El cristianismo en la historia y la geopolítica contemporánea: origen, divisiones y su influencia en el orden mundial
- Paula Pellico de la Mata
- hace 4 días
- 9 Min. de lectura
A lo largo de la historia, el cristianismo ha sido causa y consecuencia de infinidad de disputas. Sin embargo, y aunque en la actualidad dista mucho de esa imagen beligerante que en su día tuvo (y que algunas otras religiones aún arrastran) es indudablemente un factor vertebrador de las dinámicas de poder occidentales, así como de las relaciones internacionales en su vertiente más transversal. Con más de 2,6 mil millones de adeptos, la religión cristiana se perfila como uno de los factores más influyentes a nivel geopolítico en la actualidad.
A pesar de ello, la imagen general de una corriente monolítica y milenaria se contrapone a las muchas diferencias que lo integran, palpables una vez se estudia más a fondo; cuestiones no sólo teológicas y confesionales sino también históricas, sociales, ideológicas y políticas que deben comprenderse en su totalidad para poder entender su alcance. Por todo ello hoy, en Naciones en Ruinas, hablamos del cristianismo.
El nacimiento del cristianismo: la figura del Jesús histórico y los grandes Concilios
Junto con el islam y el judaísmo, el cristiainismo es una de las tres religiones existentes consideradas abrahámicas. A diferencia de los sistemas politeístas de la Grecia y la Roma clásicas, el génesis de estos credos se extendió sobre una base monoteísta cuya difusión fue atribuida en primera instancia a Abraham, el “padre de la fe”. No obstante, la religión cristiana pivota principalmente sobre la figura de Jesús de Nazaret, quien aparece en el Nuevo Testamento como el “mesías” enviado por Dios para poder trasladar el mensaje teológico a la sociedad del momento. A nivel doctrinal, el cristianismo entiende a Jesús como un ser consustancial a Dios, de manera que Padre, Hijo y Espíritu Santo se consideran un mismo ente teológico, conocido como la “Santísima Trinidad”.
Entender el nacimiento del cristianismo pasa por tanto por comprender la figura del Jesús histórico. Rabino autodidacta procedente de Galilea, Jesús se dedicaba a la prédica sobre la llegada del reino de Yahvé (el Reino de Dios a la Tierra). Así, fue tras su crucifixión en el 30 d.C. cuando se comenzó a plantear de manera doctrinal la divulgación de este mensaje mesiánico, primeramente gracias a la figura de Pablo de Tarso, y posteriormente gracias a las escrituras de los Evangelios. A partir de estos escritos, el personaje del Jesús histórico quedó poco a poco solapado al “Christos”, término griego que significaba “el mesías” y que permitió la mitificación del personaje histórico.
Paralelamente a toda esta narrativa apareció la necesidad de un relato en el que no se presentase la figura de Jesús como un “condenado por los romanos", separada por tanto de esa idiosincrasia judía que le había definido en primera instancia. Así, fue desde los Evangelios cuando se presentó a Jesucristo com un mártir del pueblo judío, fallecido por la decisión de salvar a Barrabás en vez de a él.
Todo este mensaje cristiano se extendió principalmente por las zonas del Mediterráneo, permitiendo el establecimiento de pequeños centros de culto cristiano ya en la primera mitad del siglo I. Con la aparición formal del Nuevo Testamento en el 180 d.C. las vivencias de Jesús se trasladaron por todo el Imperio Romano, donde la fe cristiana arraigó en los siglos posteriores y cuya religión se legalizó en el 312 d.C., con el famoso Edicto de Milán. Fue mediante el Edicto de Nicea (325 d.C.) cuando las creencias del cristianismo se unificaron bajo un dogma común, así como posteriormente se estableció como la única religión del Imperio, con el Edicto de Tesalónica del 380 d.C. Corrientes minoritarias como los siriacos o los coptos se escindieron ya del dogma mayoritario en esta primera etapa, quedando su influencia circunscrita a regiones geográficas específicas y limitando así su alcance frente a la expansión global de la Iglesia imperial.
Durante este periodo, el cristianismo fue desarrollándose de manera paralela al propio Imperio. La caída del Imperio Romano de Occidente en el 476 d.C no frenó el crecimiento religioso, aunque sí que supeditó los intereses eclesiásticos a los deseos políticos mediante la consolidación del régimen cesaropapista en la zona bizantina. Por otro lado, con la coronación de Carlomagno como emperador en el 800 d.C., el Imperio Carolingio procuró devolver a Roma el esplendor político que había perdido tras su caída en el siglo V. Esto sirvió para conformar el rechazo del Patriarca de Constantinopla, que defendía Bizancio como el nuevo centro neurálgico del desarrollo político.
