Juan XXIII y la transformación geopolítica del Vaticano: diplomacia, Guerra Fría y el origen de la política internacional de la Santa Sede
- Javier Angulo Perojil

- hace 4 días
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La intervención histórica del actual pontífice, León XIV, ante el Congreso de los Diputados, realizada el pasado 8 de junio en su visita a España, recuerda el papel que pretende ostentar el Vaticano ante un mundo cada vez más tenso, conflictivo e imprevisible. Frases como "La paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo" o "Preocupa que, en diversos lugares del mundo, y también en Europa, vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional" hacen entender que la Iglesia no se encuentra en absoluto al margen de las cuestiones que rodean y explican el mundo actual.
La lectura que hoy realiza el Vaticano del mundo no tiene nada que ver con la que sostuvo durante buena parte de su historia. La Santa Sede lee el panorama como un actor moral, diplomático y global que observa los grandes conflictos desde categorías como la paz, la dignidad humana, el diálogo, el desarrollo, la justicia social y la mediación entre bloques enfrentados. Ese giro no vino de forma inesperada en pocos años, sino que se cimentó un largo proceso de adaptación al mundo contemporáneo, que comenzó de forma definitiva con Juan XXIII. Su pontificado fue breve, pero dejó una huella enorme y abrió la Iglesia al siglo XX mediante una apuesta por el diálogo en plena Guerra Fría.
De Angelo Giuseppe Roncalli a Juan XXIII: una vida marcada por la diplomacia
Angelo Giuseppe Roncalli, posteriormente Juan XXIII, nació el 25 de noviembre de 1881 en la provincia de Bérgamo, siendo el cuarto de trece hermanos. Recibió la confirmación y la Primera Comunión con nueve años, y con once ya ingresó en el Seminario de Bérgamo, donde estudió humanidades, filosofía y dos años de teología. Allí, con catorce años, ya era notoria la formación tanto personal como espiritual que recibía, escribiendo unos apuntes espirituales desde los catorce años. Con dieciséis ingresó en la Orden Franciscana Seglar, y en 1901 fue alumno del Pontificio Seminario Romano, y fue ordenado sacerdote poco después. Fue profesor de historia, patología y apologética en el Seminario.
Su vida se vió altamente marcada por los acontecimientos geopolíticos que sucedían en su actualidad. En 1915, cuando Italia entró en la Primera Guerra Mundial, fue llamado al servicio como sargento de sanidad, capellán castrense y coordinador de la asistencia espiritual y moral a los soldados. Aunque no participó directamente en el combate, vivió la guerra desde una posición especialmente cercana al sufrimiento humano: la de quien acompaña a los heridos, consuela a los moribundos y observa, desde la mirada sacerdotal, las consecuencias más íntimas de la devastación bélica.
Años después de la guerra, en 1925, fue nombrado Obispo, marchándose a Sofía el 25 de abril de ese año. Estuvo en Bulgaria hasta 1934, visitando las comunidades católicas y asistiendo en tragedias como el terremoto de 1928 de Sofía. Posteriormente, fue nombrado Delegado Apostólico en Turquía y Grecia, donde se caracterizó por su talante respetuoso y dialogante con ortodoxos y musulmanes en la naciente república turca.
Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial se encontraba en Grecia, donde hizo una labor interesante de rescate de judíos y prisioneros de guerra, sirviéndose del “visado de tránsito” de la Delegación Apostólica. También sirvió de ayuda en los últimos meses de la contienda y los primeros de la paz, ya como Nuncio Apostólico en París, donde pretendió la normalización de la organización eclesiástica de la Francia de la posguerra, participando en las fiestas populares, manifestaciones religiosas y atendiendo las nuevas iniciativas pastorales hasta 1953, cuando lo nombran Cardenal y lo trasladan a Venecia.
Así, a la muerte de Pío XII -pontífice marcado por la Segunda Guerra Mundial y los primeros años de Guerra Fría-, Angelo Giuseppe fue elegido papa, tomando el nombre de Juan XXIII. Su pontificado fue breve en términos temporales -desde 1958 hasta 1963, a su muerte-, pero su obra sentó las bases para que la Iglesia Católica mirase hacia el mundo con otros ojos, porque eran con los que Angelo Giuseppe miró toda su vida. No solo fue el “Papa bueno”, sino también un hombre con una profunda experiencia internacional y una sensibilidad especialmente marcada hacia la paz, el diálogo y la dignidad humana.
