Estado y nación: el conflicto entre fronteras políticas, identidades nacionales y autodeterminación en el mundo contemporáneo
- Octavio Jesús Lorenzo Hernández

- 8 jul
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Hoy en día, gran parte de las personas viven dentro de fronteras compuestas por estados-nación, dos conceptos que con frecuencia se confunden, se superponen y se usan indistintamente, pero que no son lo mismo. Entender la diferencia entre ambos no es un simple ejercicio de teoría política, es la clave para comprender muchas de las guerras, conflictos y disputas territoriales actuales.
Un Estado, se puede definir como una entidad con un territorio delimitado, una población y un gobierno que ejerce el monopolio de la fuerza legítima. Esta es la definición que se consolida tras el Tratado de Westfalia de 1648, el acuerdo que pone fin a la Guerra de los Treinta Años en Europa y que establece los principios de soberanía territorial y no injerencia en los asuntos internos de otros estados, en este sentido, el estado, puede definirse como una estructura administrativa y jurídica que tiene fronteras reconocidas, instituciones, leyes y la capacidad de ejercer la violencia de forma legítima dentro de su territorio.
Una nación, en cambio, se puede definir como un grupo o comunidad que comparte una identidad colectiva basada en elementos como la lengua, la historia, la cultura, la religión o la memoria colectiva, y que se percibe a sí misma como un grupo diferenciado con derecho a existir de forma autónoma.
Basándonos en que la nación nace de lo cultural, esta no necesita de un estado para existir, por ejemplo, los kurdos son una nación con una lengua propia, una historia compartida y una cultura reconocible, pero no tienen un Estado, asimismo, los judíos fueron durante siglos una nación sin Estado hasta 1948.
Benedict Anderson, profesor de la Universidad de Cornell, autor de "Comunidades imaginadas" (1983), definió la nación como una "comunidad política imaginada, inherentemente limitada y soberana". Imaginada, no porque sea falsa o inventada, sino porque ningún miembro de esa comunidad puede llegar a conocer, ni siquiera de vista, a la mayoría de sus compatriotas, para Anderson, el sentido de pertenencia no se basa en el contacto directo, sino en la idea compartida de que todos forman parte de algo común.
Por su parte, Eric Hobsbawm, añadió en su obra "Naciones y Nacionalismo desde 1780" (1990) que muchas de las tradiciones que los movimientos nacionales presentan como "ancestrales" y "eternas" son en realidad inventadas, construidas deliberadamente en los siglos XVIII y XIX para dotar a las nuevas naciones de una historia que legitimara sus reivindicaciones. En este libro pone ejemplos como los juegos olímpicos en Grecia, los himnos nacionales, los trajes "típicos" y los monumentos, todo ello para Hobsbawm forma parte de lo que llamó "la invención de la tradición".
La autodeterminación y sus contradicciones
El presidente estadounidense Woodrow Wilson proclamó tras la Primera Guerra Mundial el "derecho de autodeterminación de los pueblos" como uno de los principios fundamentales del nuevo orden internacional. Esa idea parte de la base de que cada nación debería tener derecho a gobernarse a sí misma, lo que en teoría significa que el mapa del mundo debería reorganizarse para que las fronteras de los Estados coincidieran con las fronteras de las naciones.
El problema con esta idea, es que esa coincidencia perfecta es prácticamente imposible, ya que las naciones nunca han vivido en territorios perfectamente delimitados, han coexistido, mezclado y migrado con el pasar de las décadas y de los siglos. Cada vez que se traza una frontera, quedan a un lado grupos que se sienten de otra nación, minorías que ven cómo su territorio queda dividido y comunidades que nunca se identificaron con la nación mayoritaria del Estado en que han quedado encuadradas.
De este principio de autodeterminación nace su principal contradicción, ya que, si todos los pueblos tienen derecho a gobernarse, ¿cuándo termina ese derecho? ¿Tiene derecho un pueblo a separarse de un Estado? ¿O ese derecho solo aplica en contextos de opresión colonial? La Carta de Naciones Unidas reconoce ambos principios, el de autodeterminación y el de integridad territorial de los Estados, sin resolver la tensión entre ellos, dejando ese dilema abierto para que cada caso se resuelva, en la práctica, en función de la correlación de fuerzas políticas y militares del momento.
