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¿El último dramón de Bollywood?

  • Foto del escritor: nacionesenruinas
    nacionesenruinas
  • 29 may 2025
  • 8 Min. de lectura

Actualizado: 2 jul 2025

En el continente asiático podemos observar un área geográfica que actualmente se encuentra en una creciente escalada de tensiones, marcadas por componentes religiosos, históricos y geopolíticos. Ésta región, protagonizada por India y Pakistán, lucha por la región de Cachemira y su control estratégico, territorio norte del subcontinente indio. Pero, ¿Por qué potencias nucleares se iban a enfrentar por una región del Himalaya?¿Qué pinta China en ello?


Si bien Cachemira es un área caracterizada por su relieve escarpado y montañoso, con picos como el K2, cuenta con importantes pasos montañosos, como el de Karakórum —que une China con el índico—; los nacimientos de ríos como el Indo o el Jhelum —que proporcionan agua potable y electricidad—; y glaciares como el de Siachen. Además, es una conocida productora de lanas internacionalmente codiciadas, como la Pashmina. Asimismo, la región cuenta con numerosos bosques y valles idóneos para la producción agrícola.


Cachemira fue un territorio codiciado antiguamente por los imperio ruso y británico, quiénes en búsqueda de no entrar en un conflicto directo crearon diversos Estados “tapón” entre ambos. Así pues, el territorio primero fue conquistado por los sij —etnia india con creencias sijistas— quiénes regalaron parte del territorio a un general hindú, Gulab Singh. Los británicos, con objetivo de acabar con los sij, consiguieron el apoyo de Singh, acabando vendiendo la totalidad del territorio a éste último por el Tratado de Amritsar. En consecuencia, una gran parte de población musulmana quedó bajo gobernanza hindú y diversas regiones de la zona quedaron sin un control establecido, generando justificaciones históricas que posteriormente han reclamado indios, chinos y pakistaníes.


Tras 1947, India y Pakistán logran su independencia del Imperio Británico y Cachemira queda como territorio independiente de mayoría musulmana gobernado por una dinastía hindú. Pakistán reclamó el territorio, mandando tropas para anexar Cachemira. En respuesta, el maharajá Hari Singh —hindú— pidió ayuda a India, firmando a cambió la anexión del territorio a éste país. India accedió a la adhesión del territorio, prometiendo un futuro referéndum para que los locales decidieran —hecho que nunca ha sucedido— provocando la primera guerra entre Pakistán e India. En consecuencia, una parte del norte de Cachemira se separó y unió extraoficialmente a Pakistán, dejando a Gilgit-Baltistan —región del norte— sin derechos políticos plenos, un control directo de Islamabad y movimientos pro-independentistas y terroristas que han dejado miles de muertes.


En consecuencia, se han desencadenado tres guerras por el control de Cachemira: 1947,1965 y 1999, así como, numerosos episodios de violencia. A ello, se suma la decisión del gobierno indio en 2019, revocando el estatus especial del Estado de Jammu y Cachemira, integrándose completamente bajo administración india, generando tensiones crecientes. Pakistán consideró ésta decisión como “anexión ilegal”, mientras que India lo plasmó como un asunto interno de su soberanía. Sin embargo, pese a poder lograr entender las diferencias entre indios y pakistaníes, ¿Qué papel tiene China?


Por el mencionado Gilgit-Baltistan, transcurre el corredor económico entre Pakistán y China, parte del proyecto chino “la Franja y la Ruta”. Pekín invierte miles de millones en la región, compensando a Pakistán sus servicios ante las rivalidades entre China e India como potencias emergentes, favoreciendo la creación de grandes infraestructuras —pese a que la población no se beneficia en términos generales de las mismas—. Asimismo, las relaciones económicas entre Islamabad y Pekín comenzaron en 1963, especialmente favoreciendo las importaciones de algodón pakistaní y las exportaciones de hierro, acero y carbón chinas. Así pues, para 1969, se comenzaron a abrir infraestructuras de carreteras entre Gilgit y China, y, en 1978 la autopista de Karakoram en el paso de Khunjerab.


Tan importante es para el gigante asiático Pakistán que la primera oficina bancaria de un país del “Tercer Mundo” en Pekín fue a través de la representación del Banco Nacional de Pakistán. A estos impulsos, les siguieron las buenas relaciones entre líderes y la construcción del puerto de Gwadar en 2002, donde China invirtió casi el 80% del presupuesto necesario, así como la construcción de una autopista entre Karachi y Gwadar. El objetivo de éste puerto es canalizar los flujos comerciales de Asia Central, Pakistán y el oeste de China —Xinjiang— promoviendo las inversiones y sirviendo de punto de vigilancia chino a las flotas occidentales y especialmente estadounidenses en la región del Golfo Pérsico.


