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Del golpe de 1926 a la Revolución de los Claveles: historia y legado del Estado Novo en Portugal

  • Foto del escritor: Sofía Fernández Cayon
    Sofía Fernández Cayon
  • hace 20 horas
  • 10 min de lectura

En el corazón del siglo XX, mientras Europa se encontraba sumida en guerras, reconstrucción y cambios profundos, Portugal vivió una experiencia particular: la instauración y consolidación de un régimen dictatorial, el Estado Novo. Nacido oficialmente en 1933 bajo el liderazgo del economista António de Oliveira Salazar, el Estado ibérico se erigió como una dictadura estructurada bajo el autoritarismo, el conservadurismo, el nacionalismo y la antidemocracia, gobernando el país hasta 1974.

 

De tal forma y a modo de conmemoración, el siguiente artículo tiene como objeto la celebración del 25 de mayo, en virtud al cumplimiento de los cien años del inicio de la crisis que encumbró a Salazar bajo el Estado Novo, y cuyo análisis es primordial para entender las cicatrices y la identidad de una nación que hoy abraza su libertad. 


Contexto histórico previo 

Portugal se encontraba a inicios del pasado siglo sumido en una gran inestabilidad. La Primera República Portuguesa, nacida de la revolución de 1910 –motivada tras un extenso y convulso período monárquico–, fue increíblemente inestable, con cuarenta y cinco gobiernos y ocho presidentes en tan solo dieciséis años. La participación en la Primera Guerra Mundial exacerbó los problemas económicos, lo que derivó en constantes huelgas, atentados y un masivo descontento social. En consecuencia, la situación desembocó en que, en 1926, el general Gomes da Costa dio un golpe de Estado y suspendió la constitución, iniciando la conocida Ditadura Nacional (1926-1932). 

No obstante, los militares no fueron capaces de controlar la inflación y la deuda, lo que hizo emerger la figura de Salazar, un profesor de economía que aceptó llevar las riendas de las finanzas con la condición de tener un control total sobre los presupuestos del país. Su gestión como ministro de Hacienda fue todo un éxito y el país prosperó, lo que, sumado a su gran influencia, le llevó a ser nombrado primer ministro en 1932.

 

Un año después, Salazar implantó una nueva constitución que formalizaba el Estado Novo, definiéndolo como una dictadura corporativista de corte católico y tradicionalista y rechazando por tanto el liberalismo, el comunismo y cualquier forma de oposición. Era su proyecto político personal.


Naturaleza del régimen 

El Estado Novo se sostuvo principalmente en los tres cimientos mencionados: corporativismo, catolicismo y tradición, y se articuló a su vez en torno al trinomio “Deus, Pátria e Família”, un lema que operó como eje moral y social del país.

 

El corporativismo se tradujo en un modelo de organización política y social donde el Estado regulaba y coordinaba la actividad de corporaciones y gremios buscando unidad nacional, armonía social y control económico. Se rechazó por tanto la lucha de clases y el socialismo, así como cualquier tipo de disidencia.

 

Este nuevo régimen se amparó en valores tradicionales: religión católica, familia como nexo social, obediencia y orden. Salazar había combatido el anticlericalismo de la Primera República, lo que explica el corte católico que definió al régimen, aunque la separación de poderes entre el Estado y la Iglesia fue un propósito firme, oficializándose las relaciones entre ambos a través de un Concordato en 1940. Se eliminó el sufragio universal y se prohibió el pluripartidismo, a excepción del oficialista Unión Nacional, claro reflejo del corporativismo salazarista.

 

Portugal se presentaba como una nación eterna, modesta y autosuficiente (autárquica), ajena a los “excesos” de lo moderno. La economía, como se ha mencionado, quedó bajo estricto control estatal y se promovió una visión ruralista que ignoraba la industrialización y limitaba la expansión de las clases trabajadoras en las ciudades.

 

El pilar del régimen: control y represión 

La represión fue una de las bases centrales del Estado Novo. La censura era omnipresente y los medios de comunicación se encontraban bajo control estatal. El objetivo era condicionar, controlar o eliminar las expresiones de opinión y evitar la organización política de las fuerzas que se oponían a él, así como de los manifestantes o descontentos dentro de las propias fuerzas de apoyo del régimen. Uno de los mecanismos de control, especialmente orientado a limitar el derecho a la reunión política, expresión y de organización, fue la policía política: la PIDE –Policía Internacional y de Defensa del Estado–. Esta, era una policía secreta temida y poderosa que; vigilaba, perseguía y castigaba a los disidentes. Muchos ciudadanos fueron detenidos y torturados por motivos políticos, mientras que otros lograron exiliarse. La oposición, tanto de izquierda como de ramas liberales o, incluso, monárquicas, fue oprimida sistemáticamente.

