de primer nivel. Sin embargo, Nueva Delhi arrastra una serie de problemas estructurales en los planos social, religioso, económico y político, lo que dificulta esta posibilidad.
Fragmentación vs. homogeneidad: cohesión demográfica y tensiones culturales en India y China
La cuestión religiosa y demográfica en la India es uno de los frenos estructurales que impiden al país avanzar en su modernización interna y cohesión social. Desde su independencia de Reino Unido, con la consecuente y trágica partición de la colonia británica en dos Estados, India y Pakistán, el país se ha encontrado dividido entre dos etnias principales, los indoarios y los drávidas, representando el 72% y 25% de la población respectivamente. Respecto a la religión, esta tiene lugar entre los hinduístas y musulmanes, representando los primeros en torno al 79,8% de la población, frente al 14,2% de los segundos. Además, se agregan dos religiones más, el cristianismo, con un 2,3%, y el sijismo, con un 1,7% de practicantes.
Cabe destacar que se han registrado casos de discriminación contra los musulmanes en India, siendo un ejemplo histórico la masacre que se desató entre ambos grupos religiosos tras la partición de la India en 1947. Pese al paso de las décadas, la tensión entre comunidades religiosas con los musulmanes sigue presente, siendo visible en los linchamientos hacia los musulmanes por comer carne de res, como el caso de Dradi en 2015, donde una turba atacó a una familia musulmana bajo una acusación falsa de almacenar carne de ternera, asesinando al padre e hiriendo gravemente al hijo.
Además, algunos Estados han aprobado leyes contra los matrimonios mixtos, argumentado la existencia de una “Yihad del amor”, mediante la cual los hombres musulmanes buscan convertir a las mujeres hindúes al islam. A su vez, cabe señalar la estigmatización social organizada desde las instituciones, los boicots comerciales o la destrucción de sus propiedades como otros ejemplos de las problemáticas de convivencia entre ambos grupos.
Por otro lado, existe un importante problema de cohesión lingüística pues, pese a que las lenguas vehiculares son en hindi y el inglés, coexisten con otras 21 lenguas oficiales, como el bengalí o el telugu, que agregan a su sistema federal una mayor complejidad de la que ya tiene, debido a las diferentes comunidades culturales existentes en el país y los conflictos entre sí, plasmados a nivel político. Como consecuencia de estas diferencias, tanto lingüísticas como religiosas y culturales, la India encuentra un importante obstáculo demográfico a la hora de lograr la cohesión social.
Sin embargo, China adolece de esta problemática, pues a nivel étnico se encuentra compuesta de una abrumadora mayoría de la etnia han, representando el 91% de la población, mientras que otros grupos étnicos, como los uigures o los tibetanos, representan el 9% de la población. A lo anterior se suma la existencia de una lengua única para todo el territorio, el chino mandarín, impuesto desde el gobierno, generando una mayor cohesión territorial y demográfica, a diferencia de la fragmentación etnolingüística de la India. Respecto a la cuestión religiosa, su población es mayoritariamente irreligiosa, representando el 52%, mientras que las creencias religiosas populares son practicadas por el 22%, el budismo por el 18%, los cristianos representan el 5% y los musulmanes el 2%.
Cabe destacar que el Gobierno Chino considera, debido al bagaje histórico del país, a la religión como un instrumento de influencia extranjera, aplicando el ateísmo de Estado como política religiosa, aunque tolerando las diferentes confesiones. Sin embargo, en la práctica existe cierta persecución, especialmente contra los musulmanes de etnia Uigur que habitan Sinkiang, a quienes se ha recluido de manera masiva en “campos de reeducación” para alejarlos de su religión, bajo la acusación de colaboración con Al Qaeda. Simultáneamente, se ha organizado una migración masiva de chinos de etnia han a la región, convirtiendo a los uigures en minoría, representando el 45% de la población actualmente.
Así pues, China presenta unas características demográficas favorables a la cohesión y el desarrollo económico, con las facilidades que presenta la existencia de una lengua vehicular mayoritaria y la homogeneidad étnico-cultural, así como una menor fragmentación religiosa. Sin embargo, la India se encuentra fuertemente condicionada en su desarrollo por la fragmentación étnica, lingüística y cultural, así como la latente conflictividad entre hindúes y musulmanes, lo cual dificulta su homogeneización y desarrollo económico.
