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Tonga y el colonialismo en el Pacífico: cómo el reino polinesio conservó su soberanía frente a las potencias europeas

19 sept
5 min de lectura

Tonga, pequeño reino insular situado en la Polinesia y formado por más de un centenar de islas, constituye una excepción dentro de la historia colonial del Pacífico. Mientras durante el siglo XIX buena parte de Oceanía quedaba progresivamente sometida al dominio de potencias como Reino Unido, Francia o Alemania, el archipiélago tongano consiguió conservar su monarquía y evitar su anexión formal a un imperio europeo. Una singular trayectoria política para un territorio de reducidas dimensiones que, rodeado por la expansión colonial, logró mantener la continuidad de su propio Estado.


Según la mitología, el origen del archipiélago nace de Māui, uno de los grandes héroes de las tradiciones polinesias. Varias versiones de la leyenda explican cómo lanzó su anzuelo hacia las profundidades del océano y consiguió extraer de sus aguas algunas de las islas que hoy forman Tonga. No obstante, más allá del mito, la historia del archipiélago siempre ha estado condicionada por su posición en el Pacífico Sur, una región que durante el siglo XIX se convirtió en escenario de una intensa expansión colonial europea.


Francia amplió su presencia en la Polinesia anexionando Nueva Caledonia en 1853, Reino Unido convirtió Fiji en colonia en 1874 y Alemania extendió su influencia por distintas islas del Pacífico. Tonga, sin embargo, siguió un camino diferente. A pesar de las presiones externas, el reino consiguió mantener una monarquía indígena, desarrollar instituciones propias y obtener reconocimiento diplomático internacional (Bade, 2021). Incluso cuando pasó a estar bajo protección británica en 1900, nunca fue anexionado formalmente como colonia (Naciones Unidas, 2008).



De la fragmentación a la unificación

 La capacidad de resistencia política de Tonga no surgió de la nada. Mucho antes de la llegada de los europeos, el conjunto de las islas habían desarrollado estructuras políticas complejas en torno a distintas dinastías que mantenían redes de poder, comercio y parentesco con otros territorios de la Polinesia occidental, especialmente Samoa y Fiji. Sin embargo, este equilibrio fue debilitándose con el tiempo y, a finales del siglo XVIII, las rivalidades entre distintas familias aristocráticas desembocaron en un prolongado periodo de conflictos internos.


El asesinato del Tu’i Kanokupolu Tuku’aho, gobernante supremo de una de las principales líneas de poder tonganas, en 1799, abrió una etapa de guerras civiles que fragmentó el archipiélago durante buena parte de la primera mitad del siglo XIX (Claessen, 1968). Fue precisamente en ese escenario de inestabilidad cuando comenzó a destacar Tāufaʻāhau, jefe de Haʻapai, uno de los principales grupos de islas que conforman Tonga, y futuro George Tupou I. Su ascenso coincidió, además, con el aumento de la presencia misionera europea, especialmente de los wesleyanos británicos, misioneros cristianos metodistas que llegaron al archipiélago con el objetivo de extender su fe y que acabarían ejerciendo una notable influencia sobre la élite política tongana.


Tras su conversión al cristianismo, Tāufaʻāhau adoptó el nombre de Geofra y fue ampliando progresivamente su autoridad sobre las diferentes islas. En 1845 asumió el título de Tu’i Kanokupolu y se proclamó George Tupou I, fundador de la actual dinastía tongana. Durante los años siguientes consolidó la unificación política del archipiélago, pero su importancia histórica no residió únicamente en haber vencido a los rivales internos (Naciones Unidas, 2008; Porras, 1994), sino también en comprender que la supervivencia de Tonga exigía también adaptar el reino a las reglas del orden internacional.