 

Salazar creó la PIDE tras la Segunda Guerra Mundial para defender al régimen de actividades de organizaciones clandestinas, como el Partido Comunista Portugués. Los métodos de la policía secreta iban desde la vigilancia de sospechosos hasta el encarcelamiento sin cargos, mediante la interceptación de correspondencia y comunicaciones y la creación de una red de informantes, culminando con la presentación de los detenidos ante los Tribunales Plenarios, lo que permitía al régimen legitimar las detenciones e investigaciones.

 

Los sospechosos de diversos orígenes sociales y afiliaciones o tendencias ideológicas pasaban durante períodos largos por las prisiones privadas en el continente y en el campo de Tarrafal (Cabo Verde), donde se les sometía a tratos inhumanos y torturas.

 

Es en este último, la Colonia Penal de Cabo Verde, donde el régimen deportó, en una primera fase, a presos políticos opuestos al régimen, y en una segunda, a miembros de los movimientos de liberación de las colonias africanas. Las condiciones eran inhumanas: además de los malos tratos y las palizas, había escasez de alimentos y falta de condiciones higiénicas, combinados con el clima hostil del país y los peligros de contraer malaria. La primera fase fue peor, al principio el campo solo tenía tiendas de lona y fueron los presos, sometidos a trabajos forzados, lo que izaron las instalaciones. En la segunda fase todo ya estaba construido y la función del campo era encerrar, similar a los campos (de concentración y trabajo forzado) en la Alemania nazi o en la España franquista. El objetivo no era matar a los presos, sino neutralizarlos, encerrarlos lejos, explotarlos y, en multitud de casos, dejarlos morir sin justificación o pena.

 

Se estima que pasaron por el campo entre 550 y 600 personas –de las que murieron casi medio centenar–, que definían Tarrafal como “el campo de la muerte lenta”. Aunque con la caída del régimen se liberó a los prisioneros, las historias y la memoria del campo persisten, con familias que nunca volvieron a saber de sus hijos.


Posicionamiento internacional 

António Salazar supo posicionarse muy bien en el mundo. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939, Portugal –aunque simpatizaba ideológicamente con algunos regímenes del Eje– adoptó formalmente una neutralidad armada para preservar su soberanía y evitar ser arrastrado al conflicto (como ya ocurrió veintitrés años antes). Su posición en Europa le daba una relevancia estratégica de gran calibre y logró mantener relaciones diplomáticas tanto con los Aliados como con las potencias del Eje, con decisiones cuidadosamente tomadas para evitar antagonizar a ningún bando.

 

Con los Aliados mantuvo buenas relaciones permitiendo el tránsito de suministros y proporcionando bases aéreas y navales (en las Islas Azores) para las operaciones de guerra en el Atlántico; y con las potencias del Eje, como Alemania, mantuvo afinidad ideológica, además de una relación cordial con Adolf Hitler. Con España firmó un Tratado de Amistad y No Agresión –el Pacto Ibérico– para asegurar la estabilidad en la península. No obstante, a pesar de su neutralidad, Portugal vendió Wolframio a Alemania y tuvo que regular estas exportaciones hacia los Aliados para equilibrar intereses.

 

Otro aspecto bastante peculiar del régimen fue la defensa a ultranza del colonialismo. El “ultramar” portugués reflejaba un verdadero pluricontinentalismo: para los lusos, la nación portuguesa estaba conformada por distintas regiones a lo largo del globo. Por eso, mientras las potencias europeas comenzaron el ansiado proceso de descolonización que lideró las joven Naciones Unidas tras la Segunda Guerra Mundial, Portugal se aferró con uñas y dientes a su imperio en África. Angola, Mozambique, Guinea-Bissau, Cabo Verde, Macao, Timor o Santo Tomé no eran colonias para los portugueses, sino “provincias ultramarinas” indivisibles del territorio nacional.

 

Esta defensa a ultranza del imperialismo provocó, a partir de la década de 1960, cruentas guerras de independencia en varias colonias, conflictos que se prolongaron por más de una década y que desgastaron al régimen en términos económicos y morales.

