El terror de los Jemeres Rojos
- nacionesenruinas
- 24 jul 2025
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Los jemeres rojos surgieron en plena Guerra Fría regional. Tras la guerra de Indochina, Camboya quedó atrapada en fuego cruzado. Tropas de Vietnam del Sur y EEUU combatieron a las fuerzas de Vietnam del Norte dentro del territorio camboyano, mientras una guerrilla comunista local –los jemeres rojos– luchaba contra el gobierno de Camboya e iba cogiendo fuerza. En consecuencia, en 1951 se organizó el Partido Comunista de Camboya, embrión del movimiento que décadas después instauró el totalitarismo en el país. En los años 70, con el liderazgo de Pol Pot, el proyecto adoptó el nombre de Kampuchea Democrática. El movimiento se propuso para “purificar” el país y reconstruirlo como una sociedad igualitaria que, hoy sabemos que nunca fue ni mucho menos parecida.
De tal forma, en 1970, mediante el apoyo de los Estados Unidos, el general Lon Nol derrocó al príncipe Sihanouk, estallando una guerra civil que culminó el 17 de abril de 1975, cuando el Partido Comunista de Camboya, conocido como el Jemer Rojo, tomó el control de Phnom Penh, la capital del país, derrocando al régimen de Lon Nol. Ese mismo día, comenzaron las deportaciones masivas, llevando a millones de habitantes a abandonar la ciudad. Iniciaba pues, uno de los episodios más oscuros y sangrientos del siglo XX: un régimen genocida que, en menos de cuatro años, exterminó entre una quinta parte y un tercio de la población de Camboya.
Llegaba pues Pol Pot, hombre que en principio era de apariencia serena, voz dulce, rostro agradable y sonrisa que inspiraba simpatía. Pero tras su fachada, se escondía uno de los arquitectos del genocidio más radical del siglo XX. Pol Pot, de nombre real Saloth Sar, había estudiado en París durante los años 50, donde, más que en las aulas, se formó en círculos comunistas. Fue allí donde conoció el marxismo-leninismo y a otros jóvenes camboyanos como Leng Sary, Samphan, Son Sen y Huo Yuon, futuros pilares del régimen del terror. Juntos formaron el “Grupo Estudiantil de París”, germen ideológico del futuro Estado de Kampuchea Democrática.
Inspirado en Stalin y Mao, Pol Pot soñaba con una Camboya purificada del capitalismo y la influencia extranjera. Su modelo era una sociedad campesina autosuficiente, donde el pasado debía ser borrado de raíz, desurbanizando el país, eliminando la economía de mercado y renombrando al país como Kampuchea Democrática.
Los jemeres rojos proclamaron el “Año Cero” tras su victoria con intención de borrar cualquier vestigio del pasado y construir una nueva sociedad utópica comunista y agraria. Este concepto nació inspirado en la vida autosuficiente de algunas tribus nacionales de las montañas camboyanas, provocando la promoción de la visión extrema del comunismo rural. Para demostrar su determinación, destruyeron el banco nacional, eliminaron la moneda, los mercados, los medicamentos, requisaron automóviles y cerraron los hospitales. La población fue desplazada a las zonas rurales bajo el pretexto de un inminente ataque aéreo estadounidense, el cual, nunca ocurrió. Los jemeres lo tenían claro, querían una Camboya desde cero: sin dinero, sin religión, sin educación, sin familia.
El régimen buscaba crear un “hombre nuevo” para el ideario social camboyano, un campesino comprometido con la causa comunista, ajeno al capitalismo y al individualismo. En la práctica, esta visión utópica se transformó en una locura sistemática que acabó con la vida de alrededor de 2 millones de personas. Asimismo, tras esta visión macabra y utópica, se sumó que los soldados del régimen eran, en muchos casos, adolescentes. Niños de menos de 13 años reclutados como fuerza de choque, adoctrinados para odiar y eliminar al “enemigo”: cualquier persona que no encajara en el modelo campesino ideal. Testigos relatan que los soldados no tenían piedad, les habían lavado el cerebro, les veían como enemigos. Sin compasión, con crueldad. Así fueran inválidos, ancianos, mujeres o bebés.
