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El Imperio británico en Oriente Medio: geopolítica, rutas comerciales y origen del orden regional moderno

  • Foto del escritor: Rafael Loro Penella
    Rafael Loro Penella
  • 27 feb
  • 21 Min. de lectura
En busca de la nueva ruta de la seda

La huella del “viejo continente” alrededor de todo el globo terráqueo es latente y es fruto de lo que en un principio fue la búsqueda de nuevas rutas comerciales que sustituyeran a las ya existentes, especialmente cuando el Imperio otomano se convirtió en una amenaza real para el orden cristiano-europeo tras la caída de Constantinopla –capital de Bizancio–, en manos de los otomanos en 1453, lo cual comprometía el intercambio de bienes por el estrecho del Bósforo, en la conocida como “ruta de la Seda” (Antequera,2021). La desaparición del último vestigio de lo que un día fue el Imperio romano es reconocido como uno de los momentos clave en la historia universal. Entre sus implicaciones destaca la reafirmación de la presencia otomana en Europa, el final de la hegemonía comercial italiana o la consumación de la era de las cruzadas (Salinas Gaete, 2005). 


Sin embargo, Portugal ya había comenzado en 1415 una expedición que capturó Ceuta en el norte de África y que no quedó en un hecho aislado, sino que continuó en una expansión territorial que incluye la incorporación de las Azores a partir de su descubrimiento en 1427, fruto de la rivalidad castellano-portuguesa por el dominio en el Atlántico, y que sirvió como base estratégica para su flota durante su expansión por África occidental, América y la India (Newitt, 2004). 


Ya antes de la llegada de los británicos a la región del Golfo los portugueses se habían erigido en sus “dueños”, quienes se vieron forzados a devolver el control de Ormuz al Sha de Persia tras su derrota en 1622 a manos de una coalición entre el monarca y la inglesa East India Company, a cambio de la cual esta establecería una fábrica en Bandar Abbas (Rubiés, 2018). 


Desde el principio, el interés de los británicos en Oriente Próximo estaba intrínsecamente ligado a la protección de la “Joya de la Corona”, como se le conoce a la India bajo el control del Reino Unido. De hecho, el contacto entre la nación insular y las comunidades árabes de la península Arábiga comenzó impulsado por la búsqueda de nuevos mercados fuera de la India debido al exceso de producción de la EIC. Fue en 1798 tras la invasión francesa de Egipto, la amenaza otomana en el norte del Golfo y las actividades de las tribus árabes en el sur de la actual Irak cuando se firmó el primer acuerdo con el Sultán de Mascate –capital de la actual Omán– identificado como punto de inflexión para la política inglesa en la región, a partir del cual la hegemonía sobre el territorio se hizo latente, ya que este acuerdo, sumado a los posteriormente establecidos con los jeques de la península, limitaba la influencia del resto de potencias europeas en beneficio de Londres (Bin-Abood, 1992). 


El estrecho de Ormuz, única vía de conexión marítima con el mundo para la mayor parte de los países del Golfo, estaba controlado entre finales del Siglo XVIII y principios del Siglo XIX por la familia Al-Qasimi de Sarja y Ras Al-Jaima –actualmente dos emiratos constituyentes de los EAU–. De hecho, gran parte de sus ingresos provenían de los peajes impuestos a las embarcaciones que deseaban cruzarlo. 


La negación británica al pago del peaje provocó represalias por parte de los Al-Qasimi, lo cual derivó a su vez en una respuesta contundente de las autoridades indias en 1809 y posteriormente en 1819. A este último episodeo le siguió la imposición de una paz anti-piratería mediante el Tratado General de 1820 a todos los líderes a lo largo de la costa omaní (Onley, 2005). 


Si bien la tregua fue inicialmente pensada para el cese de la agresividad mutua durante la siguiente temporada de pesca de perlas –uno de los motores de la economía de las comunidades costeras de aquella zona–, esta fue renovándose anualmente por más de treinta años, hasta que en 1853, ambas partes acordaron convertirla en permanente (Bin-Abood, 1992). Es por ello que a los emiratos del Golfo, y en particular a aquellos que en 1971 se unirían para fundar los Emiratos Árabes Unidos, se les conocía como Estados de la Tregua.