El mundo que le rodeaba: Guerra Fría, amenaza nuclear y la búsqueda de mediación
Juan XXIII llegó al pontificado en un mundo profundamente dividido. Su elección, en 1958, no puede escapar de la coyuntura internacional marcada por la Guerra Fría, la consolidación de los bloques ideológicos y el temor incrementado de una guerra nuclear. Estados Unidos y la Unión Soviética competían por la hegemonía política y militar, y también por la capacidad de definir el futuro moral del mundo. Capitalismo liberal y comunismo soviético se presentaban como modelos incompatibles, mientras Europa permanecía partida en dos y buena parte de Asia, África y Oriente Medio atravesaba procesos de descolonización, inestabilidad y redefinición nacional.
En este punto, la Iglesia Católica estaba ante una encrucijada histórica, debiendo decidir entre dos vías de interacción con el mundo. Para Roma, el comunismo seguía siendo una amenaza evidente. Esta afirmación se justifica sobre todo por lo que había ocurrido en muchos países donde los regímenes comunistas limitaron la vida religiosa, vigilaron a los creyentes y trataron de someter a la Iglesia al poder del Estado. En este punto, la línea de acción del Vaticano fue bastante plana, cerrada en un anticomunismo de corte defensivo. La reacción más cómoda habría sido atrincherarse: levantar más el muro, hablar solo en clave de condena y presentarse como el último refugio espiritual frente al ateísmo político. Esa posición podía entenderse en ciertos momentos, pero era una vía de supervivencia del catolicismo dentro de estos Estados, no una vía de influencia.
Juan XXIII venía de otro recorrido. Había visto la guerra desde los hospitales militares, había tratado con soldados heridos, había vivido la diplomacia vaticana en países muy distintos y sabía que la realidad rara vez cabe entera en una consigna. Por eso su papado no puede explicarse solo desde la imagen amable del “Papa bueno”. Fue bueno, sí, pero no ingenuo. Su bondad tenía algo de experiencia acumulada, de cansancio ante los discursos duros y de conciencia de hasta dónde podía llegar el ser humano cuando la política se queda sin límites morales.
Así, el pontífice entendió que la Iglesia debía cambiar el modo de hablarle al mundo. En plena Guerra Fría, donde buena parte de los discursos políticos empujaban a elegir bando y a endurecer el lenguaje respecto al contrario, él abrió una vía diferente, apostando por la distensión, la paz, el diálogo, la prudencia, la dignidad humana y desplazando la mirada más allá del centro europeo.
El primer “papa geopolítico”
Llamar a Juan XXIII el primer “papa geopolítico” podría ser una licencia exagerada si se piensa en la larga historia política del papado. Roma había tratado con reyes, emperadores, repúblicas, imperios y Estados modernos durante siglos. Pero en Juan XXIII apareció algo distinto, no se trataba de un soberano temporal ni trataba de imponer al Vaticano como una pieza más de la vieja diplomacia continental, más bien construyó la figura de un pontífice que comenzó a leer el mundo desde una escala más amplia y global, con debates actuales y preocupaciones como la convivencia entre sistemas irreconciliables, la descolonización, el hambre o la amenaza nuclear.
Su importancia está precisamente en que supo desplazar el centro de la mirada. Juan XXIII observó la política internacional desde la perspectiva de la vida de las personas que quedaban atrapadas en los cálculos políticos de los líderes. Para él, detrás de cada conflicto no había solo gobiernos enfrentados, sino familias separadas, pueblos empobrecidos, creyentes perseguidos, trabajadores sin protección y sociedades enteras obligadas a vivir bajo el miedo.
Esa sensibilidad no lo alejaba de la política; le permitía entrar en ella desde un lugar distinto. Su pensamiento buscaba recordar a los Estados aquello que la lógica del poder suele dejar fuera: que ningún orden internacional puede considerarse justo si sacrifica la dignidad humana en nombre de la seguridad, del progreso o de la victoria ideológica. Era necesario ir más allá del tipo de paz que se pretendía y preguntarse qué tipo de convivencia, qué tipo de desarrollo y qué tipo de relación entre pueblos podía impedir que la violencia volviera a presentarse como destino inevitable. Así, la paz se convirtió en una exigencia política concreta, en lugar de una consigna inocente.