Pakistán fue el primer país del sur de Asia con el que China firmó un tratado de libre comercio en 2006. Posteriormente, en 2015 Xi Jinping anunció la creación del corredor mencionado previamente, con intención de unir Xinjiang con Gwadar, con una inversión superior a los 60,000 millones de dólares, plasmados en por ejemplo la construcción de la autopista entre Lahore y Karachi en 2016. Éste proyecto, podría provocar más de 700,000 empleos e incrementar el PIB pakistaní un 2,5% para 2030. Sin embargo, parece que Islamabad puede estar cediendo demasiado a favor de una dependencia china, especialmente en términos de deuda —en 2025 China ha aprobado un préstamos de 2 mil millones más a Pakistán—, promoviendo que China tan sólo se interese en la zona por el establecimiento de su “Collar de Perlas” —puertos con fines militares— en el puerto de Gwadar, rompiendo con su tradicional posicionamiento pro-estadounidense contra Afganistán.


Por su parte, India mantiene tensiones asimétricas con China. Si bien pelean por el control territorial de partes de Cachemira, China es el mayor socio comercial de India, con un intercambio de casi 120 mil millones de dólares al año. Además, se encuentran en un proceso de intercambio comercial pujante entre ambos. A su vez, una gran cantidad de las inversiones extranjeras de India provienen de China y el gobierno de Nueva Delhi busca facilitar la inversión en sectores no sensibles para el país, como la agricultura o la manufactura ligera.


Sin embargo, las relaciones con Pakistán no son tan “neutrales”, desde 2018 sus intercambios se encuentran en descenso, habiendo caído en más de un 60% en ocho años. Además, desde abril de 2025, el Tratado de Aguas del Indo ha quedado suspendido y se han cerrado los pasos fronterizos. En respuesta, Pakistán ha suspendido el comercio con India y ha prohibido los vuelos al país, provocando una crisis que todavía no logramos alcanzar a ver sus repercusiones.


China, India y Pakistán son tres potencias nucleares con rivalidades que van más allá de Cachemira —pese a ser la justificación de sus ministerios de exteriores—. China quiere el control de Gwadar para reducir el comercio indio y controlar a los buques americanos; India quiere presionar la economía pakistaní para que no siga el ritmo de la suya y beneficie a China; y; Pakistán se posiciona con China para provocar reacciones de Nueva Delhi que perjudiquen a su desarrollo económico. Como resultado, India se ha de posicionar menos “neutral” en un escenario donde cada vez pide más ayuda a EEUU. Sin embargo, ¿Hasta dónde llevarán sus rivalidades internas a una región de 3,085 millones de habitantes, donde ya van más de 70,000 muertes en conflictos fronterizos?


Lo cierto es que la escalada de tensiones ha logrado adquirir ya la catalogación de conflicto. Tras el atentado terrorista del 22 de abril de 2025 en la región de Pahalgam —parte india de Cachemira— el estallido de una guerra ha sido casi total. Un grupo armado atacó un convoy turístico, asesinando cruelmente a 26 personas, siendo uno de los peores ataques de los últimos tiempos en la zona. Inicialmente, el grupo insurgente The Resistance Front —TRF— se adjudicó el ataque, aunque posteriormente se retractó, poniendo en duda a los verdaderos responsables —entre los que no se descarta a la inteligencia pakistaní—.


No obstante, éste atentado no ha sido un caso aislado. Ha sido resultado de décadas de tensión acumulada. Además, el ataque se enmarca en una serie de incidentes de baja intensidad que han ido aumentando la tensión desde principios de año, a medida que grupos insurgentes penetraban en Cachemira.


En respuesta, India, sin pruebas concluyentes de forma pública, basándose en patrones previos y su inteligencia, acusó directamente a Pakistán de haber respaldado logísticamente e ideológicamente a los responsables —con lo que “justificaría” su ataque según el DIH—. Entre los grupos señalados, se encuentran Lashkar-e-Taiba y Jaish-e-Mohammed, los cuales cuentan con una historia de operaciones desde territorio paquistaní extensa, con especiales fines insurgentes en Cachemira. Islamabad, negó cualquier tipo de implicación, acusando a India de “infundir” y de desestabilizar la región mediante una narrativa nacionalista.


En respuesta, el gobierno indio de Narendra Modi, respondió contundentemente. El 25 de abril anunció la suspensión del Tratado de Aguas del Indo, acuerdo histórico que regula el uso compartido de las aguas del río Indo por parte de ambos países desde 1960. Esta decisión afectaba especialmente al sector agrícola paquistaní, al restringir el flujo de agua desde ríos clave.