País Vasco: entre Francia y España
El pueblo vasco, habita desde tiempos prehistóricos un territorio situado a ambos lados de los Pirineos occidentales, en lo que hoy es el norte de España y el suroeste de Francia. El euskera, su lengua, es un caso único en Europa, que los lingüistas consideran como una "lengua aislada", ya que no tiene parentesco conocido con ninguna otra lengua del mundo, ni con el romance español o francés, ni con las lenguas germánicas o celtas, lo que hace que su origen siga siendo un misterio para la filología.
Durante siglos, los territorios vascos mantuvieron sus propios fueros, un sistema de derecho consuetudinario que les garantizaba un régimen de autogobierno particular dentro de los distintos reinos en los que estuvieron integrados. Fue en el siglo XIX, con la consolidación del Estado-nación español moderno y la abolición de los fueros tras las guerras carlistas en 1876, cuando comenzó a fraguarse el nacionalismo vasco moderno, de la mano de Sabino Arana, fundador del Partido Nacionalista Vasco (PNV) en 1895. La propuesta de Arana combinaba elementos étnicos, religiosos y lingüísticos, en un proyecto político que reclamaba la independencia de Euzkadi.
El siglo XX fue para los vascos un siglo de represión y resistencia, ya que la dictadura franquista, tras la Guerra Civil, abolió los estatutos de autonomía y prohibió el uso público del euskera, convirtiendo a las provincias que habían apoyado a la República en territorios castigados con especial dureza, la destrucción de Guernica en 1937, ordenada por Franco y ejecutada por la aviación nazi alemana e italiana, se convirtió en el símbolo más brutal de esa represión. En ese contexto de opresión radical, en 1959, un grupo de jóvenes nacionalistas fundó ETA (Euskadi Ta Askatasuna, "País Vasco y Libertad"), que durante décadas llevó a cabo una campaña de violencia terrorista que se cobró más de 850 vidas y que marcó la política española durante décadas.
Con la muerte de Franco y la transición democrática, la Constitución española de 1978 y el Estatuto de Autonomía de Gernika en 1979, se ofreció al País Vasco un modelo de autogobierno sin precedentes dentro del marco del Estado español, destacando el régimen fiscal propio por el que las diputaciones forales recaudan los impuestos directamente en el territorio vasco y transfieren una parte al Estado central, invirtiendo el modelo del resto de España. El propio Estatuto, en su artículo primero, reconoce que "el Pueblo Vasco o Euskal-Herria, como expresión de su nacionalidad, se constituye en Comunidad Autónoma dentro del Estado Español".
Si se mira la situación del otro lado de la frontera, Francia en su forma de Estado, no contempla un sistema federal o similar a las comunidades autónomas españolas, en este sentido, la centralidad del estado francés no reconoce particularidades territoriales dentro de la Francia continental, un ejemplo de esto, es que aunque en el País Vasco frances también se hable históricamente el euskera, la constitución francesa no lo reconoce como idioma oficial de las localidades que lo hablan.
Cataluña: 2017 y la unilateralidad
Cataluña tiene una lengua propia con más de ocho siglos de historia literaria ininterrumpida, una tradición jurídica e institucional diferenciada, y una historia política que la llevó a tener durante la Edad Media y la Edad Moderna un peso determinante en el Mediterráneo occidental. Al igual que el País Vasco, sufrió la represión cultural durante el franquismo, con la prohibición del catalán en espacios públicos y la persecución de su cultura.
Lo que distingue el caso catalán del vasco en el período reciente es la evolución del apoyo a la independencia y la respuesta que ello tuvo, mientras en el País Vasco el independentismo nunca ha superado el 40% (entre independencia, más autonomía o mantener el estatus actual) durante décadas, en Cataluña la crisis económica de 2008 y la decisión del Tribunal Constitucional de 2010 de recortar el Estatut aprobado en referéndum generaron un crecimiento sin precedentes del independentismo, que en algunos momentos llegó a superar el 45% de la población.
