MERCOSUR: dinámicas de integración, desafíos estructurales y perspectivas geopolíticas
- Nicolas E. Salvoni

- 14 dic 2025
- 6 Min. de lectura
La integración regional en América del Sur ha sido, desde finales del siglo XX, una respuesta política y económica frente a un orden internacional marcado por grandes bloques, mayor interdependencia y crecientes presiones competitivas. En este contexto, el Mercado Común del Sur (MERCOSUR) surge como un intento por ampliar las capacidades nacionales mediante la cooperación interestatal y la coordinación económica. Sin embargo, su evolución ha estado lejos de ser lineal: alterna períodos de dinamismo con etapas de estancamiento, producto de tensiones internas, asimetrías estructurales y divergencias políticas que condicionan su desarrollo.
El MERCOSUR desde la óptica geopolítica
El MERCOSUR no nace por inercia histórica ni por un impulso idealista de hermandad regional. Surge de un conjunto de condiciones estructurales que, en la segunda mitad de los años ochenta, convergieron en un diagnóstico común: los Estados sudamericanos no podían enfrentar aisladamente los desafíos del nuevo escenario internacional.
En primer lugar, la crisis de la deuda externa atravesada por los países de la región durante la década de 1980 demostró con crudeza la vulnerabilidad de economías nacionales pequeñas y altamente endeudadas. La intensidad del colapso financiero expuso, en términos estructuralistas, los problemas de depender del crédito de los centros y puso en evidencia la necesidad de transformar las relaciones económicas que habían prevalecido durante el modelo de industrialización por sustitución de importaciones aplicado en la región entre las décadas de 1950 y 1980.
En segundo lugar, la transición simultánea hacia regímenes democráticos en Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay generó las condiciones políticas para una mayor cooperación. Por un lado, la restauración democrática redujo la percepción mutua de amenaza que había signado la relación -sobre todo entre Argentina y Brasil- durante décadas y favoreció la búsqueda de mecanismos de estabilidad regional. Por otro lado, la aún no resuelta “cuestión militar” y el peligro de nuevos golpes de estado se verían atenuados si los países de la región avanzaban en esquemas cooperativos complejos que no fueran compatibles con dichas prácticas.
En tercer lugar, la consolidación de grandes espacios económicos —como la Comunidad Europea y el posterior NAFTA— presionó a los países sudamericanos a evitar la marginalidad económica. El propio Tratado de Asunción subraya esta motivación al señalar que la integración constituye una respuesta adecuada a la conformación de grandes bloques y a la necesidad de lograr una adecuada inserción internacional . Finalmente, la creciente conciencia sobre la insuficiencia de los mercados nacionales para sostener industrias complejas llevó a valorar la integración como vía para alcanzar economías de escala y atraer inversiones. El análisis económico de la época mostró que ni siquiera Brasil —la economía más grande de la región— alcanzaba, por sí sola, la masa crítica necesaria para competir con los grandes polos económicos del Norte.
Estos factores —económicos, políticos y geoestratégicos— convergieron en la decisión de avanzar hacia un mercado común cuyos fundamentos quedaron plasmados en el Tratado de Asunción de 1991.
Luces y sombras del proceso de integración
A más de tres décadas de su creación, el MERCOSUR presenta logros concretos que no pueden soslayarse.
En el plano económico, el bloque consolidó una unión aduanera imperfecta con un Arancel Externo Común que funciona como la columna vertebral de su política comercial. Esto permitió negociar en conjunto con terceros actores internacionales y otorgó cierto grado de previsibilidad normativa.
El comercio experimentó un incremento significativo desde la conformación del MERCOSUR multiplicando por cuatro los valores comerciados intrabloque durante sus primeros 3 años de existencia.
A su vez, el bloque avanzó en dimensiones sociales e institucionales: desarrollo de la Ciudadanía MERCOSUR, creación del Fondo para la Convergencia Estructural (FOCEM), fortalecimiento de instancias como el Tribunal Permanente de Revisión, y ampliación de su red de Estados Asociados, que otorga al proceso cierta capacidad de proyección subcontinental.
Aunque para nada despreciables, bajo la superficie de estos avances se encuentran una serie de debilidades que han limitado el alcance del proceso. La más evidente es la asimetría estructural entre Brasil y sus socios. Brasil concentra casi el 80% de las exportaciones totales del bloque y representa la mayor parte de su población y PBI. Esta desproporción genera tensiones recurrentes, especialmente para Uruguay y Paraguay, cuyas economías dependen en mayor medida del acceso al mercado regional.
A lo anterior se suma la debilidad institucional del esquema. El Protocolo de Ouro Preto define al MERCOSUR como un proceso estrictamente intergubernamental: no posee órganos supranacionales con capacidad decisoria autónoma; sus normas requieren incorporación interna por parte de cada Estado; y el poder de veto nacional limita la eficacia del bloque. Esta arquitectura explica su dificultad para sostener políticas comunes de largo plazo.
