Terrorismo de extrema derecha y radicalización: análisis del atentado contra el Centro Islámico de San Diego (2026)
- Jordi Pascual Pérez

- hace 1 día
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Introducción: el ataque contra el Centro Islámico de San Diego
El 18 de mayo de 2026, el Centro Islámico de San Diego fue escenario de un ataque violento en el que dos adolescentes, identificados como Caleb Vazquez (18 años) y Cain Clark (17 años), asesinaron a tres personas antes de suicidarse.
Este suceso es considerado el primer ataque letal con motivaciones ideológicas contra una mezquita en los Estados Unidos en este siglo conforme apunta el Center for Strategic and International Studies en su análisis relativo al atentado.
La cronología del ataque comenzó alrededor de las 11:30 a.m del 18 de mayo donde, los agresores, vestidos con trajes de combate y camuflaje adornados con simbología neonazi, irrumpieron en las instalaciones de la mezquita—la cual albergaba una escuela— abriendo fuego y acabando con la vida de tres personas.
Las tres personas fallecidas fueron identificadas como Amin Abdullah (51 años), un guardia de seguridad que trabajó en la mezquita durante más de una década y cuya intervención evitó que la masacre fuera mayor; Mansour Kaziha (78 años), encargado de mantenimiento del centro; y Nadir Awad (57 años), esposo de una maestra de la mezquita.
Tras el tiroteo, los atacantes huyeron en un vehículo BMW blanco hacia un vecindario cercano, donde dispararon contra un jardinero (quien no resultó herido de gravedad) antes de quitarse la vida con sus propias armas mientras la policía los cercaba.
Existen múltiples evidencias, tanto en la ejecución del ataque como en la preparación del mismo, que confirman la profunda imbricación de los perpetradores en ideologías calificadas como de “extrema derecha” y favorables al supremacismo blanco.
Estas características no fueron accidentales, sino que siguieron un “guion” o manual de violencia diseñado para este tipo de actos que ha sido emulado en el pasado por anteriores terroristas con las mismas convicciones ideológicas que Vazquez y Clark.
No obstante, antes de señalar las diferentes características que llevaron a ambos perpetradores a elaborar su propio “currículo de la violencia”, se ha de entender el corpus ideológico que impulsó a los jóvenes adolescentes a realizar dicho atentado.
¿Qué se entiende por terrorismo de extrema derecha?- La influencia de la ideología en el atentado
A grandes rasgos, se puede decir que el terrorismo de extrema derecha se sustenta en un conjunto heterogéneo de prejuicios e ideologías totalitarias que comparten el rechazo a la diversidad y consideran a las minorías religiosas, étnicas o sexuales como sus enemigos. Aunque no se cuenta con una definición clara ni unánime.
Conforme al estudio realizado por el Center for the Study of Organized Hate (CSOH), el terrorismo de extrema derecha contemporáneo no solo es comprendido como diferentes actos aislados de violencia, sino como un ecosistema ideológico y digital complejo centrado principalmente en la supremacía blanca, el aceleracionismo y la—archiconocida— Teoría del “Gran Reemplazo” de Renaud Camus.
Estas teorías son las que impulsaron el atentado en la Mezquita de San Diego demostrando que las intenciones de los perpetradores no operaban de forma aislada, sino que formaban parte de un ecosistema ideológico interconectado donde cada creencia alimentaba a la otra dentro de un mismo “manual de estrategia”.
Así es como se crearía una red de odio donde el “Gran Reemplazo” servía de marco conspirativo, el antisemitismo identificaba la base intelectual de la trama, y el aceleracionismo dictaba la necesidad de una violencia inmediata. A continuación se irán desarrollando cada una de las teorías que impulsaron los atentados:
En primer lugar, el tema fundamental que unía todas las creencias de los atacantes era la teoría del Gran Reemplazo. Esta conspiración sostiene que la población blanca occidental está siendo sustituida sistemáticamente por inmigrantes no blancos (especialmente musulmanes) para provocar la extinción de la raza blanca. Dicho plan estaría siendo orquestado por una élite global judía para acelerar el colapso occidental.
