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La Virgen de la Candelaria: de Tenerife a América a través de la emigración canaria

hace 4 minutos
6 min de lectura

Durante siglos, el Atlántico no sólo transportó barcos, mercancías y personas. También viajaron símbolos, creencias y tradiciones que, al llegar a la otra orilla, terminaron formando parte de nuevas comunidades. La Virgen de la Candelaria es un buen ejemplo de ello.


Su historia comienza en Tenerife antes de la conquista castellana de la isla, cuando ésta se encontraba dividida en distintos menceyatos (territorios gobernados por los menceyes, antiguos jefes indígenas).  Según el relato que fray Alonso de Espinosa dejó por escrito en 1594, dos guanches encontraron en la costa del menceyato de Güímar una imagen de una mujer con un niño en brazos (Espinosa, 1594, pág. 9). La tradición situó durante mucho tiempo el episodio hacia finales del siglo XIV, aunque la fecha no está cerrada y algunos estudios lo retrasan hasta mediados del XV, cuando los contactos entre los habitantes de Tenerife y los europeos eran ya más frecuentes (Ayuntamiento de Candelaria, s.f.)


Lo singular del caso es que la imagen empezó a recibir culto antes de la conquista castellana de la isla, culminada en 1496. Las fuentes la relacionan con el nombre de Chaxiraxi, aunque resulta difícil saber con precisión qué significado tenía para los guanches, ya que buena parte de los testimonios fueron escritos después de la conquista. En cualquier caso, parece que la imagen fue interpretada primero desde un marco religioso indígena y sólo después quedó plenamente integrada en el culto cristiano.


Tras la conquista, esta devoción fue incorporándose a la nueva sociedad católica, sin perder la devoción. Los naturales conservaron durante décadas el privilegio de portar a la Virgen por ser considerados sus primeros custodios, mientras el culto se extendía progresivamente por el archipiélago. A finales del siglo XVI, la Candelaria ya había dejado de ser una devoción local. Hasta aquí, la historia podría parecer estrictamente insular. Sin embargo, ese crecimiento coincidió con la incorporación de Canarias a un espacio mucho más amplio.


De Canarias al otro lado del Atlántico

Tras la conquista del archipiélago y el inicio de la expansión castellana hacia América, las islas quedaron situadas en una posición privilegiada dentro de las rutas atlánticas. Canarias servía como lugar de escala, abastecimiento y salida de personas que viajaban hacia las Indias. Con el tiempo, además, la relación dejó de limitarse al tránsito marítimo, ya que comerciantes, religiosos y familias enteras comenzaron a instalarse en territorios americanos y a mantener vínculos constantes con las islas.


Ese contexto podría ayudar a entender cómo podía viajar una devoción sin necesidad de trasladar su imagen original. Quienes emigraban llevaban consigo pequeñas esculturas, pinturas o estampas, fundaban cofradías, dedicaban capillas a sus advocaciones y organizaban las mismas fiestas que conocían en Canarias. En el caso de la Candelaria, la conexión aparece documentada muy pronto. En 1606, la comunidad dominica del santuario de Tenerife admitió en su cofradía a dieciséis personas residentes en distintas partes de América y les concedió poderes para recibir allí limosnas y donaciones para enviarles después a Canarias (Rodríguez Morales, 2005, págs. 33-40).


A medida que aumentó la emigración canaria durante los siglos XVII y XVIII, la presencia de la Candelaria en América se hizo mucho más visible. Sin embargo, no todas las celebraciones de esta Virgen en el continente tienen un origen canario. La advocación de la Candelaria formaba parte del culto católico general, por lo que pudo llegar a América también a través de religiosos, colonizadores o procesos de evangelización sin relación directa con las islas. Por eso es importante distinguir entre los lugares donde existe una conexión documentada con emigrantes canarios y aquellos donde la devoción siguió un desarrollo propio (Hernández González, 2000, pág. 22).


Venezuela y la Candelaria de los emigrantes

Desde el período colonial, Venezuela fue uno de los principales destinos de la emigración canaria. La llegada de isleños aumentó especialmente desde el último tercio del siglo XVII, cuando la crisis del comercio vinícola afectó con fuerza a Tenerife y muchas familias buscaron nuevas posibilidades en América. Uno de los primeros ejemplos es el de un emigrante isleño que levantó una capilla dedicada a la Candelaria en Tarmas, así como otra parroquia fundada en 1620 bajo su advocación en Turmero.