Gran Bretaña, como potencia naval e imperial con especial interés en la India había visto como a partir de 1820 aproximadamente, el crecimiento del transporte gracias al barco de vapor y la mejora en las comunicaciones terrestres habían agilizado y hecho del transporte tanto de personas como mercancías una actividad más segura. La ruta tradicional entre Europa y Asia bordeando el sur de África había sido desplazada por la de Egipto o la Creciente Fértil, bajo territorio formalmente otomano. Las relaciones entre el Imperio de los sultanes y la Corona británica se estrecharon al comprender esta segunda que el primero podía convertirse en un aliado vital que asegurase sus rutas hacia la India. Esto cristalizó con la reducción mutua de los aranceles comerciales, dando como resultado que para 1850, Estambul se hubiese convertido en un importante importador de manufacturas británicas (Brown, 2001).


Entre el imperio formal y el informal

El origen del Imperio británico en Asia se encuentra en la Compañía Británica de las Indias Orientales, reconocida como la primera corporación multinacional europea – fundada en 1600 por un grupo de ingleses entre los que destacan mercaderes, auditores, marineros, corsarios o busca fortunas– a la cual le fue concedida una Cédula Real por la entonces monarca Isabel I, obteniendo el monopolio comercial con Asia durante los siguientes quince años (Encyclopaedia Britannica, 2021). Entre las actividades de la compañía, destacan sus operaciones en India, Tailandia, Japón, China o Indonesia, resaltando su participación en el desarrollo de ciudades entre las que se nombran Calcuta, Mumbai o Chennai (Ruggeri, citado por Novoa, 2022).


La autonomía de la que gozaba la entidad gracias al privilegio anteriormente nombrado es una de las razones que explican su desarrollo posterior como gran potencia colonial. La EIC poseía autoridad sobre dichos territorios para legislar, conformar un ejército propio, librar sus guerras particulares y dirigir una política exterior independiente, levantar fortificaciones o incluso acuñar moneda. En definitiva, se trataba de una empresa que funcionaba como un estado dentro de otro estado (Labrador, 2023). No es de extrañar que la adquisición y la preservación de gran parte del Imperio en Oriente fuese protagonizada por los esfuerzos militares conjuntos de la Corona y de dicha entidad, que convertida en una institución financiera central para la monarquía, no vio su independencia afectada hasta mitad del siglo XIX, cuando el régimen británico la incorpora a su política doméstica. 


Según Burton Stein en “A history of India”, la Compañía otorgaba ingresos y préstamos de manera constante y fluida a los líderes indios, obteniendo a cambio concesiones para el establecimiento de enclaves y otros derechos y privilegios comerciales. Así, esta empresa multinacional fue infiltrándose en las rivalidades entre gobernantes locales en búsqueda de nuevos privilegios y exenciones de impuestos. Su éxito la convirtió a mediados del siglo XVIII en una de las grandes empresas mercantilistas del mundo, incentivando la transformación de las instituciones mercantilistas locales a un grado mayor de desarrollo.


El Imperio británico se extendió por los cinco continentes, coincidiendo con el reinado de S.M. La Reina Victoria con su período de mayor esplendor. No obstante es importante diferenciar entre aquellos territorios directamente controlados por Londres y aquellos que estaban bajo su influencia política indirecta y dependencia económica (Robinson y Gallagher, citados por Onley, 2005). En el caso de Medio Oriente, esta primera categoría incluye a Egipto, el Sudán Anglo-Egipcio, Somalilandia, el protectorado de Adén, los protectorados árabes en el Golfo, los mandatos de Palestina, Transjordania —posteriormente Jordania— e Irak. Mientras que en la segunda categoría se incluyen al Imperio otomano y Persia (Onley, 2005). 


Los Intereses británicos en el Yemen

Según Rodolfo Gil Benumeya en “Lo interno y lo externo en el nuevo estado árabe del Yemen del Sur” , cuando en 1839 Londres había decidido instalarse de manera permanente en el sur de la Península Arábiga ocupando Adén, por su importancia como punto medio entre el trayecto Bombay-Suez dentro de la ruta hacia la India, la Compañía Británica de las Indias Orientales ya había ocupado en 1789 la isla de Perim y firmado en 1802 un acuerdo de relación económica exclusiva con el Sultán de Lahej.


