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La crisis financiera asiática de 1997: el primer gran shock de la globalización

7 ago
6 min de lectura
La primera grieta de la globalización

La huella de lo que fue la crisis financiera asiática resuena aún eventualmente en los oídos de los no tan pequeños gigantes asiáticos. También conocida como crisis del Fondo Monetario Internacional, el periodo  de inestabilidad económica que se apoderó de la región comenzó el 2 de julio de 1997, cuando Tailandia tomó la decisión de devaluar su moneda, el baht. Por efecto dominó, a esta decisión le sucedieron diversas devaluaciones en Indonesia, Malasia y Filipinas, con repercusiones en Taiwán, Hong Kong y especialmente Corea del Sur, aumentando el temor a un desastre económico mundial por el fenómeno del contagio financiero, característico de este tipo de crisis.

 

Lo que parecía limitarse a un colapso regional se convirtió con el tiempo en “la primera gran crisis de la recién iniciada globalización”, con magnitud y efectos verdaderos en la economía mundial que aún carecen de certidumbre completa.


El espejismo del tipo de cambio fijo

La crisis asiática estalló tras el abandono de la paridad fija entre el baht tailandés y el dólar estadounidense. Hasta entonces, ambas monedas habían mantenido el mismo valor económico en las transacciones (a una escala 1 $ = 1 ฿) . Aunque esto trajo estabilidad en un comienzo, el baht quedó sobrevalorado  a nivel nominal frente a la realidad económica del país, obligando al gobierno y al Banco Central a asumir elevados riesgos y esfuerzos por mantenerlo aparejado al dólar. En la esfera macroeconómica, y al detectar debilidades en el Banco Central de Tailandia, los fondos de inversión extranjeros comenzaron a vender masivamente la moneda por miedo a pérdidas económicas. La desconfianza generada, junto con la caída de las exportaciones, derivó en una masiva fuga de capitales.

 

El gobierno tailandés, que contaba con el apoyo de los grandes bancos centrales asiáticos, había gastado una cuarta parte de sus reservas en dólares, con el fin de mantener aquella paridad 1:1. No obstante, a pesar de esto, no pudo soportar la embestida especulativa contra su moneda –encabezada por los Fondos de George Soros y grandes bancos internacionales– y eliminó el anclaje dejando fluctuar la divisa, lo que provocó definitivamente su desplome, con una caída del 20% en las primeras horas. Incluso antes del colapso de la moneda, el país había adquirido una elevada carga de deuda externa que sobreaceleró la bancarrota. Las siguientes consecuencias vinieron en cadena: primeras suspensiones de pagos y bancarrota, retirada de capitales y desplome económico. La desconfianza se contagió como un virus, con los mercados financieros registrando fuertes caídas y los conocidos como “tigres asiáticos” perdiendo su ferocidad por el camino.

 

La mayoría de países de la región, cuyo dinamismo económico no daba pie a situaciones de este calibre, vieron temblar su economía al no poder frenar la expansión de la crisis tailandesa. El sudeste asiático disfrutaba de altas tasas de crecimiento, superávit en sus cuentas públicas, una relevante apertura comercial y estabilidad cambiaria a merced de los tipos de cambio fijos, así como de una baja inflación. Sin embargo, detrás de ese éxito se escondía una regulación bancaria deficiente, especulación de divisas y concesiones de préstamos de alto riesgo. Todo ese castillo de naipes requería de un mero soplo de aire para derrumbarse: la devaluación del baht.

 

El acercamiento del golpe a la sociedad

La crisis no tuvo precedentes en términos de su naturaleza e intensidad; caracterizada por abruptas fluctuaciones en la cuenta corriente externa, recesiones profundas, un aumento severo del desempleo y drásticas reducciones en el nivel de vida, tuvo unas consecuencias nunca vistas, especialmente entre las personas de menores rentas. Sólo durante las primeras semanas de la crisis, un millón de tailandeses y 21 millones de indonesios pasaron a engrosar las filas del umbral oficial de la pobreza; en términos macroeconómicos, el tipo de cambio generó un déficit comercial que alcanzó el 8% del PIB (traducido en 90.000 millones de dólares) con muchas empresa registrando enormes atrasos en sus pagos internacionales.

 

En la propia Tailandia, el epicentro del desastre, el colapso financiero dio paso a la llamada “Crisis del Tom Yum Kung”. La parálisis económica destruyó el tejido laboral de la clase media urbana, triplicando el desempleo en meses y empujando a más de un millón de personas a un éxodo inverso desde Bangkok hacia las empobrecidas comunidades agrícolas del norte.