 

Sin embargo, fue en Caracas donde la relación entre la Virgen y la comunidad canaria alcanzó una dimensión mucho mayor. La catedral de la ciudad contaba con una cofradía de Candelaria desde al menos 1681 y, cuando la presencia isleña aumentó, varios emigrantes decidieron levantar un templo propio. Para ello hicieron llegar en 1703 una imagen directamente desde Canarias. La iglesia abrió pocos años después y terminó convirtiéndose en parroquia en 1750 (Hernández González, 2000, págs. 22-24).


El interés de este caso no está únicamente en que existiera otra iglesia dedicada a la Virgen. Alrededor de ella se organizaban fiestas, procesiones y una cofradía en la que participaban los propios isleños. De este modo, la parroquia servía también como espacio de reunión para una población que compartía un mismo origen y que estaba instalándose de forma permanente en Venezuela. 


A medida que estas comunidades se extendieron por el territorio venezolano, ocurrió algo parecido en otras localidades. Hernández González documenta el culto en lugares como Petare, La Guaira, Coro, Yaracuy, Maracaibo o Valencia, normalmente en zonas con una presencia importante de población isleña. En algunos casos, esa relación quedó incluso reflejada en el nombre del lugar. Calabozo, cuya fundación contó con una participación destacada de canarios, nació en 1723 como Nuestra Señora de Candelaria y Todos los Santos de Calabozo (Hernández González, 2000, pág. 26).


Lo que se estaba produciendo era, por tanto, algo más amplio que la simple difusión de una advocación religiosa. Los emigrantes trasladaban una tradición que les resultaba familiar y la utilizaban también para construir espacios de comunidad en los lugares donde se asentaban. Con el paso del tiempo, esas celebraciones dejaron de estar vinculadas únicamente a quienes habían nacido en Canarias y fueron incorporándose a la sociedad venezolana.


Cuba, Puerto Rico y otros caminos de la devoción

Venezuela es el caso donde la relación entre la Candelaria y la emigración canaria puede seguirse con mayor detalle, pero no fue el único territorio en el que ambas quedaron vinculadas. Cuba y Puerto Rico, dos de los principales destinos históricos de los isleños en el Caribe, desarrollaron también tradiciones relacionadas con la Virgen que acompañaron a estas comunidades durante generaciones.


En Cuba, la devoción se extendió por distintas localidades con presencia canaria y terminó formando parte de sus espacios de reunión y celebración. Esa conexión llegó incluso cuando la emigración comenzó a organizarse mediante asociaciones propias. En Matanzas, por ejemplo, las celebraciones dedicadas a la Candelaria en 1872 estuvieron vinculadas a la creación de una asociación de beneficencia destinada a prestar apoyo a los canarios residentes en la isla (Soto, 1996). 


Algo parecido ocurrió en Puerto Rico, aunque allí resulta especialmente interesante la forma en la que se conservó parte de la propia historia tinerfeña de la Virgen. Hernández Armas y Pou Hernández han estudiado la circulación de imágenes y relatos de la Candelaria entre Canarias y Puerto Rico, y señalan cómo algunas representaciones mantuvieron referencias al episodio de su aparición entre los guanches, narrando así su origen en Tenerife.


Estos casos muestran que la expansión de la Candelaria no siguió exactamente el mismo camino en todos los territorios. Allí donde existían comunidades canarias numerosas, la evocación podía mantener durante bastante tiempo una relación reconocible con las islas. Sin embargo, a medida que pasaban las generaciones y las celebraciones se integraban en las sociedades americanas, también empezaban a adquirir características propias.


Ese proceso se aprecia todavía mejor al salir del ámbito caribeño. En Puno, Perú, la Candelaria acabó formando parte de una tradición religiosa muy distinta de la desarrollada por los emigrantes canarios. La festividad fue incorporando danzas, música y expresiones culturales quechuas y aimaras hasta convertirse en una de las celebraciones más importantes de la región. En 2014, la UNESCO la reconoció como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.


Por eso, hablar de la Candelaria en América implica hablar de recorridos diferentes. En Venezuela, Cuba o Puerto Rico puede seguirse con bastante claridad la huella de la emigración isleña; en otros lugares, como Puno, la adoración terminó desarrollándose dentro de tradiciones locales que le dieron características propias.


La talla original, mientras tanto, nunca salió de la isla. Permaneció en Tenerife hasta que desapareció durante un temporal en 1826, sin que llegara a recuperarse. Para entonces, sin embargo, la desaparición de aquella primera imagen ya no podía interrumpir una devoción que llevaba más de dos siglos circulando fuera del archipiélago.

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