El Gran Cisma del 1054 y la división entre Oriente y Occidente
El Imperio Romano de Oriente comenzaba ya desde el siglo IX a apostar por una jerarquía más horizontal con respecto a las figuras de poder dentro de la iglesia. Con la defensa de la Pentarquía, consideraban que la iglesia quedaba dividida en cinco sedes, donde Roma se consideraba el primus inter pares (el “primero entre iguales”) por honor, no por jurisdicción absoluta. Esta defensa de la autocefalia organizativa del cuerpo eclesiástico chocaba con la visión romana, estructurada en relación a la figura del Papa como máxima autoridad. A esta división jerárquica se sumó una profunda disputa teológica sobre el "Filioque", una cláusula añadida por Roma al Credo que afirmaba que el Espíritu Santo procedía del Padre y del Hijo. Constantinopla entendió esto como una alteración ilegal de la doctrina tradicional y un símbolo de la arrogancia de los latinos.
En este contexto y ante las imposibilidades de entendimiento entre ambos se produjo el primer Gran Cisma del cristianismo, en el año 1054, con la excomulgación del Patriarca de Constantinopla por el papa León IX. Las divisiones entre la Iglesia Griega Ortodoxa y la Iglesia Católica Romana que entonces se conformaron son palpables aún a día de hoy, con algunas diferencias doctrinales claras como el celibato, la creencia en el purgatorio y, por supuesto, la organización de poder de la iglesia.
Con esta nueva configuración, la Iglesia Ortodoxa comenzó a sufrir las presiones expansionistas de los turcos selyúcidas, lo que dio origen a las cruzadas. En un principio, Oriente y Occidente trabajaron de manera conjunta para frenar el avance musulmán; sin embargo, la Iglesia Romana de Occidente, influenciada por la Reforma Gregoriana, aprovechó para fundar en aquellos territorios ganados a los muslmanes sus propios reinos latinos. El distanciamiento entre Occidente y Oriente se pronunció todavía más.
Constantinopla, cada vez más debilitada, cayó en 1453 ante las fuerzas turcas, quienes se hicieron también con las rutas comerciales del Mediterráneo. Se produjo el traslado de la capital eclesiástica de la Iglesia Ortodoxa a Estambul, así como la necesidad por parte de las potencias occidentales del momento de encontrar nuevas rutas de comercialización. La Era de los Descubrimientos trajo consigo la expansión del cristianismo hacia otras regiones del mundo como América Latina o el sudeste asiático, con países como Filipinas como máximos exponentes (algo que se mantiene aún hoy en la actualidad).
La segunda gran escisión del cristianismo: la Reforma protestante y el inicio de la Edad Contemporánea
La llegada del siglo XVI incorporó otra de las grandes escisiones del cristianismo, aún presente en la actualidad. La opulencia papal, así como la corrupción endémica dentro del cuerpo religioso desarrolló un movimiento reformista que buscaba la vuelta a un cristianismo más austero; con antecedentes como los husitas en República Checa, la Reforma protestante de 1517 fue el reflejo de estos reclamos. Gracias al desarrollo de la imprenta, Martín Lutero pudo publicar sus noventa y cinco tesis en la iglesia de Wittenberg, difundiendo las ideas protestantes y permitiendo una nueva forma de entender el cristianismo.
En términos generales, la Reforma protestante trajo consigo el rechazo a la jerarquía eclesiástica anterior, así el rechazo a la interpretación de la biblia por parte del cuerpo eclesiástico y la defensa de la liturgia en lengua vernácula, entre otros aspectos. Además de todo esto, el protestantismo tuvo un importante arraigo en el desarrollo del pensamiento filosófico humanista, con una preponderancia de las nuevas clases burguesas y un desarrollo mayoritario del pensamiento socioeconómico liberal. Por otra parte, este movimiento motivó la Contrarreforma de la Iglesia Católica, que trajo consigo la vuelta a los principios básicos del cristianismo, así como el fortalecimiento de grandes instrumentos teológicos como la Inquisición.
El protestantismo quedó prontamente dividido en gran cantidad de subvertientes, entre los que destacaron los calvinistas, arraigados en la zona de Países Bajos y su consiguiente territorio colonial africano, los luteranos, principalmente por la zona escandinava y los anabaptistas, con una ideología fundacionalmente comunista y contraria a la propiedad privada. Respecto a la iglesia anglicana, nacida en 1534 de las disputas entre el Papa y Enrique VIII de Inglaterra, cabe mencionar su subsecuente división entre presbiterianos y evangélicos, estos últimos considerados la corriente principal de todo el continente americano.
Por último, la Edad Contemporánea evoluciona con el cristianismo como elemento incardinado en su desarrollo. Nuevas corrientes restauracionistas como los mormones o los Testigos de Jehová nacieron en el siglo XIX reclamando una vuelta al cristianismo más primitivo y diversificando el mapa estructural de la religión, lo que conformó esta religión como un crisol de diferentes tendencias doctrinales diferentes entre sí.
