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Jean-Bédel Bokassa y el Imperio centroafricano: autoritarismo, neocolonialismo y poder en África poscolonial

21 ago
5 min de lectura

El 4 de diciembre de 1977 se consumó una de las fotografías más impactantes de la historia africana poscolonial: un presidente siendo nombrado emperador con todos los honores, postrado en un gigantesco trono con forma de águila, caballos blancos, carruajes y uniformes fabricados en Francia. Esta paradójica secuencia se dio en Bangui, capital y epicentro de un país que, de puertas para fuera, era más conocido por su pobreza estructural, la ausencia de infraestructuras y la alta dependencia de la ayuda exterior. 


Jean-Bedel Bokassa nació en 1921, en el seno de una familia perteneciente al pueblo mbaka. Observó la violencia colonial con sus propios ojos con el asesinato de su padre, Mindogon Mbougdolou, un jefe de aldea que, oponiéndose  a las políticas de trabajos forzosos impuestas por algunas compañías forestales francesas, Fue detenido y golpeado hasta morir en 1927. Tras este traumático suceso, su madre también se suicidó, dejando a Bokassa huérfano con apenas 6 años, dependiente de su extensa familia y de las misiones católicas.


Estudió en centros religiosos de Mbaïki, Bangui y Brazzaville. Durante algún tiempo, algunos misioneros pensaron que podría orientarse hacia el sacerdocio, pero en mayo de 1939 se incorporó voluntariamente a las tropas coloniales francesas. Su vida adulta comenzó así dentro de una institución militar europea que le ofrecía jerarquía, identidad, salario y posibilidades de ascenso, algo que difícilmente habría encontrado en la colonia, , y aun quedando al servicio de quienes habían sido los asesinos de su padre.


Combatió con las Fuerzas Francesas Libres durante la Segunda Guerra Mundial, contando con una trayectoria larga pero decisiva en el ejército. Participó en el desembarco aliado de Provenza en 1944, y continuó la campaña en territorio francés y alemán;  más tarde sirvió en Indochina, recibió formación militar en Senegal y Francia y estuvo destinado en Argelia, siendo además condecorado con la Cruz de Guerra y la Legión de Honor. Bokassa, que admiraba los uniformes, las condecoraciones, los desfiles y la jerarquía castrense, además desarrolló una relación emocional con Francia. Llegó a referirse a Charles de Gaulle como “papá”, una palabra que expresaba admiración personal, pero también la relación desigual que mantenía con la antigua metrópoli (Titley, 1997). 


Sin embargo, la independencia de la República Centroafricana en 1960 le abrió a Bokassa una puerta única dentro del Ejército colonial. En 1962 abandonó las Fuerzas Armadas francesas y se incorporó al pequeño ejército de este nuevo Estado, ayudado por el parentesco con el entonces presidente David Dacko. Aquello introdujo una rivalidad significativa dentro de un aparato estatal que ya de por sí era demasiado frágil. La RCA mantenía una dependencia considerable de Francia para financiar gran parte de la administración, formar a sus soldados y sostener una economía con muy poca capacidad autónoma. Bokassa se presentó como un hombre de orden dentro del caos.


Así, durante la noche de fin de año de 1965, Bokassa movilizó a sus hombres y dio un golpe de Estado ocupando los principales puntos estratégicos de la capital. David Dacko fue detenido y obligado a abandonar la presidencia; al día siguiente la Asamblea fue disuelta, la constitución suspendida y Bokassa nombrado al frente del nuevo Gobierno. Aunque el golpe fue justificado bajo la premisa de haber evitado otra conspiración militar y una infiltración comunista (relacionada con el acercamiento de Dacko a China), el historiador Victor T. Le Vine ya señaló poco después que el golpe no podía explicarse únicamente mediante aquellas excusas: también fue consecuencia del deterioro económico, la división de la élite gobernante y la pérdida de confianza en el régimen de Dacko (Le Vine, 1968).


Si bien Bokassa prometió acabar con la corrupción y devolver la estabilidad al país,  en la práctica comenzó a desmontar los pocos contrapesos que podrían  limitarlo. Acumuló cargos, apartó a posibles rivales y convirtió al Ejército en la principal base de su autoridad. La rapidez con la que triunfó el golpe decía tanto sobre él como sobre el país que acababa de tomar: no había necesitado movilizar a una gran fuerza militar, sino controlar una capital y unas instituciones incapaces de resistirse.


Su llegada al poder tampoco supuso una ruptura con Francia. Bokassa podía hablar como presidente de un Estado independiente, pero su trayectoria, sus contactos y buena parte de su seguridad política seguían ligados a la antigua metrópoli. Los documentos diplomáticos estadounidenses de la época muestran que, poco después del golpe, ya era tratado internacionalmente como presidente centroafricano y participaba en iniciativas regionales junto a otros jefes de Estado africanos. En 1967, por ejemplo, ofreció tropas para garantizar la seguridad de una operación acordada por la Organización para la Unidad Africana en el Congo. Francia, por su parte, aceptó y respaldó este gobierno, garantizando la continuidad de su influencia en el centro del continente. En 1975, Valéry Giscard d’Estaing llegó a elogiar públicamente al ya proclamado presidente vitalicio por la organización de una cumbre francoafricana en Bangui. La potencia europea encontró en él un aliado dispuesto a mantener su influencia en la región y toleró durante años el endurecimiento del régimen.


Sin embargo,, cuando Bokassa necesitó financiación exterior o quiso aumentar su influencia o margen de maniobra, se aproximó también a China, la Unión Soviética o la Libia de Muamar el Gadafi, convirtiéndose incluso al islam. Aquellos movimientos no significaban que tuviera una política exterior coherente: eran, ante todo, una forma de buscar recursos y recordar que podía encontrar otros aliados. Sin embargo, la relación se deterioró cuando su violencia, sus acercamientos a otros Estados y el coste reputacional de mantenerlo empezaron a superar las ventajas de protegerlo (Assemblée nationale, 2015).


La violencia del régimen terminó volviéndose insostenible en 1979, después de la detención y muerte de estudiantes que protestaban contra la obligación de comprar uniformes escolares muy caros de empresas de la familia del emperador. En septiembre de ese mismo año, aprovechando un viaje de Bokassa a Libia, las fuerzas francesas intervinieron en Bangui y facilitaron el regreso al poder de David Dacko, primer presidente de la RCA desde 1960 a 1966 y primo lejano del emperador.


Bokassa comenzó así un exilio que lo llevó primero a Costa de Marfil y después a Francia. Sorprendentemente, regresó a su país en 1986, convencido de que conservaba apoyo popular. Fue detenido, juzgado y condenado a muerte, aunque la pena terminó siendo conmutada. Liberado en 1993, murió en Bangui tres años después. 


La creación del Imperio Centroafricano fue la culminación de llevar al extremo fascinaciones personales por la autoridad, los uniformes y lo ceremonial, hasta terminar confundiendo por completo su propia figura con el Estado. A su alrededor crecieron también las excentricidades, los relatos sobre sus excesos y unos rumores de canibalismo que nunca llegaron a demostrarse, pero que terminaron pesando casi tanto como los crímenes acreditados. Su caída cerró el mandato de un emperador sin imperio, pero no lo que su régimen dejó: en RCA cambió para siempre la relación entre pueblo y poder. Décadas después, su figura sigue presente, discutida e incluso reivindicada, como si el país aún no hubiera terminado de decidir qué hacer con aquella figura. Y quizá por eso en Naciones en Ruinas habrá ocasión de volver sobre ella.

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