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Elecciones Colombia: contexto político, candidatos, resultados de primera vuelta y perspectivas para el balotaje

  • Foto del escritor: José Manuel Jiménez Vidal
    José Manuel Jiménez Vidal
  • hace 1 día
  • 12 min de lectura
Contexto: qué país llega a las urnas

Colombia llega a las elecciones presidenciales de 2026 como un país profundamente polarizado, con una economía que no ha logrado despegar bajo el gobierno de izquierda de Gustavo Petro y una violencia que, lejos de reducirse, ha mutado y se ha extendido–véase el Catatumbo, Cauca, Arauca, Guaviare, Nariño y Chocó–. Cuatro años después del histórico triunfo del primer presidente de izquierda del país, la promesa de la "Paz Total" —el eje central de su administración— se evalúa con resultados contradictorios: algunos grupos armados al margen de la ley siguen activos, otros aprovecharon los diálogos para rearmarse y la percepción ciudadana de inseguridad no ha mejorado.


Estructuralmente, Colombia combina una economía dependiente del petróleo y la minería —cuestionadas por la administración Petro— con niveles de desigualdad entre los más altos de Hispanoamérica (Gini de 0,54 según el DANE). El mercado laboral informal supera el 55% de la población ocupada. El censo electoral asciende a 41,4 millones de personas habilitadas, de las cuales más de 1,4 millones residen en el exterior, con grandes diásporas en España, Estados Unidos, Venezuela, Canadá y Chile.


Cómo funciona el sistema electoral colombiano

La Constitución colombiana de 1991 establece un sistema presidencial de doble vuelta. En la primera vuelta, el candidato necesita la mayoría absoluta —más del 50% de los votos válidos— para ganar directamente –hecho que no se ha logrado en la primera vuelta de 2026–. Si nadie alcanza ese umbral, los dos candidatos más votados compiten, por norma general, tres semanas después en segunda vuelta, donde basta la mayoría simple. Históricamente, solo Álvaro Uribe logró ganar en primera vuelta –teniendo en cuenta la etapa constitucional–: en 2002 con el 54% y en 2006 con el 62%. Todos los demás presidentes desde 1991 han necesitado el balotaje.


Asimismo, la Registraduría Nacional del Estado Civil organiza las votaciones y certifica los resultados y el Consejo Nacional Electoral (CNE) es el órgano de control político-electoral. Los 13.489 puestos de votación se distribuyen entre zonas urbanas (6.010) y rurales (7.479), lo que subraya el peso del voto de las periferias. La participación histórica oscila entre el 45% y el 60% –baja teniendo en cuenta la población registrada con derecho a voto–. Para las legislativas (senadores y representantes hasta 2030) del 8 de marzo de 2026 —que se celebraron el mismo día que las consultas interpartidistas— el umbral es la cifra repartidora del método D'Hondt –comicios que auparon a la izquierda de Petro y al partido de Paloma Valencia: Partido Centro Democrático–.


Los tres candidatos con opciones reales

Iván Cepeda Castro — Pacto Histórico (izquierda)

Filósofo, senador y defensor de derechos humanos, Cepeda (63 años) es el candidato del oficialismo. Hijo del senador comunista Manuel Cepeda, asesinado en 1994 por paramilitares aliados de la Policía, su vida ha estado marcada por el exilio y la defensa jurídica de víctimas del conflicto. Fue él quien presentó ante la Corte Suprema pruebas que derivaron en la condena de Álvaro Uribe por parapolítica –un largo enfrentamiento que definió su trayectoria pública–.


Su propuesta continúa la línea de Petro: profundización de la Paz Total, reforma fiscal progresiva, desarrollo rural y crítica a la intervención de EE.UU. en Venezuela. Su candidata a vicepresidenta es Aida Quilcué, líder indígena nasa. Las encuestas le daban entre el 37% y el 44,6% de intención de voto (Invamer, mayo 2026): favorito en primera vuelta, pero lejos de la mayoría absoluta. La incógnita no era si Cepeda iba a pasar, sino quién lo acompañaría al balotaje.


