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El Terror Rojo en Rusia: el Decreto de 1918 y la institucionalización de la represión bolchevique

hace 1 día
5 min de lectura

Menos de un año después de que los bolcheviques tomaran el poder en Rusia, el Consejo de Comisarios del Pueblo decidió aprobar el Decreto sobre el Terror Rojo, un documento breve, pero de contenido bastante controvertido que pretendía proteger a la república soviética de sus enemigos mediante el internamiento,  el fusilamiento y, en definitiva, el terror sistemático de todo aquel que estuviera vinculado con fuerzas contrarrevolucionarias, conspiraciones y rebeliones (Palmero, 2017).


No obstante, el 5 de septiembre de 1918 no supuso el inicio per se de la violencia política bolchevique, pues las  detenciones, ejecuciones sumarias y las operaciones contra disidentes eran ya algo común en el funcionamiento interno de la Rusia bolchevique. Lo que cambió aquel día fue la manera de formalizar la violencia por parte del Gobierno, que asumía de forma explícita el terror como una herramienta de defensa de la revolución, dando cobertura oficial a una práctica ya existente desde los primeros meses (Cobo, 2023).


Antes del Terror Rojo: Revolución, Cheka y Guerra Civil

Para entender cómo se llegó a este decreto, es necesario retroceder a los primeros meses del gobierno bolchevique. Apenas unas semanas antes de la creación de la Cheka, en noviembre de 1917 (o, según el juliano vigente en la época zarista, el 25 de octubre) comenzó la segunda fase de la Revolución rusa, tras la sucedida en febrero de ese mismo año. 


La insistencia del Gobierno provisional en continuar la guerra impedía que se aplicasen las reformas que exigía la población -como la jornada de 8 horas diarias o la abolición de todas las instituciones de la antigua etapa- lo que hizo que los bolcheviques ganaran bastantes partidarios en otoño. Lenin y sus seguidores , en este contexto, buscaron hacer coincidir la toma de poder con la celebración del II Congreso de los Sóviet para presentar el derribo del Gobierno Provisional como una transferencia de poderes, no como un golpe partidista que generase rechazo social. Así, durante la noche del 7 de noviembre de 1917, los bolcheviques fueron ocupando distintos puntos estratégicos hasta aislar al Gobierno Provisional y hacerse finalmente con el poder, formando otro gobierno exclusivamente de bolcheviques, ante la retirada de los socialistas moderados. Los intentos posteriores de realizar un contragolpe como el Levantamiento Kérenski-Krasnov o el amotinamiento Júnker en Petrogrado fracasaron igualmente. Estos enfrentamientos formaron parte de los primeros compases de una Guerra Civil cuya cronología varía según el criterio historiográfico empleado (Rabinowitch, 1978).


Por otro lado, y para controlar esta situación, se creó el 7 de diciembre de 1917 la Comisión Extraordinaria Panrusa para la Lucha contra la Contrarrevolución y el Sabotaje, conocida como Cheka. Bajo la dirección de Félix Dzerzhinsky, este organismo nació para perseguir a todos los considerados una amenaza para el régimen, aunque muy pronto comenzó a actuar con una enorme autonomía y con escasas limitaciones judiciales (Palmero, 2017).


Durante los primeros meses de 1918, la actuación de la Cheka se fue endureciendo, al mismo tiempo que también lo hacía la situación política y social del país. Funcionarios en huelga, anarquistas, socialistas revolucionarios y otros opositores fueron objeto de detenciones y ejecuciones sumarias, mientras la Guerra Civil comenzaba a extenderse por distintos puntos del antiguo Imperio ruso. A ello se sumaron las revueltas campesinas contra las requisas, el crecimiento de los Ejércitos Blancos y la intervención de distintas potencias extranjeras. Esto conduce a la afirmación de que el nuevo gobierno trataba de consolidar su poder en un contexto cada vez más marcado por la violencia y un pensamiento incluso propio de una manía persecutoria contra la revolución (Cobo, 2023).