Las ciudades fueron vaciadas forzadamente en horas y sus habitantes reubicados obligatoriamente en comunas agrícolas, donde trabajaban sin descanso y bajo condiciones infrahumanas. Se prohibieron las religiones, se realizaron matrimonios forzados, y cualquier vínculo emocional o familiar era vigilado. Niños, ancianos, embarazadas y enfermos sufrieron junto a la población sana, joven y adulta; largos desplazamientos bajo amenaza de muerte, muriendo miles durante el camino, abandonados en las cunetas de todo el país.
Ser parte del antiguo gobierno, tener educación básica o incluso utilizar gafas podía suponer una sentencia de muerte. El hambre se utilizó como arma de control: los alimentos eran escasos y deliberadamente destruidos para impedir la autosuficiencia. A los prisioneros se les exigía el cumplimiento de cuotas agotadoras de producción agrícola. Las muertes por inanición, agotamiento y enfermedades se fueron sumando a las ejecuciones masivas. Mostrar dolor, llorar a un ser querido o poseer una olla era considerado un acto subversivo. La ropa, comida e incluso relaciones sexuales se regularon por el Angkar, entidad que controló todo.
Cientos de miles perecieron por causas evitables como infecciones, agotamiento extremo o desnutrición. Otros cientos de miles desaparecieron o fueron ejecutados sumariamente ante la visión de un pueblo que contempló el cadáver de su nación en cada cuerpo inánime que emergía en cada subida de los caudales de ríos y lagos utilizados como fosa común. El lema del régimen lo dejó claro: “Perderte no es una pérdida y conservarte no tiene ningún valor”.
Los intelectuales
Los intelectuales eran considerados como enemigos, puesto que se consideró que la sabiduría tenía que ser toda popular y campesina . Hecho que se tradujo en la ejecución de miles de civiles docentes y profesionales, simplemente por ser acusados de tener educación o llevar gafas, “muestra de intelecto”. Su objetivo era borrar el rastro de cualquier conocimiento, cultura y pensamiento crítico pasado. En consecuencia, empresarios, abogados, religiosos, cualquiera que supiera hablar otro idioma, médicos, estudiantes, banqueros, profesores, opositores y demás, fueron llevados directamente al exterminio en los Campos de Muerte de Pol Pot.
Se consideraba intelectual a quien usaba gafas, sabía leer o escribir, hablaba otro idioma, había vivido en ciudades, mostrado modales “burgueses” o poseía un título universitario o había trabajado como abogado, maestro, científico, artista, escritor etc.. Tras las torturas y ejecuciones, se estima que más del 80% de los intelectuales del país murieron. En muchos casos, se les obligaba a confesar crímenes absurdos, como “haber leído libros de Lenin mal” o “pensar demasiado”. Algunos eran obligados a escribir “autocríticas” antes de ser asesinados para “justificar” sus equivocaciones pasadas. Otros, eran forzados, como de costumbre, a ver como colegas y familiares morían.
Las universidades, bibliotecas y escuelas fueron cerradas o destruidas. Se quemaron libros, se prohibió la enseñanza y se mató a los educadores. La educación se sustituyó con el adoctrinamiento comunista básico, y solo en campos de trabajo. Los intelectuales que sobrevivieron, trabajaron junto al resto de la sociedad camboyana como campesinos, no se les permitía hablar de su pasado ni enseñar a otros y se les humillaba públicamente, llamándolos “parásitos” o “traidores”.
Músicos, pintores, actores, escritores y cineastas fueron perseguidos y, en su mayoría, ejecutados. Toda forma de arte fue considerada “elitista” o “decadente” si no servía al régimen. El cine camboyano, que florecía previamente al régimen, desapareció casi por completo. Algunos testigos de los hechos fueron:
El doctor Haing S. Ngor, ginecólogo y actor, sobrevivió al régimen ocultando su identidad. Luego actuó en The Killing Fields y ganó un Óscar interpretando a un periodista que sí fue asesinado. El poeta U Sam Oeur fingió ser analfabeto y quemó todos sus escritos para evitar ser ejecutado. Sobrevivió y años después publicó su poesía sobre el genocidio.
