Elecciones Marruecos 2026: resultados, participación y nuevo escenario político
Este miércoles, 23 de septiembre de 2026, casi dieciséis millones de marroquíes han sido convocados a las urnas para renovar los 395 escaños de la Cámara de Representantes. Sobre el papel, es una elección legislativa más: la sexta del reinado de Mohamed VI, la cuarta desde la reforma constitucional de 2011. Pero reducirla a ese dato sería no entender nada de lo que ha pasado en Marruecos en el último año. Porque estas elecciones no llegan del vacío: llegan después de que, entre septiembre y octubre de 2025, el país viviera las movilizaciones más importantes de su historia reciente. Y esa herencia, más que cualquier programa electoral, es la clave para leer lo que ha pasado hoy.
El origen: ocho mujeres, un hospital y un hashtag
¿Por qué empezar por 2025 y no por la campaña de este mes? Porque sin ese antecedente, el resultado de hoy, sea cual sea, resultará ilegible. En agosto de 2025, ocho mujeres murieron durante cesáreas en el hospital público Hassan II de Agadir. La noticia, que en otro contexto quizá se habría diluido, se convirtió en la chispa de algo mucho mayor: el 27 de septiembre, un colectivo anónimo y descentralizado llamado Gen Z 212, organizado, no por casualidad, a través de Discord, TikTok e Instagram, convocó manifestaciones simultáneas en al menos quince ciudades marroquíes.
El lema que resumió la indignación no podía ser más directo: “¡Queremos hospitales, no solamente estadios!”. La frase no era gratuita. Marruecos tiene, según la Organización Mundial de la Salud, 7,7 médicos por cada 10.000 habitantes, una cifra que cae a 4,4 en regiones como Agadir, muy por debajo del estándar recomendado de 25. Mientras tanto, el país tiene comprometidos más de 5.000 millones de dólares en la construcción y renovación de estadios para la Copa Africana de Naciones de diciembre de 2025 y el Mundial de 2030, que organizará junto a España y Portugal. ¿Se puede pedir un contraste más elocuente entre prioridades de Estado y necesidades ciudadanas?
Las protestas, se prolongaron varias semanas y llegaron a un punto crítico cuando, en la localidad de Leqliaa, murieron tres manifestantes tras una respuesta policial que numerosas organizaciones calificaron de desproporcionada. Human Rights Watch documentó a lo largo del año actuaciones contra activistas, periodistas y defensores de derechos humanos, así como restricciones sobre las protestas. No es un dato menor para entender el clima con el que Marruecos ha llegado a esta cita electoral.
Cuando el Palacio responde
La monarquía, que en el sistema marroquí no es una figura decorativa sino un actor político de primer orden, no ignoró la magnitud de lo que estaba ocurriendo. El 19 de octubre de 2025, el rey Mohamed VI presidió un Consejo de Ministros del que salieron las líneas generales de la ley de finanzas para 2026: un presupuesto presentado explícitamente como una fórmula que combina “justicia social y desarrollo territorial”, con un incremento del 16% en el gasto en sanidad y educación, y medidas para facilitar la participación política de los menores de 35 años, entre ellas, la subvención de hasta el 75% de los gastos de campaña para candidatos jóvenes.
¿Funcionó? A medias. La respuesta institucional pareció, según varios analistas, quitarle peso al movimiento: la política de mano dura combinada con concesiones concretas fue diluyendo la movilización en las semanas siguientes, aunque sin llegar a apagarla del todo, hubo nuevas protestas, más reducidas, a finales de octubre. Lo que queda claro es que buena parte de esa energía acumulada, y sin canalizar del todo, es la que ha llegado hasta las urnas de hoy. La pregunta que sobrevuela estas elecciones no es solo quién gobernará, sino si esa generación que gritó en la calle en 2025 decidirá, en 2026, hacerlo también en las papeletas.
