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Islamabad como epicentro diplomático: las negociaciones entre Estados Unidos e Irán y el coste geopolítico para Pakistán

  • Foto del escritor: Amalia García López
    Amalia García López
  • hace 15 horas
  • 10 Min. de lectura

Islamabad permanece sumida en una aparente tranquilidad, marcada por el peso simbólico de haberse convertido en escenario de una mediación histórica que continúa sin avances reales. Las conversaciones adquirieron este carácter histórico no solo por producirse tras meses de escalada militar en torno al Estrecho de Ormuz, sino también porque constituyeron uno de los contactos diplomáticos directos de más alto nivel entre los Estados Unidos e Irán desde la Revolución Islámica iraní de 1979. En las últimas décadas, Estados Unidos e Irán no han mantenido un contacto directo, y sus relaciones a nivel internacional se han caracterizado por ser de desconfianza mutua, ejecución de sanciones económicas y conflictos indirectos resultantes en Oriente Medio como la Guerra en Irak.


La capital pakistaní parece suspendida en una tensa espera, condicionada por unas negociaciones que hasta el momento, no han conseguido prosperar. Concebida urbanísticamente para transmitir estabilidad y armonía con grandes avenidas, glorietas ordenadas y extensas zonas verdes que atenúan el bullicio, la ciudad ofrece ahora una imagen casi fantasmagórica, interrumpida únicamente por carabanas oficiales, puestos de control y patrullas militares que se suceden de forma constante. La posición de neutralidad estratégica que Islamabad intenta proyectar a escala internacional, ha conseguido que sea el foco de las negociaciones. A diferencia de otros actores regionales alineados claramente con Washington o con Teherán, Pakistán busca mantener una política exterior más equilibrada para evitar quedar atrapado en la polarización regional. Esa posición lo ha convertido en un espacio diplomáticamente aceptable para ambas partes.


Desde que comenzaron las negociaciones, gran parte del centro urbano permanece vacío: comercios cerrados, transporte paralizado y calles sin circulación. Aunque Islamabad intenta proyectar una sensación de control, en el ambiente comienza a percibirse un evidente desgaste. La situación evoca inevitablemente los periodos más duros de confinamiento durante la pandemia. En las calles apenas se observa presencia más allá de policías y militares. Muchos lo describen acertadamente como un confinamiento sin enfermedad, así como que el país está haciendo todos los esfuerzos posibles para recuperar el diálogo entre ambas partes, lograr un acuerdo que reduzca las tensiones y devolver la situación a la normalidad, todo ello aludiendo a la posible segunda ronda de conversaciones entre Estados Unidos e Irán que Islamabad lleva días anunciando como inminente, aunque todavía rodeada de incertidumbre y mensajes contradictorios.


Las negociaciones entre Irán y Estados Unidos

Las negociaciones entre Estados Unidos e Irán han estado marcadas desde el inicio por una notable falta de coordinación y por mensajes inconcluyentes entre las distintas partes implicadas. Mientras Pakistán insistía públicamente en que una segunda ronda de conversaciones era inminente y mantenía activado todo el dispositivo diplomático y de seguridad en Islamabad, desde Washington no llegaban confirmaciones claras sobre las fechas ni sobre la participación definitiva de la delegación estadounidense. La situación se volvió todavía más confusa cuando el presidente Donald Trump aseguró que altos representantes de la administración estadounidense viajarían a Pakistán, como era el caso del vicepresidente J. D. Vance, unas declaraciones que posteriormente fueron matizadas e incluso parcialmente desmentidas desde la propia Casa Blanca.


Por parte iraní, las contradicciones tampoco tardaron en aparecer. Aunque Islamabad continuaba preparando la infraestructura diplomática como si la llegada de las delegaciones fuese inminente, Teherán negó en varias ocasiones que existiera una reunión cerrada o una fecha definitiva para retomar las conversaciones. Esta disparidad de versiones ha situado a la capital pakistaní en una posición de elevada incertidumbre, obligándola a actuar sin información clara sobre los verdaderos movimientos diplomáticos de ambas potencias.