La histeria de Pol Pot contra los jemeres
La obsesión por el “enemigo oculto” generó un clima de paranoia. Pol Pot y su círculo llevaron a cabo purgas constantes: la mitad de los miembros del Jemer Rojo fueron asesinados por sus compañeros. La cárcel de Tuol Sleng se convirtió en escenario central del horror: allí, de unas 16,000 a 20,000 personas encarceladas, solo sobrevivieron siete. Hoy, el país cuenta con más de 20,000 fosas comunes registradas, el mayor número en el mundo.
La tortura se extendió en Camboya. Se generalizaron las golpizas con palos o alambres, las descargas eléctricas en genitales, oídos o lengua; la sustracción de uñas y dientes, la asfixia con bolsas plásticas o agua, el colgamiento por las muñecas hasta dislocar los hombros, el encierro en celdas de un metro cuadrado sin luz o alimento; o; la violación, incluida a menores. Asimismo, millones fueron desplazados, se les prohibia hablar, comer y descansar, así como exigía la denuncia de amigos, familiares y compañeros bajo tortura o amenaza, en una total guerra psicológica que acabó por matar a muchos, tanto de agotamiento, enfermedad y desnutrición, como por suicidio y ejecucción.
Mostrar afecto hacia familiares, llorar por los muertos, o llamar a otro por un nombre familiar –como papá o mamá– era visto como un acto contrarrevolucionario. Había que decir solo “compañero” o “hermano del pueblo”. Mostrar emociones era considerado debilidad o “influencia burguesa”. Podía ser motivo de castigo, interrogatorio o ejecución. Los campos de exterminio se utilizaron para asesinar más rápidamente, utilizando herramientas agrícolas, como azadas, martillos y bayonetas para matar, para ahorrar balas.
Niños y bebés
A los niños se les golpeaba contra los árboles delante de sus madres antes de matarlas, y muchas víctimas eran enterradas vivas o semiconscientes en fosas comunes para prolongar su sufrimiento. Asimismo, los hijos de supuestos “enemigos del Estado” –intelectuales, profesionales, disidentes…– eran considerados “semillas de traidores”. Como resultado, no se les dejaba vivir para evitar que crecieran con deseos de venganza. Entre los métodos de asesinato, destacaban el golpeo de bebés contra árboles hasta la muerte, el corte de gargantas o el arrojo de niños al aire para ser ensartados con bayonetas, como si aves de presa se tratara. En Choeung Ek –uno de los Campos de muerte–, hay un árbol donde se han encontrado restos de cráneos infantiles incrustados.
En otros casos, los niños eran separados a la fuerza de sus familias y enviados a campos de entrenamiento. Allí eran adoctrinados con la ideología comunista extremista, se les enseñaba a espiar, delatar e incluso torturar y matar a sus propios padres si eran considerados traidores. Se les convertía en soldados o informantes desde los 8 o 9 años, siendo utilizados como combatientes o vigilantes en campos, llevándolos a cometer atrocidades sin comprenderlas completamente. Al no haber escuelas, ni sistemas médicos, educativos o familias funcionales, millones de infantes murieron por falta de atención, hambre o enfermedad, acabando vagando solos por los campos, muriendo lentamente.
Además, los niños fueron utilizados para desmoralizar a los adultos. Los llevaban a las celdas, donde los mataban delante de los adultos, normalmente familiares. Asimismo, se les solía torturar para obligar a los padres o allegados a confesar hechos, tras los que igualmente se les solía ejecutar.
Embarazadas
Respecto a las mujeres embarazadas, estas eran obligadas a abortar sin anestesia, en condiciones brutales. Otras, eran golpeadas en el vientre hasta que el feto moría o era expulsado, o, directamente mataban a embarazadas por su condición, muchas veces violándolas –pese a la supuesta oficial prohibición– y ejecutándolas en secreto para que no pudieran denunciar. En algunos campos, los jemeres rojos usaban a las embarazadas para demostrar su poder, haciendo arrodillarse a las embarazadas frente a otros prisioneros, apuñalandolas en el vientre frente a sus familias, y en casos extremos, extrayendo el feto vivo, matandolo delante de la madre antes de ejecutarla, en ocasiones entre risas y apuestas por parte de los soldados.
