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Irán cierra el Estrecho de Ormuz: el chokepoint del petróleo que amenaza la economía global

  • Foto del escritor: Javier Angulo Perojil
    Javier Angulo Perojil
  • hace 7 horas
  • 8 Min. de lectura

Desde el 28 de febrero de 2026, momento en el que una serie de ataques aéreos coordinados por Estados Unidos e Israel contra objetivos estratégicos en Irán, que provocaron la muerte del Ayatollah Jamenei y que contamos en cobertura especial desde Naciones en Ruinas, el Estrecho de Ormuz ha vuelto a ocupar ficha en el tablero internacional. Teherán ha respondido a los ataques con una decisión que resuena mucho más allá de Oriente Próximo: ha cerrado uno de los corredores marítimos más importantes en términos comerciales. La medida ha convertido en cuestión de horas una franja de apenas unos kilómetros de ancho en el epicentro de una crisis global.


Con unos 50 kilómetros de ancho en su punto más crítico, el estrecho se encuentra entre la península de Musandam (Omán) y la costa de la provincia iraní de Ormuz. En él conviven tres Estados- Irán, Omán y Emiratos Árabes Unidos- quienes tienen aguas soberanas en el lugar y están en potestad de explotar sus aguas jurisdiccionales. 


De esta forma, el mensaje de Teherán es claro: utilizaré todos mis recursos posibles para que, en caso de ataques contra mi territorio, el daño comercial sea mayor, en este caso jugando con el control del flujo energético mundial. Con el cierre del estrecho, Irán utiliza la geografía como instrumento de presión política y represalia militar, así como de palanca estratégica, pues sabe que puede alterar el equilibrio del mundo sin dominarlo y con él en contra.


Así, el Estrecho de Ormuz se convierte en algo más que un paso marítimo, es un punto de estrangulamiento del sistema económico global. En sus aguas se disputan aguas comerciales, influencia geopolítica, seguridad energética y capacidad de las potencias para resistir e imponer en un juego que ya ha dejado hace unos días de ser de suma cero, y los países le han perdido el miedo a perder.


La experiencia en crisis similares

La actual crisis en el Estrecho de Ormuz no es el único momento tenso que ha vivido el enclave, sino que se encuentra una experiencia dilatada en torno a esta vía estratégica en cuanto a tensiones y crisis de seguridad marítima se refiere. Debido a su condición de principal corredor de salida del petróleo del golfo Pérsico, cualquier incidente en la zona tiende a generar repercusiones inmediatas en los mercados y en la seguridad internacional.


Una de las experiencias más considerables para entender la gestión en crisis previas se produjo en la denominada “Guerra de los petroleros” en la década de 1980, en el contexto de la guerra entre Irán e Irak. Durante esa etapa, ambos países atacaron de forma sistemática petroleros y buques mercantes en el golfo Pérsico con el objetivo de debilitar las exportaciones energéticas del adversario. La escalada de ataques llevó a una fuerte militarización de las rutas marítimas, obligando a potencias externas, especialmente Estados Unidos, a escoltar convoyes de buques comerciales para garantizar la continuidad del tráfico marítimo. Este precedente consolidó la idea de que la seguridad del estrecho constituye una cuestión de interés internacional y no únicamente regional.


Más recientemente, el estrecho ha sido escenario de episodios recurrentes de sabotaje, incautación de buques y ataques a petroleros, especialmente en momentos de tensión entre el régimen de los Ayatolás y las potencias occidentales. En 2019, varios petroleros fueron atacados en las proximidades del golfo de Omán y del propio estrecho, lo que provocó un aumento inmediato del precio del petróleo y una rápida escalada diplomática entre Teherán y Washington. Aquellos incidentes, atribuidos por diversos gobiernos occidentales a Irán -aunque Teherán lo negó- evidenciaron la vulnerabilidad de la navegación comercial en esta zona y la facilidad con la que incidentes limitados pueden desencadenar reacciones económicas globales.


Sin embargo, el estrecho nunca había permanecido completamente cerrado, al menos de una forma tan cercana a un bloqueo total prolongado, como actualmente. No ocurrió durante el primer ni durante el segundo shock petrolero, ni cuando ocurrió la revolución iraní en 1979, ni tan siquiera en la denominada guerra de los petroleros. Es más, recientemente tampoco existió un bloqueo- a pesar de las amenazas de Teherán- durante la Guerra de los Doce Días del pasado junio, cuando por primera vez los estadounidenses atacaron instalaciones críticas en términos de industria nuclear de Irán. Por eso esta ocasión es diferente, se ha cruzado una línea que antes no se había planteado.


