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Turkmenistán: dictadura, culto al líder y control total en un país de poder y mármol

  • Foto del escritor: Javier Angulo Perojil
    Javier Angulo Perojil
  • 12 dic 2025
  • 12 Min. de lectura

En el marco de los estudios contemporáneos sobre regímenes autoritarios, un caso extremadamente estrafalario, hermético y, por qué no decirlo, extraño, es el de Turkmenistán. Tras la desintegración de la Unión Soviética en 1991, el país emergió como un Estado nominalmente independiente, pero rápidamente se vio sumergido en una vorágine de elementos cuanto menos interesantes. En este caso, se configuró como un modelo de presidencialismo que combinaba nacionalismo, aislamiento internacional y una sorprendente vocación por la monumentalidad, convirtiéndose Asjabad, su capital, en un laboratorio de simbolismo: avenidas desiertas flanqueadas por edificios de mármol, fuentes coreografiadas, palacios gubernamentales de geometrías imposibles y una cantidad totalmente exagerada de estatuas doradas dedicadas a sus líderes.


Este impulso estético no ha sido un simple capricho arquitectónico, sino una pieza central en la puesta en escena del poder. Turkmenistán no sólo ha construido una identidad nacional de cero, sino que lo ha hecho basándose en elementos visuales, liturgias estatales y elementos culturales inventados sobre la marcha, convirtiendo la extravagancia en un principio político: desde el énfasis en la raza equina nacional, hasta las sincronización extrema en celebraciones coreografiadas, desde el “Libro Sagrado” Ruhnama, impuesto como lectura obligatoria desde los escalafones más menores de la educación; hasta la peculiar afición del actual presidente de actividades aparentemente ajenas a la políticas, como cantar en televisión, pilotar motocicletas, perforar objetos con fusiles o ejecutar sesiones de DJ para las juventudes estatales.


Turkmenistán se encuentra en el corazón de Asia Central, cubierto en más de un 70% por el desierto del Karakum, que marca su geografía y posesión de recursos naturales. Las principales ciudades se distribuyen en torno a antiguos oasis o líneas ferroviarias heredadas del Imperio Ruso y más tarde reforzadas por la Unión Soviética.


La historia moderna de Turkmenistán estuvo marcada por la incorporación al Imperio ruso en el siglo XIX, la consolidación soviética en el XX, siendo una república asociada a la URSS, y la independencia en 1991 tras la desintegración de la URSS. A diferencia de otras repúblicas exsoviéticas que atravesaron períodos de transición caóticos, Turkmenistán mantuvo una continuidad casi absoluta en su élite dirigente. Saparmyrat Nyýazow, autodenominado Türkmenbaşy (líder de los turcomanos) y primer secretario del Partido Comunista local, se convirtió en presidente vitalicio del país independiente y estableció las bases de un sistema político centrado en su figura, siendo considerado por diversas organizaciones de Derechos Humanos como uno de los dictadores más represivos del mundo contemporáneo. Este régimen fue continuado por su sucesor, Gurbanguly Berdymujamédov, y más recientemente por su hijo Serdar, en el cargo desde marzo de 2022.


Sistema político-social turcomano: Presidencialismo absoluto, hipercentralización, culto al líder y control

Desde su independencia en 1991, Turkmenistán ha experimentado una deriva política que lo ha convertido en uno de los regímenes más cerrados, herméticos y autoritarios del espacio postsoviético. Bajo una apariencia de institucionalidad —Constitución, elecciones periódicas, multipartidismo formal, parlamento unicameral, un Consejo del Pueblo con rango constitucional—, el país opera en la práctica como un sistema político hipercentralizado, patrimonialista y personalista donde el poder se concentra en torno a una figura presidencial que combina autoridad ejecutiva, supremacía normativa, dirección ideológica y protagonismo simbólico absoluto, ejerciendo un poder basado en la exaltación del pasado y en la singularidad étnica, y en el que las excentricidades se han ido acumulando y transmitiendo de presidente a presidente (cambios de nombres de ciudades, culto a la personalidad, vigilancia, cambio de nombres a alimentos y días de la semana… entre otros).