Abelardo de la Espriella — candidato independiente (derecha radical)

Abogado penalista de 52 años, conocido como "El Tigre", De la Espriella es el gran fenómeno de campaña. Sin experiencia en cargos públicos, ganó popularidad como defensor de narcos en los medios y llegó a la política nacional directamente desde una vida de lujo entre Italia y Colombia. Su irrupción como outsider capta el voto antiestablishment tanto de derecha como de sectores populares hastiados de la clase política tradicional.


Sus propuestas son las más radicales en seguridad: promete ataques aéreos contra el ELN "desde el primer día" con apoyo de EE.UU., ha citado a Bukele como referente y se alinea con la derecha hispanoamericana conectada a Trump y Milei. Su fórmula vicepresidencial es José Manuel Restrepo, exministro de Hacienda y Comercio, que aporta credibilidad económica. Las encuestas lo situaban entre el 27,5% y el 31,6%, lejos del 43% finalmente obtenido.


Paloma Valencia — Centro Democrático (derecha uribista)

Senadora desde 2014, economista y nieta del expresidente Guillermo León Valencia, Paloma Valencia (49 años) encarna la derecha institucional del uribismo. Ganó la Gran Consulta por Colombia en marzo derrotando a María Fernanda Cabal, lo que la convierte en la candidata más sólida del establishment conservador. Su fórmula con Juan Daniel Oviedo —exdirector del DANE, popular entre sectores de centro— es un intento de ampliar el espectro más allá del voto duro uribista.


Defiende una alineación explícita con Washington en política antidrogas, cooperación militar y extradición. Elogia la política de Trump y propone el regreso al modelo de seguridad democrática. Las encuestas le dan entre el 12,6% y el 21,7%: era la tercera en intención de voto, con el riesgo de ser desplazada por De la Espriella como referente de la derecha, hecho que finalmente desplazó a la candidata más centrista. Tras los resultados, la pregunta gira en si el voto opositor se concentrará o se dividirá entre los dos últimos candidatos –Valencia ha mostrado su apoyo a la candidatura de De Espriella–.


Cuatro años de Petro: luces, sombras y escándalos

Lo que hizo (pros)

El gobierno Petro impulsó la Ley de Paz Total, que –hablando de forma general y con matices a considerar– abrió canales de negociación con grupos armados que nunca antes habían aceptado dialogar. Amplió la cobertura de programas sociales, fortaleció la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y avanzó en la reparación de víctimas del conflicto. Elevó el salario mínimo por encima de la inflación en varios años consecutivos y buscó diversificar las relaciones internacionales de Colombia, distanciándose de la dependencia exclusiva de Washington.


Lo que falló (contras)

La Paz Total no produjo la reducción de violencia prometida: varios grupos armados usaron las treguas para reorganizarse. La violencia en territorios rurales y zonas cocaleras no disminuyó. La reforma a la salud —una de las banderas de campaña— quedó en el Congreso sin aprobarse. La reforma pensional fue aprobada pero su viabilidad fiscal es cuestionada. La política energética anti-extractivista ahuyentó la inversión sin ofrecer alternativas consolidadas. La informalidad laboral no mejoró. El déficit fiscal se amplió. En suma, un cúmulo poco atractivo para los centros financieros y económicos nacionales.


Los escándalos

El gobierno Petro acumula al menos 24 escándalos de alto nivel documentados según El Colombiano. Algunos de los más graves, en breve forma:


  1. Financiación ilegal de campaña: el CNE sancionó a los directivos de la campaña de 2022 por violación de topes electorales y financiación prohibida. Ricardo Roa, gerente de la campaña y presidente de Ecopetrol, fue señalado; la institución recomendó investigación penal por parte de la Fiscalía.

  2. Contratos a dedo: el gobierno usó $31 billones de pesos en contratos de asignación directa a juntas comunales y resguardos, práctica que la Corte Constitucional declaró ilegal en febrero de 2026. No obstante, los críticos señalaron fines electorales.