A ello se suma que, paralelamente al discurso oficial favorable al diálogo, continuaron produciéndose incidentes militares en el Estrecho de Ormuz, incluyendo ataques limitados contra embarcaciones y nuevas amenazas sobre la seguridad marítima regional. De este modo, mientras públicamente se defendía la necesidad de preservar el alto el fuego, sobre el terreno persistía una dinámica de presión y confrontación militar.


En las inmediaciones del Serena Hotel, escenario del primer encuentro directo entre representantes estadounidenses e iraníes desde el pasado 11 de abril, continúan desplegados estrictos dispositivos de seguridad compuestos por barricadas, vehículos blindados y controles de acceso. Cuando se celebraron estas conversaciones en Pakistán, se habían producido avances, pero no se alcanzó ningún acuerdo. El presidente de Estados Unidos afirmó: “la mayoría de los puntos fueron acordados, pero el único punto que realmente importaba, el nuclear, no lo fue”. Describió a Irán como “intransigente” en esta cuestión. El ministro de Asuntos Exteriores iraní señaló que un acuerdo estaba “a solo unos centímetros”, pero criticó las “exigencias maximalistas” de los negociadores estadounidenses.


La tregua en Oriente Próximo alcanzó oficialmente el pasado viernes su primer mes de vigencia. El cese de hostilidades entre Estados Unidos e Irán ha permanecido en una situación extremadamente inestable, al borde de quebrarse en varias ocasiones. Washington ha llevado a cabo operaciones limitadas contra embarcaciones iraníes en el Estrecho de Ormuz, aunque sin extender los ataques al territorio continental iraní, mientras que Teherán respondió mediante el lanzamiento de drones contra un petrolero de los Emiratos Árabes Unidos. En consecuencia, el conflicto permanece atrapado en una especie de punto muerto diplomático, marcado por negociaciones indirectas.


El domingo, el presidente estadounidense Donald Trump calificó como “completamente inaceptable” la última respuesta remitida por Irán a la propuesta de paz presentada por Washington, cuyo contenido todavía no se ha hecho público. Un día después, las autoridades iraníes reafirmaron su posición y defendieron esa respuesta como una iniciativa “razonable” y “generosa”, al tiempo que acusaron a Trump de actuar condicionado por los intereses militares de Israel en Oriente Próximo.


El principal punto de fricción sigue siendo el programa nuclear iraní. Estados Unidos exige a Teherán la suspensión completa de su programa de enriquecimiento de uranio, ya que tanto Washington como buena parte de la comunidad internacional consideran que dicho proyecto podría encubrir el desarrollo de armamento nuclear. Las autoridades iraníes por su parte, sostienen que el objetivo del programa es exclusivamente civil y energético. Actualmente, una de las principales condiciones planteadas por Trump para alcanzar un acuerdo de paz pasa por que Irán suspenda su programa nuclear durante un mínimo de veinte años. Teherán, en cambio, propone una interrupción temporal mucho más reducida: cinco años o como máximo, nueve. Esa diferencia temporal se ha convertido en uno de los principales ejes de la negociación.


Sin embargo, la falta de señales claras por parte de Washington y Teherán respecto a su participación en las rondas negociadoras próximas ha colocado a Islamabad en una posición de dependencia reactiva, en la que la ausencia de previsibilidad compromete la planificación logística y debilita su margen de maniobra como actor mediador. La volatilidad de las posiciones adoptadas por Estados Unidos e Irán ha colocado a Islamabad en un escenario de elevada opacidad decisional, en el que actúa bajo condiciones de información incompleta y sin capacidad efectiva para anticipar la evolución de las negociaciones.


El papel de Pakistán como mediador

Pese a ello, el Gobierno pakistaní continúa apostando por mantener la imagen de Islamabad como epicentro diplomático. Carteles con el lema “Islamabad Talks”, acompañados por las banderas de Estados Unidos e Irán, siguen visibles en avenidas y rotondas principales. Retirarlos ahora supondría admitir un fracaso que todavía no se quiere asumir e Irán apuesta porque las negociaciones acabarán celebrándose.