 

Durante estas guerras, la PIDE, hasta entonces prácticamente ausente en territorio africano, asumió la función de servicio de inteligencia en la triada de operaciones y colaboró con las fuerzas militares sobre el terreno constituyendo y dirigieron sus propias milicias, compuestas por africanos –muchas veces desertores de los guerrilleros–. En este contexto, la acción del PIDE también puedo haber cruzado fronteras, pues se le atribuyen responsabilidades tanto en el ataque que mató al líder del FRELIMO (Frente de Liberación de Mozambique), Eduardo Modlane, como en la manipulación del descontento PAIGC (Partido Africano para la Liberación de Guinea y Cabo Verde) que, en un “golpe de Estado” dentro del propio partido, asesinó al líder independentista Amílcar Cabral.

 

Por otro lado, Portugal se encontraba sumido en la dictadura cuando se fundó la OTAN en 1949 y, aunque el Tratado de Washington vincula a sus miembros bajo las premisas de democracia, libertad individual y Estado de derecho, el caso de Portugal resulta peculiar. Como ya hemos mencionado anteriormente, Salazar permitió a los británicos y estadounidenses hacer uso de la base de Lajes (Islas Azores) para luchar contra submarinos alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Tras la victoria, EEUU quería mantener lazos con Portugal para poder seguir utilizando las bases, pero la condición de este fue clara: inclusión en el Plan Marshall y miembro fundador de la OTAN. Salazar logró así el reconocimiento internacional que necesitaba.

 

A finales de los años sesenta y principios de los setenta, el flanco mediterráneo estaba al borde del colapso: una junta había tomado el poder en Grecia, el ejército turco dio dos golpes de Estado y el régimen de Salazar se volvía cada vez más controvertido por las guerras coloniales. Pero era la Guerra Fría y las potencias mayores necesitaban priorizar la cohesión y los intereses geopolíticos, y estos tres países eran obstáculos esenciales para la expansión soviética y el control de choke points en el Mediterráneo. Los intereses nacionales también primaban y algunos aliados tenían fuertes incentivos económicos para mantener lazos con estos regímenes, así como requisitos militares para mantener el acceso a bases aéreas y navales. La alianza atlántica ignoró las condenas a Portugal y este perduró en la organización.

 

En cambio, Naciones Unidas sí que condenó abiertamente al Estado Novo, especialmente en términos coloniales, pues rechazó la tesis del pluricontinentalismo y el ultramar, declarando que territorios como Angola, Mozambique o Guinea eran territorios no autónomos sobre los que Portugal tenía la obligación de informar y descolonizar. A medida que avanzaban las guerras coloniales la ONU endureció su postura y condenó formalmente en 1962 la actitud del gobierno portugués por la represión armada contra los movimientos de liberación.

 

Economía y sociedad: la vida teñida de gris 

La vida bajo el cielo de Lisboa era lo que una dictadura solía reflejar: tensión, miedo, control y pobreza. Autarquía y proteccionismo categorizaron al régimen, receloso de la innovación y el desarrollo, y que solo admitió la apertura de la economía y la entrada regulada de capitales extranjeros en una fase tardía. Aunque en 1950 las condiciones económicas mejoraron  ligeramente por las reformas implementadas, a partir de 1960, la larga lucha contra los movimientos guerrilleros de Angola, Mozambique y Guinea Bissau resultaba enormemente agotadora para el país, tanto en términos morales como económicos. Portugal era pequeño y pobre a nivel de recursos laborales y financieros, y los cambios sociales provocados por la urbanización, la emigración, el crecimiento de la clase trabajadora y el surgimiento de una clase media, ejercieron presiones sobre el sistema político para liberalizarlo.

 

Con la crisis del petróleo de 1973, se exacerbó el drenaje económico causado por las campañas militares en África, y políticamente, el deseo de democracia, o al menos de una mayor apertura iba en aumento. Salazar fortaleció la represión, pero el malestar social, y sobre todo, del ejército, daba riendas de que las ondas de choque al establishment político no tardarían en llegar.

 

Revolución de los Claveles 

Salazar gobernó con puño de hierro hasta 1968, cuando sufrió una hemorragia cerebral que lo dejó incapacitado hasta su muerte en 1970. Murió creyéndose jefe de gobierno, pero Marcelo Caetano, quien ya se había retirado de la política tras ser ministro durante la dictadura, le sucedió, manteniendo una política continuista y tratando de introducir ciertas reformas. No obstante, Portugal ya no era el mismo: la insatisfacción popular crecía, la censura se tambaleaba y el desgaste de las guerras coloniales había creado un profundo desasosiego en el seno de las Fuerzas Armadas.