Reformarse para sobrevivir

A medida que las potencias europeas ampliaban su presencia en Oceanía, Tupou I impulsó un proceso de reformas jurídicas y administrativas destinado a reforzar el poder central y dotar al reino de instituciones reconocibles. Ese proceso culminó en 1875 con la promulgación de la Constitución de Tonga, elaborada con una importante participación del misionero británico Shirley Waldemar Baker. (Naciones Unidas, 2008)


La nueva Constitución estableció una monarquía constitucional, organizó una Asamblea Legislativa, reguló el sistema judicial y reconoció determinados derechos individuales. Al mismo tiempo, limitó parte del poder tradicional de los jefes y reforzó la autoridad del gobierno central. De este modo, la reforma institucional no fue simplemente una imitación de modelos occidentales, sino también una herramienta de supervivencia política (Constitución de Tonga, 1875).


En el contexto internacional del siglo XIX, disponer de una Constitución, un gobierno centralizado y unas instituciones permanentes permitía a Tonga presentarse ante las potencias europeas como un Estado organizado. Esa transformación interna resultaba especialmente importante porque la soberanía no dependía únicamente de controlar el territorio, sino también de conseguir que otros Estados reconocieran esa autoridad (Bade, 2021).


La diplomacia tongana

 La consolidación interna de la nación fue acompañada de una estrategia diplomática cada vez más activa. En 1855 Tonga firmó una Convención de Paz y Amistad con Francia; en 1876 alcanzó un Tratado de Amistad con el Imperio alemán; en 1879 hizo lo propio con Gran Bretaña y, en 1886, firmó con Estados Unidos un Tratado de Amistad, Comercio y Navegación (Kingdom of Tonga, Attorney General’s Office, 2023). Estos acuerdos tenían una relevancia que iba más allá de sus disposiciones comerciales. Al negociar directamente con el gobierno tongano, las grandes potencias estaban reconociendo su capacidad para celebrar tratados y actuar como una entidad política dentro del sistema internacional. 


La experiencia tongana resulta especialmente significativa si se compara con otros procesos ocurridos simultáneamente en Oceanía. Apenas unas décadas antes, el Tratado de Waitangi en 1840 había abierto en Nueva Zelanda un proceso muy distinto de expansión de la soberanía británica sobre las comunidades maoríes. En Tonga, por el contrario, los tratados celebrados durante el reinado de Tupou I sirvieron para consolidar el reconocimiento exterior del reino.



¿Un país nunca colonizado?

La situación comenzó a cambiar tras la muerte de George Tupou  I en 1983. Su sucesor, George Tupou II, heredó un reino sometido a mayores presiones internas y externas, en un momento en el que la rivalidad entre las potencias europeas hacía cada vez más difícil mantener una independencia completa. Ante la posibilidad de que Tonga terminase anexionada por alguna de las potencias rivales, en 1900 el reino pasó a convertirse en un protectorado británico (Naciones Unidas, 2008).


Este episodio obliga a matizar la frecuente afirmación de que Tonga “nunca fue colonizada”. El protectorado supuso una limitación real de su autonomía, especialmente en materia de política exterior, pero no implicó la anexión formal del archipiélago al Imperio británico. La monarquía y las instituciones tonganas continuaron funcionando durante las décadas siguientes, lo que diferencia su trayectoria de la seguida por numerosos territorios vecinos (Bade, 2021).


El protectorado terminó en 1970, cuando Tonga recuperó plenamente el control de sus relaciones exteriores y se incorporó a la Commonwealth como Estado independiente (Naciones Unidas, 2008). Su trayectoria no demuestra, por tanto, que el archipiélago permaneciera ajeno al imperialismo europeo, sino que consiguió evitar su incorporación formal a un imperio. La construcción de un Estado centralizado bajo George Tupou I, la Constitución de 1875 y el reconocimiento obtenido mediante sus tratados internacionales permitieron que este pequeño reino polinesio atravesara el reparto colonial del Pacífico sin perder formalmente su soberanía.


El caso tongano muestra, en definitiva, que la expansión colonial del siglo XIX no convirtió necesariamente a los pueblos del Pacífico en actores pasivos frente a las potencias europeas. Tonga tuvo que adaptarse, negociar y aceptar importantes límites a su autonomía, pero consiguió hacerlo sin desaparecer como entidad política propia. Esa capacidad para desenvolverse dentro de un orden internacional diseñado por potencias mucho más fuertes explica que su historia ocupe un lugar excepcional dentro de la experiencia colonial de Oceanía.

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