Bosnia-Herzegovina: el legado de Dayton y las tensiones étnicas tras la Guerra de Bosnia
Bosnia-Herzegovina es uno de los países con mayor pluralidad étnica y cultural de toda Europa. Históricamente, ha sido uno de los puntos de encuentro entre las culturas balcánicas y de Oriente Medio, debido al dominio, salvo en breves periodos de incursiones austríacas, del Imperio Otomano desde el siglo XV al siglo XIX. Sin embargo, en este último siglo, y tras el mandato obtenido en el Congreso de Berlín de 1878, la región fue anexada en 1908 por parte del Imperio austrohúngaro, manteniendo la soberanía sobre la misma hasta el término de la Primera Guerra Mundial. Dicha guerra, cabe destacar, detonó debido a un evento catalizador acontecido en Sarajevo: el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria y su mujer en Sarajevo el 28 de junio de 1914, a manos de un nacionalista serbio.
Todo ello es visible en su composición demográfica y la arquitectura de ciudades como Sarajevo, donde se encuentran iglesias católicas, ortodoxas y mezquitas. Sin embargo, pese a la pluralidad cultural, estas no siempre han encontrado un punto de equilibrio y convivencia. Tras el fin de la Primera Guerra Mundial, los territorios balcánicos poseídos por el Imperio austrohúngaro pasaron a conformar el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos en 1918, pasando a denominarse en 1929 como Reino de Yugoslavia. Dicho Estado estuvo dirigido por la monarquía de los Karađorđević, de origen serbio, quienes cristalizaron la hegemonía de dicha nacionalidad en la Constitución de 1921, estableciendo el centralismo, aunque reconociendo a otras nacionalidades, como croatas y eslovenos.
Sin embargo, no se les reconoció a los bosnios como una nacionalidad independiente, siendo argumentado por parte de croatas y serbios que se trataban de musulmanes pertenecientes a dichos pueblos, provocando un agravio en cuanto a derechos civiles y agrarios, llegando a perder sus tierras ancestrales a causa de las reformas agrarias centralistas. Tras el colapso del Reino de Yugoslavia, debido a la invasión del Eje en 1941, el país quedó fragmentado en varios estados títeres, como Croacia, Montenegro y Serbia, así como bajo ocupación directa, caso de Voivodina por parte de Hungría. En estas circunstancias, los bosnios quedaron bajo el dominio de Croacia, Estado títere del Eje dirigido por los nacionalistas de Ustacha, siendo considerados indeseables y perseguidos tanto por dicho Estado como por las milicias nacionalistas serbias, que buscaban crear una Gran Serbia mediante la limpieza étnica.
En consecuencia, pese a que algunos fueron cooptados por la División SS Handschar, la mayoría de los bosnios optaron por unirse a la resistencia partisana, dirigida por Josip Broz Tito, quien posteriormente fundaría, al término de la Segunda Guerra Mundial, la República Federativa Socialista de Yugoslavia. Dicho Estado reconoció a los bosnios como una nación por primera vez, otorgando a Bosnia-Herzegovina el estatus de República Socialista. Durante este periodo, las diferentes nacionalidades de los Balcanes Occidentales gozaron de reconocimiento y autonomía, llegando a un nivel de convivencia intercultural y prosperidad compartida no visto en décadas, aunque todo ello bajo el autoritarismo de Tito y con la persistencia de desigualdades económicas entre las diferentes repúblicas. Sin embargo, esta situación encontró su ocaso con la muerte de Tito en 1980 y la disolución, con sus consecuentes guerras, de Yugoslavia en 1991.
La Guerra de Bosnia y los Acuerdos de Dayton: la “libanización” de Bosnia
Tras la disolución de Yugoslavia, el fantasma del nacionalismo reapareció en los Balcanes Occidentales, en gran parte debido a las heridas históricas aún abiertas, destacándose aquellas provenientes de la Segunda Guerra Mundial. En Bosnia-Herzegovina tuvo lugar la celebración de un referéndum de independencia en marzo de 1992, similar a los convocados en las otras repúblicas constituyentes de Yugoslavia, el cual fue masivamente boicoteado por la población serbobosnia y apoyado por los bosniacos y croatas, dando como resultado la independencia del país y su reconocimiento internacional.