  3. Masacre de Moura y menores en bombardeos: el Ejecutivo enfrentó acusaciones de doble estándar: Petro criticó bombardeos del gobierno de Duque en los cuales, mataron niños, pero la Defensoría del Pueblo alertó que en noviembre de 2025 siete menores murieron en un bombardeo en Guaviare contra disidencias de "Iván Mordisco".

  4. Participación indebida en campaña: la exalcaldesa Claudia López presentó ante la Comisión de Acusación de la Cámara una denuncia con 20 hechos documentados de intervención directa del presidente en el debate electoral, incluyendo ataques en redes sociales al CNE y a candidatos específicos.

  5. Violencias de género en el entorno presidencial: tres funcionarios cercanos a Petro —Víctor de Currea-Lugo, Hollman Morris y Diego Cancino— enfrentaron señalamientos de acoso, con intervención de la Procuraduría. Petro respondió a todos los escándalos enmarcándolos como parte de una conspiración del establishment contra su gobierno, sin abordar los contenidos específicos de las denuncias.


La dimensión internacional: Trump, Bukele y la derecha regional

Las elecciones colombianas tienen proyección hemisférica. Un informe reservado del Servicio de Investigación del Congreso de EE.UU., filtrado en mayo de 2026, analizó a los tres candidatos principales y sus posibles efectos sobre la relación bilateral. La conclusión es que la victoria de De la Espriella o Valencia representaría una reorientación profunda: más cooperación en antidrogas, más extradiciones y un acercamiento al Escudo de las Américas impulsado por Trump –en el cual todavía no ha entrado Colombia–.


El 48% de los votantes colombianos encuestados afirmó que un eventual respaldo explícito de Trump a De la Espriella aumentaría su probabilidad de votar por él, según una encuesta Shila Vilker-Ivoskus (mayo 2026). De la Espriella se reunió con Flavio Bolsonaro días antes de la primera vuelta y publicó mensajes celebrando la articulación de "un frente común contra la izquierda radical" en la región. Tanto él como Valencia han elogiado a Nayib Bukele como modelo de seguridad.


La victoria de Cepeda, en cambio, implicaría continuidad del distanciamiento de Petro con Washington —que llegó al extremo de que Trump amenazara públicamente con "hacer cosas malas en Colombia" y Uribe calificó a Petro de "campeón de la corrupción" por sus críticas al mandatario estadounidense. En materia multilateral, Colombia bajo Petro fue presidente pro tempore de la CELAC (2025-2026), reforzando su alineación con el bloque progresista en la región, ligándose estrechamente con las administraciones de Sheinbaum en México, Lula da Silva en Brasil y Yamandú Orsi en Uruguay.


Asimismo, China y Turquía han ampliado su presencia económica en Colombia –especialmente en sectores como la infraestructura, la industria textil, energía, minería o agroindustria–, pero sin incidencia directa notable en la campaña. Mientras, Rusia, cuya influencia en el Sahel africano preocupa a Washington, está todavía ausente del debate colombiano –aunque por las características violentas y mercenarias de ciertos grupos del crimen organizado en el país, preocupa una incidencia o apoyo indirecto–.


¿Quién vota qué? El mapa sociológico del electorado

Colombia no tiene una línea divisoria ideológica limpia. La sociología electoral combina variables de clase, territorio, religión, género y edad de formas complejas:


  • Cepeda: concentra su base en el voto urbano de clase media-baja y sectores populares organizados, comunidades afrocolombianas e indígenas, y el voto joven ideologizado que en 2022 empujó a Petro. Las grandes ciudades como Bogotá, Cali y las regiones Caribe y Pacífica son su territorio más fuerte.

  • De la Espriella: capta el voto antipolítico y anti-Petro de sectores medios y populares que no se identifican con el uribismo tradicional. Tiene fuerte presencia en redes sociales y entre votantes de 18 a 35 años que no son ideológicamente de izquierda pero rechazan medidas adoptadas por Petro. Su base geográfica es difusa justamente por su rasgo de outsider, aunque sí se ha visualizado una concentración en las áreas centrales del país.