Quién compite (y por qué la coalición de Gobierno llega rota)
Sobre el papel, la carrera la protagonizan tres formaciones que han gobernado juntas desde 2021: la Agrupación Nacional de Independientes (RNI), el Partido de la Autenticidad y la Modernidad (PAM) y el Partido Istiqlal. El RNI ganó entonces con un contundente 27,7% de los votos y 102 escaños, de la mano de Aziz Akhannouch, quien se convirtió en jefe del Gobierno. Ahora bien, Akhannouch ni siquiera se presenta: abandonó este año el liderazgo del partido, que concurre con Mohamed Chaouki como nuevo rostro visible.
Y aquí aparece uno de los datos más reveladores de esta campaña: la coalición que ha gobernado los últimos cinco años llega a las urnas fracturada por dentro. Durante el verano, RNI y PAM protagonizaron un enfrentamiento público por el trasvase de dirigentes y candidatos entre ambos partidos, el RNI acusó al PAM de intentar captar a sus cuadros, algo que este rechazó tajantemente. ¿Tiene sentido que dos socios de Gobierno lleguen a la reelección acusándose mutuamente? Probablemente no, pero es exactamente lo que ha pasado, y da una pista de hasta qué punto esta coalición ha dependido más del reparto del poder que de una visión compartida.
El tercer socio, Istiqlal, liderado por Nizar Baraka, aposta por su implantación histórica, es uno de los partidos más antiguos del país, con raíces en el movimiento nacionalista previo a la independencia, para mantenerse entre las tres principales fuerzas.
Frente a esta coalición desgastada, el gran interrogante es el Partido Justicia y Desarrollo (PJD), de orientación islamista. Gobernó Marruecos durante una década, hasta que en 2021 sufrió un desplome histórico: pasó de más de cien escaños a sólo trece. Su líder actual, Abdelilah Benkirane, ha rechazado presentarse él mismo como candidato en estas legislativas, pero el partido aspira a recuperar parte del terreno perdido apoyándose en un argumento sencillo y efectivo: muchos de sus antiguos dirigentes, aseguran, volvieron a sus profesiones cuando dejaron el Gobierno, en contraste con las élites políticas de otros partidos más vinculadas al mundo empresarial. Es, en el fondo, una versión marroquí del discurso “de la gente corriente contra la casta”, adaptado a su propio contexto.
Completan el mapa formaciones como la Unión Socialista de Fuerzas Populares (USFP, centroizquierda) o el Partido del Progreso y el Socialismo (PPS, izquierda), con menor capacidad de disputar el poder pero relevantes en un Parlamento que, como veremos, está diseñado para fragmentarse.
Un sistema hecho para que nadie gane del todo
¿Por qué es tan difícil, en Marruecos, que un solo partido obtenga una mayoría clara? La respuesta está en el propio diseño del sistema electoral. De los 395 escaños de la Cámara de Representantes, 305 se reparten en 92 circunscripciones locales plurinominales, de entre dos y seis diputados cada una, y los 90 restantes corresponden a doce circunscripciones regionales reservadas exclusivamente a candidaturas encabezadas por mujeres, todo ello bajo un sistema de representación proporcional. En esta convocatoria han competido 28 formaciones políticas con 1.850 listas y 7.288 candidaturas (más de dieciocho por escaño) entre ellas 2.658 mujeres.
Este diseño no es casual: prima la fragmentación parlamentaria casi por definición, lo que obliga a negociar coaliciones después del recuento, nunca antes. Y aquí llega el matiz que más cuesta entender desde fuera: ganar las elecciones no garantiza gobernar. La Constitución marroquí establece que el rey nombra al jefe de Gobierno de entre los miembros del partido que obtenga más votos, pero la persona designada no tiene por qué haber sido candidata a diputada, y ese nombramiento no depende únicamente de la aritmética electoral. Dicho de otro modo: las urnas marcan el terreno de juego, pero no siempre deciden quién juega en primera línea.