El referéndum del 1 de octubre de 2017, organizado por la Generalitat catalana, pese a ser declarado ilegal por el Tribunal Constitucional, y respondido por el Estado con intervenciones policiales, puso sobre la mesa una pregunta: ¿qué hace un Estado cuando una nación dentro de él reclama el derecho a votar su propia independencia?
La respuesta en este caso de España, fue aplicar el artículo 155 de la Constitución, suspendiendo la autonomía catalana, con el procesamiento penal de líderes independentistas, algunos de los cuales fueron condenados a penas de prisión por sedición y malversación, el debate sobre si esa respuesta fue proporcional o por el contrario, agravó el problema, sigue estando en el foco del panorama político. Lo que no cabe duda es que la cuestión catalana ilustra a la perfección uno de los debates principales que rodea este artículo.
Reino Unido: independentismo en auge
Reino Unido es un Estado que desde su propio nombre, asume con naturalidad que está compuesto por varias naciones. El Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte no es, formalmente, una nación única, sino la unión de cuatro naciones constitutivas como son Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte. La estructura británica podría definirse como "países dentro de un país".
Esta singularidad no es casual, sino el resultado de cómo se formó el Reino Unido mediante la sucesión de uniones dinásticas y tratados entre reinos previamente soberanos, por ejemplo, Gales fue incorporada a Inglaterra ya en el siglo XVI, mediante las Leyes de Gales de 1535-1542, perdiendo entonces buena parte de su autonomía jurídica, aunque conservó su lengua y su identidad diferenciada.
Escocia, en cambio, llegó a la unión en condiciones muy distintas, ya que tras siglos como reino independiente y rival de Inglaterra, el Acta de Unión de 1707 fusionó los parlamentos de ambos reinos para crear el Reino Unido de Gran Bretaña, pero Escocia conservó su propio sistema legal, su Iglesia presbiteriana oficial y buena parte de su identidad institucional, elementos que nunca llegaron a fundirse del todo con los ingleses. Irlanda se sumó en 1801 mediante una nueva Acta de Unión, en un proceso mucho más traumático y desigual, que terminaría por estallar en torno a la llamada "cuestión irlandesa".
Esa cuestión irlandesa es, de hecho, el episodio que mejor ilustra los límites de cualquier unión que pretenda mantener naciones distintas bajo un mismo techo. Tras décadas de movimiento por el autogobierno y una sangrienta guerra de independencia, el Tratado angloirlandés de 1921 permitió la creación del Estado Libre Irlandés, separado del Reino Unido, mientras que los seis condados del norte de la isla, de mayoría protestante y unionista, optaron por permanecer dentro de la unión británica, dando lugar a Irlanda del Norte.
El enfrentamiento entre unionistas protestantes (partidarios de seguir en el Reino Unido) y nacionalistas católicos (partidarios de la reunificación con la República de Irlanda), dejaron entre finales de los años sesenta y 1998 más de tres mil muertos. El conflicto sólo se apaciguó con el Acuerdo de Viernes Santo de 1998, que estableció un delicado equilibrio de poder compartido entre ambas comunidades y dejó la puerta abierta, mediante un futuro referéndum, a una eventual reunificación de Irlanda si así lo decidiera en el futuro la mayoría de la población del norte.
El caso escocés es el que mejor demuestra hasta qué punto esta arquitectura sigue siendo inestable. El Partido Nacional Escocés ha gobernado Escocia de forma casi ininterrumpida desde 2007 y consiguió, en 2014, que Londres autorizara un referéndum de independencia, algo que el Estado español jamás ha estado dispuesto a conceder al País Vasco o Cataluña, por comparar situaciones. El "no" ganó entonces con un 55% de los votos, pero el resultado del Brexit en 2016, en el que Escocia votó mayoritariamente por permanecer en la Unión Europea mientras el conjunto del Reino Unido optaba por salir, reabrió la herida.