Inmediatamente después, y tras el establecimiento egipcio en el norte de Yemen en 1818, Gran Bretaña firmó una serie de acuerdos con otros seis líderes tribales de la zona, ofreciéndoles protección ante una hipotética agresión del eje turco-egipcio de Muhammad Ali y el Sultán otomano o de los imanes zaidíes de las montañas del norte. Así, la potencia colonial europea se había asegurado el control del estrecho de Bab al-Mandab, que une el Mar Rojo con el Golfo de Adén, y por ende el Océano Índico.


En 1914 las hostilidades turco-inglesas por el control del Yemen meridional parecían cesar tras la firma de un tratado fronterizo legitimando el status quo. Más adelante, y tras su derrota en la Primera Guerra Mundial, los territorios otomanos pasaron a formar parte del Reino Mutawakkilita.

Al igual que en muchos otros escenarios de la historia, las divisiones entre la población local facilitaron el éxito de la ocupación. El aspecto religioso supone una fractura entre los habitantes de la costa sur y de las montañas interiores de la actual República de Yemen. Estos primeros siguen el rito chafeita —una de las cuatros escuelas sunitas de jurisprudencia islámica—, mientras que los segundos siguen el Zaidismo —una rama del Islam chií que reconoce el poder absolutista de sus líderes tribales y dinastías—. La tensión entre norte y sur sigue vigente hoy en día, ya que en los años noventa, un grupo zaidí conocido como “Juventud Creyente” liderado por Badr al-Din al-Huthi que tenía como objetivo revitalizar el Zaidismo incurriendo en alianzas tribales, desembocó en una insurgencia conocida como “los hutíes” y que opera en la actualidad como uno de los bandos combatientes en la Guerra Civil Yemení desde 2014 (Arellanes, 2025).


Adén, tomada en 1839 había visto transformado su estatus dentro del Imperio desde puerto franco en 1853 hasta colonia en 1937. En la década de los años cincuenta, se había convertido en uno de los puertos con mayor actividad en todo el planeta, recibiendo inversiones de 45.000 y 1 millón de dólares para una refinería y otras infraestructuras de suministro básico respectivamente. La mano de obra árabe en sus astilleros y la zona circundante alcanzaba las dos mil personas (Holt, 2004).

El aumento de la presión local para obtener la independencia a mediados del siglo XX forzó al gobierno británico a firmar un tratado en 1959 por el cual se constituyó la Federación de Arabia del Sur, un nuevo estado árabe en estrecha asociación con el Reino Unido (Holt, 2004).


La retirada de Gran Bretaña se produjo en un clima de violencia contra todo lo británico en la zona por parte de las facciones independentistas del Frente de Liberación del Sur Ocupado —influenciado por el Egipto panarabista de Nasser— y el Frente de Liberación Nacional que adquirió una connotación localista en el sur. El 27 de noviembre de 1967, las tropas restantes abandonaron Adén, proclamándose dos estados identificados con las facciones zaidí en el norte —la República Árabe Yemenita— y chafeita en el sur —la República Popular del Yemen del Sur— (Gil, 1968). 

La desaparición de la plaza de Adén marcó el inicio del fin del Imperio británico en Oriente Medio, ya que a tan solo menos de dos meses después de la evacuación de sus tropas en el sur de Yemen, el gobierno anunció su retirada del Golfo Árabe, que se extendería hasta 1971.


Los intereses británicos en Egipto y el Canal de Suez

Siguiendo con el relato, esta vez en tierra de faraones, en 1863, Ismā‘īl, nieto de Muhammad Ali, ascendió al trono egipcio. Se demostró su gran admiración por Europa al embarcarse en un proceso de transformación que pretendía hacer del país uno europeo y no africano. Los elevados gastos asociados a esta política condujeron al tesoro egipcio al borde de la quiebra en 1875, declarando la bancarrota al año siguiente. Gran Bretaña y Francia acudieron a la ayuda del Pasha con la fundación de una caja de deuda pública que les otorgaba el control sobre el país (Campanini, 2004).


