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La Nakba y la construcción del Estado de Israel: Orígenes históricos, disputas territoriales y evolución del conflicto en Palestina (1948–presente)

  • Foto del escritor: Paula Pellico de la Mata
    Paula Pellico de la Mata
  • hace 6 horas
  • 9 Min. de lectura

Setenta y ocho años han pasado desde el nacimiento del Estado número cincuenta y nueve. Originado en tratados y resoluciones, fronteras dibujadas en despachos y el compromiso con una tierra prometida, se sostiene sobre las ruinas de un pueblo desarraigado a mano alzada. Las llaves que en su día abrieron la puerta de hogares con olor a fresa y olivas hoy yacen oxidadas, recordando aquellos lugares que ya sólo pertenecen al imaginario colectivo de una sociedad arrancada de su propio contexto. 


Setenta y ocho años, ciento treinta y cuatro países, resoluciones y más de seis millones de desplazados después, el Estado número cincuenta y nueve continúa colándose en discursos políticos y declaraciones de intenciones, aún con las fronteras ya desdibujadas por las ansias de expansión. Las llaves aún abren las mismas puertas que antaño, aunque ahora se pierden entre la gravilla y metralla de los campos de refugiados. Hoy, setenta y ocho años después, hablamos de la Nakba, el sionismo, Israel y Palestina.


De la Tierra Prometida a la tierra en disputa: el choque de relatos 

De acuerdo con las narrativas judías más extendidas, el mito fundacional del Estado de Israel pasa por una perspectiva con una fuerte vinculación bíblica. Al igual que el cristianismo y el islam, el judaísmo es una religión basada en la figura de Abraham, el primer hombre que rechazó la idolatría para defender la creencia en un único Dios.


Él y su linaje se establecieron en la tierra de Canaán tras una revelación divina, territorio que comprende la actualidad de parte de Palestina, Israel, Jordania y El Líbano. Abraham engendró a Isaac, padre de Jacob, quien, tras recibir el nombre de Israel, dio origen a las doce tribus que conformaron el mosaico histórico-social del país. De ellas, sería la de Judá la única que sobrevivría al exilio tras la invasión asiria entorno al 721 a.C., dando entidad al pueblo judío y consolidando así un vínculo entre pueblo y territorio. Este episodio resulta importante ya que permite entender cómo la experiencia de exilio fue convirtiéndose progresivamente en uno de los pilares históricos y simbólicos de la identidad judía.  La caída del Reino de Judea en manos de los babilonios en el 586 a.C. expulsó a los judíos de Jerusalén hasta el 538 a.C.,  cuando, con la llegada del Imperio Persa y Ciro el Grande, el Retorno de Sión consolidó el inicio del mito fundacional. 


En torno al año 70 d.C., la llegada de los romanos y la destrucción por su parte del Segundo Templo desencadenó el “Gran Exilio” del pueblo judío, otro de los elementos principales dentro de la narrativa. Tanto durante este periodo como durante la posterior era bizantina, la tierra que englobaba la Palestina histórica se  estableció como una provincia imperial. Los árabes llegaron a Jerusalén en el año 637, gobernando hasta el siglo XVI; aún manteniendo un trato cordial con las otras religiones de la zona, los movimientos migratorios judíos continuaron sucediéndose, alimentando el relato de un pueblo enajenado. En ese entonces la sociedad era mayormente rural, con una superioridad de musulmanes sunitas y una población judía que no superaba el 3%, algo que se mantuvo también durante tiempo otomano (comenzado a partir del 1517).


La perspectiva sionista de entender la tierra de Palestina como una “isla” con población judía gobernada por los otomanos desde fuera, una “víctima más del imperialismo”, chocaba con otros discursos como los del historiador Ilan Pappe, quien se ha esforzado en desarmar el argumentario de ver a Palestina como una “tierra sin pueblo” antes de la llegada de los judíos. La presencia de “no judíos” como los filisteos (desde el 1200 a.C.) se reclama no como un elemento transitorio, sino como los cimientos de una sociedad arraigada con una estructura socio-cultural propia.

 

Desde el colapso otomano hasta la consolidación del proyecto nacional judío

El término Nakba, acuñado por Constantine Zurayk en 1948, responde a la concepción catastrófica que la colectividad pro-palestina tiene sobre los acontecimientos del 15 de mayo de ese mismo año. Entender la Nakba como una consecuencia final dentro de las dinámicas históricas del conflicto árabe-israelí invalida automáticamente gran parte de su propia naturaleza, debiendo comprenderse como una causa más de las dinámicas de división de poder que han vertebrado la región desde finales del siglo XIX. 