Pakistán lleva varias semanas intentando proyectarse internacionalmente como el único actor con verdadera capacidad para facilitar un entendimiento entre Washington y Teherán. Islamabad busca consolidar la imagen de un mediador creíble, capaz de combinar su histórica cooperación con Estados Unidos y las relaciones pragmáticas que mantiene con el Irán islámico. A excepción de su tradicional rivalidad con India, Islamabad conserva contactos fluidos con la mayoría de los actores estratégicos de la región, desde los Estados del Golfo hasta China.

 

Dentro de ese esfuerzo de mediación, el jefe del ejército, el general Asim Munir, ha desempeñado un papel clave mediante gestiones discretas, mientras que la representación pública ha recaído principalmente sobre el Primer Ministro Shehbaz Sharif. En estos momentos, Islamabad parece condicionada por una agenda internacional que escapa a su control. La implicación de Pakistán en la crisis responde en gran medida, a su compleja posición geopolítica. El país comparte cerca de 900 kilómetros de frontera con Irán y mantiene con Teherán una relación ambivalente, marcada tanto por la cooperación pragmática como por episodios recurrentes de tensión fronteriza y desconfianza mutua. Al mismo tiempo, Islamabad conserva vínculos históricos de cooperación militar y estratégica con Estados Unidos desde la Guerra Fría y desde la denominada “guerra contra el terrorismo” que surgió a principios del siglo.


A ello se suma la creciente dependencia estratégica y económica de China, convertida en el principal socio de Pakistán mediante proyectos como el Corredor Económico China – Pakistán (CPEC), pieza fundamental de la Nueva Ruta de la Seda impulsada por Pekín. La estabilidad regional resulta esencial para China, especialmente por su dependencia energética del Golfo y del Estrecho de Ormuz, motivo por el que Islamabad busca proyectarse como un actor responsable y estabilizador dentro de la crisis regional. Esa estrategia también responde a intereses propios, ya que Pakistán pretende reforzar su legitimidad internacional, evitar un aislamiento diplomático y consolidar una imagen de potencia regional capaz de mediar en conflictos complejos.


Además, el posicionamiento pakistaní no puede entenderse sin la rivalidad estructural que mantiene con India. Islamabad es consciente de que una escalada regional que reduzca su relevancia diplomática podría fortalecer indirectamente la posición india como socio preferente de Occidente en Asia del Sur y el Indo – Pacífico. Por ello, la mediación en la crisis entre Washington y Teherán también constituye una oportunidad para proyectar influencia y contrarrestar parcialmente el creciente peso geopolítico de Nueva Delhi.


Paralelamente, mientras la atención mediática se concentra en la posible mediación pakistaní entre Washington y Teherán, otros focos de tensión continúan activos. Pese a los esfuerzos diplomáticos relacionados con Irán, el ejército pakistaní sigue enfrentándose a un conflicto persistente en la frontera que comparte con Afganistán de 2.670 kilómetros, conocida como la Línea Durand.

 

La Línea Durand, trazada en 1893 durante el periodo colonial británico, divide artificialmente comunidades pastunes asentadas históricamente a ambos lados de la frontera y nunca ha sido plenamente reconocida por las autoridades afganas. Esta situación ha convertido la zona en un espacio de elevada fragilidad e inseguridad estructural, caracterizado por la presencia de grupos insurgentes, redes de contrabando y movimientos armados transfronterizos. Tras el regreso de los talibanes al poder en Afganistán en 2021, Islamabad esperaba una cierta estabilización de la frontera; sin embargo, el escenario evolucionó en dirección contraria. Los enfrentamientos entre fuerzas pakistaníes y combatientes vinculados al TTP (Tehrik-i-Taliban Pakistan) que operan desde 2007 en la frontera, continúan provocando víctimas, desplazamientos de población y una creciente militarización de la región fronteriza Se trata de una crisis prolongada contra los talibanes afganos que ha quedado parcialmente eclipsada desde que Pakistán asumió el papel de mediador en la confrontación entre Estados Unidos e Irán y simultáneamente atrapado en un conflicto fronterizo prolongado que limita su capacidad de actuación y evidencia las contradicciones de su política regional. El intento de proyectarse como garante de estabilidad externa mientras enfrenta graves desafíos de seguridad en su propio entorno inmediato ha supuesto un coste alto para la nación.