Reino Unido es uno de los países que más abiertamente reconoce su propia naturaleza plurinacional, sin embargo, esa misma apertura no ha resuelto la tensión de fondo, simplemente la ha hecho más visible, más institucionalizada y en cierto modo, más perpetúa en el tiempo. Reconocer que un Estado está hecho de varias naciones, al menos en este caso, no disuelve el problema entre Estado y nación, solo cambia la forma en que ese problema se discute y entra en el debate público.
El Kurdistán: la mayor nación sin Estado
Los kurdos son un pueblo de entre 25 y 40 millones de personas con una lengua propia, el kurdo, de raíz indoeuropea y con varios dialectos regionalmente diferenciados, con una cultura, una historia y una identidad colectiva perfectamente reconocibles. Son en su conjunto, la nación más numerosa del mundo que no tiene un Estado propio.
Su territorio histórico, el Kurdistán, se extiende hoy entre Turquía, Irán, Irak y Siria, durante siglos formaron parte del Imperio Otomano y del Imperio Persa. Tras la Primera Guerra Mundial, el Imperio Otomano se disolvió y las potencias vencedoras comenzaron a repartirse sus territorios, parecía que había llegado el momento de los kurdos, ya que en el Tratado de Sèvres de 1920, negociado entre los aliados y el gobierno otomano derrotado, contemplaba la creación de un Estado kurdo autónomo, siendo este el único momento en que la comunidad internacional pareció dispuesta a reconocer ese derecho.
Mustafa Kemal Atatürk, el padre de la República turca moderna, rechazó el Tratado de Sèvres y negoció uno nuevo, el Tratado de Lausana, que estableció las fronteras de Turquía, eliminó cualquier referencia a un Estado kurdo y dividió al pueblo kurdo entre cuatro países. La cuestión kurda quedó, a partir de entonces, sepultada bajo la lógica de los Estados-nación recién creados, ninguno de los cuales tenía ningún interés en reconocer a una minoría que ponía en cuestión su propia cohesión interna.
En Turquía, el Estado de Atatürk construyó su identidad nacional sobre la negación de las minorías étnicas, durante décadas estuvo prohibido hablar kurdo en público, las canciones kurdas eran ilegales y los propios kurdos eran denominados oficialmente "turcos de las montañas". En 1978 surgió el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), fundado por Abdullah Öcalan, que inició en 1984 una guerra de guerrillas contra el Estado turco que duraría décadas, con más de 40.000 muertos. En Irak, el régimen de Sadam Husein llegó a utilizar armas químicas contra los kurdos en el ataque a Halabja en 1988, uno de los episodios más negros en la historia reciente de la población kurda.
El caso kurdo es una de las demostraciones más crudas de lo que ocurre cuando el principio de autodeterminación de los pueblos choca con los intereses estratégicos de los Estados establecidos. Los kurdos han tenido, al menos en tres momentos del siglo XX, oportunidades históricas de conseguir algún grado de reconocimiento internacional, y en los tres casos la geopolítica, los acuerdos entre potencias y los intereses jugaron en su contra.
Fronteras en África: cuando el Estado lo dibuja otro
Para entender el mapa actual del continente africano, nos tenemos que desplazar a Berlín entre noviembre de 1884 y febrero de 1885, donde los representantes de catorce potencias se reunieron bajo la convocatoria del canciller Otto von Bismarck para discutir el reparto del continente africano. El objetivo oficial era "ordenar" la colonización para evitar conflictos entre las propias potencias europeas, no obstante, el resultado final sería la celebración de la Conferencia de Berlín, la cuál abrió el camino al reparto de África durante las dos décadas siguientes.
En dicho proceso de reparto, que discurrió aproximadamente entre 1880 y 1914, el continente africano pasó de tener una pequeña proporción de su territorio bajo control europeo a estar casi íntegramente colonizado, las fronteras que se trazaron sobre el mapa no respondían a ninguna realidad cultural, étnica, lingüística o histórica previa. Las consecuencias de ello han sido devastadoras en el pasado y en el presente.
