Lawrence de Arabia y la configuración geopolítica de Oriente Medio
- Álvaro Aguiló de la Plaza

- hace 3 horas
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Thomas Edward Lawrence, mejor conocido como Lawrence de Arabia, es, sin duda, una de las figuras históricas europeas más interesantes, aunque también controvertidas, especialmente por su huella en Oriente Medio a principios del siglo XX. Sí, era arqueólogo, escritor, militar y espía, pero su papel fue mucho más allá, y su impacto sigue siendo palpable hoy en día. ¿Por qué? Lawrence se convirtió, ni más ni menos, en una figura central de la gran Rebelión Árabe para conseguir su independencia del Imperio otomano, una causa en la que él creyó firmemente. No obstante, su patria natal, Reino Unido, tenía otras intenciones estratégicas.
No es preciso profundizar en la vida personal de Lawrence, pero sí es necesario ofrecer un breve contexto para conocer a esta extraordinaria figura y comprender su gran impacto histórico. Lawrence nació el 16 de Agosto del 1888 en Gales y, desde niño, fue alguien con gran curiosidad y espíritu de aventura, pero también se trataba de un joven que caía fácilmente en fiebres y enfermedades, por lo que la única aventura que corría era la de los libros de caballeros y dragones que leía.
Pasó el tiempo y su curiosidad hizo que se fascinara por Oriente Medio, lo que le llevó a Siria y Palestina, donde no solo participó en excavaciones arqueológicas, sino que también aprendió árabe y se sumergió en la idiosincrasia del desierto, adentrándose de lleno en la cosmovisión árabe. Comprendió su cultura, sus intereses, sus preocupaciones y, sobre todo, los objetivos de sus enemigos, conocimientos que serían fundamentales cuando estalló la Gran Guerra en 1914.
Y es que el Imperio otomano entró en la Primera Guerra Mundial de la mano de Alemania y Austria-Hungría, convirtiéndose en uno de los principales enemigos de Gran Bretaña en Oriente Medio. Recordemos que los otomanos controlaban buena parte de la región desde principios del siglo XVI y que, durante aproximadamente cuatro siglos, sus territorios en la región estuvieron integrados en el Imperio, con distintos grados de autonomía, alianzas y acuerdos con las poblaciones locales. Además, el hecho de compartir la religión islámica con buena parte de esas poblaciones facilitó, durante largos períodos, el mantenimiento de su dominio.
La situación cambió de rumbo durante el siglo XIX, cuando el Imperio otomano atravesó una profunda crisis política, económica y territorial. El auge de los nacionalismos y el creciente descontento de algunos sectores árabes fueron debilitando la autoridad otomana en la región. Esta situación no tardó en ser aprovechada por el Imperio británico, que ansiaba debilitar el poder otomano para proteger sus intereses en Egipto, asegurar las comunicaciones con la India y consolidar sus posiciones estratégicas frente a los territorios otomanos en Medio Oriente. Y había, además, un nuevo factor que comenzaba a transformar la geopolítica mundial: el petróleo. Ya se habían descubierto importantes yacimientos a comienzos del siglo XX en el territorio, y las potencias europeas comenzaban a comprender el enorme valor que tendría el petróleo para sus economías y, sobre todo, para sus ejércitos y flotas.
Con el contexto histórico de la región ya establecido, volvamos a Lawrence, que fue destinado a la inteligencia británica en El Cairo. Durante un tiempo trabajó como cartógrafo para el ejército británico, pero la Historia quería que hiciera algo mucho más grande que trazar mapas en el sótano de un cuartel británico en Egipto. Su conocimiento del árabe, la geografía y las sociedades de la región lo convirtió en un candidato ideal para una misión mucho más arriesgada: actuar como una especie de enlace entre los británicos y las fuerzas árabes que se habían levantado contra el Imperio otomano. Pero ¿por qué se habían levantado los árabes?
En el contexto de la represión otomana y el auge del nacionalismo árabe, apareció el jerife Hussein ibn Ali, gobernante del Hiyaz, quien inició en junio de 1916 una rebelión contra los otomanos, con la expectativa de recibir apoyo británico. Entre sus hijos se encontraba Faisal, que acabaría convirtiéndose en el principal aliado de Lawrence, y es que los dos comprendieron rápidamente una realidad fundamental: las fuerzas árabes no podían enfrentarse al ejército otomano en una guerra en igualdad de condiciones, pero sí contaban con la ventaja de conocer mejor el terreno y de tener mayor movilidad.