Asimetría productiva: capital humano, cuellos de botella logísticos y la transición industrial de India frente a China
En cuanto a estructura económica, China e India presentan unas fuertes diferencias, pese a tener una cantidad similar de población. Uno de los principales motivos es la mano de obra, pues aunque cuentan con un número similar de habitantes, lo cierto es que la India carece de una mano de obra igual de productiva y cualificada que China. Ello es en razón de que la escolaridad promedio en la India es de 8 años, mientras que en China ronda los 13.5 años, fruto de las diferencias de desarrollo económico entre ambos países, así como sus particularidades culturales.
Se agrega, además, la diferencia entre la población económicamente activa, en China rondando el 65% entre los mayores de 15 años, frente al 48% de la India, relacionada con la falta de industria y la preponderancia económica del sector servicios, especializado y demandante de mano de obra cualificada. Cabe destacar la discriminación de la mujer en el mercado laboral de la India, donde a causa de cuestiones culturales, participan solo el 25% del colectivo, frente al 60% en China. Así pues, pese a que ambos países tienen una población similar, en el caso de la India se encuentra desaprovechada en términos productivos.
Por otro lado, mientras China es una potencia manufacturera e industrial de primer nivel y completamente integrada en las cadenas globales de valor, con especial atención a las de ciertos productos críticos, como las tierras raras o el litio, la India es un caso único en la historia macroeconómica. Ello se debe al hecho de que la economía de dicho país se basa en el sector servicios, el cual representa el 50% del PIB, concretamente en aquellos de alta cualificación tecnológica. Así pues, los empleos son acaparados por la élite urbana que ha tenido acceso a la educación superior, como el caso del sector las TIC o el software, a la par que carece de una base industrial sólida que integre a la población de zonas rurales o sin un alto nivel formativo.
Con el objetivo de corregir esta anomalía, el gobierno de la India, con Narendra Modi a la cabeza, lanzó el plan “Make in India” en 2014, buscando incrementar la contribución de las manufacturas al PIB hasta el 25% para el año 2022. Sin embargo, en dicho año estas solo representaban entre el 14% y el 17% del PIB, ante lo que el Gobierno de la India pospuso la fecha de realización del objetivo hasta 2025, cuando tampoco se alcanzó. Suceso ocasionado en parte, por las estrictas regulaciones laborales, que desincentivan la creación de empresas de más de 100 trabajadores (puesto que el Estado ha establecido elevadas indemnizaciones por despido), a lo que se agrega el hecho de que la población india, como se ha visto anteriormente, carece de cualificación suficiente para empleos manufactureros.
Asimismo, otro de los factores que han influido en el fracaso del plan “Make in India” son los costes logísticos, los cuales representan entre el 13% y el 14% de su PIB, frente al rango entre el 8% y 9% de los países de la OCDE, y el 9% de China. Lo anterior es a causa de varios factores que comparten un denominador común, la carencia de infraestructuras al nivel del desarrollo que se pretende lograr. Por un lado, el 60% de las mercancías se mueven por carretera, las cuales se encuentran en mal estado o congestionadas, mediante camiones pequeños, a causa de la limitada y precaria red ferroviaria del país. Por otro lado, a la hora de exportar las mercancías al exterior, los puertos de la India carecen del calado necesario para acoger grandes buques cargueros de última generación, lo cual obliga a realizar costosos transbordos en terceros países, como Sri Lanka, concretamente en el puerto de Colombo, y Singapur.
Cabe destacar que, más allá de los factores internos mencionados, lo cierto es que el contexto global en el que se encuentra la globalización tras la Crisis de 2008, la pandemia del COVID-19 y la Guerra de Ucrania, no favorece a la India. La época de la deslocalización masiva basada en los menores costes productivos, conocido como “offshoring”, y el libre comercio global han sido sustituidos como una securitización de las cadenas de suministro por parte de los estados, con el fin de aminorar los impactos de los shocks económicos globales. Ejemplo de ello son las políticas arancelarias proteccionistas y los subsidios masivos a las industrias nacionales por parte de los gobiernos occidentales, el llamado “reshoring”.