Como ha sido comentado, el Imperio Otomano mantuvo control sobre Palestina desde el siglo XVI hasta el fin de la Primera Guerra Mundial. La caída del “Enfermo de Europa” vino aparejada al nacimiento de diferentes movimientos nacionalistas dentro de la zona, algo que ya venía resonando también en el viejo continente. Entre sentimientos patrióticos, dinámicas de lealtades locales, movimientos arabistas y cercanías religiosas, la proporción árabe de la sociedad palestina comenzó a reclamarse como una nación propia. 


Paralelamente a todo esto, el sionismo comenzaba a aparecer entre las altas sociedades europeas. La diáspora judía que había comenzado en época romana se extendió durante siglos, marcada por la vulnerabilidad del pueblo hebreo y sus constantes persecuciones. Eventos como las Cruzadas europeas y la represión de la Inquisición o los pogroms (persecuciones a poblaciones judías en el este de Europa) fueron moldeando una perspectiva de violencia estructural dentro del subconsciente hebreo, que se cristalizó a finales del siglo XIX con el nacimiento de esta ideología nacionalista. 


A comienzos del siglo XX el sentimiento antisemita continuaba creciendo en países como Rusia, Austria, Inglaterra y especialmente Francia; los violentos pogroms ordenados por los zares en el proceso de rusificación entre 1904 y 1905 y la falsa acusación al general francés Dreyfuss, judío, por alta traición al ejército colmaron la paciencia de determinados académicos, que teorizaron sobre la posibilidad de crear un Estado donde fuesen una mayoría poblacional.


Dentro de este movimiento destacó exponencialmente la figura de Theodor Herzl, el “padre del sionismo”. Escritor del libro “el Estado Judío”, fue el primero en defender una cosmovisión utópica sobre la creación del mismo. Tras el Primer Congreso Sionista, celebrado en Basilea en el 1897, la necesidad de un Herzl Israel se materializó en un intenso debate sobre dónde llevar a cabo este proyecto. Países como Argentina o Uganda se propusieron como opción; sin embargo, el mito fundacional y la vinculación histórica de los judíos con Palestina la hicieron la escogida. Las ondas migratorias al territorio, conocidas como aliyás se sucedieron desde entonces, conformándose poco a poco estructuras sociales de base agrícola, los kibutz, que estructuraron una presencia judía cada vez más fuerte. 


La Primera Guerra Mundial se mantuvo con las presiones inglesas sobre el territorio palestino. Así, los británicos conseguirían orquestar una Revuelta Árabe (1916) contra los turcos, organizada por Husain, Jarife de la Meca, bajo la promesa de crear un Estado árabe a finales del conflicto. Simultáneamente, se firmó la Declaración Balfour en 1917, donde se apuntaría el compromiso a establecer un Estado judío en Palestina. El mandato británico sobre dicha tierra, aparecido tras la división del territorio franco-inglesa acordada en el Tratado de Sykes-Picot (1916), se extendió durante todo el periodo de entreguerras. Lejos de escuchar los reclamos árabes, desde Londres abogarían por la creación de una Palestina británica y sionista, donde destacaron la compra de tierras por parte de los judios, el Plan de Transferencia migratoria y los procesos de sionización. Además, el pueblo judío contó también con el apoyo de la Sociedad de Naciones.


La sombra del Holocausto y el nacimiento de Israel

En los años 30, ante el auge del nazismo y los demás movimientos nacionalistas, el olor de un nuevo conflicto inundaba de manera más que evidente los cafés de Europa. Además de la Haganá (movimiento nacionalista, sionista defensor de la autodeterminación judía frente a árabes y británicos fundado en 1928) se desarrollaron otros grupos armados como Irgun, de corte más radical, que aceleraron los tiempos políticos entre los reclamos hebreos. Importantes figuras como David Ben Gurión aparecieron en la ecuación, animando el apoyo a los aliados mientras construían un Estado que de facto pudiese defenderse por sí mismo. Las potencias aliadas, desgastadas por la internacionalización de sus esfuerzos, encontraron en las colonias y mandatos situaciones insostenibles, con pueblos enteros reclamando autonomía y soberanía sobre sí mismos. 


Para Gran Bretaña, Palestina funcionaba como un “Estado tapón” para proteger el Canal de Suez y su joya de la corona, la India. Así, ante la independencia del Raj Británico en 1947 y el efecto dominó de los reclamos de independencia gestados desde Egipto, víctimas del desgaste y la desatención, cedieron el desenlace de la cuestión palestina a la recién nacida Organización de las Naciones Unidas. El fantasma del Holocausto y la derrota del Eje asolaba aún Europa, de manera que la sociedad internacional instaló la geopolítica entorno a la “deuda” hacia el pueblo judío, históricamente desarraigado de su lugar natal. El 29 de noviembre de 1947 la Asamblea General aprobó la Resolución 181, el famoso Plan de Partición. 