La marginalización que enfrentaba la población local en contraste con los privilegios económicos y sociales de la élite europea y turcocircasiana de la que se rodeaba el jedive coincidió con la germinación de un movimiento nationalista en los años setenta de aquel siglo, añadida a la aparición de ‘Urābī, una figura carismática que tradicionalmente es considerada como la del primer nacionalista egipcio. La extensión de las actividades nacionalistas —cada vez más violentas— preocuparon a las potencias europeas, tanto que la Inglaterra victoriana decidió intervenir militarmente en 1882, estableciéndose en el país hasta 1956. La importancia estratégica de Egipto se vinculaba al Canal de Suez, punto clave en la ruta a la India, inaugurado en 1869. Los británicos no podían permitirse perder el control en El Cairo. Los resultados de la administración británica de facto convirtieron a Egipto en un país solvente y eficiente con una política fiscal y económica muy rigurosa (Campanini, 2004).


Hoy puede parecer irónico, pero el primer ministro inglés Lord Palmerston se opuso enérgicamente en su momento a la construcción del Canal de Suez, sobre todo sabiendo que en 1875 su país se haría con el 44% de las acciones en la Compañía del Canal, estableciéndose de facto como su verdadero dueño. Las razones tras la desconfianza en el proyecto que uniría las aguas del Mediterráneo con el Mar Rojo fue la participación francesa, la cual había acordado con Egipto su control sobre dicho paso marítimo hasta 1968. Por tanto, esto suponía una afrenta directa a los intereses de la Unión en África, Asia y Medio Oriente (Davidi, 2006). 


Lo verdaderamente relevante es el hecho de que si bien Misr —”مِصر” nombre que oficialmente recibe la República en lengua árabe— aportó durante el siglo XIX casi la mitad del capital necesario para la construcción del canal, este y sus ciudadanos se vieron negados a ejercer cualquier puesto de responsabilidad o decisión sobre la infraestructura (Davidi, 2006).


Tras la intervención militar de 1882, las autoridades ocupantes sostenían que la presencia de sus tropas debía continuar el tiempo necesario para restablecer la autoridad de un jedive que parecía incapaz de mantener el orden y por tanto de paliar la crisis económica y política que atravesaba la nación. Bajo esta supervisión extranjera, el poder político presentaba dos organismos de gobierno diferenciados: por una parte el jedive y sus órganos consultivos, y por otra parte el cónsul general y sus asesores—todos ellos altos funcionarios británicos—, que si era de carácter informal, en la realidad ejercía una autonomía absoluta en las tareas de gobierno, solo siendo responsable ante el Ministerio de Asuntos Exteriores británico. Así, el soberano no tenía capacidad de decisión alguna sobre los asuntos de interés nacional (Carman, 1921). La situación era inédita, pues formalmente Egipto era parte del Imperio otomano pero en la práctica era una colonia británica. 


El protectorado oficioso británico vigente por más de treinta años hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial se formalizó en diciembre de 1914 cuando bajo el pretexto de cortar lazos con el sultán, aliado de Alemania y enemigo de Gran Bretaña durante el conflicto, se abolió el Jedivato con la destitución del anterior monarca y entronización del Príncipe Hussein, descendiente de Muhammad Ali, como sultán (Carman, 1921). En 1922, el Reino Unido proclamó la independencia de Egipto, siendo nombrado el entonces sultán Fuad como rey, si bien su soberanía era limitada, condicionada por los intereses de la potencia colonial.


Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945, la grave crisis económica provocó el estallido de un generalizado malestar social. En 1952, un grupo de jóvenes oficiales del ejército que se había instituido como sociedad clandestina bajo la denominación de “los Oficiales Libres”, deseosos por liberar a su país del dominio extranjero llevaron a cabo un golpe de estado exitoso el 23 de julio de 1952. Entre ellos se encontraba el posterior presidente Gamal Adbel Nasser. La nueva constitución abolió los privilegios sociales de la élite foránea y proclamó la arabicidad del pueblo egipcio. La monarquía cayó, pero no fue hasta que Nasser accedió a la presidencia cuatro años después que se procedió a la nacionalización del Canal de Suez y la retirada definitiva de las últimas tropas inglesas (Campanini, 2004).


