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UNESCO y el poder cultural: restitución, lengua y geopolítica en el siglo XXI

  • Foto del escritor: Guzmán Nieto Gil
    Guzmán Nieto Gil
  • 1 abr
  • 8 Min. de lectura

Artículo escrito por: José Manuel Jiménez Vidal y Guzmán Nieto Gil.


Conflicto global: historia, expolios y memoria cultural.

La restitución del patrimonio cultural, se ha convertido en un tema central en las relaciones internacionales contemporáneas. No se trata únicamente de la mera devolución de objetos históricos antiguos, sino de reparar desigualdades históricas generadas por el colonialismo, los conflictos bélicos o los saqueos sistemáticos, entre otros. Cada pieza expuesta en un museo fuera de su lugar de origen –sin consentimiento– encierra una cuestión injusta e incómoda: ¿cómo llegó hasta ahí?


En Estados como Siria e Irak, el patrimonio ha sido doblemente castigado: primero por el expolio colonial y después por la destrucción derivada de conflictos recientes. Estos ejemplos, plasman de forma pragmática y reciente una situación sufrida por multitud de países, pueblos y culturas a lo largo de los siglos, como fue también el caso, entre cientos, de Camboya –primeo con el expolio francés y posteriormente con la guerra civil y el genocidio perpetrdo por los Jemeres Rojos–. De tal forma, volviendo a Oriente Medio, tablillas mesopotámicas, esculturas asirias o relieves históricos se encuentran hoy dispersos por museos de medio mundo, en su mayoría, occidentales. Esto no solo supone una pérdida material, sino también una ruptura de la memoria de algunas de las primeras civilizaciones de la humanidad con sus sociedades contemporáneas, fragmentando identidades de grupo y cultura.


Por otro lado, el caso egipcio ilustra también este dilema con creces. Obras como la Piedra Rosetta o el busto de Nefertiti siguen fuera del país, generando constantes tensiones con países como Alemania, Reino Unido o Francia –principales expoliadores de obras egipcias durante los siglos XVIII, XIX y XX–. Mientras los grandes museos defienden su papel como guardianes del patrimonio universal, Egipto reclama el derecho a reconstruir su propia narrativa histórica con sus símbolos más representativos, especialmente tras la nueva apertura del Nuevo Museo del Cairo.


Perspectivas regionales: la identidad contra la cultura política

En Asia, China lidera una política activa de recuperación de patrimonio saqueado, especialmente tras episodios como las Guerras del Opio. Pekín presiona en las casas de subastas y ante grandes museos internacionales, convirtiendo la restitución en una cuestión de orgullo nacional –como sucedió con las figurillas de las dinastías Han y Tang o las cerámicas de la cultura Majiayao, devueltas por Italia– . En parte, aunque es una narrativa completamente legítima, también responde al podería del gigante asiático en el mercado mundial.

 

No obstante, Japón refleja la complejidad del problema: además de reclamar ciertos bienes –como los restos humanos de la familia real del antiguo Reino de Ryukyu–, también ha sido señalado por tener patrimonio de otros países de la región –especialmente coreanos–. Esto demuestra cómo la restitución no simplemente es un conflicto de “expoliaciones” y “víctimas”, sino una red de relaciones desiguales, a menudo con dimensiones históricas.


En el continente africano, un gran protagonista es Benín y sus famosos Bronces, saqueados en el siglo XIX. Su devolución progresiva desde Europa ha marcado un antes y después en el debate de las restituciones culturales. Mientras otros países, como Nigeria o Etiopía, han reforzado sus demandas, utilizando la restitución como herramienta de reafirmación cultural y política soberanista y populista tras el pasado colonial.


Por otro lado, casos menos visibles, como Mongolia, muestran otra dimensión: la dificultad de recuperar un patrimonio disperso y poco documentado –especialmente devolución de fósiles paleontológicos hallados en el Gobi, expoliados por Rusia, Reino Unido, Corea del Sur y EEUU–. Aquí, el reto no es la devolución de objetos, sino la reconstrucción de una identidad cultural rota por siglos de desplazamientos.


En Iberoamérica, México ha denunciado reiteradas veces la venta ilegal de piezas precolombinas, logrando recuperar algunas de ellas, como el lote de 399 piezas recuperadas a Francia, EEUU y Canadá o el frisio maya. Chile y Cuba, por su parte, se han focalizado en la protección del patrimonio y en evitar su salida ilegal, vinculando estas acciones con procesos de memoria histórica y construcción nacional.