Bajo esta premisa, los atacantes no veían a los musulmanes simplemente como personas con una religión diferente, sino como "invasores" cuya sola presencia en el país era ilegítima. En el manifiesto publicado online por los atacantes, definían a los musulmanes y a las personas negras como “bioarmas” utilizadas para destruir la civilización occidental.
Ejemplificado quedó en los escritos, el odio a los musulmanes de Caleb Vazquez quien alegaba “odiar al Islam como religión” y estar principalmente preocupado con “verlos aquí invadiendo mi país” al mismo tiempo que consideraba que, el Islam, “es en todas formas incompatible y hostil con los valores y moralidad de los países occidentales”.
Pese a que el atentado fue contra una mezquita, expertos subrayan el antisemitismo como base intelectual del odio de los perpetradores. Como se ha mencionado, los atacantes— y generalmente los seguidores de la Teoría del Gran Reemplazo— creían que los judíos eran el “enemigo universal” y los responsables del “gran reemplazo”.
Según su visión, otros grupos como los inmigrantes o la comunidad LGBTQ+ eran solo herramientas pasivas, mientras que los judíos poseían el poder para dirigir desde la sombra la migración masiva, la identidad trans, la inestabilidad política... Dichos activos serían impulsados y dirigidos para destruir la “cultura blanca” y la civilización occidental.
En tercer lugar, el aceleracionismo ha sido la doctrina ideológica que ha proporcionado la justificación estratégica para la masacre. Esta ideología sostiene que debe fomentar la realización de acciones violentas y no violentas para explotar las contradicciones intrínsecas de los sistemas democráticos con el fin de “acelerar” su destrucción total.
El fin último es la instauración de un estado etno-blanco—de ahí las conexiones con el supremacismo blanco— tras el caos social. La violencia no es solo un desahogo de odio, sino una herramienta calculada para forzar una “guerra racial total”.
Asimismo, en este ataque—al igual que en atentados sucedidos en el pasado con características similares— el odio hacia las mujeres (misoginia extrema) es una “característica estructural” motivada por la pertenencia de los atacantes a círculos incel.
El movimiento incel se asocia con una comunidad misógina online compuesta por hombres jóvenes que basan su identidad en la frustración sexual. Los incel culpan directamente a las mujeres y al feminismo de su situación, sosteniendo que la liberación y los derechos de las mujeres han alterado las dinámicas sociales y culturales, impidiéndoles acceder a dinámicas sociales.
Este movimiento conecta con la Teoría del Gran Reemplazo, en tanto que los incel—y los atacantes de la Mezquita de San Diego— culpan a las mujeres de la regresión demográfica de la raza blanca y de practicar una “empatía suicida” al votar por políticas que permiten la inmigración.
Es por ello por lo que, operando bajo una cultura troll en internet a través de memes o códigos comunes, se fomenta la deshumanización de las mujeres y otros grupos convirtiéndolos en “objetivos legítimos de violencia”. En el manifiesto publicado por Vazquez y Clark, clasificaban a las mujeres como las criaturas más “malvadas” después de los judíos.
Finalmente, estas teorías se mantenían unidas por lo que los expertos llaman un "currículo de la violencia" donde, cada ataque perpetrado por creyentes de estas ideologías es ideado para inspirar al siguiente. En consecuencia, los atacantes se veían a sí mismos como parte de un linaje de asesinos en masa a los que llamaban “santos” como el caso de Brenton Tarrant o Elliot Rodger.
El atentado contra el Centro Islámico de San Diego, fue retransmitido en vivo siguiendo la estética del “first-person shooter”—estilo visual de los videojuegos de disparos en primera persona— favoreciendo la “gamificación” del asesinato en masa para atraer a audiencias más jóvenes y nativas digitales en foros extremistas.