  • Valencia: tiene el voto duro uribista: Antioquia, Córdoba, los Llanos, sectores empresariales, votantes de mayor edad y niveles educativos medio-altos que apoyan el modelo de seguridad democrática. Con Oviedo como fórmula intentó capturar el voto de centro que teóricamente rechazaba tanto a Petro como al radicalismo de De la Espriella –aunque como se puede observar, las regiones donde destacaba Valencia han optado por girar hacia la derecha–.


La abstención es estructuralmente alta (rondó el 45% en 2022) y suele castigar más al oficialismo. El voto en blanco tiene peso simbólico pero raramente incide en el resultado. La clave de la segunda vuelta será la concentración del voto opositor: si De la Espriella y Valencia no logran fusionar electores, Cepeda tendrá la presidencia asegurada.


Análisis: Colombia en una encrucijada sin salida fácil

Las elecciones de 2026 no son solo una alternancia de partidos: son un referéndum sobre el modelo de país. Cepeda representa la continuidad de una transformación social que no ha terminado de cuajar institucionalmente. De la Espriella es la traducción colombiana del populismo de derechas que barre América Latina y EE.UU.: anti-élite, pro-seguridad, con estética outsider y vínculos con la red internacional de Milei, Bolsonaro y Trump.


El problema estructural de Colombia —violencia, desigualdad, informalidad, dependencia de commodities— no tiene solución rápida en ninguno de los programas. Cepeda hereda cuatro años de desgaste del Pacto Histórico sin poder romper con Petro. De la Espriella genera entusiasmo pero ninguna certeza sobre su capacidad de gobernar. Valencia tiene experiencia legislativa pero un techo electoral marcado por el rechazo al uribismo en las ciudades y ya un resultado que la deja fuera de la Presidencia.


Lo que es seguro es que habrá segunda vuelta —la regla histórica desde 1991 así lo indica, salvo las excepciones de Uribe— y que quien gane enfrentará un Congreso fragmentado, una economía bajo presión fiscal, grupos armados que no desaparecerán por decreto y una relación con EE.UU. que en cualquier escenario exige negociación. Colombia votó el 31 de mayo no para resolver sus contradicciones, sino para elegir con cuál de ellas quiere convivir los próximos cuatro años.


Resultados electorales y lectura política del voto

Las elecciones presidenciales colombianas de 2026 confirmaron la profunda fragmentación política del país y la consolidación de tres grandes bloques electorales: la izquierda del Pacto Histórico, la nueva derecha populista representada por Abelardo de la Espriella y la derecha tradicional vinculada al uribismo.


Con una participación cercana al 58% del censo electoral —uno de los niveles más altos registrados en elecciones presidenciales recientes— acudieron a las urnas aproximadamente 24 millones de colombianos de los 41,5 millones llamados a votar. El resultado de la primera vuelta reflejó una sociedad dividida entre continuidad y cambio, así como un fuerte voto de castigo hacia las estructuras tradicionales.


A la luz de los resultados de la primera vuelta presidencial del 31 de mayo de 2026, la distribución territorial del voto colombiano volvió a reflejar una fractura geográfica que ya había aparecido en elecciones anteriores. Mientras Iván Cepeda y el Pacto Histórico lograron imponerse con claridad en buena parte de las costas, las regiones fronterizas y numerosos departamentos periféricos, Abelardo de la Espriella dominó gran parte del interior andino y del centro económico del país.

 

Esta división responde, en primer lugar, a las diferentes realidades socioeconómicas que caracterizan a Colombia. Las zonas costeras del Caribe y del Pacífico, junto con departamentos fronterizos como Putumayo, Nariño o varias regiones amazónicas, presentan históricamente mayores niveles de pobreza, menor presencia estatal y una fuerte demanda de inversión pública. En estos territorios, los discursos centrados en la redistribución, la ampliación de derechos sociales y la intervención del Estado suelen encontrar una mayor receptividad. Un ejemplo significativo fue Putumayo, donde Cepeda superó el 71 % de los votos, convirtiéndose en uno de sus bastiones electorales más sólidos. 


