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Elecciones Camerún: entre un presidente eterno y una alternancia que nunca llega

  • Foto del escritor: Javier Angulo Perojil
    Javier Angulo Perojil
  • 7 nov 2025
  • 9 Min. de lectura

Actualizado: 9 nov 2025

Este 2025 está volviendo a colocar a Camerún frente a su propio e incómodo espejo, observando un retrato en el que el tiempo no pasa, y en el que nada parece haber cambiado, ni existen atisbos de que cambiará. Una vez conocido el esperado resultado del pasado 12 de octubre, el presidente Paul Biya volvió a presentarse como candidato, y la semana pasada las cifras oficiales ofrecidas por el Tribunal Constitucional, le volvieron a otorgar la victoria, llevando ya más de 42 años en dicho cargo. Sin embargo, lejos de significar esto un cierre de ciclo, abrió la puerta a otro capítulo en la interminable dinámica dentro de este país del África Central.


Contexto previo a las elecciones del 12 de octubre

El 12 de octubre se celebró en Camerún la elección presidencial para un nuevo mandato de 7 años. Desde meses antes, el ambiente continuaba tenso en el país, con una oposición liderada por Issa Tchiroma Bakary que reclamaba un cambio en el país bajo la imagen de un exaliado del gobierno de Paul Biya que, desde 2019 a 2025, sirvió como Ministro de Empleo y Formación Profesional, y que desempeñaría desde 1992 cargos en el gobierno de Biya, como el de Ministro de Comunicaciones o el de Transportes; y otros partidarios de la continuación del eterno presidente.

 

El proceso electoral venía desde agosto de 2025 siendo claramente polémico, y no estuvo exento de conflictos previos: el principal candidato a una oposición real, efectiva, rupturista con el gobierno actual, Maurice Kamto, fue descalificado mediante fallo del Tribunal Constitucional, lo que provocó que la Comisión Electoral Nacional retirara su candidatura ya que, según este organismo, no cumplía los requisitos formales y legales. Kamto se presuponía como una esperanza de alternancia y democratización. Maurice lideró el Movimiento para el Renacimiento de Camerún, que logró en las elecciones de 2018 un 14%, denunciando posibles amaños electorales que le impidieron obtener un resultado mayor.

 

Sin embargo, ya en el día de la votación y en los días siguientes, según diversos diarios de prestigio internacional como Africa News, BBC África o TV5 Monde, la violencia, las irregularidades electorales y las tensiones, así como las restricciones de voto en zonas anglófonas y un despliegue evidente de fuerzas de seguridad del Estado fueron visibles y habituales.

 

Tras la votación, Tchiroma declaró su victoria en el 14 de Octubre, sosteniendo que los resultados le daban cerca del 55% de los votos, aunque el gobierno y las instancias oficiales indicaron que los únicos resultados válidos eran los proclamados por el Consejo Constitucional de Camerún, el cual declaró el pasado 27 de octubre la victoria a Paul Biya con el 53,66% de los votos, siendo el segundo más votado Issa con el 35,19% de los mismos.

 

Las reacciones no tuvieron demora, tanto en el plano interno como en el internacional. En el primer caso, la oposición rechazó los resultados bajo una indignación tangible y una acusación de fraude electoral. Además, se convocaron manifestaciones en ciudades como Yaoundé, Douala y Garoua, dejando al menos cuatro muertos declarados por enfrentamientos con las fuerzas de seguridad en las últimas dos ciudades. En el segundo caso, desde el plano internacional, los embajadores de la Unión Europea en Camerún, así como los embajadores de Canadá, Suiza y Reino Unido, no asistieron al acto del anuncio de resultados por parte del Consejo Constitucional en señal de rechazo de estos resultados.

 

Paul Biya: un anciano perpetuado en el poder

Paul Biya no es solo el presidente más longevo en activo del mundo, sino que es, en la práctica, la figura y el espejo del Camerún moderno desde 1982. Desde hace más de cuatro décadas ocupa el poder en Camerún tras la renuncia de su antecesor Ahmadou Ahidjo, primer presidente tras la independencia. Su figura encarna la prolongación de una élite poscolonial que ha hecho del poder un patrimonio personal, modificado a su gusto y perpetuado como una suerte de régimen de sucesión, ejemplificado con la enmienda de 2008, en la que eliminó los límites constitucionales al mandato.

 

Desde 1982, Biya ha logrado sobrevivir a intentos de golpe militar, rebeliones armadas, crisis económicas, protestas sociales como las ocurridas en 2008 y presiones internacionales de organismos de derechos humanos y ONGs. Su supervivencia política no se debe a una popularidad sólida, sino a una mezcla de represión selectiva, clientelismo y control absoluto de las instituciones. Por ello es que Paul Biya es visto como el ejemplo de la estabilidad en Camerún, y también del estancamiento.