En consecuencia, la estrategia pasó a una suerte de guerra de guerrillas, atacando el ferrocarril del Hiyaz, que permitía a los otomanos transportar tropas, suministros y municiones a través de la península arábiga. No era necesario destruir al ejército otomano en grandes batallas; solo bastaba con hacer cada vez más difícil, más lento y más costoso mantener sus posiciones en Arabia. Pero hubo una operación que cambiaría para siempre el curso de la guerra y la imagen de Lawrence: la toma de Aqaba. Se trataba de un puerto estratégico otomano situado en el extremo norte del mar Rojo; hoy parte de Jordania, cuyas defensas estaban preparadas principalmente para hacer frente a un ataque procedente del mar. Así que Lawrence y las fuerzas árabes hicieron algo inesperado y, en lugar de atacar desde el mar, atravesaron el desierto y llegaron hasta Aqaba desde el interior. Después de semanas atravesando uno de los territorios más inhóspitos de la región, las fuerzas árabes tomaron Aqaba en julio de 1917.
La victoria abrió una nueva vía de comunicación con las fuerzas británicas en Egipto y permitió coordinar mucho mejor la Rebelión Árabe con la ofensiva británica hacia Palestina. Para Lawrence, Aqaba supuso mucho más que una victoria militar, ya que había demostrado que las fuerzas árabes podían desempeñar un papel decisivo en la guerra y que Faisal podía convertirse en un socio fundamental para los británicos. Lawrence había conseguido que Gran Bretaña por fin apoyara a Faisal, a su padre y al resto de los árabes en su lucha contra el Imperio otomano para construir un Estado árabe independiente. O eso era lo que él creía.
Mientras Lawrence combatía en el desierto junto a sus aliados árabes por dicha independencia, el futuro de Oriente Medio ya se estaba negociando en otros despachos. Y allí, las promesas hechas por los británicos a los árabes, personificadas en Lawrence, empezaban a chocar con los intereses de las grandes potencias europeas. Y es que, desde 1916, mientras se negociaba con los representantes árabes, Gran Bretaña había alcanzado con Francia el Acuerdo Sykes-Picot, que establecía un proyecto de reparto de las zonas de influencia de los territorios árabes del Imperio otomano una vez terminada la guerra.
A este acuerdo habría que añadirle una declaración que no solo complicaría la situación de Oriente Medio, sino también la geopolítica mundial en los años venideros. Y sí, lector, nos referimos a la Declaración Balfour de 1917, por la que el Gobierno británico expresó su apoyo al establecimiento en Palestina de un «hogar nacional para el pueblo judío». Así que, por un lado, se prometía la independencia árabe; por otro, se proyectaba el establecimiento de zonas de influencia británicas y francesas sobre antiguos territorios otomanos; y, por otro, se apoyaba el establecimiento de un estado nacional judío en Palestina. Todas estas cuestiones tenían significados y objetivos diferentes, pero compartían un elemento fundamental: el futuro político de la región se estaba decidiendo en gran medida sin la participación directa de sus propias poblaciones.
Finalmente, el Imperio otomano cayó en 1918. Las fuerzas árabes y británicas habían entrado en Damasco, y Faisal estableció allí un gobierno árabe con la esperanza de construir un Estado independiente. Durante los meses siguientes se intentó dar forma política a ese proyecto, pero las aspiraciones árabes chocaron con los intereses de las potencias vencedoras y con las decisiones que se estaban tomando en las conferencias de paz.
Lawrence intentó defender la causa de Faisal y limitar las consecuencias de las decisiones británicas y francesas, por eso, en 1921, participó en la Conferencia de El Cairo, organizada por Winston Churchill, entonces secretario de Estado para las Colonias. Allí se diseñó buena parte de la estructura política que Gran Bretaña impulsaría en sus territorios de Oriente Medio. Faisal acabaría convirtiéndose en rey de Irak en 1921, bajo la tutela del mandato británico, mientras que su hermano Abdullah fue establecido como emir de Transjordania, también bajo influencia británica, mientras que Francia recibió los mandatos sobre Siria y Líbano. Con el paso de los años, muchos de estos territorios terminarían convirtiéndose en Estados independientes: Irak obtuvo su independencia en 1932; Transjordania, en 1946; y Siria y Líbano también alcanzarían la independencia durante la década de 1940. De esta manera, sí llegó a producirse una suerte de independencia árabe, aunque no el gran Estado árabe unido que Lawrence y Faisal habían imaginado. Pero había un territorio que seguiría un camino diferente al de sus vecinos árabes y nos referimos a Palestina.