 

El coste político para Pakistán

El papel de Pakistán como mediador no está exento de riesgos políticos y estratégicos. Un eventual fracaso de las negociaciones podría traducirse en un desgaste de su credibilidad diplomática, aumentar las tensiones internas y evidenciar la vulnerabilidad de Islamabad ante dinámicas regionales sobre las que posee una capacidad de influencia limitada.


A nivel interno, el coste también comienza a hacerse visible. Islamabad ha destinado importantes recursos políticos, diplomáticos y de seguridad para sostener su papel como sede negociadora, mientras gran parte de la capital permanece sometida a fuertes controles y restricciones. La ralentización de la actividad económica, el despliegue constante de dispositivos militares y la sensación de incertidumbre creciente han generado un clima de desgaste entre la población. En caso de que las conversaciones no prosperen, el Gobierno del primer ministro Shehbaz Sharif y el propio ejército podrían verse cuestionados por haber vinculado parte de su legitimidad internacional a un proceso sin resultados tangibles.


Asimismo, la concentración de recursos de seguridad y personal militar en Islamabad para garantizar la protección de las delegaciones y sostener el dispositivo diplomático podría tener efectos indirectos sobre otros frentes de seguridad nacional. En particular, el desplazamiento parcial de atención estratégica hacia la capital podría reducir la capacidad de respuesta inmediata en la Línea Durand, donde continúan los enfrentamientos entre el ejército pakistaní y grupos insurgentes vinculados al TTP. La priorización del dispositivo de seguridad en Islamabad plantea serios riesgos operativos para el este de Pakistán, si las negociaciones se prolongan al exponer a Pakistán a una sobreextensión de sus capacidades de seguridad en un contexto de amenazas simultáneas internas y fronterizas.


Al mismo tiempo, la política exterior pakistaní se encuentra atrapada en una posición geopolítica especialmente delicada. Islamabad intenta mantener un difícil equilibrio entre sus relaciones históricas con Estados Unidos y sus vínculos pragmáticos con Irán, país con el que comparte frontera. Cualquier percepción de alineamiento excesivo hacia una de las partes podría deteriorar su relación con la otra y reducir el margen de maniobra diplomático que precisamente intenta preservar. Una eventual intensificación o falta de negociaciones tendría consecuencias directas para la propia estabilidad del país. 


La economía del país depende en gran medida de las rutas energéticas del Golfo, por lo que cualquier alteración prolongada del tráfico marítimo en Ormuz afectaría al suministro energético, incrementaría la inflación y agravaría la fragilidad económica interna. Por otro lado, un fracaso de la mediación podría reforzar indirectamente la posición india como socio preferente de Occidente en Asia del Sur y consolidar la percepción de Nueva Delhi como un actor más estable y predecible dentro de la estrategia indo – pacífica impulsada por Washington.


Conclusiones

El pasado 13 de mayo, algunos actores sistémicos han reforzado la importancia de mantener abierto el canal negociador, articulando una presión diplomática indirecta orientada a evitar su colapso. Entre ellos, China ha desempeñado un papel relevante ya que el Ministro de Exteriores Wang Yi ha reconocido la labor de Pakistán como mediador entre Estados Unidos e Irán, subrayando su contribución a la prórroga del alto el fuego y apelando a intensificar los esfuerzos de mediación en torno a la cuestión del Estrecho de Ormuz, por donde transita una parte sustancial del suministro energético chino (estimado en un 45% aproximadamente).


Por otro lado, el presidente de Estados Unidos Donald Trump se encuentra de viaje oficial a China donde se ha reunido con su homólogo Xi Jinping, y ha declarado que ganará la guerra de Irán “por la vía pacífica o de otra forma.” El alto el fuego en Irán continúa en una situación de marcada fragilidad. Teherán sostiene que mantiene una postura de alerta permanente, apostando por la vía pacífica, en un contexto en el que las conversaciones con Estados Unidos se deterioran.


En un mundo que contiene el aliento ante lo que ocurre en un espacio geográfico concreto pero estratégicamente decisivo, la atención global se condensa sobre un punto donde se cruzan guerra, energía y diplomacia. En ese tablero reducido, Islamabad intenta hacerse un lugar no solo como testigo privilegiado, sino como actor que aspira a influir sobre una crisis en curso, cuya resolución aún permanece abierta.

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