En el sudeste asiático, países como Tailandia, Vietnam e Indonesia añaden un elemento diferenciador: muchas de las piezas reclamadas son de valor religioso. Su restitución no solo implica la recuperación del objeto, sino la devolución de su función espiritual dentro de la comunidad, abriendo debate entre restauración patrimonial, fe y cuidado de las piezas.


El papel de Europa y el futuro del patrimonio

Hoy, el foco de la cuestión recae todavía inevitablemente en países europeos. especialmente ante Francia, Alemania y Reino Unido, que albergan enormes colecciones provenientes de antiguas colonias. Durante décadas, estos Estados defendieron el concepto de “museo universal”; argumentando que conservar el patrimonio en instituciones globales garantiza su protección y acceso.


No obstante, esta visión está siendo cada vez menos creíble. París ha comenzado a devolver piezas africanas, reconociendo el carácter injusto de su adquisición, mientras que Londres enfrenta una presión creciente para hacer lo mismo –por países como Tayikistán, Grecia, Sudáfrica o Sri Lanka–. Este cambio refleja una transformación más amplia en el entendimiento de la cultura: ya no es un mero bien apropiable, sino un derecho vinculado a la identidad de los pueblos.


En definitiva, la restitución patrimonial cultural es compleja, cargada de implicaciones políticas, éticas y simbólicas. No existe una solución única, pero sí una corteza: devolver los objetos no es un acto de simple justicia histórica, es una forma de reconstruir vínculos culturales y definir las relaciones internacionales contemporáneas.


Lengua, cultura y poder en las relaciones internacionales

El patrimonio cultural no recoge únicamente elementos físicos. UNESCO recoge un amplio listado de bienes inmateriales entre los que encontramos un amplio abanico de idiomas. Las lenguas, desde el principio de los tiempos, han sido un justificante, un nexo y un arma. Han servido para unir pueblos, para construir y para atacar. Es por ello que no debemos de olvidar su importancia estructural en el marco de las Relaciones Internacionales.


De casos particulares está inundada nuestra historia, desde la homogeneización rusófona de la URSS hasta la francofonía francesa, pasando por la comunidad de las naciones árabes o los genocidios y persecución durante la colonización. A veces se persiguen como en la España franquista y en ocasiones renacen como el Maorí en Nueva Zelanda. La lengua también sirvió en la unificación alemana y es un cohesionador de la dividida Corea. Es una infinidad de ejemplos.


La lengua es una parte intrínseca de la cultura. La cultura modela los pueblos. Los pueblos son los que enarbolan el sistema internacional. Por tanto, de forma coherente podríamos decir que el control de los idiomas es toda una herramienta estratégica para dirigir la escena internacional.


Globalización y hegemonía lingüística

En la actualidad y ya desde hace unos años se popularizó el término de la globalización. En cual entre otros aspectos contempla la propagación de lo estándar y de lo genérico, como lo fácil o lo útil. Muy conveniente además para la inmediatez requerida para la organización en la que vivimos. Esto por supuesto se ha trasladado a la cultura y a la forma de comunicar y transmitir.

 

Como lengua franca, el inglés ha sido en este nuevo siglo el idioma por excelencia de las relaciones internacionales. Esta lengua se ha consolidado como vehicular, y se considera frecuentemente como la más útil, ya que con un solo idioma consigues recoger a toda la población global. la comunicación y la transmisión se hace mucho más sencilla, más rápida, más eficaz.


Sin embargo, se debe atender con cautela el uso de la lengua en política. No sólo las palabras pueden ser peligrosas, el uso y limitación de los idiomas también. Como comentábamos el proveer de una lengua vehicular puede resultar ciertamente útil y aceptado. Imponer, perseguir y obligar, provoca rechazo y resistencia en favor de la identidad propia. En nuestros tiempos tenemos distintos escenarios cuyos actores atienden a escenas complejas y muy variopintas. De convivencia, de nacionalismos, de reclamaciones políticas, de intereses o incluso como definición del Estado.


