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Senegal tras la destitución de Ousmane Sonko: ruptura política, crisis institucional e incertidumbre democrática

  • Foto del escritor: Javier Angulo Perojil
    Javier Angulo Perojil
  • hace 2 días
  • 9 min de lectura

Senegal vuelve a entrar en una zona de incertidumbre política tras la destitución de Ousmane Sonko como primer ministro el pasado 22 de mayo. La decisión del presidente Bassirou Diomaye Faye no supone una simple remodelación del Ejecutivo, sino la ruptura del binomio que había sostenido el cambio político de 2024. Sonko, líder histórico de Pastef y figura central de la oposición a Macky Sall, fue apartado del Gobierno tras meses de desencuentros con un presidente que, paradójicamente, había llegado al poder gracias al capital político acumulado por él. 


El anuncio fue leído por Oumar Samba Ba, asesor presidencial, argumentando lo siguiente: “Mediante decreto nº 2026-1128, firmado el 22 de mayo de 2026, el presidente de la República, su Excelencia Bassirou Diomaye Faye, puso fin a las funciones de Ousmane Sonko como Primer Ministro”. En consecuencia, también los ministros y secretarios de Estado que integraban al gobierno también han sido cesados y no se ofrecieron detalles sobre un futuro nombramiento. Ante esto, Sonko reaccionó en Facebook con un mensaje breve, pero revelador: “Alabado sea Dios. Esta noche dormiré tranquilo en el barrio de Keur Gorgui”, haciendo referencia al distrito de Dakar donde reside. Fue recibido entre vítores de cientos de simpatizantes más allá de la medianoche una vez llegó a su domicilio.


El movimiento abre una crisis institucional de gran calado porque altera el equilibrio sobre el que se había construido el nuevo ciclo político senegalés. Faye conserva la presidencia y la capacidad formal de nombrar un nuevo Ejecutivo, pero Sonko mantiene un capital político propio, una fuerte implantación social y una influencia determinante dentro de Pastef, partido que domina la Asamblea Nacional. Por ello, la destitución puede convertir las promesas de renovación democrática realizadas en 2024 en una disputa entre el presidente y un líder popular, abriendo el interrogante acerca de cómo podrá gobernar Faye y sacar adelante reformas si Sonko conserva apoyo popular y sigue siendo el líder del partido dominante en la Asamblea Nacional. En un país que venía de años de movilización, represión y polarización, el riesgo no está únicamente en el cambio de Gobierno, sino en que la fractura entre ambos reactive tensiones sociales que parecían contenidas.



¿Quién es Ousmane Sonko y por qué es tan importante en Senegal?

Para comprender la magnitud de la ruptura ante la cual se enfrenta Senegal tras la destitución de su primer ministro, no basta con presentarlo como tal. Sonko era mucho más que una figura del gabinete: era el rostro político del ciclo de ruptura abierto en Senegal tras el final de la presidencia de Macky Sall. Ousmane Sonko era un antiguo inspector de impuestos, líder del partido político Patriotas Africanos de Senegal por el Trabajo, la Ética y la Fraternidad (PASTEF) -de corte socialista, panafricano y socialmente conservadora en aspectos como los derechos LGTB-. Su figura era referente dentro una oposición construida sobre el rechazo a la corrupción, la dependencia exterior y las élites tradicionales, condensando el malestar reinante en el país durante los últimos años. Su discurso soberanista, su crítica a la influencia francesa y su capacidad de conexión con la juventud africana hicieron que se convirtiera en el líder político que la juventud senegalesa estaba esperando.


Esa relevancia explica por qué su exclusión de las elecciones presidenciales de 2024 no supuso en realidad su desaparición política. Convirtió su propia inhabilitación debido a acusaciones por difamación en un elemento de movilización del voto a Faye, entonces presentado como la continuidad natural de Pastef. De ahí que el nuevo poder senegalés naciera con una cierta tensión de origen. Faye ocupaba la presidencia, disponía de la legitimidad institucional y ejercía la jefatura del Estado; Sonko, en cambio, conservaba la legitimidad militante, el liderazgo orgánico del partido y una autoridad política que excedía ampliamente el cargo de primer ministro.


Su nombramiento como primer ministro en 2024 intentó resolver esa tensión incluyéndose en el núcleo del Ejecutivo, pero realmente se creó otro problema con ello. Hay que tener en cuenta que esa dualidad de poder no era formal, quien dirigía el binomio Faye-Sonko era este último. Lo que al principio parecía un reparto útil, terminó convirtiéndose en una fuente de fricción cotidiana. Sonko llegaba al cargo con agenda propia, base social y una lectura ideológica muy marcada sobre el rumbo que debía tomar Senegal. Su perfil era el de un dirigente de combate, acostumbrado a la oposición, a la movilización y a la confrontación discursiva, lo cual era bastante popular, pero dificultaba su integración en el Gobierno. Por ello, la tensión era casi inevitable: Faye necesitaba consolidarse como presidente y garantizar gobernabilidad, pero Sonko seguía actuando como líder fundacional de un proyecto que consideraba suyo. Por eso, su destitución tiene una carga política tan profunda, pues consiste en la separación entre dos legitimidades que hasta ahora habían convivido dentro del mismo bloque. 