Las consecuencias de cerrar uno de los chokepoints marítimos

Cabe recordar que el Estrecho de Ormuz se trata de uno de los puntos más relevantes del comercio energético mundial. Este corredor marítimo conecta el golfo Pérsico con el golfo de Omán y el Océano Índico, y funciona como la principal vía de salida de exportaciones de hidrocarburos de los países productores en el golfo hacia los mercados internacionales. Su importancia radica en que concentra una parte desproporcionada del suministro energético mundial, principal actividad de países como Arabia Saudí, Kuwait, EAU, Qatar, Irak o el propio Irán.


En términos cuantitativos, el estrecho suele tener un ritmo aproximado de más de 20 millones de barriles de petróleo y derivados al día, según datos citados por la agencia Reuters. Esta cifra equivale a uno de cada cinco barriles del consumo mundial de petróleo, lo que convierte el enclave en el cuello de botella principal del comercio energético global. El volumen de tráfico marítimo que circula por el estrecho refleja esta importancia. Históricamente, alrededor de 14 petroleros con entre uno y dos millones de barriles de petróleo cruzan el estrecho a diario. Además de ello, por este lugar transita una parte esencial del comercio mundial de gas licuado, especialmente exportado por Qatar, uno de los mayores productores del mundo.


La crisis desencadenada tras los ataques continuos contra Irán ha alterado radicalmente la dinámica, reduciendo en torno a un 70-90% el tránsito de buques por el estrecho, mientras que unos 300 petroleros se encuentran fondeados en el golfo Pérsico a causa del bloqueo ejercido por Teherán, que además atacó con drones o misiles una decena de embarcaciones, incluidos petroleros como el skylight (Palao) y el Althe Nova (Honduras). En algunos momentos incluso el tránsito quedó cerrado por completo ante el riesgo elevado de atravesar la zona.


Uno de los efectos más inmediatos del cierre ha sido el aumento espectacular de los costes del transporte marítimo de petróleo. Las tarifas para alquilar un petrolero de más de 300.000 toneladas de crudo ha pasado de unos 50.000 dólares al día (precio habitual en 2025), a 480.000 dólares en menos de una semana (según Arctic Securities Research.


A estos costes se suman otros factores económicos derivados del conflicto. Las primas de seguro marítimo se han multiplicado de mil dólares diarios a más de cien mil y, en algunos casos, las aseguradoras han retirado la cobertura para los buques que intenten cruzar la zona. Esto obliga a muchas compañías navieras a suspender operaciones o a exigir tarifas muy superiores para compensar el riesgo. Además, varias grandes navieras internacionales han decidido detener completamente sus rutas en la región, lo que reduce aún más la capacidad del sistema logístico mundial.


Las consecuencias económicas globales son profundas. El cierre del estrecho afecta directamente al suministro energético de algunos de los mayores consumidores del planeta. Países asiáticos como China, India, Japón o Corea del Sur dependen en gran medida del petróleo procedente del golfo Pérsico, por lo que cualquier interrupción prolongada puede generar tensiones en sus sistemas energéticos y obligar a recurrir a reservas estratégicas. El cierre del estrecho, especialmente si se prolonga en el tiempo, generaría mayores costes de transporte para la economía china y muy probablemente inflación debido al aumento de precios desorbitado, lo que elevaría la presión sobre las reservas petroleras por parte del gigante asiático. Por otro lado, Estados Unidos se vería afectado también, aunque en menor medida, pues el colapso económico global generaría efectos indirectos en la economía norteamericana.


Frente a esta tesitura, los mercados energéticos ya han reaccionado. El precio del petróleo ha experimentado subidas significativas, con el barril de Brent superando los 84 dólares tras aumentar más de un 3 % en un solo día, mientras los analistas advierten de que un bloqueo prolongado podría empujar el precio hasta 100 o incluso 150 dólares por barril. Estas subidas se trasladan rápidamente al resto de la economía, ya que el petróleo es un insumo fundamental para el transporte, la industria y la producción de bienes. Las repercusiones se extienden además a otros sectores, como el alimentario o el del tráfico aéreo, al depender el transporte de mercancías y personas de los precios de los combustibles.