El orden mundial actual: el conflicto ruso-ucraniano y el Ruskiy Mir
Existen en la actualidad una gran cantidad de conflictos internacionales que encuentran en el cristianismo un movimiento quintacolumnista que influye en las dinámicas de poder y permite entender el orden mundial imperante desde una perspectiva más amplia. Además de las presencias más obvias, como la mediación de la Santa Sede en diversidad de conflictos internacionales o su presencia en las Naciones Unidas, existen otros paradigmas no tan conocidos que, sin embargo, merecen un análisis desde esta óptica cristiana. De este modo, cabe primeramente hablar del conflicto ruso-ucraniano.
Si bien este es analizado a menudo desde una óptica puramente geopolítica, es fundamental reconocer la dimensión teológica que lo atraviesa, donde la religión actúa como un eje vertebrador de la identidad y un recurso de movilización ideológica sin el cual no se entiende el alcance del enfrentamiento actual.
La legitimación ideológica del expansionismo de Vladimir Putin encuentra en la Iglesia Ortodoxa Rusa un importante aliado. Con la caída de Constantinopla, el centro de poder ortodoxo se trasladó a un Moscú que comenzó a reclamarse a sí mismo como la “tercera Roma”; esto, junto con la autocefalia característica del cristianismo oriental, hizo que la Iglesia Rusa creciera muy vinculada a los reclamos nacionalistas e imperialistas de los ideólogos rusos, con una fuerte “etnodoxia” que conecta la figura del patriarca y el ideario religiosa con la percepción de Rusia como elemento de salvación de Europa y las narrativas post-soviéticas de necesidad de consolidación de un nuevo Imperio.
El patriarca ruso Kiril, quien ocupa el puesto desde 1991, ha servido como catalizador respecto al apoyo de la invasión rusa de Ucrania, describiendo la misma como una misión sagrada para proteger los valores ortodoxos amenazados por un Occidente decadente. Esto se ha visto asimismo apoyado por la idea del Ruskiy Mir o “mundo ruso”, un concepto socio-histórico basado en la necesidad de unificación de los territorios rusohablantes. Este “mundo ruso” abarca el conjunto básico territorial de Biolorrusia, Kazajistán y, obviamente, Ucrania, así como también arropa todos estos territorios sobre las bases de una cultura comunitaria. Por otro lado, el concepto de la Santa Rus como ese mito fundacional del ideario religioso también ha recobrado gran importancia, bajo un nuevo análisis geopolítico impulsado por Kirill.
A este respecto, tanto Kazajistán como Biolorrusia han presentado siempre posiciones claramente prorrusas, algo que ha chocado con los sentimientos nacionalistas ucranianos. Con la creación de la Iglesia Ortodoxa de Ucrania en 2019 y tras la anexión de Crimea en 2014, el país se distanció de este paternalismo que el Kremlin ejercía y legitimaba, algo que aún a día de hoy genera consecuencias e influye en las dinámicas del enfrentamiento, que sigue abierto.
Los cristianos en Nigeria: ¿Genocidio o sistematización?
Las matanzas de cristianos en Nigeria son otro de los principales problemas que atañen a la religión cristiana hoy en día. Pertenecientes a la rama protestante, las matanzas de cristianos en este territorio han pasado desapercibidas, con el foco de atención puesto en grupos yihadistas de la zona y sus importantes ataques. No obstante, Nigeria cuenta con la presencia de unos 92 millones de cristianos, que conforman en torno al 43% de la población, y que a su vez protagonizan una de las masacres más violentas del país hasta la fecha.
El enfrentamiento de las diferentes religiones se ha visto claramente influenciado por otras dinámicas dentro del país como son el conflicto sectorial entre agricultores y ganaderos o la presencia de grupos terroristas como Boko Haram o el autodenominado Estado Islámico. A pesar de que Trump utilizó estas matanzas como legitimación para realizar ataques contra grupos terroristas del país a comienzos de 2025, y, aún con cifras cuestionables por parte de su administración, el desbalance en cifras de fallecidos una vez se analiza su religión de origen es considerable. Según el Centro Superior de Estudios de Defensa Nacional, las muertes musulmanas por parte de grupos terroristas en 2023 apenas superaron los 6.000 fallecidos, frente a las más de 17.000 personas cristianas que perdieron la vida. Por otro lado, los ataques de los grupos armados fulani, derivados de esos grupos pastoriles nómadas que se enfrentan a los agricultores, parecen tener muy en cuenta la religión de aquello que se convierte en sus objetivos de ataque, con una sistematización de ataques a comunidades cristianas.
La dimensión religiosa en Nigeria opera sin embargo como un arma de doble filo en el tablero de la información global. El conflicto se ha visto envuelto en una densa red de narrativas cruzadas donde sectores como el republicanismo estadounidense y el nacionalismo israelí han instrumentalizado estas matanzas para construir una falsa dicotomía frente a otros conflictos, como el de Gaza. Al resaltar selectivamente la persecución cristiana en Nigeria, estos actores buscan no solo desviar la atención internacional, sino legitimar agendas de intervención militar o políticas de mano dura.