 

La disensión dentro del propio régimen abrió el camino. El general António de Spínola cuestionó públicamente la viabilidad de la política gubernamental de defensa y trató de modificar el curso de la misma en las provincias africanas, que había sido demasiado costosa para el país. Desde ese momento en que se hicieron visibles las divisiones existentes en el seno de la élite del Gobierno, apareció el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), un grupo de oficiales que trató de dar un golpe de Estado en marzo de 1974. No obstante, la mala coordinación con los sublevados hizo fracasar el levantamiento y fue ahí cuando concluyeron que era necesario recurrir a un levantamiento bien ejecutado a nivel nacional para derrocar al régimen.

 

El 25 de abril de 1974 se produjo el golpe definitivo. Cinco mil militares tomaron las calles de Lisboa ante una ciudadanía que inicialmente no sabía si habían irrumpido para  derrocar el salazarismo o para reforzar la represión. El espíritu pacifista del levantamiento se inmortalizó gracias a Celeste Caeiro, una camarera luso-española que paseaba por el centro de Lisboa con un ramo de claveles. Caeiro se topó con un soldado que le desveló el objetivo del levantamiento y le pidió un cigarrillo pero, ante la falta de tabaco, ella le regaló un clavel que acabó en el caño de su fusil. La imagen fue vista como la mejor manera de demostrar las intenciones pacifistas y la sociedad se sumó a la movilización, conocida finalmente como Revolución de los Claveles. Simbolismo, pacifismo y pocas horas bastaron para sepultar el fascismo.

 

Transición y vuelta a la democracia 

La caída del régimen abrió el camino hacia una transición democrática, como ocurrió posteriormente en otros países como España. Se celebraron elecciones libres, se promulgó una nueva constitución en 1976 y se inició el proceso de descolonización y modernización. Con el tiempo ingresó en la Comunidad Económica Europea, actual Unión Europea, y logró consolidar una democracia.

 

Aunque en un primer momento no estaba claro quién gobernaría Portugal durante el periodo revolucionario, con Spínola en cabeza de un gobierno provisional, finalmente se celebraron elecciones en abril de 1975, para formar una Asamblea Constituyente que redactase una nueva constitución.

 

El proceso de descolonización, largo, tedioso y complejo, se aceleró con la caída del régimen. En julio de 1974 Portugal reconoció el derecho de los pueblos a la autodeterminación –mediante la Ley de Descolonización–, incluyendo la aceptación de la independencia de los territorios de ultramar, que ya no formaban parte constitucionalmente del territorio portugués. El proceso se completó a finales del año siguiente.

 

La consolidación democrática culminó en 1986, cuando Portugal ingresó en la Comunidad Económica Europea (actual UE). Esta decisión estratégica permitió al país desarrollarse, crecer y converger en el espacio europeo. Mário Soares, primer ministro socialista por aquel entonces, creía en el proyecto europeo, y de la mano de Felipe González en España, lideraron la apertura de la península al mundo.


Conclusiones y legado 

El legado del Estado Novo es complejo. Por una parte, fue una etapa de aparente orden, aunque a costa de represión, censura y atentados contra las libertades fundamentales. Fue también, por otro lado, una etapa de aislamiento internacional, de atraso económico y social y de cruentas guerras coloniales. La dictadura más duradera de Europa Occidental dejó una huella profunda en la identidad portuguesa, pero también una unión de toda una nación motivada al mismo compás, con cicatrices  y sentimientos que aún perduran en la memoria colectiva de muchos de nuestros vecinos.

2 comentarios


Adrián Sierra Teijeiro
Adrián Sierra Teijeiro
hace 4 horas

Increible que hayais hecho un artículo sobre la dictadura de Salazar y la Revolución de los Claveles y hayais sido capaces de practicamente no mencionar al PCP. Explicar la revolucion d elos claveles sin nombrar la importancia que tuvo el Partido Comunista, tanto en la clandestinidad como en la revolución, es un ejercicio de revisionismo historico. Se os nota el anticomunismo.


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Javi
Javi
hace 4 horas
Contestando a

Buenas, precisamente, si lees el artículo, no trata precisamente de la Revolución de los Claveles, sino de la implantación del Estado Novo y se menciona la temporalidad de éste hasta la Revolución de los Claveles en un apartado. Si quisiéramos hablar sobre la Revolución, que por supuesto lo haremos cuando se crea conveniente, claramente lo habríamos puesto. Un saludo y que vaya todo bien.

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