Esa mirada se hizo visible durante la Crisis de los Misiles de Cuba, en octubre de 1962. El mundo estuvo entonces más cerca que nunca de una guerra atómica. Kennedy y Jruschov medían cada gesto, cada movimiento naval, cada palabra. En ese clima, Juan XXIII lanzó un llamamiento público a los gobernantes para que no permanecieran sordos al clamor de la humanidad y evitaran una escalada irreversible. No era un gesto menor. El papa no disponía de divisiones militares ni de capacidad coercitiva, pero sí de una palabra que podía situarse por encima de los bloques. Su intervención no resolvió por sí sola la crisis, pero mostró el tipo de papel que el Vaticano podía desempeñar en el nuevo orden internacional.
Por eso su pensamiento político se sostiene sobre tres ideas que atraviesan todo su pontificado: paz, dignidad humana y diálogo. La paz no como simple ausencia de guerra, sino como una forma justa de ordenar la convivencia. La dignidad humana como punto de partida de cualquier sistema político, económico o internacional. Y el diálogo como método, incluso cuando el interlocutor resultaba hostil, lejano o ideológicamente opuesto, pero sin hacer que se confundiera diálogo con debilidad. Su apuesta era más inteligente: si la Iglesia quería seguir hablando al mundo, no podía hacerlo únicamente desde la condena. Tenía que encontrar un lenguaje capaz de atravesar fronteras políticas, religiosas y culturales.
Esa nueva forma de mirar se aprecia con claridad en Mater et Magistra, encíclica publicada en 1961, pieza clave para entender cómo la Iglesia comenzó a pensarse como una institución verdaderamente global. El título ya marca una intención: la Iglesia como madre y maestra, y como una presencia que acompaña, corrige, enseña y se preocupa por la vida concreta de las personas: habla del mundo rural, de la técnica, de la intervención del Estado, de los desequilibrios económicos, del acceso a los bienes, de la justicia social y de la distancia creciente entre pueblos ricos y pueblos pobres.
Ahí está su dimensión más política. Mater et Magistra continuaba la tradición social abierta por Rerum Novarum, aunque la llevaba a un escenario político más amplio. La cuestión social ya no es solo la situación del obrero en las ciudades occidentales. Es también el campesino, el país subdesarrollado, la comunidad que queda fuera del progreso técnico, el pueblo que no participa de los beneficios del crecimiento. La Iglesia empieza a leer la economía internacional como un problema moral. No basta con que haya desarrollo; importa quién queda dentro del sistema, quién queda fuera y qué precio humano se paga por ese desarrollo. En ese sentido, Juan XXIII está interviniendo en uno de los grandes debates del siglo XX: cómo organizar una modernización que no sacrifique a los más débiles.
También resulta importante entender qué era una encíclica en ese contexto. Formalmente, una encíclica es una carta del papa dirigida a los obispos, al clero y a los fieles. Mater et Magistra, de hecho, se abre dirigiéndose a los patriarcas, primados, arzobispos, obispos, sacerdotes y fieles del orbe católico. Pero en la práctica estos textos funcionaban cada vez más como cartas públicas. No eran artículos académicos ni discursos diplomáticos al uso. Eran documentos escritos desde la autoridad religiosa del papa, pero pensados para orientar una conversación mucho más amplia. En Juan XXIII se nota ese cambio: la encíclica conserva su forma eclesial, pero su contenido mira hacia la sociedad entera. De hecho, esa voz aparece posteriormente en Pacem in Terris, dirigida a “todos los hombres de buena voluntad”.
El Concilio Vaticano II debe entenderse desde esa misma lógica. Juan XXIII lo convocó porque comprendió que el catolicismo necesitaba revisar su forma de estar en el mundo. El catolicismo estaba presente más allá de las fronteras del Viejo Continente: llegaba a África, Asia y América Latina; a países comunistas, democracias liberales, Estados recién independizados y sociedades de mayoría no cristiana. Por eso, si la Iglesia quería seguir siendo verdaderamente universal, tenía que aprender a mirar el mundo desde esa diversidad.