Sin embargo, el proteccionismo y el fin de la hiperglobalización previa a dichos shocks económicos han creado un nuevo contexto comercial en la globalización, no su fin. En este marco ha emergido la idea del “friendshoring”, donde las deslocalizaciones de las cadenas de suministros de los países occidentales se dirigen hacia otros considerados aliados frente a China, buscando seguridad económica. En este contexto, India busca posicionarse como el núcleo productivo del “Altasia”, abreviatura de “Alternative Asia”, una combinación de economías asiáticas que poseen un potencial industrial capaz de ofrecer una alternativa a China, formando parte de la misma países como Vietnam, Singapur o Filipinas, entre otros.
Modelo político-institucional: la ventaja ejecutiva china frente a los frenos estructurales de India
Las diferencias políticas e institucionales explican, junto a lo anteriormente expuesto, las diferencias entre ambos países. Mientras que China ha sido capaz de construir grandes infraestructuras y zonas industriales velozmente, la India no lo ha logrado, debido a demoras, sesgos cortoplacistas y extensos litigios. Ello no es debido, en exclusiva, a la ineficiencia, sino que se basa en incentivos institucionales divergentes, defendiendo la India la libertad individual frente al colectivismo chino, basado en la velocidad y coherencia estatal.
China e India presentan una serie de diferencias en su sistema político e instituciones que impiden la emulación de éxito chino por parte de la India. La economía china opera con visión largoplacista, mediante planes quinquenales de entre 15 y 30 años, lo cual le permite realizar altas inversiones en infraestructuras, como ferrocarriles o puertos más allá del cálculo electoral. Por su parte, India se encuentra sumida en el cortoplacismo institucional, debido a la sucesión de ciclos electorales, con un marcado populismo que prioriza subsidios, como la electricidad para los agricultores, con el fin de garantizar votos en las elecciones, en detrimento de inversiones a largo plazo que favorecerían el avance económico del país.
Por otro lado, el modelo de la India dificulta la capacidad de ejecución de las reformas administrativas, puesto que se trata de una burocracia heredada del colonialismo, con fuerte autonomía debido al federalismo y baja coordinación vertical, paralizando reformas laborales, regulatorias o tributarias, lo cual aleja a la inversión extranjera. A diferencia de China, que mantiene una burocracia centralizada, eficiente y cuya evaluación es por resultados, aunque menos meritocrática, India es incapaz de implementar las reformas que pretende a causa de este sistema burocrático.
Respecto a la organización territorial, China es una país con una gran centralización económica, siendo los burócratas nombrados por el gobierno central y ascendidos en base al cumplimiento de las metas establecidas. Sin embargo, en la India el sistema federal genera una gran competitividad y fragmentación, siendo los estados gobernados en su mayoría por partidos regionales que priorizan sus intereses particulares frente al nacional, y que actúan como contrapeso frente al gobierno y las leyes nacionales. Ejemplo de ello es el bloqueo o retraso en la implementación de las leyes laborales nacionales, corredores industriales o adquisiciones de tierra, actos que generan vetos contraproducentes para el mercado único.
Este modelo territorial es visible en las leyes de propiedad de la tierra. En el caso chino, la tierra es predominantemente estatal o colectiva, facilitando la expropiación y reconversión de terrenos agrícolas para proyectos industriales mediante decreto central o provincial, lo cual habitualmente genera protestas por las bajas indemnizaciones, limitando el autoritarismo los bloqueos judiciales y permitiendo la urbanización y construcción de parques industriales a gran velocidad. Por el lado de la India, la propiedad privada se encuentra fuertemente blindada a nivel constitucional y mediante la Right to Fair Compensation and Transparency in Land Acquisition, Rehabilitation and Resettlement Act (2013). En base a lo anterior, el proceso de expropiación de tierras requiere de evaluaciones de impacto social, compensaciones elevadas y litigios extensos, retrasando grandes proyectos de infraestructuras durante años. Lo anterior genera que muchas empresas opten por alternativas como Indonesia o Vietnam frente al país, puesto que estas leyes y la burocracia desincentivan la inversión extranjera.
