Relaciones entre República Dominicana y Haití: historia, migración e interdependencia en una frontera marcada por la desconfianza
- Francesca Beretta Jerez

- hace 3 días
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La condición de habitar en una misma isla y compartir vínculos cotidianos que atraviesan la frontera hace imposible hablar de sociedades aisladas. Incluso, se mantienen mucho más intercambios comerciales, laborales y sociales de lo que suele reconocerse, lo que hace inevitable la interacción entre sus poblaciones. Sin embargo, al mismo tiempo, sus relaciones bilaterales han estado marcadas por episodios de conflicto, desconfianza y discursos nacionales que presentan al país vecino como una fuente de amenaza o como un espacio ajeno. ¿Cómo es posible que la República Dominicana y Haití mantengan una relación marcada por la desconfianza pese a compartir una isla, una frontera y múltiples vínculos económicos?
Al abordar las relaciones dominico-haitianas, no se puede reducir la dinámica a una simple oposición entre un país estable y otro en crisis, ni presentar a Haití como la única fuente de las tensiones existentes. La frontera no representa únicamente una división entre dos Estados, también es un espacio de comercio, movilidad y contacto cotidiano. Si bien es cierto que desde la perspectiva dominicana, la inestabilidad haitiana representa un desafío directo debido a la violencia de los grupos armados y a la debilidad de las instituciones estatales, esta situación no puede analizarse únicamente desde la perspectiva de seguridad. En abril de 2026, representantes dominicanos y haitianos reanudaron el diálogo sobre la seguridad fronteriza, migración y comercio. Durante este encuentro, se acordó restablecer las conexiones aéreas entre los dos países, con el objetivo de facilitar la movilidad y dinamizar los vínculos económicos (Presidencia de la República Dominicana, 2026).
Sin embargo, la cuestión central consiste en comprender por qué una relación de interdependencia ha producido tan pocos mecanismos estables de confianza y cooperación mutua, en lugar de determinar cuál país tiene la responsabilidad de las tensiones. Como señaló el profesor haitiano Jean-Marie Theodat durante una conferencia organizada por el Instituto Nacional de Migración de la República Dominicana, no se trata necesariamente de dos naciones enemigas por naturaleza, sino de dos países que han terminado estando enemistados (NotiÚltimas, 2026). Esta distinción permite separar la existencia de los intereses y vínculos compartidos por las narrativas políticas que han convertido las diferencias históricas en fuentes permanentes de desconfianza.
Un pasado de divergencias
Cada vez que surge un conflicto en la frontera, las reacciones de ambos lados no son casuales. Responden a una larga historia de desconfianza donde el pasado pesa demasiado en la política actual. Esta división comenzó a marcarse entre 1822 hasta 1844, cuando la parte oriental de la isla (lo que se conoce como República Dominicana actualmente) estuvo bajo control haitiano. Para Haiti, este periodo buscaba proteger la isla y abolir la esclavitud de los españoles, pero para los dominicanos significó la pérdida de su autonomía, debido a que estos aún conservaban una historia colonial española y una identidad cultural muy distinta. Tras el trabucazo de independencia que puso fin al mando de Jean-Pierre Boyer, su identidad nacional se construyó a partir de la experiencia histórica de la ocupación haitiana que se identificó como la liberación frente a un poder opresor externo, definiendo la frontera aún más como un límite de defensa que como un punto de integración.
Durante todo el siglo XIX y principios del XX, la línea que dividía la isla era imprecisa. Las comunidades locales cruzaban sin control claro y los gobiernos de Santo Domingo y Puerto Príncipe se acusaban mutuamente de invadir terreno ajeno. El Tratado de Fronteras de 1929 entre el dominicano Horacio Vásquez y Louis Borno fijó por primera vez la línea fronteriza, donde para cerrar el acuerdo, la República Dominicana cedió una porción del territorio que reclamaba como histórico a cambio de fijar límites definitivos (Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Dominicana, 2024). Además, los recursos hídricos compartidos deben de utilizarse de manera justa y equitativa, como los ríos Dajabón (Masacre en Haití) o Pedernales, prohibiendo así las obras que alterarán o desviarán sus cauces en perjuicio del vecino.
El momento más crítico de la tensión bilateral ocurrió en 1937, cuando el dictador dominicano Rafael Trujillo ordenó la matanza de miles de haitianos en la zona fronteriza, conocida como la Masacre del Perejil. Para el cabecilla, dicha presencia representaba un peligro para la soberanía y un obstáculo para su proyecto de nación, el cual buscaba homogeneizar la población bajo una identidad hispana y anticriolla (The Haitian Times, 2023). A pesar de que el propio Trujillo tenía ascendencia haitiana, reflejo del histórico mestizaje fronterizo, este hecho marcó un antes y un después, especialmente en la memoria colectiva haitiana y en los discursos oficiales de rechazo en la política dominicana. Ante la presión internacional, Trujillo aceptó pagar una indemnización al gobierno haitiano, pero nunca se llegó a pagar en su totalidad.