Sin embargo, el coste de la independencia fue el de una guerra total entre 1992 y 1995, marcada no tanto por un enfrentamiento entre ejércitos regulares, sino entre civiles, acompañada de una limpieza étnica. En ella destaca el papel de las fuerzas serbobosnias, apoyadas por el Ejército de la República Srpska y Serbia, las cuales pretendían conectar las zonas de mayoría serbia en Bosnia mediante la expulsión sistemática de la población no serbia, utilizando campañas de terror, campos de concentración y desplazamientos forzados de musulmanes bosnios y croatas.
A lo anterior se agrega el conflicto experimentado entre bosniacos y croatas en el centro y sur del país, debido a la ruptura de su débil alianza defensiva contra los serbios. No obstante, cabe destacar que los serbios también sufrieron persecución en dicho conflicto, como en Srebrenica, donde las autoridades bosniacas torturaron y asesinaron a numerosos serbios, tal como reconoció el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia en 2006, condenando al bosniaco Naser Orić a 2 años de cárcel, aunque tras su apelación fue absuelto en 2008.
El clímax de la crueldad bélica tuvo lugar en dos hechos: el Sitio de Sarajevo y la masacre de Srebrenica. En el primero, con una duración de casi cuatro años, perecieron más de 11.500 personas, aunque se estima que fueron 18.000. Dicho enfrentamiento se caracterizó por un bloqueo total de la ciudad, en cuyas colinas circundantes se asentaron francotiradores y artillería serbobosnia, generando fuego constante sobre la ciudad y dando lugar a matanzas sistemáticas de civiles. La única forma en la que los ciudadanos de la ciudad obtenían los víveres necesarios para sobrevivir fue mediante un túnel clandestino bajo el aeropuerto, declarado territorio administrado por Naciones Unidas, lo que impidió la demolición del mismo.
Por otro lado, la masacre de Srebrenica de 1995, donde murieron más de 8.000 bosniacos a manos de las fuerzas serbobosnias tras la retirada de los 400 efectivos neerlandeses que protegían la ciudad en calidad de cascos azules, ejemplifica el horror de dicho conflicto. Tanto el Sitio de Sarajevo como la Masacre de Srebrenica tienen varios autores, aunque destaca la figura de Ratko Mladić, comandante del Ejército de la República Srpska durante todo el conflicto, quien fue condenado en 2017 a cadena perpetua por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia por los cargos de crímenes contra la humanidad, violación del derecho de guerra y genocidio. Cabe destacar que, tras su muerte, fue enterrado el 7 de septiembre de este año con honores militares en Belgrado.
La guerra dejó un saldo de 100.000 muertos, así como la destrucción de la infraestructura y economía del país, acompañada del fin de la convivencia intercultural de las últimas décadas. Formalmente, el conflicto llegó a su fin con los Acuerdos de Dayton en noviembre de 1995, donde se dividió al país en dos entidades federativas, la República Srpska y la Federación de Bosnia y Herzegovina, bajo el mando de un ejecutivo central débil y una presidencia colegiada de tres miembros, cada uno perteneciente a una de las tres etnias mayoritarias (serbios, croatas y bosniacos). Este reparto de poder étnico recuerda al frágil equilibrio de poder en el Estado libanés, tal como se expone en el artículo Líbano en 2026: crisis política, sistema confesional, sectarismo y conflicto geopolítico en Oriente Medio, por lo que se puede hablar de una suerte de “libanización” del país.
Por último, cabe destacar la existencia del alto representante para Bosnia y Herzegovina, designado por el Consejo de Implementación de la Paz (PIC), el grupo de países y organismos internacionales que supervisan el proceso de paz. Sus funciones se resumen en la supervisión del cumplimiento de los Acuerdos de Dayton, así como la mediación y acercamiento al eje euroatlántico. Sin embargo, desde 1997, el PIC otorgó al alto representante los conocidos como “poderes de Bonn”, que permiten al alto representante intervenir en la política interna de Bosnia-Herzegovina mediante la imposición o veto de leyes, la destitución de funcionarios y políticos, o la anulación de decisiones institucionales.
