Bangladés ante el colapso ecológico: crisis ambiental, contaminación extrema y sus impactos sociales
- José Manuel Jiménez Vidal

- 5 dic 2025
- 8 Min. de lectura
Bangladés se encuentra ante una auténtica encrucijada. La densidad de población, el crecimiento urbano e industrial, la dependencia de recursos naturales y la pobreza sistémica han convertido al país asiático en uno de los puntos más críticos a nivel global en cuanto a contaminación, residuos y degradación ambiental.
Al mismo tiempo, el país mantiene un marco legal sumamente incompleto, pese al aumento creciente respecto a la conciencia ambiental, y la urgencia de transformar desde sus bases el modelo productivo, de consumo y gestión ambiental nacional.
El futuro de Bangladés dependerá de su capacidad para unir políticas efectivas, inversión en infraestructura, innovación tecnológica, participación social y justicia ambiental en uno, un reto más que notable para un país con sus características. Si logra eso, hay todavía cierta esperanza de encaminar el país hacia un futuro y desarrollo sostenible; si no, la degradación ambiental y sus efectos sobre la salud, dignidad y vida humana podrían profundizar incluso más de lo que actualmente están.
Panorama general
Bangladés es un país que cuenta con más de 176 millones de personas, con una densidad de población de 1,350 habitantes por kilómetro cuadrado. En consecuencia, el crecimiento urbano e industrial, el cual, todavía representa un 43% del total de la población, está generando un daño ambiental inmenso en un país ligeramente más grande que Grecia –148,460 km2 en total–. A su vez, la población bengalí se concentra principalmente en el eje Dhaka–Chittagong, donde vive en torno al 50% de la población nacional en poco más del 20% del total territorial del país, destacando ciudades como Comilla, Narayanganj, Gazipur o Chandpur, más allá de la propia urbe de Chittagong y la capital nacional, Dhaka.
Por lo general, Bangladés es un país mayoritariamente llano y húmedo, atravesado por numerosos ríos, islas fluviales y algunas áreas montañosas concentradas en el sureste y noreste, principalmente en Chittagong y Sylhet. Esta geografía favorece la formación de suelos fértiles, lo que propicia una buena agricultura y el cultivo de alimentos básicos para la población. El país, además, posee un clima tropical monzónico, caracterizado por las altas temperaturas y lluvias intensas durante la temporada de monzones. Sin embargo, esta combinación de clima y relieve hace que Bangladés sea altamente vulnerable a desastres naturales, como inundaciones, ciclones, tormentas tropicales y erosión costera, que representan riesgos severos recurrentes para la población, campos de refugiados y la economía nacional.
Las inundaciones y ciclones afectan periódicamente a millones de personas, especialmente cuando los ríos se desbordan. La erosión costera y la subida del nivel del mar amenazan a zonas habitadas y tierras de cultivo, desplazando comunidades rurales y provocando migraciones masivas hacia las ciudades, donde la infraestructura está saturada. Además, las lluvias y tormentas tropicales deterioran las redes de transporte, viviendas y servicios básicos, dificultando el desarrollo económico y aumentando la pobreza en las regiones más afectadas.
Asimismo, el clima tropical monzónico y la geografía bengalí crean condiciones propicias para la propagación de diversas enfermedades. Las inundaciones frecuentes generan la acumulación de aguas estancadas, las cuales, favorecen la proliferación de enfermedades transmitidas por el agua y vectores, como la diarrea, el cólera, la hepatitis A o la leptospirosis. La humedad elevada y el calor también aumentan la incidencia de enfermedades fúngicas y respiratorias, mientras que los ciclones y las tormentas pueden afectar al acceso a atención médica –poco más del 52% de la población recibe servicios básicos de salud de carácter esencial– y agua potable –se estima que solo un 60% de la población tiene acceso a agu potable de forma segura, dejando a más de 80 millones de personas sin la misma–, exacerbando brotes epidémicos en áreas densamente pobladas. Además, la contaminación de ríos y canales con desechos industriales y domésticos incrementa la exposición a metales pesados y patógenos, generando problemas crónicos de salud en comunidades enteras.