 

A nivel regional, Corea del Sur vio como su moneda nacional , el won, perdió casi la mitad de su valor frente al dólar en tan solo un mes. En Indonesia, la fuerte inflación y las subidas resultantes en los precios de los alimentos llevaron a un levantamiento nacional que puso fin a la dictadura de Suharto, iniciando una difícil transición a la democracia. Malasia y, en menor medida, Japón, también vieron temblar los cimientos de su estabilidad financiera. Asimismo, los movimientos islamistas y separatistas se intensificaron en el sudeste asiático al debilitarse las autoridades centrales, acelerando la independencia por ejemplo de Timor Oriental. 

 

A escala global, la crisis alcanzó tal magnitud que llegó a afectar los flujos comerciales de China, con réplicas económicas que se extendieron hasta Rusia y Brasil en 1998. La elevada movilidad de capitales a nivel global, que derivó  en una interdependencia económica, aterrizó en las economías nacionales el riesgo a verse afectadas por crisis en otros estados, aun sin ser de la misma región.

 

La dimensión social de esta crisis suele quedar eclipsada por las cifras macroeconómicas mencionadas, pero el impacto humano fue devastador. El desempleo se disparó con población cualificada sin puestos de trabajo en sectores financieros o de la construcción, así como con un éxodo masivo de las urbes a las zonas agrícolas rurales buscando sobrevivir. Las economías de subsistencia de países como Indonesia o Tailandia se sobrecargaron de forma nunca antes vista. La devaluación de las divisas importó inflación al momento. El precio de los alimentos se disparó, a la par que los ingresos se desplomaban. El desabastecimiento de productos como el arroz o el azúcar provocó que los hogares recortaran en calidad y porciones, derivando años después en malnutriciones y anemias. Además, la brecha de género también fue notable, con la primacía del sacrificio de mujeres y niñas por el resto de la familia. 


Por último, las condiciones impuestas por los rescates del FMI obligaron a recortar en gasto público o social, con un abandono escolar masivo, un auge del trabajo infantil, y una falta de acceso a salud. La desesperación económica caló profundamente en la salud mental y en la seguridad pública, con el consiguiente aumento de suicidios (sobre todo en Corea del Sur, con una media de 17 suicidios diarios), un repunte de la violencia doméstica e intaframiliar, y un mayor flujo de trata de blancas y prostitución (con cifras entre 100.000 y 600.000 dependiendo de cada país). 


La respuesta y el giro geopolítico

La ayuda procedió principalmente del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial que, junto a los grandes del G7, desembolsaron paquetes de rescate que alcanzaron más de 100.000 millones de dólares, con la promesa de realizar reformas monetarias que estabilizaran progresivamente el tipo de cambio, como elevar las tasas de interés.  


Los países en Asia emprendieron reformas profundas y abordaron las causas fundamentales adoptando tipos de cambio más flexibles, reduciendo vulnerabilidades externas, modificando regulaciones y supervisando el sector financiero. En varios países, en particular Corea del Sur e Indonesia, hubo un impulso renovado a mejorar el gobierno corporativo.

  

La recuperación definitiva tuvo lugar tres años después, cuando las exportaciones a Estados Unidos se recuperaron y China hizo su aparición estelar en la escena internacional ingresando en la OMC en 2001.

 

El legado y las analogías: el escudo asiático en el nuevo siglo

Resolviendo el exceso de deuda del sector privado (una de las principales causas de la crisis), acumulando masivas reservas de divisas y desarrollando mercados de capitales internos, Asia se consolidó como una región resiliente durante la crisis de 2008. En aquel momento, la región experimentó apenas una leve desaceleración en comparación con la dura estacada que sufrieron tanto Estados Unidos como Europa.

 

Si bien Asia es mucho más resistente ante shocks que hace 30 años, también enfrenta nuevos desafíos, como el elevado apalancamiento de empresas y hogares, el rápido envejecimiento poblacional en algunos países y riesgos relacionados con políticas más introspectivas aplicadas en las economías avanzadas. En suma, la crisis demostró la importancia de la transparencia de las instituciones financiera así como el fomento de la incorporación del sector privado en la prevención y solución de crisis, dejando claro que en un mundo globalizado la confianza es el activo más frágil.

 

La combinación de problemas económicos, financieros y corporativos provocaron la pérdida de confianza y salidas de capitales de las economías de los mercados emergentes en la región, produciendo un efecto dominó que afectó a toda la región y que dejó huellas en la historia económica mundial. Tailandia no soportó, y el espejismo de fortaleza financiera de la región tampoco. Al final, cuando la confianza se evaporó, la verdadera factura de la globalización no la pagaron los fondos de inversión, sino los millones de ciudadanos que vieron cómo su poder adquisitivo se desplomaba a niveles estratosféricos. La crisis de 1997 demostró que la solidez de un milagro económico se mide por la capacidad de proteger a la población si el mar financiero se retira, y no por rascacielos o inversiones.

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