Una alianza rota

Las primeras grietas tardaron meses en aparecer tras el nombramiento de Faye como presidente y Sonko como primer ministro. En julio de 2025, Sonko criticó abiertamente al presidente y habló de un “problema de autoridad” en el país. La frase no venía de cualquier político, sino de uno de los arquitectos de la victoria de 2024. Desde ese momento, la convivencia dejó de ser una alianza disciplinada y empezó a convertirse en una relación cada vez más difícil de sostener. Sonko no parecía dispuesto a comportarse como un subordinado más dentro del Ejecutivo, y Faye tampoco podía aceptar indefinidamente que su autoridad presidencial fuera discutida desde su propio Gobierno.


A comienzos de mayo, las tensiones volvieron a ser palpables, cuando Faye cuestionó una personalización excesiva en torno a la figura de Sonko dentro del partido. “Mientras siga siendo primer ministro, es porque cuenta con mi confianza. Cuando deje de ser el caso, habrá un nuevo primer ministro”. Estas fueron sus declaraciones hace semanas en una entrevista, lo cual dejó entrever que podría haber alguna fractura dentro del binomio de la victoria.


El choque final llegó pocas horas antes de su destitución. Sonko volvió a cargar contra Faye en la Asamblea Nacional, esta vez por la falta de transparencia en la gestión de los fondos políticos, dependientes del poder discrecional del jefe de Estado. A ello se sumaba otro malestar: la lentitud de los procesos contra antiguos responsables del régimen de Macky Sall, a quienes Sonko había acusado de corrupción. Para Faye, mantenerlo dentro del Gobierno significaba convivir con una crítica permanente desde el corazón del Ejecutivo. Para Sonko, callar suponía renunciar al papel que había construido durante años: el de fiscalizador del viejo poder y garante de la ruptura. Por ello, el decreto del 22 de mayo fue el corte a una dualidad insostenible que abre una fase de incertidumbre política en Dakar.


El país que recibe la crisis: deuda, presión social y heridas políticas

La ruptura total entre Faye y Sonko estalla en un Senegal que llegó a 2024 con una imagen exterior incluso mejor a la actual. El país continuaba siendo una de las democracias más respetadas de África Occidental, aunque venía de unos años en los que sufrió una importante degradación bajo el mandato de Macky Sall: protestas, detenciones, cortes de internet, presión sobre opositores y una ley de amnistía aprobada al final del mandato que parecía un maquillaje superficial a la violencia política ejercida en el gobierno durante su mandato. Entre 2021 y 2024, las movilizaciones vinculadas a Sonko dejaron al menos 65 muertos, alrededor de 1.000 heridos y centenares de detenidos, según cifras recogidas por Amnistía Internacional. Esa memoria pesa, pues la victoria de Pastef se interpretó como una deuda pendiente y una reparación política sobre lo previamente vivido.

 

A pesar de ello, indicadores internacionales como Freedom House clasificaron al país como “libre”, con 69 puntos sobre 100, después de que sus instituciones resistieran el intento de retrasar las presidenciales y la oposición lograra ganar tanto la presidencia como la mayoría parlamentaria. Además, no es el peor país en cuanto al Índice de Corrupción de Transparency International de 2025 -ocupa el puesto 65 de 182 países, y es uno de los mejores del continente en cuanto a aplicación del Rule of Law (5º de 34).


A esa situación delicada en términos políticos, hay que añadirle la realidad socioeconómica que emanaba de Senegal. En primer lugar, el crecimiento económico de Senegal pasa por un momento de estancamiento en términos interanuales. En 2025, el Banco Mundial estimó un PIB de 37.300 millones (cinco mil millones más que el año anterior), para una población de 18,9 millones de personas, de las cuales 6,4 viven con menos de 4,20 dólares al día. El país crece, sobre todo por el arranque del petróleo y el gas, pero sigue teniendo demasiada gente fuera del sistema de prosperidad que predica, por lo que el discurso de Pastef, centrado en el descontento social, caló en estos estratos de la sociedad.

 

A estos condicionantes, se suma una esperanza de vida que ronda los 69 años y un crecimiento demográfico alto, pero con problemas estructurales como el bajo empleo formal, la emigración juvenil o déficits de capital humano, además de la dependencia de remesas alrededor de un 10,6%, según datos de 2023. No es casual que la emigración haya sido uno de los temas de fondo de la política senegalesa.


La inflación, según el Macro Poverty Outlook, era estimada en un 1,4% para el 2025, pero el propio Banco Mundial ha advertido de posibles riesgos para los próximos años ligados a obtención y calidad de alimentos, energía y nuevos impuestos como formas de solución a una posible crisis futura. Sin embargo, los datos de déficit fiscal y deuda pública sí son preocupantes, con un 8,1% del PIB asociado al primer dato, y un 118,9% del PIB al segundo. Son cifras mejores que las manejadas por Macky Sall durante su administración, pero siguen demostrando vulnerabilidades de un sistema que aún no se encuentra totalmente asentado.