Lengua, política y desafíos contemporáneo

Las distintas naciones tratan de hacer el mejor uso posible de su catálogo lingüístico. Algunos Estados apuestan por la protección de lenguas minoritarias como mecanismo de preservación cultural; otros promueven la diversidad como reflejo de pluralidad interna; mientras que hay quienes priorizan la unidad lingüística como herramienta de cohesión nacional. Esta disparidad de enfoques evidencia que, en el ámbito cultural, ni los fines ni los medios son plenamente unívocos. Nos encontramos, en consecuencia, ante una de las manifestaciones más complejas y sutiles del soft power en la escena internacional, donde la promoción, regulación o incluso la restricción de los idiomas trasciende lo cultural para convertirse en un instrumento de influencia política y proyección global. En este sentido, las lenguas no solo se heredan o se hablan: se gestionan, se proyectan y, en muchos casos, se disputan.


Entonces nos queda una pregunta por resolver, ¿qué debería hacer la esfera internacional ante los casos de lenguas en peligro de extinción a causa de la homogeneización?


El patrimonio cultural no recoge únicamente elementos físicos. La UNESCO incluye un amplio listado de bienes inmateriales, entre los que encontramos un gran abanico de idiomas. Las lenguas, desde el principio de los tiempos, han sido un justificante, un nexo y un arma. Han servido para unir pueblos, para construir y también para atacar. Es por ello que no debemos olvidar su importancia estructural en el marco de las relaciones internacionales.


De casos particulares está inundada nuestra historia: desde la homogeneización rusófona de la Unión Soviética hasta la francofonía francesa, pasando por la comunidad de las naciones árabes o los genocidios y persecuciones durante la colonización. En ocasiones se persiguen, como en el caso Kurdo, y en otras renacen, como el maorí en Nueva Zelanda. La lengua también desempeñó un papel relevante en la unificación alemana y actúa como elemento de cohesión en la dividida Corea. Los ejemplos son innumerables.


La lengua es una parte intrínseca de la cultura. La cultura modela a los pueblos, y los pueblos son quienes configuran el sistema internacional. Por tanto, podemos afirmar que el control de los idiomas constituye una herramienta estratégica para influir en la escena internacional.


En la actualidad, y ya desde hace décadas, se ha popularizado el término de la globalización, el cual contempla, entre otros aspectos, la propagación de lo estándar y lo genérico: lo fácil y lo útil. Esto resulta especialmente conveniente para la inmediatez propia de la sociedad en la que vivimos y, como no podía ser de otra forma, se ha trasladado a la cultura y a las formas de comunicación.


Como lingua franca, el inglés se ha consolidado en este siglo como el idioma por excelencia de las relaciones internacionales. Esta lengua se ha establecido como vehicular y se considera frecuentemente la más útil, ya que facilita la interconexión de gran parte de la población global. La comunicación y la transmisión de información se vuelven así más sencillas, rápidas y eficaces.


Sin embargo, se debe atender con cautela al uso de la lengua en política. No solo las palabras pueden ser peligrosas; también lo es la gestión y limitación de los idiomas. Como se ha señalado, el establecimiento de una lengua vehicular puede resultar útil e incluso aceptado, pero imponerla, perseguir otras o restringir su uso genera rechazo y resistencia en favor de la identidad propia. En la actualidad, nos encontramos con escenarios complejos y diversos, en los que entran en juego la convivencia, los nacionalismos, las reclamaciones políticas, los intereses estratégicos e incluso la propia definición del Estado.


Las distintas naciones tratan de hacer el mejor uso posible de su catálogo lingüístico. Algunos Estados apuestan por la protección de lenguas minoritarias como mecanismo de preservación cultural; otros promueven la diversidad como reflejo de pluralidad interna; mientras que hay quienes priorizan la unidad lingüística como herramienta de cohesión nacional. Esta disparidad de enfoques evidencia que, en el ámbito cultural, ni los fines ni los medios son plenamente unívocos. Nos encontramos, en consecuencia, ante una de las manifestaciones más complejas y sutiles del soft power en la escena internacional, donde la promoción, regulación o incluso la restricción de los idiomas trasciende lo cultural para convertirse en un instrumento de influencia política y proyección global. En este sentido, las lenguas no solo se heredan o se hablan: se gestionan, se proyectan y, en muchos casos, se disputan.


Como advierte David Crystal, la desaparición de una lengua no supone únicamente la pérdida de un medio de comunicación, sino la extinción de una visión del mundo irrepetible. En consecuencia, cabe plantearse la siguiente cuestión: ¿qué papel debería asumir la comunidad internacional ante el creciente peligro de extinción de lenguas provocado por los procesos de homogeneización cultural?

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