El uso de transmisiones en vivo y manifiestos que copian fragmentos de ataques anteriores asegura que la ideología funcione como un sistema de transmisión diseñado específicamente para producir más violencia en el futuro.
Elementos característicos en los atentados de extrema derecha- el ejemplo de San Diego
El ataque contra el Centro Islámico de San Diego tan solo es el último de los múltiples atentados sucedidos en el pasado que se pueden englobar dentro de la ideología de la extrema derecha y el supremacismo blanco.
Como se ha mencionado anteriormente, tanto en la ejecución del ataque como en la preparación del mismo, los perpetradores siguieron un manual de violencia diseñado para realizar este tipo de actos basado en el uso de elementos visuales y simbólicos cargados de contenido ideológico.
Una de las pruebas más claras fue el uso de armas con mensajes de odio. Los investigadores hallaron esvásticas y la frase "Race War Now" (Guerra Racial Ahora) grabadas en sus pistolas.
También se reportó la presencia de términos genéricos de "discurso de odio" escritos sobre el equipo de combate conforme a las investigaciones a las que el Washington Post tuvo acceso.
En segundo lugar, los atacantes vestían con trajes de combate y camuflaje que portaban insignias extremistas, entre ellas destacaba el Sonnenrad (sol negro)— símbolo adoptado por los nazis y popularizado por grupos neonazis y supremacistas blancos— así como parches de la organización terrorista neonazi Atomwaffen Division.
Por último, el uso de la transmisión en vivo y la publicación simultánea de un manifiesto replican exactamente el patrón establecido por Brenton Tarran –considerado como un “santo” – en el ataque a las mezquitas de Christchurch en 2019. Los atacantes buscaron, lo que en los círculos extremistas se conoce como una "puntuación alta" de víctimas, para ganar estatus en la subcultura extremista en línea conocida como Terrorgram.
La importancia de los manifiestos terroristas en los atentados del terrorismo de extrema derecha
El artículo publicado en la Revista de Estudios en Seguridad Internacional (RESI) por Josep Baquès, Mario Toboso y Carles Ortolà revela que los manifiestos terroristas de extrema derecha son piezas fundamentales para comprender las motivaciones ideológicas y los procesos de radicalización de sus autores, quienes suelen actuar como terroristas individuales.
Los manifiestos se erigen como la fuente primaria de análisis permitiendo a los investigadores desentrañar las raíces ideológicas, descubrir las motivaciones de los individuos, identificar denominadores comunes transnacionales.
Además, es precisamente a través del análisis de los manifiestos de terroristas de extrema derecha como se puede observar el proceso de radicalización de estos jóvenes. Dicho proceso suele ser extremadamente rápido, se apoya masivamente en internet y se nutre de una cadena de inspiración entre los propios atacantes mediante la lectura y emulación de los predecesores.
Internet ha sustituido el aparato comunicativo de una organización terrorista tradicional, permitiendo que el individuo acceda a fuentes ideológicas y manuales operativos de forma autónoma y pueda conectar de forma instantánea con sujetos con los que comparta pensamiento ideológico, aislando al individuo de su entorno social y encerrándose en una burbuja de la que es complicado salir.
En el caso del manifiesto publicado por los atacantes de la Mezquita de San Diego, titulado "The New Crusade: Sons of Tarrant" (La Nueva Cruzada: Hijos de Tarrant), es un documento de 75 páginas que no sólo detalla las motivaciones de Caleb Vazquez y Cain Clark, sino que actúa como una pieza central en su estrategia terrorista.
El manifiesto de San Diego cita extensamente a asesinos previos, convirtiendo la ideología en un "currículo" donde se copian tácticas y retóricas de ataques pasados para maximizar el impacto mediático.
Cabe destacar la mención de los atacantes a Brenton Tarrant—autor de la masacre de Christchurch— donde, al identificarse como sus “hijos”, buscan dar continuidad a lo que consideran una "nueva era de terror blanco".