Con el tiempo, ambos países crearon imágenes negativas del otro. En República Dominicana se instaló la idea de que Haití representa una constante presión para su economía y seguridad, una percepción que se ha intensificado con el agravamiento de la violencia y de la crisis migratoria cada año. Mientras que, en Haití se desarrolló un sentimiento de rechazo hacia un Estado al que perciben como hostil hacia su población, ya sea por las deportaciones, dificultades de acceso a documentación y las experiencias discriminatorias que denuncian parte de las comunidades haitianas y dominicanas de ascendencia haitiana. De modo que las tensiones no sólo se producen en el ámbito diplomático, empiezan en las representaciones sociales que cada sociedad construye sobre la otra.
La dimensión de la seguridad en la relación bilateral
La crisis que atraviesa Haití ha transformado sin lugar a dudas la relación entre ambos países. El deterioro de la seguridad, la expansión de los grupos armados y el colapso de las instituciones haitianas no solo afectan a su población, sino que también generan preocupaciones concretas en la República Dominicana y los demás países vecinos. Entre ellas se encuentran el aumento de los cruces fronterizos irregulares, el tráfico ilícito de armas, drogas y personas, y la expansión de redes criminales transnacionales. Por otro lado, la contraparte dominicana ha incluido unas políticas de securitización mucho más fuertes en todo el país, especialmente la frontera, a través de redadas para las deportaciones masivas de miles de ciudadanos en situación irregular.
Dado el desplazamiento interno y el desabastecimiento de comunidades enteras, resulta evidente por qué tantas personas continúan huyendo en busca de seguridad y nuevas oportunidades. Este flujo claramente no es homogéneo: abarca desde trabajadores que son el sustento económico de sus familiares, menores de edad y personas que huyen directamente del peligro. Frente a esto, el gobierno dominicano ha sostenido ante la comunidad internacional que no puede asumir en soledad la carga de dicha situación, y que el control fronterizo es indispensable para proteger la estabilidad nacional (Presidencia de la República Dominicana, 2021). No obstante, las repatriaciones a gran escala han generado un intenso debate con las organizaciones internacionales y de derechos humanos sobre la necesidad de evitar detenciones arbitrarias, proteger a poblaciones vulnerables e impedir que la condición migratoria se traduzca en discrimincacion o generalizaciones injustas.
En este delicado escenario, la cooperación con las Naciones Unidas se ha convertido en un punto de encuentro estratégico. Se han utilizado los foros del organismo para visibilizar la urgencia de la crisis ante el Consejo de Seguridad, mientras que agencias como la OIM, el ACNUR y UNICEF brindan apoyo humanitario esencial tanto a las comunidades vulnerables en la frontera como a los retornados en suelo haitiano. Sin embargo, el esfuerzo multilateral se enfrenta a una brecha economía, debido a que los fondos fiduciarios creados por la ONU, incluyendo el Plan de Respuesta Humanitaria y el fondo de apoyo a la Misión Multinacional de Seguridad, han recibido aportes e inversiones internacionales muy por debajo de las metas requeridas. La última visita de campo del Secretaria General, Antonio Guterres, en Julio puso de manifiesto la gravedad del asunto. Durante su recorrido en Puerto Príncipe, visitó a familias en los refugios temporales y mantuvo reuniones claves con las autoridades locales, pero también con la delegación dominicana.
Un episodio que evidenció la fragilidad de las relaciones bilaterales ocurrió en septiembre de 2023, cuando la República Dominicana cerró sus fronteras terrestres, marítimas y aéreas con Haití debido a la construcción de un canal de riego en el río Masacre, una corriente de agua compartida por ambos países. Desde la perspectiva dominicana, la obra se estaba realizando de manera unilateral y afectaba la distribución del recurso hídrico, lo que violaba los puntos del Tratado de Paz, Amistad y Arbitraje (Diario Libre, 2023). Desde el lado haitiano, el canal estaba relacionado con las necesidades de agricultores y comunidades que dependen del agua para sus actividades económicas. Éstos argumentaron que se le había comunicado con anterioridad al gobierno dominicano, y que no afectaba el curso o cauce del río.
Aunque la Organización de los Estados Americanos ofreció su mediación, ambos países mantuvieron posiciones enfrentadas sobre la paralización del canal, por lo que el cierre afectó la movilidad, el comercio y el abastecimiento de la población fronteriza. La República Dominicana mantuvo su rechazo a la construcción del canal y defendió arduamente la necesidad de detener la obra antes de iniciar nuevas negociaciones. Asimismo, el primer ministro haitiano Ariel Henry, en su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas el 22 de septiembre de 2023, llamó al diálogo y a la negociación pacífica entre los dos países. Declaró el derecho de Haití a utilizar los recursos hídricos binacionales y reclamó una distribución equitativa de las aguas del río Masacre (CNN en Español, 2023).