Por último, cabe destacar las diferencias en el modelo económico predominante en la India y China. El primero se basa en la fragmentación de las empresas públicas estatales, con una gran influencia de la oligarquía local y política, lo cual genera una regulación permeable a los intereses privados, limitando la competencia real y el surgimiento de una base manufacturera local. Sin embargo, China practica un capitalismo de estado, alineando los intereses de las empresas con el Politburó y sus objetivos geopolíticos, canalizando capital hacia las prioridades nacionales.
Conclusiones: entre el optimismo demográfico y la realidad institucional. ¿El siglo de la India?
En vista de lo anteriormente expuesto, se puede concluir que la India presenta un gran potencial a nivel demográfico, geopolítico y comercial. En un contexto marcado por el desacoplamiento económico de China y el surgimiento del Altasia, el país puede jugar un papel central en las cadenas globales de valor y aprovechar dicha posición. Sin embargo, no se encuentra exenta de problemas que pueden acabar con su potencial.
En el plano demográfico y cultural, la India cuenta con una ventaja poblacional clara, superando a China como el país más habitado del mundo y mantiene una pirámide progresiva con una gran masa de jóvenes. No obstante, esta ventaja se ve severamente limitada por la fragmentación étnica, religiosa y lingüística. Las divisiones entre indoarios y drávidas, la tensión histórica y persistente entre hindúes (79,8%) y musulmanes (14,2%), junto a los 21 idiomas oficiales además del hindi y el inglés, generan una complejidad federal que dificulta la cohesión nacional. A diferencia de China, con su abrumadora mayoría han (91%), el mandarín como lengua unificadora y menor fragmentación religiosa, la India sufre conflictos recurrentes, como linchamientos, leyes contra matrimonios mixtos o el fenómeno de la “Yihad del amor”, entre otras, que erosionan la estabilidad social necesaria para un desarrollo sostenido y unificado.
Respecto a la asimetría productiva, India posee un volumen enorme de mano de obra, pero esta se encuentra desaprovechada. Con una escolaridad promedio de solo 8 años (frente a 13,5 en China), una tasa de participación laboral femenina del 25% y una población económicamente activa del 48%, el país no logra convertir su dividendo demográfico en productividad real. Su economía, dominada por servicios de alto valor (50% del PIB) concentrados en una élite urbana, carece de una base manufacturera sólida. El plan “Make in India” ha fracasado en alcanzar el objetivo del 25% de manufactura en el PIB debido a regulaciones laborales rígidas, baja cualificación y, especialmente, costes logísticos elevados, en torno al 13-14% del PIB, provocados por infraestructuras deficientes: carreteras congestionadas, ferrocarriles precarios y puertos sin calado suficiente. Mientras China domina cadenas globales de valor en productos críticos, India sigue atrapada en una estructura económica desequilibrada que deja fuera a la mayor parte de su población rural.
En el modelo político-institucional, las diferencias son aún más determinantes. China disfruta de una capacidad de ejecución estatal extraordinaria gracias a su visión a largo plazo mediante planes quinquenales de 15-30 años, burocracia centralizada evaluada por resultados y control político vertical. En contraste, la democracia india genera parálisis: cortoplacismo populista que prioriza subsidios electorales sobre inversión productiva, una burocracia colonial fragmentada con baja coordinación, y un federalismo conflictivo donde estados regionales actúan como “veto-states”.
Las leyes de expropiación protegen fuertemente la propiedad privada, generando litigios eternos, a la par que el capitalismo indio, más permeable a oligarquías y captura política, contrasta con el capitalismo de Estado chino disciplinado y alineado con objetivos nacionales. Esta realidad explica por qué China construye infraestructura y zonas industriales a gran velocidad, mientras que India sufre demoras crónicas que ahuyentan la inversión manufacturera.
En definitiva, aunque el optimismo demográfico y el contexto del friendshoring favorecen a India, sus frenos estructurales, como es el caso de la fragmentación cultural, la debilidad en capital humano e infraestructura, y la parálisis institucional, se caracterizan por su profundidad y dificultad de solvencia a corto plazo. Sin reformas claras y sostenidas en los planos educativo, laboral, territorial y burocrático, el “siglo de India” podría convertirse en una oportunidad perdida. El elefante tiene tamaño, pero todavía le falta la velocidad y la cohesión del dragón.




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