El manifiesto utiliza un lenguaje específico para despojar de humanidad a sus víctimas, llamando a los musulmanes "invasores" y a las mujeres "foids" (humanoides femeninas). Esta retórica funciona como "gasolina" social que hace que el asesinato sea visto por sus seguidores como algo permisible o incluso necesario.
Además, es importante señalar que el documento ofrece una ventana clara a cómo los jóvenes de hoy están siendo radicalizados en entornos digitales. En el presente caso, los atacantes se conocieron en internet y se radicalizaron a través de redes de mensajería anónimas y colectivos descentralizados.
Su proceso de autorradicalización no dependió de una organización jerárquica física, sino de una inmersión profunda en ecosistemas extremistas en línea que proporcionan un "guion" para el asesinato en masa.
Estos grupos o comunidades extremistas dotaron a los atacantes un sentido de pertenencia y validación que no tenían en el mundo físico, transformando su alienación social en una misión política violenta. Este sentido de pertenencia a este grupo se asocia por las inseguridades personales que los atacantes decían sufrir expresado en su manifiesto.
Un hallazgo clave en sus escritos es la conexión profunda con la subcultura de los incels— ideología explicada previamente asociada con el celibato involuntario— donde el odio hacia las mujeres no es un elemento secundario, sino una característica estructural de su ideología.
Por último, El manifiesto revela que su radicalización integró múltiples teorías conspirativas en una sola rúbrica: el Gran Reemplazo era el motor, el antisemitismo identificaba al supuesto enemigo universal—los judíos— y, los musulmanes y personas negras eran vistos como "bioarmas" utilizadas para destruir la civilización occidental.
La normalización de los discursos de odio en la sociedad: Un diagnóstico social y político compartido entre terroristas y sectores de la sociedad
Más allá de la violencia—la cual es muy preocupante y constituye el paso final en el proceso de radicalización de un individuo— se debe destacar que, la actividad terrorista nace de un movimiento social más amplio; es decir, la dimensión social del terrorismo se articula a través de una población de referencia cuyas demandas colectivas coinciden con el diagnóstico realizado por el grupo terrorista o lobo solitario.
Ejemplos como los discursos de odio de figuras políticas, la proliferación de teorías conspirativas y el papel mediador de internet forman un ciclo de retroalimentación que deshumaniza a grupos específicos y normaliza la violencia extrema.
Este fenómeno para nada es accidental ya que responde a mecanismos psicológicos, estrategias políticas de legitimación y la arquitectura algorítmica de las plataformas digitales que propaga y normaliza las retóricas extremas de hoy en día.
El discurso de odio emitido por líderes políticos actúa como un catalizador que transforma ideas marginales en posturas aceptables para el debate público. La presencia de políticos en foros extremistas o el uso de la retórica racial ensancha lo que es concebible debatir, legitimando posiciones que antes eran consideradas tabú.
Es más, los discursos deshumanizantes funcionan como "petróleo" vertido sobre la sociedad, creando un entorno donde la violencia se vuelve permisible. Cuando un político utiliza términos como "especie invasora" o "invasores" para referirse a minorías, no solo expresa un prejuicio, sino que asigna un rol de ilegitimidad a la víctima, sugiriendo que la "acción defensiva" violenta es necesaria.
Ejemplo de ello es lo que puede observarse en los Estados Unidos, dónde figuras de alto nivel— asesores presidenciales como Stephen Miller y legisladores— han promovido teorías que sugieren que ciertos grupos "no pertenecen" al país o son "incompatibles" con los valores occidentales.
Acto seguido, estos mensajes son internalizados por individuos que luego cometen actos de violencia bajo la creencia de que actúan en defensa de su nación o raza, como fue el caso de la masacre del Paso (Texas) en 2019 donde el atacante, Patrick Crusius, alegó estar motivado por la retórica hostil y violenta contra los inmigrantes que promovía y sigue promoviendo el presidente estadounidense Donald Trump.