Además, muchas de estas regiones cuentan con una importante presencia de comunidades indígenas, afrocolombianas y campesinas, sectores que han respaldado tradicionalmente opciones progresistas debido a sus reivindicaciones históricas relacionadas con el acceso a servicios públicos, la protección territorial y la inclusión política. La candidatura de Cepeda, apoyada por amplios movimientos sociales y por sectores indígenas vinculados al Pacto Histórico, logró consolidar parte de ese voto periférico. 


Por el contrario, el centro del país y buena parte de la región andina mostraron una mayor inclinación hacia las candidaturas conservadoras y de derecha. Departamentos como Antioquia, Santander, Caldas, Risaralda o amplias zonas del Eje Cafetero poseen una estructura económica más desarrollada, una fuerte tradición empresarial y una cultura política donde las cuestiones relacionadas con la seguridad, la estabilidad institucional y la defensa de la propiedad privada tienen un peso considerable. En estos territorios, el mensaje de Abelardo de la Espriella, basado en el endurecimiento de las políticas de seguridad, la lucha contra los grupos armados y la crítica a la gestión de Gustavo Petro, encontró un terreno especialmente favorable.


También influyó el contexto político nacional. Tras cuatro años de gobierno del Pacto Histórico, parte del electorado del interior percibió que problemas como la inseguridad, la violencia de grupos armados y las dificultades económicas seguían sin resolverse plenamente. De la Espriella consiguió capitalizar ese descontento mediante un discurso de orden y autoridad inspirado en modelos como los de Nayib Bukele, obteniendo finalmente el 43,74 % de los votos frente al 40,90 % de Cepeda.

 

Resultados de la primera vuelta

Candidato
Votos
% Aproximado

Abelardo de la Espriella  (Firmes por la Patria)

10,3 millones

43,74%

Iván Cepeda (Pacto Histórico)

9,6 millones

40,9%

Paloma Valencia (Centro Democrático)

1,6 millones

6,92%

Otros candidatos

1,5 millones

5,48%

Voto en blanco, nulos o no marcados

0,7 millones

2,96%

Cepeda se consolidó como la primera fuerza nacional, dominando especialmente en Bogotá, Cali, la costa Caribe, el Pacífico colombiano y departamentos con fuerte presencia indígena y afrodescendiente. Sin embargo, el resultado quedó lejos del 50% necesario para evitar el balotaje, evidenciando los límites electorales del petrismo tras cuatro años de gobierno.


La sorpresa de la jornada fue la consolidación de Abelardo de la Espriella como principal referente opositor. Su candidatura absorbió gran parte del voto antisistema y del rechazo a Petro, desplazando parcialmente al uribismo tradicional. Su mejor desempeño se produjo en departamentos intermedios, zonas urbanas emergentes y sectores jóvenes de clase media.

Por su parte, Paloma Valencia obtuvo un resultado inferior al esperado por parte del Centro Democrático –especialmente tras los resultados positivos obtenidos el pasado 8 de marzo en las legislativas–. Aunque mantuvo la hegemonía en algunos bastiones históricos del uribismo, la aparición de De la Espriella fragmentó el voto conservador y redujo considerablemente sus posibilidades de acceder a la segunda vuelta.


Implicaciones políticas

El resultado abre una nueva etapa en la política colombiana. De nuevo, desde el inicio del ciclo progresista latinoamericano de la década de 2020, uno de los principales gobiernos de izquierda de la región puede ser reemplazado por una candidatura claramente alineada con las nuevas derechas continentales –como ha sucedido en Argentina, Chile o Bolivia–.


Sin embargo, el margen relativamente estrecho de victoria demuestra que Colombia continúa profundamente dividida. El nuevo presidente heredará un país polarizado, con un Congreso fragmentado, desafíos fiscales considerables y una situación de seguridad que sigue lejos de estar resuelta.


Más que una victoria ideológica definitiva, las elecciones de 2026 reflejarán, sin lugar a dudas, el agotamiento de una etapa política y el inicio de otra cuyo éxito dependerá de la capacidad del nuevo gobierno para responder a problemas estructurales que ningún presidente colombiano ha conseguido resolver plenamente durante las últimas décadas.


Nos vemos el 21 de junio de 2026 en la segunda vuelta electoral de Colombia.

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