Esta particularidad solo se entiende si se abandona la idea de que Marruecos funciona como una democracia parlamentaria al uso. La institución monárquica y las estructuras asociadas al Majzén (el entramado de poder tradicional en torno al Palacio) son muy anteriores al Protectorado franco-español y a la propia independencia de 1956, y conservan hoy un peso decisivo sobre las grandes orientaciones estratégicas del país. La reforma constitucional de 2011, nacida al calor de las movilizaciones del Movimiento 20 de Febrero, amplió de forma real los poderes del Parlamento y del Gobierno, pero no alteró ese equilibrio de fondo. Estas elecciones, por tanto, no deberían leerse como un momento de ruptura, sino como una etapa más de una dinámica de continuidad y ajuste que dura ya más de una década.
Ceuta, Melilla y el ruido de campaña
Durante los meses previos a la votación, varias de las principales fuerzas políticas recuperaron con fuerza en su discurso la reivindicación marroquí sobre Ceuta y Melilla, un asunto especialmente sensible para España. Dirigentes como Nizar Baraka (Istiqlal) o Abdelatif Uahbi (PAM) volvieron sobre ello en distintos momentos de la campaña, aunque conforme avanzaban las semanas ese discurso fue perdiendo peso frente a las preocupaciones sociales, sanidad, educación, empleo que habían marcado 2025. ¿Se trataba de una prioridad de Gobierno real o de un recurso retórico de campaña? La mayoría de los análisis se inclinan por la segunda opción: la frontera lleva años reforzada, y el propio Akhannouch evitó en todo momento escalar el tono sobre esta cuestión.
Una economía que crece sin convencer
El telón de fondo económico añade otra capa de complejidad al relato. Marruecos creció un 4,8% interanual en el segundo trimestre de 2026, según el Alto Comisionado para la Planificación, impulsado por la recuperación agrícola y el sector servicios; el FMI proyecta un 4,4% para el conjunto del año. El país vive, además, un ciclo inversor intenso, carreteras, ferrocarril, aeropuertos, estadios, vinculado en buena parte a la organización del Mundial de 2030.
¿Cómo se explica entonces que ese crecimiento no se traduzca en confianza política, sino más bien en lo contrario? La respuesta, probablemente, está en la desigualdad: ese crecimiento convive con un desempleo juvenil persistente y con unas desigualdades sociales y territoriales que los discursos oficiales prometen corregir en cada convocatoria electoral sin que buena parte de la ciudadanía perciba el cambio en su vida cotidiana. Y ahí es donde el eslogan de la Gen Z 212 vuelve a resonar: para una parte creciente de la sociedad marroquí, el éxito macroeconómico y los grandes proyectos de infraestructura se han convertido en la prueba de que el Estado sabe organizarse, pero no necesariamente en la prueba de que sabe cuidar a sus ciudadanos.
Sin encuestas, con muchas dudas
Un último apunte antes de llegar al resultado: en Marruecos no existen encuestas públicas fiables que permitan anticipar con precisión un escenario electoral, algo que contrasta con lo habitual en procesos europeos. Lo que hay son lecturas compartidas entre analistas: el RNI mantiene una base territorial sólida difícil de erosionar en una sola legislatura; el PAM ha ganado dinamismo político y no pocos analistas no descartan que dispute la primera posición; Istiqlal confía, una vez más, en su arraigo histórico. La incertidumbre, en resumen, no es solo sobre quién ganará, sino sobre si el desgaste de la coalición saliente y el eco tardío de las protestas de 2025 alterarán un equilibrio de fuerzas que llevaba años relativamente estable.
Resultados
Los resultados provisionales, anunciados el 24 de septiembre por el ministro del Interior, Abdelouafi Laftit, tras el escrutinio del 23 de septiembre, dejan el siguiente reparto de los 395 escaños de la Cámara de Representantes:
Partido | Escaños 2026 | Escaños 2021 | Ideología |
PAM | 97 | 87 | Centro |
RNI | 66 | 102 | Centro / liberal |
Istiqlal | 65 | 81 | Conservador |
PJD | 54 | 13 | Islamista |
MP | 29 | 28 | Centro |
USFP | 26 | 34 | Centroizquierda |
PPS | 19 | 22 | Izquierda |
UC | 17 | 18 | Centroderecha |
MDS | 8 | 5 | Centro |
Alianza de la Izquierda (AG) | 8 | — | Izquierda |
FFD | 2 | 3 | Centroizquierda |
Otros (PE, PND, PUD) | 4 | — | Varios |
La participación se situó en el 38,02%, la más baja desde 2007 y muy por debajo del 50,18% de 2021, con una abstención que ha rozado el 62%, la más alta en veinte años.