Siendo desafiada tanto políticamente como económicamente, la Gran Bretaña de S.M. La Reina Isabel II se unió junto con la Francia anti nasserista —por su apoyo a la emancipación de las naciones árabes que perjudicaban los intereses de París en Argelia— e Israel para atacar Egipto. Pese a haber intervenido sin mayor dificultad y amenazado la existencia del régimen de Nasser, la presión del presidente estadounidense Eisenhower y la URSS, así como la ilegalidad de la actuación a ojos del joven sistema internacional de Naciones Unidas obligaron a los tres estados a retirarse (Gálvez, 2024). Conocida como la Crisis de Suez, se sintió como una humillación en Downing Street y confirmó lo que se temía  al otro lado del Canal de la Mancha: el poder británico se estaba desmoronando.


Los intereses británicos en Irán

Cuando los británicos llegaron al Golfo, los portugueses se habían establecido como potencia dominante, controlando la isla de Ormuz, en el estrecho que lleva su nombre. El exceso de producción de la East India company exigía buscar nuevos compradores, y la entidad mercantil encontró en Persia un potencial cliente. El Shah aceptó hacer negocios con ellos, además de acordar el establecimiento de una fábrica en Bandar Abbas a cambio de participar en una ofensiva conjunta para recuperar la isla en manos de la monarquía católica y devolvérsela al soberano (Bin-Abood, 1992)


Doscientos años más tarde, en 1822, gozando de una posición consolidada tras librarse de la amenaza neerlandesa y francesa, se creó el cargo de residente en el Golfo, quien sería desde entonces el responsable de las relaciones bilaterales con todas las partes en la región. Pero la Rusia de los zares, en un intento por expandir su imperio en Asia central y lograr el acceso a los puertos de la costa norte del Golfo, enfrentó una Inglaterra reticente que quería mantener su influencia sobre Irán debido a su proximidad a la India —joya de la Corona—. Esta pugna por la patria de Ciro el Grande se extendió hasta 1907 cuando el país fue dividido finalmente en dos áreas de influencia tuteladas cada una por una de las potencias mencionadas anteriormente (Rafeq, 2005).


Las relaciones entre el Estado iranio y el europeo no fueron siempre cordiales, como demuestra la Guerra Anglo-Persa de 1856, una respuesta a la anexión de Herat ese mismo año por parte del Shah, interpretada por los británicos como la antesala a una posible invasión de la India. El tratado de paz firmado el año siguiente obligó al agresor a abandonar sus reclamos sobre Herat y Afganistán, y unido a los acuerdos con los líderes árabes de la costa sur posicionaron a Gran Bretaña como dueño indiscutible de la zona (Bin-Abood, 1992).


El Reino Unido controlaba todo lo que ocurría en aquellas aguas e incluso en los estados circundantes por medio de los previamente nombrados acuerdos con las dinastías tribales árabes que incluyen el Tratado General de 1820 y de Persia, convertida en una especie de “estado tapón”. No obstante fue durante el reinado de Nasiruddin Shah, un monarca filo occidental que al poco tiempo de llegar al trono emprendió un programa de reformas militares, económicas y educativas, cuando la complejidad para recaudar impuestos sumada a las dificultades del tesoro para hacer frente a los gastos de su corte motivaron la concesión de monopolios en industrias como la minería o manufacturas a inversores europeos entre los que destacaron los de origen británico (Davidson y Goldschmidt, 2006). La penetración de la potencia colonial en sectores sensibles de la actividad económica afianzó aún más su influencia no solo en el ámbito de las relaciones exteriores sino también doméstico.


El primer hallazgo de petróleo en el Golfo fue en 1908 por una compañía británica en Juzistán, en el suroeste de Persia. Miles de barriles fueron refinados en el puerto de Abadan en 1914, coincidiendo con el cambio del carbón al petróleo por parte de la Royal Navy. Las expectativas eran prometedoras, pero los ingresos relacionados con estos recursos naturales principalmente acababan en los bolsillos de los accionistas británicos y no en Teherán o una población empobrecida (Davidson y Goldschmidt, 2006).