Pacem in Terris: la encíclica del Papa frente al orden nuclear tras los misiles de Cuba
Publicada el 11 de abril de 1963, apenas unos meses después de la Crisis de los Misiles de Cuba, esta encíclica fue la gran respuesta moral del pontífice a un mundo que había descubierto con claridad que la guerra ya no era solo una posibilidad política, sino una amenaza real de destrucción. Durante trece días, en octubre de 1962, Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron cerca de una confrontación directa por la instalación de misiles soviéticos en Cuba y por la respuesta estadounidense mediante el bloqueo naval. Fue el momento en que la humanidad pudo imaginar su propio final en tiempo presente.
Juan XXIII entendió la gravedad del momento. Su llamamiento del 25 de octubre fue una intervención inmediata y directa ante una crisis que había llevado al mundo a un callejón moralmente insoportable. Mediante un mensaje radiofónico emitido por Radio Vaticano, el pontífice pidió a los gobernantes hacer todo lo posible por evitar la guerra y continuar las negociaciones. En un momento en que las dos superpotencias medían sus decisiones desde la lógica de la presión estratégica, Juan XXIII introdujo el mensaje de que ningún interés político podía justificar que la humanidad quedara expuesta a una destrucción de alcance incalculable.
El llamamiento del 25 de octubre anticipó buena parte del sentido de Pacem in Terris. Lo que en plena Crisis de los Misiles había sido una petición urgente para evitar la guerra, en la encíclica se convirtió en una reflexión más amplia sobre el orden internacional. Juan XXIII partía de una idea sencilla: la paz no podía depender solo del equilibrio entre potencias, ni del miedo a una destrucción mutua. Tenía que apoyarse en la dignidad de la persona y en unas condiciones reales de justicia entre los pueblos.
Por eso la encíclica habla de verdad, justicia, amor y libertad como bases de la paz. Aunque el lenguaje sea moral, su alcance era también político. En plena Guerra Fría, reconocer derechos, rechazar la opresión y limitar la dominación de unos Estados sobre otros suponía cuestionar la lógica de bloques. Desde ahí se entiende su crítica al armamentismo: la acumulación de armas atómicas no ofrecía una paz firme, sino una amenaza constante. Al dirigirse a todos los hombres “de buena voluntad”, Juan XXIII presentaba la paz como una responsabilidad universal. En la era nuclear, ningún poder podía acostumbrar al mundo a vivir bajo la posibilidad de su propia destrucción.
El nuevo lenguaje internacional de la Iglesia
Juan XXIII muere el 3 de junio de 1963, finalizando un pontificado que no puede entenderse como un simple paréntesis entre etapas, ni por la simpatía que desprendió su figura, ni por la convocatoria del Concilio Vaticano II. Su peso real está en haber modificado el tono diplomático de la Santa Sede. Frente al comunismo, la Iglesia podía mantenerse, de forma lógica y cómoda, únicamente en la condena, pero Juan XXIII entendió que ese camino la dejaba cada vez más lejos de muchos pueblos y de muchas comunidades católicas que vivían bajo regímenes hostiles.
Ahí germinó la posterior Ostpolitik vaticana. No fue todavía una política cerrada, porque serían Pablo VI y Agostino Casaroli quienes la desarrollarían con más claridad, pero sí apareció una idea nueva: hablar también con quienes parecían imposibles, mantener canales abiertos y proteger a los católicos sin convertir cada gesto en una ruptura. Para Juan XXIII, el diálogo no era una concesión ingenua, sino una forma de estar presente, de ganar margen y de evitar que la Iglesia quedara encerrada en una posición puramente defensiva.
También por eso el apelativo de “Papa bueno” se queda corto si se entiende como una imagen amable, en la práctica fue una forma de autoridad. En un siglo acostumbrado a lenguajes duros, discursos absolutos y decisiones tomadas desde la lógica del miedo, Juan XXIII eligió un registro menos ruidoso, menos agresivo, pero con una clara lectura política. Se plantó ante la guerra nuclear precisamente así, con una palabra capaz de recordar que ningún Estado tenía derecho a convertir la seguridad en una apuesta sobre la destrucción de todos. No evitó por sí sola la guerra, pero sí comprendió que el poder también pasaba por la legitimidad, la mediación, el lenguaje o la capacidad de poner límites morales a los líderes políticos. Juan XXIII cambió la manera en que la Iglesia hablaba al mundo: dejó de hacerlo desde la distancia y empezó a hacerlo desde la escucha, la presencia y el diálogo.




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