La interdependencia económica y la fuerza laboral migrante
La migración haitiana constituye un pilar esencial para la economía de la República Dominicana, al suplir la fuerte demanda de mano de obra en sectores claves como la construcción, la agricultura, el turismo, el comercio informal y el servicio doméstico. Según la Segunda Encuesta Nacional de Inmigrantes de 2017, que es la última medición nacional exhaustiva disponible, residen en el país aproximadamente 570,933 personas nacidas en el extranjero, de las cuales 497,825 son pertenecientes de Haití. Aquella cifra representa el 87,2% del total de inmigrantes del país. Si se incluyen también los descendientes de inmigrantes nacidos en RD, la población de origen haitiano aumenta a 750,174 personas (Oficina Nacional de Estadísticas y Fondo de Población de las Naciones Unidas, 2017). A pesar de que esta fuerza laboral impulsa sectores de alta productividad y mantiene costos competitivos, la prevalencia de la migración en situación irregular genera profundas tensiones políticas, presupuestarias y sociales en la opinión pública.
En la zona fronteriza, cada año se registran millones de cruces de personas y mercancías, pero presenta una marcada asimetría, tanto el ámbito humano como el comercial. Haití constituye el segundo destino más importante para las exportaciones dominicana (superado solo por Estados Unidos), absorbiendo anualmente cerca de 1,000 millones de dólares en productos como harina, varillas de acero, cemento, aceites comestibles y textiles. En contraste, el flujo en sentido opuesto es casi nulo. Las exportaciones haitianas hacia territorio dominicana apenas alcanzan unas pocas decenas de millones de dólares, limitándose a renglones muy específicos como cerveza, ron o artesanías (Oficina Nacional de Estadística, 2024). Esta enorme brecha de producción y abastecimiento se evidencia en los mercados binacionales de Dajabón, Jimaní, Elías Piña y Pedernales, provincias donde los comerciantes cruzan para adquirir insumos básicos de los que Haití carece debido al colapso de su aparato productivo.
El trato a la población migrante plantea un dilema permanente entre la soberanía nacional de aplicar las leyes de extranjería y la obligación internacional de garantizar los derechos humanos fundamentales. Las redadas intensificadas y los operativos de interdicción, hasta en centros de salud, han generado alertas por parte de distintas organizaciones internacionales respecto al debido proceso, las condiciones de detención y el acceso a servicios básicos como la salud y educaciones. Garantizar condiciones de trabajo dignas, salarios justos y mecanismos accesibles para la regularización no solo protege a las personas migrantes frente a la explotación laboral, sino que formaliza el mercado del trabajo y reduce el impacto de la ilegalidad en las comunidades de acogida, permitiendo construir una convivencia más equilibrada y pacífica en la isla.
Retrato de una convivencia compleja
Compartir una misma isla no significa que la República Dominicana y Haití atraviesen las mismas circunstancias. Aunque ambos países mantienen una relación inevitable debido a la proximidad geográfica, la frontera común y los vínculos históricos, sus trayectorias políticas, económicas e institucionales han producido realidades profundamente diferentes. La divergencia en la que hoy se encuentran ambos países condicionan la manera en que cada uno percibe la relación bilateral y explica buena parte de las tensiones que se han acumulado en torno a la migración, la frontera y la seguridad.
Es tan peculiar, que hasta examinando la dinámica migratoria se observa una pronunciada disparidad en los procesos de movilidad social entre los distintos colectivos de inmigrantes. Mientras que comunidades como la venezolana han mostrado una incorporación más fluida hacia estratos socioeconómicos medios, la población haitiana enfrenta un escenario muy distinto. Este fenómeno está claro que se debe de comparar tomando en cuenta no solo los factores técnicos, sino también las barreras estructurales e informales que condicionan la acumulación de capital y la integración plena. Sin embargo, se registra un patrón persistente donde el ascenso hacia la clase media resulta atípico o severamente limitado para los haitianos.
Al final, este análisis busca demostrar que dicha relación no puede entenderse únicamente desde el conflicto. La República Dominicana depende en cierta medida del vínculo con Haití, especialmente por la importancia del mercado haitiano para sus exportaciones y en grandes sectores de su economía. Y al mismo tiempo, para numerosos haitianos, esta representa una vía cercana para buscar empleo, seguridad y mejores oportunidades de vida. Esta movilidad no debería de interpretarse solo como una presión sobre la sociedad dominicana, sino también como el resultado de las desigualdades existentes entre ambos lados de la isla.
Sin recurrir al lugar común de definir el vínculo insular bajo la simple dicotomía de “una relación de amor-odio entre vecinos”, la coyuntura realmente pone de manifiesto esta compleja convivencia. Lejos de pretender formular soluciones definitivas, el artículo busca analizar cómo se han construido las relaciones dominico-haitianas, que acontecimientos históricos han influido en ellas y de qué manera la situación actual ha reforzado tanto la casi nula existencia de mecanismos de cooperación entre ambos países.
Reconocer esta complejidad no implica desatender los principios fundamentales respecto a la soberanía dominicana como la haitiana y las cuestiones de seguridad que la amparan. Sin embargo, un análisis riguroso exige traspasar el discurso oficial para visibilizar los diversos intereses económicos y políticos que utilizan como instrumento la tensión de esta relación bilateral, ya sea con fines locales o electorales. En última instancia, no me gustaría dejar de lado las experiencias humanas de ambas sociedades, cuyas historias cotidianas de coexistencia y supervivencia constituyen la dimensión más vulnerable de esta realidad compartida.




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