La Revolución constitucional (1906-1911) y la caída del zarismo en Rusia sumieron en la inestabilidad a la nación de Oriente Medio. El Reino Unido se entrometió de nuevo tratando de convertir a Irán en un protectorado en virtud del Acuerdo Anglo-Iraní de 1919, el cual fue rechazado por el parlamento. Eso no fue todo, pues en 1923 y tras haber forzado al anterior monarca Ahmad Shah Qajar dos años antes a aceptar su nombramiento como primer ministro, Reza Khan conspiró contra la dinastía Qajar para ser coronado como Shah. Se sabe que los agentes británicos colaboraron en el golpe de estado de 1921 (Brown, 2001).


Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la invasión alemana de la Unión Soviética se organizó la invasión del Irán de Reza Shah. El pretexto de la intervención militar conjunta fueron las simpatías pro germanas del monarca, el cual había negado el acceso del bando aliado desde su país hacia la URSS. El resultado fue la abdicación forzada del Shah, exiliado en Sudáfrica y el ascenso de su hijo Muhammad Reza Pahlavi. De nuevo los británicos se habían inmiscuido en los asuntos internos del Estado persa y cambiado un gobernante por otro más cercano a sus intereses (Bin-Abood, 1992).


En marzo de 1951, el parlamento iraní nacionalizó la Anglo Iranian Oil Company entre quejas elevadas al Consejo de Seguridad de la ONU y un refuerzo de la presencia naval británica en el Golfo. Cuando se hizo evidente que las presiones no habían hecho cambiar de opinión al primer ministro Musaddeq, un golpe instigado por británicos y americanos en 1954 lo derrocó y colocó en su lugar al General Zahedi. Esta actuación provocó un gran malestar entre la población árabe del Golfo que se solidarizó con el pueblo iraní y deslegitimó el sistema hegemónico de la Corona y debilitó su imagen al sur del estrecho de Ormuz. (Bin-Abood, 1992).


La caída de Musaddeq facilitó la materialización de las ambiciones absolutistas del Shah Muhammad Reza Pahlavi, de carácter abiertamente autoritario y respaldado por los Estados Unidos de América, que había comprendido que el vacío de poder que se estaba formando en Oriente Medio por la fragilidad de Londres debía de ser llenado por otra potencia con ambiciones de liderazgo. Irán y todo el mundo araboislámico se verían conmovidos por la caída de la Monarquía en 1979 y el ascenso de la teocracia del ayatolá Jomeini tras la Revolución Iraní.


Los intereses británicos en las monarquías árabes del Golfo

Cuando se habla de los estados árabes del Golfo se está haciendo referencia al conjunto de monarquías entre las que se incluyen Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Catar, Baréin, Kuwait y Omán, además de la República de Irak. La arabidad y el petróleo son dos de los factores claves para entender la en otras ocasiones mencionada costa sur del Golfo Árabe. En ella, los británicos ejercieron un papel de potencia hegemónica que definió el status quo en la región durante un siglo y medio. En esta parte se analizará la relación de intereses entre el primer conjunto de estados monárquicos con Londres. 


Siempre a la sombra de la India, la península Arábiga sirvió a una política exterior imperial orientada hacia la joya de la Corona y su protección debido a su proximidad geográfica. Todo cambiaría tras los descubrimientos de petróleo a lo largo de las costas norte y sur de dicho mar a partir de la primera década del siglo XX, ya que la política de la Corona en la zona convertiría en su prioridad asegurar el abastecimiento de esta materia prima (Onley, 2005)


Gran Bretaña estableció un sistema de protección en la región desde Kuwait hasta Omán, lo cual no suponía una novedad para las prácticas entre los gobernantes del momento. La ley del honor —conocida también como dakhala o zabana, sagrada en la península arábiga— obligaba a ofrecer protección al que lo pidiera, quienes normalmente solían ser líderes tribales sin medios para contrarrestar una amenaza externa. La recompensa solía ser el pago de la khuwa o cuota de hermandad. En las cinco décadas que transcurren desde 1805 a 1861, los británicos recibieron cerca de cien solicitudes de protección de los líderes tribales árabes (Onley, 2009)


En un contexto de tensión por la actividad expansionista otomana en el norte del Golfo, así como por la invasión francesa de Egipto en 1798, cristalizó el primer acuerdo con el Sultán de Mascate, que extendía el poder de la India británica sobre Omán y lo estableció como una zona de influencia exclusiva. En 1808 la relación especial entre ambas partes se formalizó aún más con la llegada de un agente político británico. Mascate deseaba así defenderse de la amenaza wahabí que se extendía desde el Najd (Bin-Abood, 1992).