Demografía y conflictos: un crisol étnico
La radiografía demográfica de la actual Bosnia-Herzegovina se basa en los datos oficiales del censo de población de 2013, primer y único realizado en la posguerra. Sus resultados exponen un crisol multicultural, formado por 3,8 millones de habitantes, con una de las tasas de envejecimiento y emigración juvenil más altas de los Balcanes. Su población es divisible entre tres grupos principales, conocidos como los “pueblos constitutivos”, siendo los bosniacos, de confesión islámica, el 50,1%, mientras que los serbios rondan el 30,8% y los croatas el 15,4%, sumándose otras minorías como los gitanos.
Esta distribución encuentra un reflejo en el plano físico, pues existen zonas de amplia mayoría bosniaca y serbobosnia. Ello dio lugar, tras la Guerra de Bosnia (1992-1995) y mediante los Acuerdos de Dayton, a la creación de dos entidades autónomas y un distrito neutral. Dichas entidades, como se ha mencionado en el apartado anterior, son la Federación de Bosnia y Herzegovina, de mayoría bosniaca, y la República Srpska, mayoritariamente serbobosnia y estrechamente vinculada política y económicamente a Serbia, junto a estas se encuentra el Distrito de Brčko, situado al norte del país, cuya función es hacer de bisagra geográfica entre ambas entidades. Cabe destacar que la capital del país, Sarajevo, se encuentra dividida entre ambas entidades, ejemplificando la fractura sociodemográfica.
Ello ha generado una separación de facto entre ambas comunidades, desde el ámbito educativo, con currículos educativos diferenciados, hasta el administrativo o municipal, pasando por el orden público. Cada entidad mantiene sus propias fuerzas de seguridad, así como la plena autonomía educativa, lo que implica la perpetuación de dicha fractura desde la infancia, pues dependiendo de la parte del país donde se encuentre, el alumno estudiará de forma completamente opuesta la historia antigua y reciente del país, hecho que imposibilita la creación de unidad nacional más allá de las diferencias étnicas o religiosas.
Por otro lado, desde el plano administrativo, cada entidad mantiene sus propias normas fiscales, laborales, sistemas de transporte y telecomunicaciones, lo cual imposibilita la cohesión e integración entre ambas comunidades, a la par que genera un laberinto burocrático debido a la duplicidad de instituciones. Las consecuencias directas son visibles en las dificultades para homologar estudios o acceder a servicios públicos entre ambas entidades. Así pues, aunque esta estructura territorial se diseñó al término de la guerra para salvaguardar la paz, lo cierto es que ha generado un bloqueo institucional mayúsculo, el cual impide el desarrollo del país, y genera incentivos para la corrupción política, marcada por la retórica nacionalista, y los conflictos históricos entre comunidades.
Bosnia-Herzegovina en la actualidad: entre la adhesión a la Unión Europea y las tensiones internas
En el escenario geopolítico contemporáneo, Bosnia-Herzegovina sufre una encrucijada permanente, pues ambiciona integrarse en las estructuras europeas y atlánticas, siendo un país candidato a la adhesión a la Unión Europea, objetivo que sin embargo, por el momento se haya lejos de conseguir, pues su intento de adhesión se ve lastrado por un diseño institucional creado para evitar un nuevo conflicto bélico y no para un Estado moderno y funcional. Para unirse a la Unión Europea requerirá por tanto de importantes reformas judiciales, administrativas y fiscales, con la finalidad de cumplir los criterios de Copenhague.