Asimismo, el 7 de mayo, India lanzó la “Operación Sindoor”, ofensiva militar que incluyó ataques selectivos con drones y misiles contra nueve objetivos identificados como bases de operaciones de grupos extremistas en territorio de Pakistán y en la Cachemira bajo control de Islamabad. Según India, los ataques estuvieron diseñados para evitar víctimas civiles y minimizar el riesgo de una escalada mayor, aunque en realidad se mostraron daños y víctimas colaterales. ¿Está India violando el DIH? o ¿Puede catalogarse de autodefensa ante ataques?. Lo cierto es que desde el DIH India no podría acusar directamente al gobierno paquistaní por las acciones, puesto que han sido grupos extremistas los perpetradores que, supuestamente, según la información hasta el momento, no tienen control directo por parte de autoridades paquistaníes. Por lo tanto, simula que India está optando por acciones como las utilizadas por Israel en Gaza, jugando entre la ilegalidad y la alegalidad —mientras Pakistán hace completamente lo mismo—.


En respuesta, Pakistán lanzo bombardeos a la Línea de Control y desplegando drones de contraataque. En total, más de 100 incidentes armados en menos de 72 horas, lo que llevó a creer que el conflicto podía salirse de control y escalar a una guerra nuclear. Sin embargo, la comunidad internacional reaccionó rápidamente ante la posibilidad que dos potencias nucleares entrasen en conflicto. EEUU, China y Rusia —todos con vitales intereses en la región— iniciaron gestiones diplomáticas de urgencia. En concreto, Washington envió emisarios tanto a Nueva Delhi como a Islamabad, jugando un papel como mediador central en un contexto donde ambos países son aliados suyos en la zona, pero con fuertes  contradicciones. Pakistán sirve de apoyo a Arabia Saudí y a EEUU para frenar a Irán, pero se acerca cada vez más a China. Mientras, India perjudica a China, a la vez que apoya a Irán para contrarrestar a Pakistán, lo que posiciona a la administración americana en una red que ha de ser muy cauta por el entramado existente.


Finalmente, el 10 de mayo, tras arduas negociaciones, ambas partes anunciaron un alto al fuego “completo e inmediato”. No obstante, el gobierno indio dejó claro que el cese de hostilidades era “condicional” y completamente reversible. Asimismo, el Tratado del Indo se ha mantenido suspendido como medida de presión diplomática. A pesar del acuerdo, posteriormente se han reportado algunas violaciones al alto al fuego en las zonas montañosas de la Línea de Control, con intercambio de disparos que dejaron varios soldados heridos.


Además, para comprender el conflicto, se han de tener en cuenta otros actores relevantes. Entre estos, encontramos a Irán y Arabia Saudí, quienes influyen en la región mediante sus alianzas con India y Pakistán respectivamente, así como por su presión económica en la zona. Asimismo, Irán presiona a Pakistán por conseguir la independencia de Baluchistán, territorio paquistaní que ocupa en torno a un 44% del país que India apoya y que podría llegar a reconocer como independiente tras la DUI del 14 de mayo por parte de las autoridades locales —lo que podría catalogarse como una violación del DIH—.


Teherán quiere reducir la influencia saudí en Pakistán, externalizando sus propias diferencias diplomáticas y regionales. En consecuencia, en búsqueda de desestabilizar Pakistán, se realizan numerosas escaramuzas transfronterizas entre ambos países y se comparte información con India. De igual forma, Delhi apoya abiertamente el movimiento separatista de Baluchistán desde hace décadas de forma intermitente. De hecho, Irán e India firmaron el 8 de mayo, varios acuerdos enmarcados en la 20ª Reunión de la Comisión Conjunta India-Irán, lo que muestra el compromiso de ambos por contrarrestar a Islamabad. Mientras, Pakistán se apoya en China para perjudicar a India.


El conflicto del pasado 25 de abril no fue una escalada militar esporádica, sino la manifestación de décadas de desconfianza, heridas coloniales no sanadas por negligencia de ambos gobiernos y disputas territoriales muy mal resueltas. Aunque la violencia se ha “congelado”, las condiciones estructurales para el surgimiento de un conflicto siguen intactas. Cachemira continúa dividida, los grupos extremistas siguen activos, y ambos bandos parecen estar realmente dispuestos a combatir abiertamente. Ante éste conflicto, la diplomacia internacional y los foros multilaterales como la ONU o la OCS habrán de sumar esfuerzos si quieren que no se rompa éste fino “hilo” de paz nuevamente.


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