El bloqueo naval de 1806 y ataques de 1809 y 1819 contra los Al-Qasimi, familia dominante en el bajo Golfo, concluyó en el Tratado General de 1820 firmado por los gobernantes de los actuales EAU y de Baréin. Ampliada anualmente, en 1853 adquirió un carácter permanente que consolidó la hegemonía de Londres en la región en materia de relaciones exteriores y  defensa. Este sistema es conocido como Pax Britannica. Catar y Kuwait, quienes habían formado parte de la esfera de influencia otomana, se adhirieron a los tratados en 1899 y 1916 respectivamente, con el objetivo de escapar del control saudí y turco (Rafeq, 2005). 


El Reino de los saudíes por su parte había evadido la injerencia de las potencias coloniales europeas debido al poco atractivo que despertaba el interior de Arabia y estaba proyectando una expansión territorial ambiciosa de su idea de estado wahabí. En 1915 un acuerdo entre el Reino Unido e Ibn Saud delimitó las fronteras en el este de la península y otorgó reconocimiento a la soberanía saudí sobre las regiones de Najd, Hasa, Qatif y Yubail (Bosemberg, 1998). 


Las primeras extracciones de petróleo en Baréin en 1932, Kuwait en 1938, Catar en 1940, los Estados de la Tregua en 1958 y Omán en 1964 intensificaron el compromiso militar de Gran Bretaña en el Golfo. La zona adquirió un valor estratégico incalculable energéticamente hablando que sin duda fue un elemento determinante que explica su decisión de permanecer en ella incluso tras la pérdida de la India en 1947. La transferencia de responsabilidades sobre la política en el Golfo desde Nueva Delhi a Londres significó un cambio en la agenda de desarrollo, hasta ese momento solo impulsada en Baréin, apostándose por un plan generalizado en todos los protectorados británicos (Onley, 2009). 


Los lazos económicos entre los Estados Árabes del Golfo y la Metrópolis eran fuertes, especialmente tras la llegada de abundantes ingresos procedentes de los recursos petroleros. El gobierno británico animó a los monarcas árabes a invertir sus beneficios en Gran Bretaña. En 1953 se creó la Oficina de Inversión de Kuwait, convirtiéndose este en su inversor más importante (Onley, 2009).


La pérdida del Canal de Suez (1956) y la evacuación de las tropas en Adén (1967) explican la posterior retirada británica del Golfo Árabe en 1971, anunciada menos de dos meses después de la independencia de Yemen del Sur. La Pax Britannica había llegado a su fin, y las Monarquías Árabes del Golfo veían como el garante de su seguridad desaparecía abruptamente. En 1961 Kuwait declaró su independencia, seguido de Baréin, Catar y un conjunto de emiratos independientes en el estrecho de Ormuz que se unieron para fundar los Emiratos Árabes Unidos en 1971. Omán nunca fue un protectorado británico pero sí un estado bajo influencia británica. En el caso del último, se considera que tuvo lugar su independencia de facto con la llegada en 1970 de S.M. El Sultán Qaboos Bin Said Al Said.


Los intereses británicos en Irak

Ha sido extendida la idea de que los estados fruto de la descomposición del Imperio otomano en Oriente Medio tras la Primera Guerra Mundial son artificiales e ignoran la diversidad étnico-religiosa que los caracteriza, careciendo de toda legitimidad histórica para existir. Sin embargo, en el caso de Irak, ya bajo el dominio mameluco desde principios del siglo XVIII —una élite guerrera de origen tucocircasiano bajo el servicio del sultán otomano que con gran autonomía controlaron la extensa llanura aluvial de los ríos Tigris y Éufrates, históricamente conocida como Mesopotamia— la zona fue dividida en tres provincias: Bagdad, Basora y Mosul, recibiendo el nombre de al-‘Iraq (Tripp, 2000).