Asimismo, el bloque exhibe limitada coordinación macroeconómica. El propio Tratado de Asunción contempla la convergencia de políticas fiscales, monetarias, cambiarias e industriales, pero más de treinta años después estos compromisos siguen siendo metas pendientes.
Finalmente, la dependencia y vulnerabilidad externa continúa siendo elevada estando el bloque atado a los vaivenes de los precios internacionales de materias primas producto de la escasa diversificación de sus economías.
La dinámica Argentina–Brasil como termostato del bloque
Más que un componente del bloque, esta relación constituye su núcleo organizador. En términos estrictos, el ritmo de avance o estancamiento del MERCOSUR ha estado históricamente subordinado al grado de cooperación política entre estos dos países. Cada etapa dinámica del bloque coincide con períodos de sintonía política entre Buenos Aires y Brasilia. Durante los años noventa, la convergencia entre los gobiernos de Menem y Cardoso facilitó la constitución efectiva de la unión aduanera y permitió la expansión del comercio intrazona. Lo mismo ocurrió durante la etapa Lula–Kirchner, en la que ambos países priorizaron la integración política y económica y fortalecieron la interlocución regional.
Por el contrario, en los momentos de desacuerdo —como los años de Bolsonaro en y Alberto Fernández, o Lula y Milei — el bloque ingresó en una fase de parálisis operativa, con debates estériles sobre flexibilización, dificultades para avanzar en negociaciones externas y aumento de fricciones comerciales.
El motivo de este comportamiento pendular es institucional: el MERCOSUR carece de mecanismos supranacionales capaces de amortiguar las divergencias políticas internas, lo que lo convierte en un esquema extremadamente vulnerable a los cambios de signo ideológico en sus principales capitales. A diferencia de la Unión 1 Si bien existe el PARLASUR este no tiene poder normativo vinculante y su funcionalidad es principalmente consultiva. Europea, donde las instituciones comunitarias garantizan continuidad aun frente a gobiernos disímiles, el MERCOSUR depende íntegramente de la voluntad de los ejecutivos nacionales.
Así, la pregunta sobre la integración regional no puede separarse de otra más elemental: ¿qué relación atraviesan en ese momento Argentina y Brasil? En esa respuesta se anticipa, casi siempre, la orientación inmediata del bloque.
La relación con la Unión Europea
La Unión Europea ha sido históricamente uno de los interlocutores externos más relevantes para el MERCOSUR. La relación bilateral combina comercio, inversiones, cooperación política y un diálogo institucional sostenido a lo largo de décadas ya que este vínculo representa alrededor del 17% del comercio total del MERCOSUR, lo que convierte a la UE en uno de los principales socios extrarregionales.
No obstante, la relación también revela contrastes profundos. La Unión Europea opera mediante instituciones supranacionales robustas —Comisión, Parlamento Europeo, Tribunal de Justicia— que aseguran continuidad, previsibilidad y capacidad normativa. El MERCOSUR, en cambio, se apoya en consensos intergubernamentales frágiles que pueden alterarse con cada cambio de gobierno.
El prolongado proceso de negociación del Acuerdo MERCOSUR–UE, aún pendiente de ratificación plena, evidencia esas limitaciones. Los avances técnicos han convivido con disputas internas, tensiones ambientales y diferencias en materia de estándares productivos, sobre todo en cuestiones agropecuarias donde Francia se muestra particularmente reticente a avanzar en las negociaciones.
Desafíos estructurales y futuro del bloque
Podemos resumir lo hasta aquí expuesto afirmando que los desafíos del MERCOSUR pueden sintetizarse en cinco ejes estratégicos:
El fortalecimiento institucional, a través de la consolidación de órganos autónomos y reglas de cumplimiento efectivo; convergencia macroeconómica, indispensable para evitar distorsiones internas; diversificación productiva, que permita reducir la dependencia de materias primas; expansión del comercio intrabloque, aún por debajo de su potencial; y la profundización de los vínculos comerciales extrazona, donde destaca el demorado acuerdo con la Unión Europea.
En última instancia, el futuro del bloque dependerá de su capacidad para resolver tensiones internas persistentes, fortalecer mecanismos de cooperación y adecuarse a un escenario global crecientemente proteccionista y marcado por la competencia entre grandes polos económicos. Su continuidad como proyecto viable exigirá una agenda de integración capaz de sostenerse en el tiempo, respaldada por instituciones más robustas, mayor previsibilidad normativa y una concertación política que supere los ciclos domésticos de sus Estados miembros.
Créditos foto: © European Union, 2025. https://commons.wikimedia.org/wiki/Category:Javier_Milei_in_2024#/media/File:VdL_Mercosur_2024.jpg







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