Respecto a los partos, las embarazadas que lograban dar a luz, lo hacían solas, sin asistencia médica o higiene. Los recién nacidos muchas veces morían de inmediato o nacían muertos por la falta de alimento o atención, debido a las condiciones sanitarias y de la madre. En consecuencia, muchas madres se suicidaban antes de parir, para evitar el sufrimiento de sus bebés.
Uno de los testimonios más duros, fue de una sobreviviente de la prisión de Tuol Sleng, quién relató haber visto como una prisionera embarazada fue atada, colgada y golpeada hasta la muerte mientras suplicaba por su hijo no nacido. Otro testigo en los Juicios de los Jemeres Rojos contó que los soldados lanzaron a un bebé recién nacido contra un árbol mientras su madre moría desangrada.
Religiosos
Si al iniciar la guerra habían más de 60,000 monjes budistas en Camboya, al finalizar quedaban menos de 1,000. La mayoría fueron despojados de sus hábitos, enviados a campos de concentración donde morían por agotamiento o enfermedad, o, eran directamente ejecutados por ser enemigos ideológicos. En algunos casos, eran quemados con sus propias túnicas y sus templos destruidos. Más del 95% de los templos budistas del país fueron destruidos o convertidos en graneros, prisiones o establos. Imágenes de Buda fueron dinamitadas, decapitadas o usadas como adoctrinamiento, obligando a orinar sobre ellas como prueba de lealtad al régimen.
En cuanto a las comunidades cristianas y musulmanas, las Iglesias fueron demolidas, los sacerdotes ejecutados y se prohibieron las prácticas religiosas. En el caso islámico,se prohibió rezar, ayunar o hablar en su lengua, quienes se negaban eran asesinados de inmediato y se calcula que al menos unos 100,000 chan murieron durante el régimen, en un genocidio étnico y religioso.
Asimismo, los religiosos capturados eran obligados a asistir a sesiones de adoctrinamiento ideológico donde habían de renegar públicamente a su fe, confesar “crímenes” como “propias supersticiones” o aceptar que “el Angkar era su único Dios”. Uno de los testimonios más conocidos es el del ex monje Venerable Maha Ghosananda, quien luego ayudó a reconstruir el budismo camboyano.
Minorías no tan recortadas
Junto a los grupos más perseguidos, como opositores o intelectuales, se sumaron pequeñas etnias no chan y grupos sociales que debemos recordar, puesto que suelen pasarse por alto.
En primer lugar, los vietnamitas. Estas personas, originarias del país vecino, fueron consideradas enemigos históricos y acusadas de espionaje o infiltración. Fueron asesinados en masa o deportados forzadamente a su nación patria, la cual se encontraba sumergida en una guerra civil. Además, las mujeres vietnamitas eran violadas y asesinadas, sus hijos, exterminados.
Seguidamente, encontramos a los chinos camboyanos. A pesar de ser una minoría influyente antes del régimen, sufrieron persecución y confiscaciones de bienes, así como ejecuciones. Se destruyeron escuelas en chino, templos y asociaciones culturales. Lo cual también afectó a la relación con el país de Mao.
Respecto a otras etnias, los lao, tailandeses, kuy, phnong y muchas otras fueron forzadas a abandonar sus lenguas, costumbres y religiones tradicionales. También sufrieron asimilación forzada, trabajos extremos y castigos brutales en caso de desobediencia.
Por otro lado, las personas discapacitadas eran consideradas débiles o defectuosas, lo cual no tenía lugar en una Camboya donde el régimen quería crear un “nuevo ser humano perfecto”. Los discapacitados físicos o mentales fueron asesinados, abandonados y dejados morir de hambre. Así pues, a veces se les usaba para experimentar con ellos o ser objeto de burlas públicas.
Los ancianos sufrieron en la práctica el mismo destino que los discapacitados. No obstante, estos eran forzados a trabajos pesados sin importar su edad o salud, no se les permitía compartir tradiciones o conocimientos, y eran considerados “residuos feudales”. La mayoría murió por hambre y agotamiento.
Pese a que en aquel entonces no era un tema a tratar, el régimen consideraba la homosexualidad como una “desviación burguesa” fruto del capitalismo, por lo que no se permitía. A menudo, homosexuales eran víctimas de violaciones correctivas, humillaciones y tortura.