Las fronteras coloniales dividieron a pueblos que habían vivido juntos durante siglos, por ejemplo, el pueblo hausa quedó dividido entre Nigeria y Níger, el pueblo somalí, entre Somalia, Etiopía, Kenia y Yibuti y el pueblo ewe, entre Ghana y Togo. Al mismo tiempo, obligaron a convivir dentro de un mismo Estado a comunidades que históricamente habían sido enemigas, hablaban lenguas distintas y tenían culturas e identidades completamente diferentes, Nigeria, agrupa hoy a más de 500 grupos étnicos con lenguas distintas bajo un único Estado cuyas fronteras no tienen nada que ver con la distribución de esas identidades.
Cuando llegó la descolonización entre los años 1950 y 1975, los nuevos Estados independientes se encontraron ante un dilema sin salida. La Organización para la Unidad Africana (OUA), fundada en 1963, tomó la decisión de respetar las fronteras coloniales como base del nuevo orden africano, el principio conocido como "uti possidetis juris" (que en derecho romano significaba que quien posee, sigue poseyendo).
El argumento era que si se abría la caja de Pandora de la revisión de fronteras, el continente podría fragmentarse en miles de territorios que lo haría ingobernable. La consecuencia de todo esto es que África lleva décadas gestionando una contradicción de fondo, teniendo Estados cuyos límites no coinciden con ninguna identidad nacional coherente, y al mismo tiempo contando con identidades nacionales, étnicas y culturales que no tienen el Estado que las representa.
El genocidio de Ruanda en 1994, que costó la vida a entre 500.000 y 800.000 personas en apenas cien días, tiene raíces en esta herencia colonial ya que la distinción entre hutus y tutsis, que existía antes de la colonización fue endurecida artificialmente por los colonizadores belgas, que impusieron tarjetas de identidad étnica y construyeron una jerarquía racial entre ambos grupos, el resultado décadas después, fue uno de los crímenes contra la humanidad más rápidos y más eficientes de la historia contemporánea. La guerra civil de la República Democrática del Congo, uno de los conflictos más mortíferos desde la Segunda Guerra Mundial, tiene también sus raíces en ese mismo legado de fronteras que no tienen en cuenta quién vive dónde ni bajo qué identidad.
El estado de la cuestión
El modelo de los estados-nación es el que lleva siglos rigiendo la forma en la que se constituyen los países a nivel mundial, modelos como el federalismo y la autonomía territorial han sido, en muchos casos, la respuesta más eficaz para adaptar los sentimientos nacionales a un marco estatal. Alemania, Suiza, Bélgica o Canadá son ejemplos de Estados que albergan distintas identidades nacionales o lingüísticas y que han encontrado fórmulas de convivencia relativamente estables, aunque no exentas de tensiones permanentes.
El caso belga, con su estructura federal que divide el país entre la comunidad flamenca, la valona y la germanófona, es quizás el más complejo de todos, siendo un Estado que funciona, aunque a duras penas, sobre la base de un equilibrio permanente entre identidades nacionales que en muchos aspectos, no comparten casi nada que las una.
En el extremo opuesto está la secesión, que en las últimas décadas, han sido pocas, Bangladés (1971), Eritrea (1993), Timor Oriental (2002), Montenegro (2006), Kosovo (2008) y Sudán del Sur (2011). En la mayoría de estos casos, la secesión fue posible por una combinación de presión interna muy fuerte, apoyo internacional o debilidad del Estado original, sin embargo, ninguno de estos precedentes ofrece un modelo transferible de forma directa a otros casos, ya que en la mayoría de los casos, las independencias de dichos países, han venido cargadas de guerras civiles, con miles de muertos y desplazados.
Una cuestión clara, a la vista de todos estos ejemplos, es que el problema no va a desaparecer. El mapa del mundo está dibujado sobre la base de Estados cuyos límites rara vez coinciden con los de las naciones que los habitan, y esa brecha genera tensiones que ninguna organización internacional, ningún principio jurídico y ningún acuerdo diplomático ha conseguido resolver de forma satisfactoria.
El Estado es una estructura, y la nación es una idea. En esa distancia entre la estructura y la idea viven millones de personas que cada día negocian su identidad, su lengua y su lugar en un mundo con límites que alguien algún día quiso dibujar, muchas veces sin preguntar.




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