A pesar de que continuaron sucediendo acontecimientos relevantes (entre los que destaca la ejecución de toda la familia Románov en julio de ese mismo año) la situación se agravó exponencialmente el 30 de agosto de 1918. Moiséi Uritski, responsable de la Cheka en Petrogrado, fue asesinado, mientras que Lenin resultó gravemente herido en Moscú tras un atentado. Este último fue atribuido a Fanny Kaplan, una socialista revolucionaria casi ciega que le disparó  al considerar a Lenin como un traidor de los principios de la revolución. Tanto sus problemas de visión como el grito que dio antes de disparar salvaron la vida al dirigente bolchevique. Fanny murió ejecutada pocos días después (Amato, 2022). Ambos hechos sirvieron para acelerar la represión que llevaba meses gestándose, ayudando a entender por qué, apenas unos días después, el gobierno bolchevique decidió aprobar el decreto del Terror Rojo del 5 de septiembre.


Qué decía el decreto y cómo se aplicó el Terror Rojo

El decreto aprobado el 5 de septiembre de 1918 era breve para la enorme trascendencia que acabaría teniendo. En apenas unas líneas, el Consejo de Comisarios del Pueblo defendía la necesidad de reforzar la Cheka y admitía el terror como una herramienta para asegurar la defensa de la República. Entre las medidas contempladas estaba el internamiento de los llamados “enemigos de clase” en campos de concentración, así como el fusilamiento de todo aquel que estuviera relacionado con el Ejército Blanco, conspiraciones o insurrecciones. Además, los nombres de los ejecutados y el motivo de su condena debían hacerse públicos (Palmero, 2017).


De lo más destacado era la amplitud con la que se definía al enemigo. Precisamente, el decreto introducía una categoría más extensa que la de la propia persecución de quienes habían participado en acciones armadas contra los bolcheviques, y era la de los “enemigos de la clase”. Este concepto indicaba que la represión no dependía de un delito concreto, sino de la posición política, social y económica que las autoridades atribuyeran a una determinada persona, siendo el terror desde aquel entonces una herramienta más de protección de la revolución.


Su aplicación fue inmediata. La Cheka intensificó las detenciones, ejecuciones sumarias y confiscaciones de bienes, así como las personas recluidas. Sus actuaciones, además, iban al margen de los procedimientos judiciales ordinarios e incluían registros de viviendas, expulsiones, privación de alimentos y la elaboración de listas de “enemigos del pueblo”, estableciendo una constante reflexión sobre el problema de las otras mentes, pero llevado al extremo. Con la represión fue aumentando de la mano la propia organización, que pasó a extenderse en buena parte del territorio controlado por los revolucionarios, siendo uno de los principales instrumentos de seguridad del nuevo régimen (Palmero, 2017).


Determinar cuántas víctimas salieron a raíz de ese decreto debido al Terror Rojo resulta muy complejo. Autores como Cobo Romero sitúan entre 10.000 y 15.000 las ejecuciones sumarias producidas solamente durante los dos primeros meses posteriores. Las estimaciones aumentan considerablemente cuando se amplía la cronología del Terror Rojo o se incluyen otras formas de violencia ejercidas durante la Guerra Civil, oscilando desde decenas de miles hasta cantidades muy superiores (BBC News Mundo, 2022; Cobo, 2023).


Más que buscar una cifra definitiva, la cuestión resulta importante para observar el cambio que se encontraba en ciernes. La violencia política ya existía, pero el decreto permitió normalizarla e integrarla dentro del funcionamiento del Estado. A partir de ahí, la cuestión dejó de ser únicamente cómo podía sobrevivir el bolchevismo a la Guerra Civil, para pasar también por qué tipo de poder estaba construyendo.


La amplitud de categorías como la de “enemigo de clase”, junto al creciente peso adquirido por la Cheka, muestra que la excepcionalidad de 1918 terminó dejando una huella mucho más duradera en la estructura política soviética (Cobo, 2023; Palmero, 2017). El decreto no explica por sí solo la violencia posterior, pero sí permite identificar uno de los momentos en los que la represión comenzó a formar parte de la propia lógica de gobierno.

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