De igual forma, los jemeres cargaron contra todo aquel que hubiera vivido en Francia, EEUU o Vietnam, ya que consideraban que eran traidores automáticos. Hecho que puede resultar irónico, teniendo en cuenta que Pol Pot estudió durante años en París. De tal forma que, aunque muchos volvieron creyendo en la revolución, fueron arrestados, torturados y asesinados.
Otros muchos que sufrieron las ejecuciones fueron los familiares de víctimas o acusados. Los hijos, esposas, padres o hermanos de cualquier acusado eran también culpables por asociación. En consecuencia, el pueblo optó por autoreprimirse para proteger a sus seres queridos. Sin embargo, los jemeres optaron por aplicar el principio de “eliminar la hierba hasta la raíz”, matando no solo al acusado, sino a toda su familia para evitar las venganzas futuras. Niños, ancianos, mujeres inocentes y bebés fueron asesinados sin motivo, simplemente por llevar el apellido de alguien opositor o “sospechoso”.
Tampoco se libraron de la masacre los trabajadores urbanos, como obreros, pequeños comerciantes o artesanos. Aunque no eran intelectuales, cualquier persona que hubiera vivido en una ciudad estaba vista como “contaminada”. Fueron deportados al campo, despojados de sus bienes, y forzados a trabajos agrícolas sin saber cultivar. Murieron de hambre, ejecutados, enfermos y en reyertas por “robo de comida” o fusilados por “vagancia”.
Los Jemeres en contexto internacional
El contexto internacional exacerbó la situación. La guerra de Vietnam y los bombarderos estadounidenses sobre Camboya contribuyeron al crecimiento del Jemer Rojo en sus inicios, el cual pasó de unos 4,000 a 40,000 miembros en pocos años. Tras la toma del poder, los jemeres atacaron a la población de origen vietnamieta y agredieron militarmente Vietnam.
El 25 de diciembre de 1978, Vietnam invadió Camboya, derrocando al régimen jemer a principios del siguiente año. Sin embargo, el conflicto persistió durante años. La paz no comenzó a asomar hasta los Acuerdos de París en 1991, y no fue hasta 1997 cuando la mayoría de los jemeres rojos depusieron las armas. Pol Pot murió en 1998 bajo custodia de sus propios compañeros. No obstante, la mayor parte de camboyanos mantuvo y sigue manteniendo rencores, traumas, secuelas o desconfianzas, lo que promovió la emigración hacia otros países y profundos problemas psicológicos entre la sociedad.
Tras la caída de los 44 meses de gobierno de los jemeres rojos, muchos huyeron. Una gran cantidad de ellos se exilió por la frontera tailandesa, llegando a crear en 1979 una grave crisis humanitaria. Ese mismo año, se abrió el campo de refugiados de Khao I Dang en la frontera entre Tailandia y Camboya, llegando a albergar a 140,000 personas y permaneciendo operativo hasta 1993, convirtiéndose en uno de los campos más duraderos de la época. Hoy, el campo de Khao I Dang ha sido transformado en un espacio educativo sobre el genocidio.
La injusticia
A pesar del genocidio, durante décadas reinó la impunidad. No fue sino hasta 2005 que se establecieron los Tribunales Especiales para juzgar los crímenes del régimen. Solo tres personas han sido condenadas hasta la fecha:
Kaing Guek Eav: jefe de la prisión S21, fue condenado en 2010 por la muerte de más de 12,000 personas.
Nuon Chea, el “hermano número dos”, y Khieu Samphan, el “hermano número cuatro”, fueron sentenciados en 2018 por genocidio, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad.
El proceso judicial ha sido criticado por su lentitud y limitaciones. Muchos responsables murieron antes de ser juzgados. Otros, como Meas Muth o Yim Tith, aún podrían enfrentarse a la justicia si se les considera culpables. La impunidad es un tema que debe preocupar tanto dentro como fuera de Camboya, ya que, la raíz del problema fue el odio y el fanatismo. Puede volver a ocurrir, puede volver el odio si no se trata, puede surgir el fanatismo desmesurado sino se sana.