Asimismo, Internet ha acelerado y amplificado la difusión de estos discursos de una manera que las tecnologías anteriores no permitían, creando un sistema de transmisión de odio globalizado que promueve estos discursos de odio utilizados por ambos extremos del sistema político existente.
Plataformas como YouTube, TikTok y X (antes Twitter) utilizan algoritmos diseñados para maximizar la interacción, la cual suele ser impulsada por la ira y la indignación. Esto permite que los usuarios descubran contenido extremista y se unan a comunidades cerradas que refuerzan sus prejuicios generando, en consecuencia, “cámaras de eco” de las que son difíciles de escapar.
Para frenar o poner fin a la proliferación de estas ideologías o teorías conspirativas que tanto están calando en la sociedad, se debe adoptar y fomentar un cambio de paradigma que ayude a prevenir la radicalización hacia un extremismo violento.
A nivel político y social, se debiera instar a nuestros líderes políticos a rechazar y evitar utilizar retóricas deshumanizantes y el uso de términos moralmente deslegitimadores.
Erróneamente, durante estos últimos años los partidos mainstream o tradicionales han ido adoptando y comprando el diagnóstico que las agendas de tanto la izquierda como la derecha radical han ido construyendo sobre temas divisivos como la inmigración, la ideología de género, la seguridad y la defensa o la “transición verde” entre muchos otros.
La introducción de estos debates divisivos por la retórica populista, ha producido que caigan en el olvido cuestiones que realmente generan una preocupación real sobre la población como es el caso de la inflación, el crisis de la vivienda, el mal estado de las infraestructuras del país, la corrupción sistémica o la insostenibilidad del sistema de pensiones.
Para ello, resulta necesario reconducir los discursos políticos hacia la búsqueda de soluciones reales a los problemas socioeconómicos, en lugar de monopolizar el debate público con narrativas polarizantes que fomentan la fragmentación social.
Seguidamente, para lograr una prevención eficaz del extremismo violento, resulta imprescindible adoptar medidas de carácter social que actúen sobre las causas estructurales y los factores ambientales que favorecen los procesos de radicalización antes de que estos desemboquen en la violencia.
En este sentido, es fundamental promover estrategias preventivas dirigidas a reforzar la cohesión social, el sentimiento de pertenencia y la inclusión, integrando en ellas a organizaciones no gubernamentales, comunidades religiosas, víctimas del terrorismo y antiguos extremistas, cuya experiencia puede contribuir a fortalecer la resiliencia de las comunidades frente a los discursos extremistas.
Asimismo, resulta necesario fomentar la cooperación entre los cuerpos policiales, los servicios de salud, los trabajadores sociales y los profesionales de la educación para identificar de manera temprana los factores de riesgo y proporcionar apoyo a aquellos jóvenes que presenten procesos de radicalización asociados al aislamiento social, la soledad o las disfunciones familiares.
Esta intervención precoz facilita no solo la prevención de la violencia, sino también la posterior reintegración social de las personas afectadas.
Por último, la educación debe erigirse como la herramienta estructural más relevante para prevenir el extremismo violento a largo plazo. Para ello, resulta imprescindible reforzar la alfabetización mediática y el pensamiento crítico mediante programas educativos que desarrollen capacidades de análisis desde edades tempranas.
Del mismo modo, conviene fortalecer la enseñanza de los valores propios de una sociedad abierta —como la democracia, la tolerancia, la paz y el respeto por los derechos humanos— con el fin de contrarrestar las narrativas de confrontación basadas en la lógica del «nosotros contra ellos», estrechamente vinculadas a los actuales escenarios de polarización.
En conclusión, la prevención efectiva del extremismo y la radicalización exige un enfoque multisectorial, preventivo y sustentado en la evidencia, capaz de coordinar la actuación de las instituciones públicas, la sociedad civil y el sistema educativo para abordar de forma integral los factores que favorecen estos procesos.




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