El PAM gana, pero nadie gana del todo
¿Qué significa, en realidad, que el PAM haya ganado unas elecciones por primera vez en sus dieciocho años de historia? Menos de lo que parece a primera vista. Sí, el partido creado en 2008 por un asesor cercano al Palacio se ha convertido, contra todo pronóstico, en la primera fuerza del país, con 97 escaños e intercambiando el puesto directamente con su socio de coalición, el RNI, que se desploma de 102 a solo 66 diputados, el golpe más severo de toda la noche electoral. Pero conviene no confundir "ganar" con "tener margen para gobernar en solitario": sumando los tres socios de la coalición saliente, PAM, RNI e Istiqlal, el bloque reúne 228 escaños, frente a los 270 que controlaba conjuntamente hace cinco años. Es decir, la coalición gubernamental gana en aritmética interna pero pierde 42 escaños en conjunto. ¿Puede llamarse victoria a perder terreno colectivo aunque uno de sus miembros lo gane individualmente? Es, como mínimo, una victoria a medias.
El verdadero terremoto de la noche, sin embargo, no está en el podio, sino justo debajo: el PJD resucita. El partido islamista, que había pasado de 125 escaños en 2016 a un colapso histórico de solo 13 en 2021, se recupera hasta los 54 diputados, una remontada de 41 escaños, apoyándose precisamente en el regreso de su antiguo primer ministro, Abdelilah Benkirane, y en ese relato de "políticos que volvieron a trabajar cuando dejaron el poder" que tanto habían repetido en campaña. ¿Convierte esto al PJD en el gran vencedor moral de la jornada? Muchos análisis apuntan en esa dirección: sin haber ganado, es la formación que más ha crecido, y se perfila como una oposición parlamentaria mucho más combativa de la que Marruecos ha tenido en el último lustro.
Una participación que también es un mensaje
Si algo deja claro esta cita electoral es que la abstención no es un dato marginal, sino el resultado más elocuente de la noche. Con apenas un 38% de participación, solo seis millones de votantes sobre 15,8 inscritos, la desafección más profunda se concentra, de nuevo, entre los más jóvenes: la misma generación que un año antes había gritado en la calle "¡Queremos hospitales, no solamente estadios!" parece haber optado, en su mayoría, por no acudir a las urnas. ¿Es contradictorio protestar en 2025 y no votar en 2026? No necesariamente: para buena parte de esa generación, la papeleta y la calle no son percibidas como el mismo canal de cambio, y el resultado de hoy, con partidos que llevan gobernando en distintas combinaciones desde hace décadas, probablemente no hará mucho por desmentir esa percepción.
Lo que viene ahora: la partida por Rabat
El paso siguiente no es automático. La Constitución de 2011 obliga al rey Mohamed VI a nombrar al jefe de Gobierno de entre los miembros del partido más votado, en este caso el PAM, cuya secretaria general, Fatima Ezzahra El Mansouri, aparece ahora como principal candidata al cargo. Pero el precedente de 2017 conviene tenerlo presente: aquel año, tras cinco meses de bloqueo en los que el propio Benkirane no logró formar Gobierno pese a haber ganado las elecciones, el rey terminó designando a Saad Eddin El Othmani, del mismo partido pero no al frente de la lista. El nombramiento, en Marruecos, nunca es un trámite automático, y con una coalición saliente debilitada y un PJD fortalecido llamando a la puerta, las negociaciones que empiezan ahora podrían no ser precisamente breves.





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