El legado del Jemer Rojo no solo se mide en cifras. El país continúa marcado por la desconfianza, la pobreza y el trauma. La historia de Camboya es la de una nación que aún lucha por sanar, exigir justicia y construir una memoria frente al horro de un genocidio donde “todos desconfían de todos, porque todos denunciaron a todos”.
Las consecuencias
La peor consecuencia de todo el paso de los jemeres fueron las víctimas. Un 25% de la población pereció, socavando la estructura social y cultural del país. Las instituciones tradicionales, profesionales y religiosas fueron aniquiladas, así como la propiedad privada de millones de personas.
Millones fueron desplazados y el mercado colapsó. Camboya se quedó sin economía nacional, llevando a su población a la mayor pobreza extrema conocida. El régimen de los jemeres fue totalmente aislado del mundo exterior, se rompieron las relaciones diplomáticas y comerciales, acabando con el poco tejido productivo existente.
El país quedó devastado, sin infraestructura, sin sistema financiero y con la agricultura colapsada. No había moneda, comercio ni instituciones económicas. Además, los intelectuales habían sido eliminados, por lo que tampoco era fácil volver al inicio.
Camboya necesitó ayuda internacional urgente, especialmente de la URSS, Vietnam y organizaciones humanitarias. Se reinició la producción de arroz, pero con muy bajos rendimientos debido a la falta de herramientas, maquinaria y mano de obra capacitada, lo que ralentizó la recuperación agrícola y extendió la hambruna.
Muchos profesionales emigraron, creando una gran fuga de cerebros que retrasó la reconstrucción institucional, económica y política del país. Asimismo, quedaron millones de minas antipersona sembradas por los jemeres, que impidieron el uso seguro de grandes extensiones durante décadas.
La inversión, la producción y el comercio tardaron en llegar, los enfrentamientos siguieron y las reformas no comenzaron a llegar hasta los años 90, cuando el país se abrió al mercado internacional, restableció el riel –moneda nacional– y atrajo la inversión extranjera directa liberalizando parcialmente su economía.
Camboya a día de hoy
Camboya avanza con una economía y proyección sólidas, emergiendo como un centro industrial y turístico regional con reformas e inversiones estratégicas. Sin embargo, la recuperación se da en un marco de preocupaciones sociales y políticas persistentes, desigualdad, corrupción endémica y vulnerabilidades ecológicas que podrían frenar su desarrollo.
Hoy en día, Camboya vive en un delicado equilibrio: honra a las víctimas a través de monumentos y rituales, busca justicia y sanación empática, educa a sus jóvenes para prevenir el olvido, y explora su identidad cultural postgenocidio mediante el arte. Sin embargo, la reconciliación verdadera y la curación colectiva aún demandan esfuerzos continuos y un compromiso mayor para mantener viva la memoria y construir un futuro más seguro y comprensivo.
Actualmente, más del 70% de los camboyanos tienen menos de 30 años. Para ellos, el genocidio queda muy lejos. Por ello, es importante que se transmita esta información y quede constancia de la misma.
Hoy, más de cuatro décadas después del horror y del terror, Camboya camina con dignidad entre las ruinas de un pasado cercano y la esperanza del porvenir. Las cicatrices del genocidio perpetrado por los Jemeres Rojos aún laten en la memoria colectiva, pero también en el alma de los supervivientes que contaron su historia.
El pueblo camboyano, forzado a abandonar sus hogares, su fe, sus ideas y hasta sus nombres, no solo resistió al intento brutal de borrar su humanidad: también reconstruyó, con paciencia y cuidado, las bases de un nuevo Estado.
Recordar el genocidio camboyano no es solo un acto de memoria, es un deber contra el olvido, el totalitarismo y los extremos ideológicos que desprecian la vida humana, como es el comunismo. Es también un llamado urgente a rechazar todo régimen que, bajo la bandera de la utopía, imponga terror como forma de gobierno.
Honramos así al pueblo camboyano, a sus mártires y sobrevivientes, con la promesa e intención de evitar que la historia se repita. Que el dolor de Camboya sea faro de conciencia para el mundo, y que su resiliencia inspire a todos a elegir siempre la libertad, la justicia y la compasión por encima de todo odio.
“Incluso en la noche más oscura, la semilla de la esperanza sigue creciendo bajo tierra”.
–Proverbio camboyano.







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