 

Durante los primeros años, cultivó una imagen moderada como tecnócrata modernizador del Estado, pero con el tiempo esa habilidad y ese afán se convirtieron en obsesión y estrategia para mantenerse en el poder, como la eliminación de mandatos previamente comentadas, o el retraso de elecciones locales a causa de la pandemia, así como sus largas estancias en el extranjero, donde gobernó desde la distancia y se esclareció que el sistema no giraba en torno al proyecto, sino a la preservación del poder.

 

Sin embargo, el caso de Paul Biya no es único, aunque sí el más longevo. África ha sido cuna de liderazgos muy largos, presidentes que se aferran al poder hasta la muerte, y en algunos casos más allá teniendo en cuenta sus sucesores, creando sistemas que dependen de los líderes para su estabilidad. Caben destacar a: Teodoro Obiang, Museveni, y Sassou Nguesso en Guinea Ecuatorial, Uganda y Congo-Brazzaville respectivamente. Estos líderes erigen alrededor de ellos verdaderas dictaduras personalistas con redes clientelares que distribuyen sus recursos a cambio de lealtad, con el aval de las fuerzas armadas y de la constitución.

 

Hoy, tras su nueva reelección, Biya reitera que continuará y finalizará su mandato con 99 años, con una ciudadanía que no acepta su resultado ni el proceso electoral, con acusaciones de fraude, ausencia de imparcialidad institucional y la persistencia de desigualdades estructurales. La pregunta que muchos se hacen es: ¿hasta cuándo? ¿qué será del Camerún que quede al otro lado de su mandato?

 

El decorado democrático camerunés y la  Ilusión  de una alternancia

 

Calificar el sistema político camerunés como democrático es algo demasiado osado, teniendo en cuenta que Organismos como Freedom House lo cataloga como “No Libre” con una puntuación de 15 sobre 100, y según el The Economist Intelligence Unit Index 2024, quien le daba una puntuación de 2,56 sobre 10, situado en el puesto 136 de 167 países que participan en este índice, siendo en este último la dimensión del proceso electoral y pluralismo el campo con peor puntuación (0,33 sobre 10).

 

El proceso electoral del 12 de octubre vino a confirmar lo previamente presagiado: la alternancia es más un ideal que una competencia efectiva y real. El hecho de que Kamto fuera expulsado de la carrera electoral y Tchiroma denunciase fraude refleja el déficit estructural del sistema. 

El barrido de la oposición, la influencia del partido oficial presidido por Biya (Movimiento Democrático del Pueblo Camerunés) y el control indirecto de medios, el sistema electoral, así como la débil separación de poderes con un poder judicial servil al régimen, muestran la estrechez operativa en la que se mueve el sistema democrático camerunés.

 

Dinámicas internas: diversidad, regiones, tensiones y desarrollo

Camerún ha sido descrito como “África en miniatura” por la diversidad geográfica y cultural existente, pretendiendo que fuera un referente de convivencia entre pueblos y culturas. En la realidad, el país comprende una heterogeneidad étnica, lingüística y regional que se convierte en uno de los rasgos más complejos de analizar, pues se encuentra dividido en más de 250 grupos étnicos, dos lenguas oficiales que nunca llegaron a la igualdad y una fragmentación religiosa que erigió fronteras intangibles e invisibles, en un Estado que nunca logró plenamente un sentido nacional compartido. La herencia colonial es clave en este punto, pues el reparto realizado entre Francia y Reino Unido sin tener en cuenta las fronteras preexistentes fue el punto de partida de este problema, imponiéndose el francés como lengua oficial en el territorio y un modelo centralista, siendo reducida la región anglófona a dos enclaves cercanos a Nigeria que nunca fueron tratados de forma igual al resto del país (por ejemplo, en las anteriores elecciones presidenciales Paul Biya vetó del voto a estas dos regiones).


Estas desigualdades y tensiones regionales desembocaron en el conflicto anglófono de 2016, cuando profesores y abogados de las regiones anglófonas salieron a la calle para denunciar la imposición del francés en tribunales y escuelas, recibiendo como respuesta arrestos masivos, censura en redes sociales y represión social, finalizando en una rebelión abierta entre Camerún y los separatistas de Ambazonia, a la cual el presidente le declaró la guerra un 30 de noviembre de 2017, la cual, según un informe de International Crisis Group en febrero de 2022, llevaba a sus espaldas al menos 6000 víctimas y unos 765.000 desplazados hacia el interior del país y al exterior, especialmente en Nigeria.