Dentro de este marco, los indicadores internacionales confirman la magnitud del autoritarismo: Freedom House califica al país como Not Free, con 0/40 en derechos políticos y apenas 2/60 en libertades civiles, una de las puntuaciones más bajas del planeta; Reporteros Sin Fronteras mantiene a Turkmenistán de forma recurrente en los últimos lugares de la clasificación mundial de libertad de prensa, junto con Corea del Norte y Eritrea; y los datos del Índice de Desarrollo Humano ajustado por desigualdad (IDH-D) confirman un desfase estructural entre la riqueza nacional —sustentada principalmente en el gas natural— y las capacidades reales de la población, afectadas por fuertes desequilibrios regionales, clientelares y étnicos.


La primera arista de este sistema político descansa sobre el Democratic Party of Turkmenistan (DPT), heredero directo del antiguo Partido Comunista Turcomano, que desde 1991 ha actuado como eje ideológico y organizativo del régimen. Aunque en 2012 se legalizaron el Partido de Industriales y Emprendedores y el Partido Agrario, estos no constituyen una oposición real: son extensiones funcionales del poder, diseñadas para simular pluralismo sin alterar la arquitectura autoritaria. En términos comparativos, Turkmenistán reproduce un patrón ciertamente común en sistemas autoritarios de multipartidismo no competitivo, donde todos los actores políticos comparten la ideología oficial, carecen de autonomía, no expresan intereses diferenciados y no representan canales auténticos de participación ciudadana.


En este contexto, el presidente concentra las competencias ejecutivas, controla la agenda legislativa, interviene en la designación de jueces y fiscalías y domina los gobiernos regionales, cuyos cargos dependen de criterios de lealtad y obediencia. El Mejlis, teóricamente órgano legislativo, opera como cámara de ratificación: aprueba de manera sistemática los proyectos enviados por el Ejecutivo, no fiscaliza a otras autoridades y no actúa como voz de representación social. La justicia, por su parte, constituye un mecanismo de disciplinamiento político y social antes que un sistema de protección de derechos. Sentencias por motivos políticos, detenciones arbitrarias, ausencia de defensa independiente y control de la abogacía completan el panorama de subordinación del poder judicial.

 

En suma, un ejemplo bastante claro de esta concentración de poderes en la figura presidencial fue la transición de 2022 (cuando Serdar Berdimuhamedov sustituyó formalmente a su padre), la cual profundizó una lógica dinástica en el régimen, no vista hasta entonces y calificada por observadores “ni libre ni justa”. El ascenso de Serdar no modificó la distribución real del poder, pues su padre fue inmediatamente designado “Líder de la Nación” y presidente del órgano constitucional más poderoso, encargado de definir las orientaciones estratégicas del Estado. 


Uno de los rasgos más distintivos del sistema y unido a lo anterior es el culto al líder, que en Turkmenistán alcanza niveles extraordinariamente performativos. Desde la época de Saparmurat Niyázov, la presencia del líder se materializa mediante estatuaria dorada, bustos monumentales, retratos obligatorios, himnos personalizados, festivales masivos, murales, publicaciones autobiográficas y transmisiones televisivas centradas en su figura. Su sucesor, lejos de desmontar esta tradición, la adaptó a un lenguaje visual más tecnocrático pero igualmente personalista: aparición en vídeos cantando canciones patrióticas, montando caballos emblemáticos, conduciendo vehículos de competición o realizando demostraciones deportivas. Estas prácticas refuerzan la imagen del líder no solo como jefe de Estado, sino como figura carismática dotada de habilidades excepcionales, a menudo vinculadas a la juventud, la fortaleza física y la conexión espiritual con el pueblo.


En paralelo, la ideología del régimen articula una síntesis peculiar de nacionalismo turcomano, estatismo económico, conservadurismo cultural y legitimación carismático-familiar. Bajo el concepto de “turkmenismo”, el DPT y el aparato estatal promueven una narración histórica que enfatiza la continuidad étnica del pueblo turcomano, la sacralidad del Estado, la obediencia al líder y la pureza de una identidad cultural idealizada. Este discurso se despliega a través de símbolos omnipresentes: el caballo Akhal-Teké como emblema de resistencia y belleza nacional; la alfombra turcomana como alegoría de la unidad; y el mármol blanco —material predominante en la arquitectura oficial— como metáfora de pureza, modernidad y grandeza. La construcción ideológica recurre también a elementos de paternalismo patriarcal: el presidente se presenta como protector, guía moral, garante de la estabilidad y encarnación viviente de la nación.