Problemas ambientales
Bangladés se encuentra en la región más hiperpoblada del planeta, rodeada por grandes potencias demográficas y económicas como India, China o la ASEAN, lo que la sitúa en un eje estratégico comercial y logístico del sur de Asia. Su ubicación en el delta del Ganges-Brahmaputra, con salida directa al océano Índico, ha favorecido el desarrollo de puertos, corredores de mercancías y rutas de exportación. Esta posición, junto con mano de obra abundante y salarios bajos, ha atraído masivas inversiones extranjeras y procesos de deslocalización industrial, especialmente desde países como China, Corea del Sur, India y economías occidentales, concentrándose sobre todo en los sectores textil, confección, cuero, calzado, productos químicos y manufacturas ligeras.
Sin embargo, este auge industrial se ha sumado a problemas ambientales ya existentes y ha contribuido a perpetuar y amplifica daños ecológicos debido a la falta de regulaciones sólidas, el crecimiento urbano acelerado y la limitada capacidad del Estado para controlar emisiones y residuos, junto a la falta de conciencia ambiental de la propia población local. Como resultado, la combinación de densidad poblacional extrema, la concentración industrial y la débil gestión ambiental y de residuos han generado impactos extremos, muy difíciles de revertir.
Los ríos bengalíes, tales como el Padma, el Ganges, el Brahmaputra o el Meghna, así como sus afluentes, representan tanto uno de los espacios fluviales más extensos del mundo como una fuente altamente peligrosa para la salubridad urbana. La contaminación derivada de las ciudades e industrias, principalmente por el vertido de aguas residuales sin tratamiento, residuos plásticos, el vertido de efluentes de fábricas químicas, textiles y de curtido de cuero –lleno de metales pesados como el plomo y el cromo o colorantes–, el uso de pesticidas y fertilizantes, la contaminación por arsénico, y la sobrepesca fluvial, han convertido a estas fuentes de agua en auténticos peligros para las comunidades locales. De tal forma, la situación plantea desafíos ecológicos, pero también cuestiones humanas, de justicia ambiental y problemáticas que urgen tratar para evitar la expansión de enfermedades y la pérdida de ecosistemas únicos.
Por su parte, las fábricas de ropa y tejidos, especialmente en la región metropolitana de Dhaka, emiten grandes cantidades de partículas finas –como PM2.5 y PM10– y gases tóxicos. A ello, se suma la liberación de óxidos de nitrógeno, monóxido de carbono y partículas suspendidas emitidas por el tráfico vehicular. De igual forma, la quema de residuos y biomasa, especialmente en áreas agrícolas, vertederos y demás, contribuyen a la propagación de enfermedades respiratorias, agravadas por el uso del carbón, la leña o el estiércol en las cocinas tradicionales de áreas rurales.
Por otro lado, más allá del agua y el aire, el suelo benglí sufre de multitud de impactos, entre los que destacan los vertederos no regulados en Dhaka y Chittagong, el uso excesivo de pesticidas y fertilizantes que ha degradado la fertilidad del suelo y la contaminación de aguas subterráneas y los lodos de plantas textiles y de curtiembre que se vierten en la tierra.
A su vez, también debemos exponer la contaminación urbana, estrechamente ligada al crecimiento desorbitado de sus ciudades, especialmente en Dhaka, donde la infraestructura no ha logrado acompañar el ritmo de la expansión. El cableado aéreo desordenado y la red eléctrica sobrecargada generan riesgos constantes de incendios, cortes de energía y contaminación visual, mostrando una falta clara de planificación urbana mínimamente sensata. A ello, se suma la acumulación de basura en calles, canales y espacios públicos, resultando en un sistema de gestión de residuos muy insuficiente, lo que provoca malos olores, proliferación de plagas y contaminación del agua cuando los desechos llegan a los ríos y drenajes. La mezcla de tráfico, emisiones vehiculares, obras informales y drenajes obstruidos por residuos agrava la mala calidad del aire y agua, así como del espacio urbano, dificultando la movilidad y afectando directamente a la salud ciudadana. En conjunto, las ciudades bengalíes se convierten en focos altamente contaminados, donde los problemas ambientales se entrelazan con fallas estructurales y de gobernanza.