Uno de los principales frenos a su integración es el sistema de cuotas étnicas, donde solo ostentan el derecho de sufragio pasivo aquellas personas pertenecientes a los tres pueblos constituyentes: bosnios, serbios y croatas. Ello da lugar a la imposibilidad de que un ciudadano bosnio de origen judío o romaní pueda ser elegido como diputado o presidente, hecho contrario a la Convención Europea de Derechos Humanos, tal y como dictaminó el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en el Caso Sejdić y Finci v. Bosnia y Herzegovina, en 2009. Los pasos hacia la centralización de competencias necesaria para la gobernanza moderna y la integración europea chocan diametralmente con la estructura institucional de los Acuerdos de Dayton. Ello provoca tensiones secesionistas, dinámicas de desconfianza mutua y bloqueo institucional, las cuales se impulsan desde los liderazgos regionales, manifestando cómo la supervivencia política de las élites locales en Bosnia-Herzegovina gira en torno a la confrontación étnica y religiosa.
Estas tensiones son especialmente visibles en la República Srpska, donde sus autoridades han desafiado constantemente las decisiones del Estado central y el Tribunal Constitucional, promoviendo leyes contrarias a la legalidad bajo una retórica secesionista que inquieta a Bruselas. Ejemplo de ello son las leyes aprobadas entre 2021 y 2023 por la Asamble Nacional de la República Srpska, cuya finalidad era prohibir la aplicación de las decisiones del Tribunal Constitucional y el Alto Representante en su territorio, a lo que se suman las resoluciones de 2021 y 2022, donde se plantean la retirada de las instituciones centrales, como la judicatura, o la creación de un ejército propio, preparando a la región para una eventual independencia.
Se agrega a lo anterior una crisis demográfica, provocada por la pérdida masiva de capital humano ante la deficiente administración estatal y la falta crónica de oportunidades laborales dignas. Así pues, el país vive atrapado en un problema estructural, ya que mientras la población reclama oportunidades, infraestructura, desarrollo y servicios públicos al nivel de los países de la Europa occidental, el sistema político rentabiliza el malestar mediante su canalización en base a cuestiones étnicas. Tres décadas después de la firma de la paz, el país continúa en un bucle de inestabilidad étnica, política y económica, debido a un modelo político y gubernamental impuesto sin una reconciliación previa.
Conclusiones: entre los parches de Dayton y el polvorín balcánico
A modo de conclusión, la historia de Bosnia-Herzegovina no es comprensible si no se analizan los dominios otomano y austrohúngaro, los cuales generaron un crisol étnico, religioso y cultural.
Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, el liderazgo de Tito fue capaz de mantener la coexistencia en los Balcanes Occidentales, así como un desarrollo económico y material sin precedentes en la región, a costa de un autoritarismo que no sanó las heridas pasadas, sino que las pausó. Posteriormente, la disolución de Yugoslavia reabrió las heridas pasadas con una fuerza descomunal, especialmente en Bosnia-Herzegovina.
La Guerra de Bosnia (1992-1995) fue ejemplo de ello, generando una espiral de violencia descomunal, resultando en crímenes de guerra y genocidio, como los visibles en el Sitio de Sarajevo y la masacre de Srebrenica. Con la firma de los Acuerdos de Dayton, el conflicto se congeló mediante un ejercicio de ingeniería política descomunal, dando pie a una arquitectura institucional marcada por la disfuncionalidad y el miedo a un nuevo conflicto, lo cual ha convertido a Bosnia-Herzegovina en un Estado cuasi fallido, semejante al Líbano, alimentando el descontento de ambas partes respecto a las instituciones resultantes del acuerdo, provocando consecuentemente una espiral política destructiva.
Así pues, y a pesar de la intención de integrarse en la Unión Europea, el país es incapaz de llevar a cabo las reformas políticas necesarias para salir de la espiral de inoperancia administrativa, puesto que los vetos étnicos y las amenazas de separación de la República Srpska, paralizan de forma estructural cualquier proceso de cambio. Esto no hace más que evidenciar que una paz impuesta, sin un proceso de reconciliación, no garantiza el futuro de un Estado moderno. Finalmente, es visible cómo el país se encuentra atrapado en una paradoja peligrosa y destructiva que, lejos de modernizarlo, lo llevará a perpetuar la situación actual o a un nuevo enfrentamiento civil alimentado por unas élites locales centradas en mantener su poder, y no en el progreso material colectivo.





Comentarios