La propaganda estatal se complementa con una estructura de control ideológico y censura extremadamente rígida. Los medios de comunicación son propiedad directa del Estado; cualquier publicación independiente es ilegal; los contenidos informativos están sometidos a revisión previa; la crítica pública es inexistente. Para ejemplificar la situación, Reporteros Sin Fronteras sitúa sistemáticamente a Turkmenistán en los últimos lugares del mundo en libertad de prensa, equiparándolo con los regímenes más cerrados del planeta. Internet, por su parte, se encuentra filtrado y parcialmente bloqueado: miles de dominios están inaccesibles, las VPN son perseguidas y el acceso es limitado y costoso, lo que reduce drásticamente el espacio para opiniones divergentes. Estudios recientes sobre censura digital confirman que Turkmenistán opera un modelo de vigilancia algorítmica combinado con métodos clásicos de seguimiento físico, creando un entorno de autocensura generalizada.


La vigilancia y el control social se ejercen mediante una multiplicidad de mecanismos formales e informales. Existen comités de barrio encargados de reportar comportamientos sospechosos; redes de informantes profesionales y voluntarios; controles policiales en carreteras; restricciones internas de movilidad; y regulaciones estrictas para viajar al extranjero. Las autoridades imponen inspecciones periódicas, supervisan celebraciones familiares, intervienen en las actividades cotidianas e incluso restringen la apariencia personal en función de códigos estatales no codificados pero ampliamente conocidos. El control se extiende, asimismo, a los flujos migratorios internos: los ciudadanos de regiones rurales necesitan permisos para residir en Asjabad, y miles de personas están inscritas en listas de prohibición de salida del país debido a vínculos familiares con críticos, activistas o exiliados.


La desigualdad social constituye otro elemento estructural del régimen. Aunque Turkmenistán dispone de vastas reservas de gas natural y obtiene ingresos estatales multimillonarios, los beneficios se distribuyen de forma profundamente asimétrica. El IDH ajustado por desigualdad evidencia una brecha persistente entre las capacidades nominales del país y su realidad social. La élite política —altos burócratas, gobernadores, empresarios vinculados al DPT, familias afines al círculo presidencial— disfruta de acceso preferente a servicios, oportunidades económicas, vivienda, transporte y suministros básicos. Mientras tanto, amplios sectores de la población padecen escasez periódica de alimentos, racionamiento de productos esenciales, interrupciones de agua y electricidad, deterioro de la atención sanitaria y salarios reales bajos. El clientelismo, la corrupción y el patronazgo determinan quién accede a posiciones de poder y a beneficios estatales, reforzando una segmentación social donde la proximidad política define las oportunidades vitales.


Economía turcomana: entre la riqueza por gas, las fragilidades estructurales y la contradicción interna

La economía turcomana está definida por una paradoja fundamental: dispone una de las mayores reservas de gas natural del mundo, pero su población enfrenta escasez recurrente de bienes básicos, una infraestructura deficitaria y una baja diversificación entre sectores económicos. 


El gas natural representa uno de los puntos más importantes de la economía turcomana, pues engloba el 80% de sus exportaciones, convirtiéndose en uno de los motores de ingresos estatales. Turkmenistán está entre los países con mayores reservas probadas, lo cual ha podido sostener durante décadas un sistemas de subsidios masivos que incluye electricidad o agua a precios simbólicos. Por otro lado, esta enorme dependencia del sector no es un signo positivo. La nula diversificación sectorial genera una excesiva vulnerabilidad ante fluctuaciones de un mercado bastante volátil que expone al país a los posibles cambios en los precios, una dependencia excesiva de pocos compradores como China- quien además, al controlar las rutas críticas, tiene poder pleno como negociador- y una escasa reinversión en infraestructuras, limitando la capacidad de modernización y expansión. 