Impactos en la sociedad
La profunda crisis ambiental que vive Bangladés trasciende lo ecológico y se convierte, ante todo, en una crisis social. Las fallas en la planificación urbana, la gestión de residuos y la regulación industrial han generado un escenario donde millones de personas viven diariamente a niveles extremos de contaminación atmosférica, hídrica y del suelo. Esto no es un accidente ni algo inevitable, es el resultado acumulado de políticas recientes sumamente ineficientes y de corte socialista, una urbanización acelerada y un modelo productivo que ha priorizado el crecimiento económico por encima del bienestar humano. La falta de justicia ambiental se evidencia en la forma en que los sectores más pobres son quienes absorben los mayores impactos de este deterioro, más allá del deterioro de ecosistemas, extinción de especies y la pérdida de biodiversidad.
En el ámbito sanitario, las consecuencias son alarmantes. La inhalación continua de aire cargado de partículas tóxicas procedentes del tráfico, los hornos de ladrillo, las fábricas textiles y la quema de basura incrementa las tasas de asma, EPOC, infecciones respiratorias y enfermedades cardiovasculares. De igual forma, el consumo de agua contaminada con arsénico, metales pesados y bacterias se traduce en diarreas crónicas, cáncer de piel, problemas renales y fallos hepáticos, afectando especialmente a niños, mujeres embarazadas y ancianos. Las epidemias se vuelven más frecuentes y difíciles de controlar debido al colapso de las infraestructuras sanitarias, insuficientes para una población de tal calibre y aún más vulnerables en plena temporada de monzones. La precariedad de acceso al agua potable y a servicios médicos básicos consolida un círculo vicioso de enfermedad, gasto doméstico elevado, pérdida de la productividad laboral y pobreza sistémica.
Socialmente, la contaminación y la vulnerabilidad climática generan patrones de desigualdad que ya estaban fuertemente arraigados. Millones de personas que pierden tierras por inundaciones, erosión o salinización se ven forzadas a migrar hacia ciudades más grandes, donde terminan instalándose en asentamientos informales sin servicios básicos, como barrios chabolistas. Estos barrios carecen de drenaje, alcantarillado, recogida de residuos y acceso estable a electricidad, con lo que se convierten en una exposición a plagas, incendios, intoxicaciones y enfermedades infecciosas constantes. La precariedad urbana no solo afecta la salud física, sino también la salud mental: estrés, ansiedad, incertidumbre laboral y falta de oportunidades educativas limitan la movilidad social y mantienen a decenas de millones atrapados en la pobreza generacional.
En el plano económico, la degradación ambiental añade un costo oculto que rara vez es asumido por las industrias responsables. Las familias pobres destinan una parte creciente de sus ingresos al tratamiento de enfermedades evitables, mientras que los sectores económicos productivos –especialmente la agricultura, la pesca y la artesanía fluvial– se ven cada vez más comprometidos por la contaminación del agua y la pérdida de ecosistemas. La mano de obra barata atrae inversiones pero, al mismo tiempo, expone a condiciones laborales tóxicas en fábricas, curtidurías y vertederos, donde la salud se sacrifica en nombre de la competitividad global. Este escenario reproduce un modelo en el que el costo real del crecimiento económico es transferido a los trabajadores y a las comunidades rurales y urbanas más vulnerables.
Conclusión
La dimensión humana de esta crisis refleja un país atrapado entre la necesidad de desarrollarse y el peso de un modelo económico y urbano insostenible. Los problemas ambientales no solo deterioran la calidad de vida, sino que erosionan la dignidad, limitan la capacidad de las personas y generan una sensación de abandono institucional. La ausencia histórica de políticas ambientales, junto a la falta de mecanismos efectivos de participación ciudadana, ha creado un clima en el que la población apenas tiene voz sobre su entorno. Revertir este escenario implica no solo mejorar infraestructuras y regulaciones, sino también enfrentar las desigualdades estructurales que permiten que un país entero cargue sobre sus hombros el costo humano de una globalización que extrae beneficios sin asumir responsabilidades.
Créditos foto: Adam Jones from Kelowna, BC, Canada.







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