Además, la libertad de prensa es otro termómetro de esta fragilidad. Reporteros Sin Fronteras sitúa a Senegal en el puesto 78 de 180 en su Índice Mundial de Libertad de Prensa de 2026, reconociendo que, a pesar de que siempre se ha mostrado un entorno favorable a los medios, actualmente se atraviesan dificultades como amenazas contra periodistas, interferencias políticas y un deterioro del derecho a la información, sumado a los incidentes previamente mencionados en 2024.


El resultado es un país con demasiadas cuentas abiertas al mismo tiempo. Hay crecimiento, pero también pobreza. Hay petróleo y gas, pero también deuda. Hay una democracia reconocida, pero con muertos recientes en la memoria. Hay mejora institucional en algunos índices, pero una presión social enorme para investigar la corrupción y la violencia anterior. Hay inflación controlada, pero hogares que siguen viviendo al límite. Aquí está el fondo del choque interno: es un país mejor que antes, pero con muchos desafíos por cumplir, los cuales pasan indudablemente por la cimentación de un sistema fuerte, estable y que ayude a reducir vulnerabilidades socioeconómicas y políticas, sin crear otras nuevas. 


El riesgo futuro: el Parlamento aprobó una reforma que facilitaría la candidatura de Sonko en 2029

Uno de los desafíos principales que surgen de esta crisis es precisamente la gestión de la nueva relación entre una de las figuras con mayor apoyo popular del país o el presidente del gobierno. La relación era cada vez más tensa, y parecía inevitable que dos líderes que no paraban de reprocharse mutuamente, finalmente terminaran su relación laboral como sucedió en el caso de Senegal. Pero hay un componente sensiblemente más peligroso en todo ello: el sistema se estaba preparando para que Sonko pudiera presentarse como candidato a las elecciones presidenciales. 


El Parlamento de Senegal aprobó el pasado 9 de mayo una reforma del Código Electoral bastante controvertida. Consiste en el cambio legal en el cual se limitarán los delitos que impidan presentarse a unas elecciones presidenciales. Las causas de inelegibilidad actualmente se dedicaban a amplios tipos de delito, pero a partir de las próximas elecciones, sólo quienes se encuentren envueltos en delitos como la malversación de fondos o la corrupción -son la mayoría de casos delitos económicos- no podrán concurrir a los comicios electorales. Además, el actual Consejo Constitucional se convertiría en un Tribunal Constitucional que llevará a cabo una revisión más amplia del sistema electoral, según Le Quotidien. La votación salió adelante con una mayoría muy amplia, 128 votos a favor, 11 en contra y 2 abstenciones, y fue leída por la oposición como una reforma hecha a medida del entonces primer ministro.


Esto viene debido a la experiencia previa vivida por Sonko, condenado por difamación por acusar a un ministro de desviación de fondos públicos. El ya ex primer ministro llevaba años denunciando que los procesos judiciales contra él formaban parte de una estrategia del poder de Macky Sall para neutralizarlo antes de las elecciones. El Gobierno lo negaba, pero la secuencia era difícil de separar del clima político del momento, por lo que la condena fue vista más como una forma de ejemplarizar cómo el régimen anterior era capaz de usar absolutamente todos los resortes del Estado para impedirle ser presidente. 


Por ello esta reforma tiene tanto impacto, sobre todo teniendo en cuenta que la estabilidad política de Senegal acaba de saltar por los aires. Pero conviene no caer en alarmismos ni en un tremendismo cómodo en términos analíticos: el país conserva una arquitectura institucional muy sólida y no parece que se vislumbre una ruptura total a corto plazo, pero tampoco es una situación normal. Ahora mismo, Faye tiene el decreto, el poder y la autoridad constitucional, pero Sonko conserva la calle y el apoyo social masivo. Lo verdaderamente peligroso en los próximos meses puede ser más corrosivo de lo que se puede esperar: un bloqueo institucional, una ruptura interna en Pastef -cabe recordar que presidente y ex primer ministro pertenecen al mismo partido-, protestas juveniles, presión social y un Gobierno obligado a negociar con instituciones financieras sobre su propia deuda. 


El futuro de Senegal dependerá de si Faye consigue convertir esta ruptura en autoridad y apoyo popular, o si Sonko convierte esta destitución en un relato, como previamente ha realizado ya. Si el presidente recompone el gobierno, puede salir ampliamente reforzado como el garante de estabilidad política que necesitaba Senegal. Sin embargo, si Sonko consigue presentarse como el hombre traicionado por el cambio, la destitución podría convertirse en campaña narrativa de aquí a los próximos tres años, cuando lleguen los comicios electorales a los que ya sí se puede presentar. El viejo poder fue derrotado en las urnas, pero el nuevo todavía debe demostrar que sabe gobernar un país sin devorarse a sí mismo.

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