Por otro lado, sectores como la agricultura y la industria ligera sufren los efectos de la nula diversificación sectorial, manteniendo estructuras rígidas y poco competitivas. En agricultura, el algodón continúa siendo un cultivo obligatorio en muchas regiones, a pesar de la escasez de agua en la zona al ser desértica (cabe recordar que el algodón necesita grandes cantidades de la misma para poder crecer) y el vasto beneficio económico que genera. Los agricultores deben cumplir cuotas establecidas por el Estado, lo cual reproduce patrones de trabajo forzoso, o al menos coercitivo. En otro ámbito, la industria depende aún de tecnologías soviéticas, y se concentran sobre todo en el procesamiento de gas y manufacturas básicas. Los intentos de modernizar el sector textil enfrentan dificultades por la baja calidad de la fibra y la falta de inversión.


A pesar de la riqueza energética del país, Turkmenistán padece escasez periódica de productos básicos como la harina. azúcar, aceite, carne y otros productos básicos, que deben ser a la fuerza importados por la falta de condiciones mínimas para su producción. Las tiendas estatales solo venden cantidades limitadas, y la población debe recurrir a mercados alternativos (por tanto ilegales y de precios inflados). Esta dualidad genera un mercado informal robusto, con economía de supervivencia. La inexistencia de un tipo de cambio libre y las restricciones cambiarias refuerzan la informalidad, incentivando el contrabando, la corrupción y la clandestinidad. 


Algo que se ha dejado caer previamente y que es considerable tener en cuenta es la escasez de agua. El río Amu Daria se encuentra sometido a un estrés enorme por los cultivos de algodón previamente expuestos y a la eficiencia limitada de los sistema de riego, y el canal de Karakum pierde enormes cantidades de agua por evaporación y filtración del agua. Otra arista abierta que impide el crecimiento de Turkmenistán es el turismo restringido. Si bien el país posee lugares únicos, como la Puerta del Infierno o la antigua Merv, el turismo se encuentra muy limitado por la necesidad de visados bastante difíciles de obtener, la obligatoriedad de contratar guías estatales obligatorios y controles intensos sobre los visitantes. 


En resumen, en Turkmenistán vemos que la economía rentista les ha permitido consolidar y justificar la política seguida a cabo, pivotante sobre un Estado centralizado, y financiar los megaproyectos nacionales; pero realmente constituyó un obstáculo a la diversificación productiva, reforzando la opacidad en la gestión de ingresos, y causando, en cierta parte, un estancamiento económico y un sistema con desigualdades estructurales considerables.


Proyección exterior, vista como un aislamiento controlado, con alianzas selectivas

La política exterior turcomana se articula en torno a un principio central proclamado por el Estado desde 1995: la neutralidad permanente. En la práctica, esta neutralidad no implica ausencia de alineamientos, sino un modelo de aislamiento diplomático cuidadosamente administrado, que permite al régimen evitar compromisos multilaterales democráticos mientras mantiene relaciones económicas y de seguridad convenientes con potencias regionales. Turkmenistán limita al máximo su participación en organismos internacionales, evita involucrarse en disputas regionales, restringe la presencia de misiones extranjeras y reduce al mínimo la cooperación política con Occidente, especialmente en temas sensibles como derechos humanos, gobernanza, transparencia o liberalización política.


Frente a Rusia y China, Turkmenistán mantiene una relación pragmática: Moscú continúa siendo un actor cultural y estratégico clave en Asia Central, mientras que Pekín se ha consolidado como comprador prioritario de gas, financiador de infraestructura y socio político que no exige reformas. Esta combinación de dependencia energética y confianza diplomática permite al régimen garantizar ingresos estables sin someterse a auditorías internacionales. A su vez, la neutralidad opera como escudo discursivo: el Estado la presenta como una opción soberana, pacifista y orientada a la estabilidad, aunque su función real sea blindar el autoritarismo interno frente a presiones externas.