 

A este frente se le suma la presencia de la insurgencia de Boko Haram en el extremo norte, la región más pobre de Camerún, un área doblemente débil y marginada institucionalmente, desde noviembre de 2014. Diversos informes documentan ataques en las ciudades de Maki, Mada, las proximidades de Mokolo y Fotokol, secuestrando a unas 80 personas, la mayoría de ellas niños, que fueron secuestrados, violados, torturados y forzados a convertirse al islam, lo cual obligó a Camerún a formar una coalición internacional contra el terrorismo integrada por Benín, Chad, Camerún, Niger y Nigeria. Este grupo, además, evolucionó desde la moderación y la enseñanza pacífica del islam hasta 2002, cuando comenzó a radicalizarse y extender su influencia más allá de las fronteras de Nigeria. El grupo continuó creciendo, con líneas fragmentadas, hasta que en 2015 se alinearon con el ISIS, momento desde el cual se generó un conflicto internacional con el grupo que aún persiste.

 

¿Por qué continúa Biya en el poder?

La respuesta no es sencilla, pero podría ser esquematizada en tres dinámicas interrelacionadas y retroalimentadas:

 

  1. Pacto de élites: Biya ha sabido asegurar que los sectores clave (empresarios, administrativos, partidarios, militares o judiciales entre otros) queden vinculados a su continuidad. 

  2. El miedo y la represión selectiva: Los aparatos de seguridad, la disuasión de la oposición y el control de los medios le avalan. 

  3. El vacío de una futuro incierto: La oposición se encuentra fragmentada, silenciada, exiliada, cooptada y deslegitimada, lo que favorece que se haya creado el relato de que, sin el presidente Biya, no se puede entender Camerún, siendo la única opción de liderazgo. 


Un futuro incógnito

Con la proclamación oficial, Biya ha conseguido un mandato que podrá mantenerle en el poder hasta casi los 100 años, de los cuales casi 50 como presidente. Más allá del resultado numérico, lo que se encuentra en juego es la legitimidad de su régimen y su conexión con la población, por lo que, frente al resultado y al contexto, se plantean tres escenarios principales cuando Biya cese su actividad política:

 

  • Continuidad pactada: El nombramiento de un sucesor orgánico dentro de la Cámara Democrática del Pueblo Camerunés, avalado por las Fuerzas Armadas, dentro del sistema, lo que aportaría estabilidad aparente del sistema y del aparato burocrático, militar y elitista, pero también significaría una línea continuista de los problemas actuales, por lo que Camerún continuaría estancada en el tiempo. 

  • Transición reformista limitada: Bajo presión interna y externa, podría erigirse un dirigente moderado que liberase presos políticos, realizase una apertura mediática y tornase hacia un mayor aperturismo, pero sin grandes alteraciones en el núcleo de poder. En el mejor de los casos, lograría que las tensiones sociales disminuyesen y el sistema democrático mejorase, pero, en el peor, significaría inestabilidad institucional y política, lo que podría conllevar al agravamiento de tensiones internas. 

  • Colapso institucional y conflicto abierto: Si la tensión, después de que Paul Biya en un futuro abandone el poder, continúa acumulándose en regiones marginadas, en la juventud creciente en número pero no en oportunidades y en los conflictos armados existentes en el país actualmente, el sistema podría fracturarse de forma más profunda, viéndose el actual presidente como el “muro de contención” de estos problemas, por lo que un sucesor sin legitimidad podría provocar una guerra abierta. La experiencia africana en Costa del Marfil o el Congo avalan que esta hipótesis no sería una utopía. 


Camerún actualmente se encuentra suspendido en el tiempo entre las promesas falsas de cambio y la realidad de la inmovilidad. Entre la esperanza de un futuro alterno y la tristeza de observar la perduración del régimen. Entre una juventud que exige un futuro y un anciano que encarna el pasado inmóvil del país y la falta de libertad. El 12 octubre no sólo confirmó la reelección de un presidente por un mandato más, sino que puso de relieve la persistencia de un sistema tendente a la nula alternancia.

 

El reto para el país va mucho más allá de quién ocupe el Palacio Presidencial; es una cuestión de renovación y reinvención del sistema político, social e institucional, o el estancamiento, ya que, si el poder se renueva pero el Estado no, la legitimidad se erosiona, y con ella la paz social. En Camerún, el reloj sigue parado, pero el tiempo y las tensiones continúan avanzando.

1 comentario


Jose Maria Alamo
Jose Maria Alamo
09 nov 2025

Excelente análisis realizado por él Sr. Angulo de un problema tan complejo como la situación política de Camerún. Un análisis que bien podría ampliarse a muchos países africanos, que se debaten entre un sistema democrático, un poder perpetuo más o menos encubierto en una dictadura “blanda” , y la amenaza de los grupos islamistas. Solo cuando Biya desaparezca, sabremos si su extenso poder ha servido para contener guerras civiles o atentados islamistas, o por el contrario, ha supuesto un muro para el desarrollo del país,

Enhorabuena señor Angulo, le animo a seguir escribiendo estos excelentes análisis

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