Para un ciudadano medio, el cierre del Estrecho de Ormuz es relevante en el momento en que pretende ir a una estación de servicio. Al haber aumentado el barril de petróleo más de un 8% en sólo una semana, el precio del litro de gasolina aumenta a 3 céntimos por semana, con un aumento previsto por la OCU de entre 8 y 10 céntimos en las próximas dos semanas. Un aumento prolongado del precio del petróleo incrementa el gasto en movilidad diaria; ámbito que también afecta al transporte de alimentos, bienes de consumo o materiales industriales, generando un aumento de precios generalizado.


El cierre como demostración de extrema dependencia

Ormuz demuestra la extrema dependencia del sistema energético mundial de unos pocos puntos estratégicos. Cuando uno de estos corredores se bloquea, incluso temporalmente, el impacto no se limita a la región donde ocurre el conflicto. Sus efectos se propagan a través de los mercados energéticos, el transporte global y las cadenas de suministro, terminando por afectar a la economía cotidiana de millones de personas a miles de kilómetros de distancia. En última instancia, una crisis en un estrecho de apenas unas decenas de kilómetros puede terminar reflejándose en algo tan cotidiano como el precio que paga un ciudadano por llenar el depósito de su coche o hacer la compra semanal.


A corto plazo, el escenario más probable pasa por una intensificación de la presión militar y diplomática internacional para reabrir el paso marítimo. Las potencias occidentales y varias economías asiáticas dependen en gran medida del flujo energético que atraviesa el Golfo, por lo que es previsible un aumento de la presencia naval internacional en la región con el objetivo de garantizar la libertad de navegación. Sin embargo, incluso si el estrecho se reabre parcialmente en las próximas semanas, el impacto económico podría prolongarse durante meses: los mercados energéticos reaccionan con rapidez ante la incertidumbre, pero tardan más en recuperar la estabilidad. Por otro lado, no se puede dar por sentado que el régimen iraní continúe bloqueando la situación del estrecho para tensar más aún un área que vuelve a demostrar la extraordinaria vulnerabilidad de los mercados económicos frente a los conflictos geopolíticos: cuando uno de los nodos estratégicos fallan, el impacto desbarata la estructura global.


La situación actual también plantea una cuestión más incómoda. Mientras las grandes potencias discuten sobre seguridad energética, estabilidad regional o libertad de navegación, las consecuencias reales terminan trasladándose a los ciudadanos de a pie: facturas de energía más altas, inflación, encarecimiento del transporte y pérdida de poder adquisitivo. En otras palabras, las tensiones geopolíticas del Golfo acaban pagándose en el supermercado, en la gasolinera o en la factura de la luz de millones de hogares.


Quizá la lección más evidente de esta crisis es que el mundo sigue dependiendo de un sistema energético tan concentrado como frágil. Un estrecho de apenas unas decenas de kilómetros, situado a miles de kilómetros de Europa, puede sacudir mercados globales y alterar la vida cotidiana de millones de personas. Y mientras esa dependencia persista, cada crisis en el Golfo no será solo un conflicto regional, sino un recordatorio de hasta qué punto la economía global sigue atrapada entre el petróleo, la geopolítica y la incertidumbre.


Con el bloqueo del Estrecho de Ormuz, los ayatolás han conseguido, al menos temporalmente, lo que durante años fue más una amenaza que una realidad: demostrar que poseen la capacidad de estrangular uno de los puntos más sensibles del sistema energético mundial. Al cerrar este corredor estratégico, Irán ha trasladado el conflicto desde el plano militar al económico global, obligando a reaccionar a los mercados energéticos internacionales. Pero el resultado deja una imagen incómoda para todos los actores implicados: mientras las potencias se enfrentan en una disputa geopolítica que mezcla seguridad, influencia regional y energía, el precio real lo paga el resto del mundo. El estrecho cerrado simboliza algo más que una represalia estratégica: refleja un sistema internacional donde la seguridad energética sigue siendo rehén de la confrontación política. Y en ese tablero, donde cada movimiento militar o diplomático se mide en barriles, rutas marítimas y sanciones, nadie gana realmente: unos exhiben fuerza, otros responden con presión, pero la estabilidad global queda, una vez más, atrapada entre la geopolítica y el petróleo.

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