El aislamiento no se limita a la esfera diplomática: también se proyecta sobre la movilidad de personas, la circulación de información y la conexión digital. Turkmenistán es uno de los países más herméticos del mundo: obtener visado es extremadamente difícil; la presencia de turistas extranjeros es minúscula (son menos de 20,000 personas las que anualmente suelen visitar el país); el acceso de periodistas internacionales es prácticamente imposible; y la sociedad civil carece de canales para interactuar con redes globales.


El resultado de esta estrategia es un equilibrio delicado. Por un lado, la neutralidad brinda al régimen margen para evitar involucrarse en conflictos y garantiza cierta estabilidad regional, pero por otro lado limita la diversificación económica, frena el intercambio tecnológico, dificulta la diplomacia cultural y restringe la capacidad del país para adaptarse a dinámicas globales. Turkmenistán proyecta hacia el exterior una imagen de país cerrado pero autosuficiente, orgulloso pero distante, rico en recursos pero pobre en vínculos internacionales. En última instancia, esta política exterior refleja el modelo interno: centralizado, controlado, vigilado y orientado a la preservación del poder antes que a la integración global.


Extravagancia y un futuro plasmado en la estética del autoritarismo

Uno de los motivos principales por los que el caso turcomano es bastante extravagante a la par que extraño en el estudio y descripción, más allá de la conformación de un sistema económico desigual, clientelista y poco diversificado o un sistema político caracterizado por un culto al líder y un autoritarismo multipartidista sin competencia práctica, es en la manera que tiene de plasmar todos estos conceptos que previamente han sido analizados dentro de la sociedad y cómo utiliza la estética y las estatuas para generar identidad y poder, pues la monumentalidad extravagante que define el paisaje urbano turcomano construye el lenguaje visual a través de la cual se ha legitimado de forma simbólica y ha proyectado un ideario de continuidad a futuro. El uso de mármol blanco, los bulevares vacíos diseñados para procesiones casi rituales, los megaproyectos infrautilizados y las innumerables estatuas doradas funcionan como un dispositivo de poder que cristaliza la ideología del Estado.


La estética monumental de Asjabad opera como un intento de detener el tiempo histórico. La ciudad proyecta una modernidad inmaculada, congelada, en la que la grandiosidad arquitectónica suplanta la participación democrática. Las estatuas doradas de los líderes, presentados como héroes culturales, protectores y guías morales, forman parte de una narrativa de eternidad política: el líder se representa no como gobernante temporal, sino como punto fijo en un relato nacional que pretende ser inmutable. Incluso los fenómenos naturales, como la llamada Puerta del Infierno, son incorporados simbólicamente a esta visión, transformándolos en metáforas de un país condenado a mantener encendido su propio fuego, espectacular y abrasador, pero estancado en un consumo sin renovación.


Desde este punto de vista, es perfectamente enlazable todos los elementos que componen el Estado y el sistema político-social turcomano. Desde la estética, Turkmenistán parece condicionar su futuro a esta forma de política anticipatoria en la que el régimen analiza, diseña y marca un futuro que reproduce las mismas lógicas de orden visual allá donde tiene poder e influencia, y extiende su control desde sus comités por barrios hasta el performativo en base a toda la parafernalia estética formulada sobre las calles de sus ciudades, convirtiéndose en museos habitados, los monumentos en referencias morales perennes y los paisajes en escenarios sobre los que formular relatos nacionales, tratándose de un proyecto de eternización en todos sus sectores. Al proyectar un futuro que visualmente se parece al presente (grandes avenidas, mármol, dorado, fuego eterno, rituales coreografiados), el Estado asegura que el horizonte político siga siendo estático y predecible, evitando la entrada de narrativas alternativas o de posibles cambios, impensables por otro lado a día de hoy.


Así, los espacios extravagantes y el futuro estético del régimen se encuentran íntimamente enlazados. Las escenografías del poder no solo representan la grandiosidad simbólica del Estado, sino que definen los límites de lo imaginable en Turkmenistán. En un país donde la oposición política es inexistente, la sociedad civil está controlada y la libertad de expresión es mínima, la monumentalidad funciona como un sustituto de la política: una arquitectura que gobierna, una estética que disciplina y un paisaje urbano que ordena dentro de un relato preestablecido.

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