La liberación de las antiguas provincias árabes bajo el yugo de Estambul a partir de la derrota otomana en 1918 había despertado el apetito imperialista de Francia y Gran Bretaña. En 1916, ambas potencias europeas habían firmado secretamente el Acuerdo de Sykes-Picot para resolver la llamada “Cuestión de Oriente” (Brown, 2001), traicionando las promesas al jerife Hussein Ibn Alí de la Meca de crear un estado árabe bajo su liderazgo. En la Conferencia de San Remo de 1920, gozando de la aprobación de la recién creada Sociedad de Naciones, establecieron un sistema de mandatos por el que París asumía la tutela de Siria y Líbano, mientras que Londres lo hacía de Irak, Palestina y Transjordania. 


Reino Unido deseaba consolidar aún más su control sobre el Golfo expandiendo su área de influencia directa sobre el recién creado estado iraquí. Así, en 1921 otorgó la corona a Faisal, hijo del fallido rey Hussein, custodio de la Meca y con el Tratado de Lausana en 1923 amplió con la anexión de la región kurda de Mosul las fronteras del país (I Mas, 2016). 


Tras más de una década de mandato británico, el Reino de Irak accedió a la independencia en el año 1932 —si bien limitada por los intereses ingleses en las bases militares y la Iraq Petroleum Company, evidenciado por la toma de posesión de Nuri Al Said como primer ministro por mediación de Downing Street—, siendo aceptada en la Sociedad de Naciones (Mondino, 2024).


Los sentimientos anti británicos y las ideologías de izquierda se expandieron entre intelectuales y estudiantes, así como dentro de organizaciones tales como el Partido Democrático Nacional, el Partido Istiqlal  o el Frente Popular. Nuri comprendió la seria amenaza que suponía la propagación de las ideas de izquierdas y las críticas al Pacto de Bagdad de 1955 —con cuya adhesión el Reino Unido pretendía transformar el obsoleto sistema colonial en una relación de partes iguales con los estados de Oriente Medio— para la monarquía. Las actividades comunistas centraron sus objetivos en la base de al-Habbaniya y el puerto de Basra (Romero, 2008) desafiando al poder colonial extraoficial. 


Un golpe de estado protagonizado por el general Abd al-Karim Qasim, líder de los Oficiales Libres iraquíes en 1958 abolió la monarquía hachemita —pasiva ante la injerencia exterior—e instauró la república (Franzén, 2011), marcando el fin del dominio extranjero sobre el país con la nacionalización de la Iraq Petroleum Company y evacuación de las tropas británicas.


Conclusión

Siempre condicionado por las necesidades de la India británica hasta la independencia de esta en 1947, el sistema de protección conocido como Pax Britannica inaugurado en 1798 con el primer acuerdo con el sultán de Mascate ante la amenaza francesa tras la invasión de Napoleón a Egipto se extendió por más de 150 años hasta la retirada ordenada por Londres en 1971 y que propició la independencia de las Monarquías Árabes del Golfo. El valor de esta región fue en un principio meramente estratégico hasta el descubrimiento de petróleo por primera vez en Persia a comienzos del siglo XX. 


El consolidado poder británico en Oriente Medio se logró mediante la retención de Egipto y el sur de Yemen, añadido a los acuerdos con el imperio otomano para estabilizar la ruta del Mar Rojo. Igualmente, la pugna contra la Rusia zarista por el control de Persia y el resto de potencias europeas por la influencia exclusiva en los estados tribales de la península arábiga estaban orientados a evitar cualquier amenaza extranjera sobre la India, posesión británica más preciada de todo el Imperio.


El status quo no se vio seriamente amenazado a pesar de las incursiones turcas en Mesopotamia, Kuwait, Catar o Norte de Yemen. Tras el fin de la Primera Guerra Mundial la presencia del país europeo en la zona no hizo más que expandirse con la adhesión de Catar y Kuwait a los tratados anteriormente firmados con otros gobernantes árabes, la retirada otomano-egipcia del sur de Arabia y el fin del gobierno mameluco sobre Bagdad y por consiguiente establecimiento del mandato británico. 


El auge imparable del nacionalismo y pérdida de posiciones claves como la del Canal de Suez y la plaza de Adén vinculadas a las independencias de Egipto y Yemen del Sur respectivamente provocaron el desmembramiento del imperio británico y de su hegemonía en Oriente Medio, cuya fecha de caducidad data de 1971 con las independencias de Baréin, Catar, y Emiratos Árabes Unidos.

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