Durante el período de la Palestina bajo Mandato británico, especialmente durante las décadas de 1920 y 1930, aumentó considerablemente la inmigración judía al territorio, impulsada en buena medida por el movimiento sionista (ideología judía que considera que debe crearse un Estado judío en Tierra Santa). Al mismo tiempo, crecían las demandas de los árabes palestinos, que reclamaban la independencia y se oponían al proyecto sionista. El panorama cambió después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Gran Bretaña decidió abandonar Palestina y trasladó la cuestión a las Naciones Unidas, que en 1947 propusieron dividir el territorio en dos Estados: uno árabe y otro judío, mientras Jerusalén quedaría bajo un régimen internacional.
El plan fue aceptado por los dirigentes sionistas, aunque con muchos matices, y rechazado por los dirigentes árabes palestinos y por los Estados árabes vecinos, que consideraban injusto el reparto propuesto. En 1948, Gran Bretaña puso fin a su mandato y abandonó Palestina, y se proclamó la creación del Estado de Israel, impidiendo el establecimiento del Estado árabe previsto por el plan de partición. La guerra que siguió, conocida como la Primera Guerra árabe-israelí, tendría consecuencias que todavía marcan la región.
Israel terminó controlando una extensión de territorio mayor que la que le había asignado el plan de partición de la ONU, mientras que cientos de miles de palestinos abandonaron sus hogares o fueron expulsados durante el conflicto, dando origen a un problema de refugiados que continúa hasta nuestros días. Al mismo tiempo, Cisjordania quedó bajo control jordano y la Franja de Gaza, bajo administración egipcia. Desde entonces, el conflicto árabe-israelí se convirtió en uno de los principales focos de tensión de Oriente Medio.
Cabe mencionar que la legitimidad del Estado de Israel y determinadas de sus políticas han sido y continúan siendo objeto de fuertes disputas políticas, pero cuenta con el apoyo de Estados Unidos, nación que también ha tenido su huella (y sigue teniéndola) en la región. También, durante el siglo XX, surgieron nuevos Estados, movimientos nacionalistas, monarquías y repúblicas, mientras la región se convirtió en un caldero de rivalidades entre potencias, golpes de Estado, revoluciones y guerras. La Revolución iraní de 1979, la guerra entre Irán e Irak, la invasión iraquí de Kuwait en 1990, las guerras de Afganistán e Irak, la Primavera Árabe de 2011 y las guerras civiles de Siria y Yemen transformaron nuevamente el equilibrio regional.
A estos conflictos se sumaron la expansión de organizaciones yihadistas, las rivalidades entre potencias regionales como Irán, Arabia Saudí, Turquía e Israel y la intervención continuada de Estados Unidos, Rusia y otras potencias. Y es así como llegamos al Oriente Medio actual: una región formada por Estados que no son solo el producto de las pretensiones imperiales anglofrancesas, sino también el resultado de más de un siglo de guerras, negociaciones, nacionalismos, revoluciones y, sobre todo, de decisiones tomadas fuera de la región.
La historia que comenzó con la caída del Imperio otomano no terminó con la independencia de sus antiguos territorios, y sus consecuencias siguen presentes, de una forma u otra, en la política de Oriente Medio hasta nuestros días.
En medio de todo aquello, encontramos a la figura de Lawrence. El hombre que había entrado en el desierto convencido de estar ayudando a los árabes a conquistar su independencia, regresó de la guerra decepcionado y traicionado. Había luchado junto a Faisal y a los árabes, les había ayudado a derrotar al enemigo otomano. En cierto sentido, por fin era como esos héroes de caballería de aquellos libros que él leía de pequeño, aunque esos libros no siempre narraban lo que pasaba después de vencer al dragón.




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