El Plan de Partición propuso la creación en el territorio palestino de dos estados independientes, proporcionales a la presencia poblacional de árabes y judíos, quedando Jerusalén como ciudad bajo régimen internacional. David Ben Gurion proclamó solemnemente la fundación del Estado de Israel el 14 de mayo de 1948, y tanto el Alto Comisionado Árabe como la Liga Árabe rechazaron esta proposición, iniciando así una guerra civil que estallaría al día siguiente, de la mano de la retirada británica. 


El 15 de mayo de 1948 se producía por tanto el inicio formal de la primera guerra árabe-israelí, lo que dentro de las esferas sociales árabes se conoció como la Nakba. 


La Nakba y sus consecuencias hasta la actualidad

La declaración formal del Estado de Israel se hizo con el apoyo y reconocimiento de la mayoría de países de la ONU, de forma que cuando los países árabes contrarios a ello alzaron la voz, los hebreos contaron con apoyo directo de Estados Unidos y otras potencias durante el conflicto bélico. La superioridad judía frente a los palestinos, así como la permisividad de las autoridades internacionales, permitieron la expansión de Israel hacia lugares que no se le habían concedido en el Plan de Partición. 


Sin embargo, la consecuencia más sangrante de este primer enfrentamiento de 1948 no fueron las ansias expansionistas posteriores, sino el propio exilio de más de 700,000 mil palestinos de sus territorios, con políticas de abierta limpieza étnica que se utilizaron a lo largo de los años fundamentadas a través del Plan Dalet. Eventos catastróficos como las masacres de Deir Yassin provocaron un éxodo masivo de palestinos a las zonas de Gaza y Cisjordania, así como a países vecinos, cercando a la población árabe a territorios cada vez más mermados.Lo que para Israel fue una "guerra de independencia", para la sociedad palestina supuso la desarticulación total de su tejido social, instalando la condición de refugiados permanentes en el inconsciente colectivo.La resistencia palestina se organizó entonces en torno a dos ejes ideológicos laicos, el nacionalismo de Al Fatah (OLP), influenciado por el panarabismo nasserista, y el marxismo revolucionario de la FPLP. 


Aparte de la cuestión palestina, los conflictos árabe-israelíes se siguieron sucediendo no sólo en este territorio sino también en los países vecinos. La Guerra de los Seis Días en 1967 enfrentó a un debilitado Egipto nasserista frente a un Israel empoderado, otorgando al estado hebreo presencia en la zona  del Sinaí y los altos del Golán, territorio por el que todavía hoy mantienen disputas. La posterior Guerra del Yom Kippur (1973) desencadenaron los Acuerdos de Camp David, donde Egipto reconoció a Israel a cambio de la devolución del Sinaí.


El declive del nacionalismo secular dio paso al auge del integrismo islámico, cristalizado en la fundación de Hamás por el jeque Yassin. A diferencia de la OLP, Hamás introdujo una dimensión religiosa que buscaba no solo la autodeterminación, sino la sustitución del Estado de Israel por un Estado islámico. Paradójicamente, en sus inicios, este movimiento contó con la permisividad de los servicios secretos israelíes, que buscaban dividir a la sociedad palestina y debilitar el peso diplomático de Arafat, una estrategia de "divide y vencerás" financiada indirectamente por monarquías conservadoras como Qatar.


El último gran intento de paz llegó tras la Primera Intifada (1987), un levantamiento popular espontáneo que forzó a las partes a sentarse en la Conferencia de Madrid (1991). El reconocimiento mutuo entre la OLP y el gobierno laborista de Isaac Rabin culminó en los Acuerdos de Oslo (1993), que establecieron la Autoridad Nacional Palestina (ANP) como un embrión de Estado en Gaza y Cisjordania. Sin embargo, esta ventana de esperanza se cerró trágicamente: el asesinato de Rabin a manos de un ultraortodoxo judío en 1995 y el ascenso del Likud, encabezado por figuras como Ariel Sharon y más tarde Benjamin Netanyahu, dinamitaron el proceso de paz. La expansión de los asentamientos y la parálisis de la ANP dejaron el conflicto en un estado de ocupación perpetua y división interna que persiste hasta nuestros días.


Conclusión

En la actualidad, el fantasma de una segunda Nakba tras los ataques del 7 de octubre continúa aún en el subconsciente colectivo, ante la idea de un conflicto que parece tener cada vez más cabos sueltos. Las soluciones que antes se decidieron en despachos y dibujos ahora no parecen surtir efecto, con la empatía como la gran ausente dentro de todo este entramado. Cifras de muertos, desplazados, refugiados y apátridas se agolpan en las portadas de los periódicos sin mayor información que el número que aportan, mientras desde círculos académicos y sociales se plantea si la solución de los dos estados es todavía algo viable o un anacronismo diplomático.

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