Macron: caos a la francesa
- José Manuel Jiménez Vidal

- 14 oct 2025
- 9 Min. de lectura
Desde su llegada al Elíseo en 2017, Emmanuel Macron ha intentado encarnar una nueva Francia, moderna, reformista y centrista. Pero ocho años después, su proyecto parece atrapado en un laberinto institucional que ni sus estratégicas ni poder han logrado resolver. La presidencia de Macron está batiendo récords de rotación gubernamental, tensiones parlamentarias y desgaste político, reflejando una Vª República cada vez más inestable y fragmentada.
Del “ni derecha ni izquierda” al gobierno en crisis
El ascenso de Macron en 2017 marcó un punto de inflexión en la política francesa. Exministro de Economía de François Hollande y figura sin partido tradicional detrás, Macron fundó su movimiento “La République En Marche!” –rebautizado luego como Renaissance–, prometiendo superar las divisiones ideológicas que habían paralizado al país. Durante su primer mandato, gobernó con una sólida mayoría parlamentaria y un discurso europeísta, reformista y tecnocrático.
Sin embargo, tras su reelección en 2022, el panorama cambió radicalmente. Su coalición “Ensemble” perdió la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional, abriendo un periodo de inestabilidad sin precedentes. Desde entonces, Macron ha enfrentado la imposibilidad de mantener un gobierno estable, una oposición fragmentada pero hostil, y una ciudadanía cansada de las reformas impuestas desde arriba.
La consecuencia más visible de este desequilibrio: siete primeros ministros en ocho años, lo nunca antes sucedido en un gobierno francés de la Vª República.
Siete gobiernos en ocho años
Édouard Philippe: el primer jefe de gobierno de Macron fue Édourd Philippe, un alcalde conservador moderado que simbolizaba la apertura del nuevo presidente hacia el centro-derecha. Su gestión coincidió con los primeros intentos de modernización económica y con la tormenta social de los “chalecos amarillos”, que puso a prueba la popularidad del presidente. Philippe se mantuvo como una figura respetada, pero su creciente protagonismo y las tensiones internas lo llevaron a dejar el cargo en 2020.
Jean Castex: tras Philippe, llegó Castex, quien asumió en plena crisis sanitaria y económica. Su perfil técnico y su tono sobrio ayudaron a manejar la pandemia, pero su mandato fue absorbido por la gestión del COVID-19. Al término del primer quinquenio, Cantex dejó el puesto tras las elecciones de 2022, cumpliendo la función de cierre de un ciclo.
Élisabeth Borne: nombrada tras la reelección de Macron en 2022, Élisabeth Borne se convirtió en la segunda mujer en ocupar Matignon. Sin mayoría parlamentaria, su gobierno sobrevivió gracias al uso reiterado del artículo 49.3 de la Constitución, que permite aprobar leyes sin voto directo del Parlamento. La reforma de las pensiones y la impopularidad de dicha táctica precipitaron su desgaste. Su salida en enero de 2024 marcó el verdadero inició de una espiral de inestabilidad.
Gabriel Attal: a sus 34 años, Attal fue presentado como el rostro de la renovación. Sin embargo, su breve paso por el cargo evidenció las mismas limitaciones que afectaron a Borne: la falta de mayoría, divisiones internas y una oposición beligerante. Las elecciones legislativas de mediados de 2024 confirmaron la pérdida de control de Macron sobre el Parlamento.
Michel Barnier: veterano político y exnegociador del Brexit, Barniz representó el intento de Macron de ampliar su base hacia la derecha tradicional –Les Républicains–. Pero su nombramiento no logró convencer ni a los macronistas ni a los conservadores. El experimento duró apenas cuatro meses.
François Bayrou: aliado histórico y líder del MoDem, Bayrou aceptó el reto de formar un gobierno de “socle commun” –base común–, con el objetivo de reunir a centristas, socialdemócratas y conservadores moderados. Sin embargo, su gabinete se vio rápidamente acorralado por la falta de apoyo de la Asamblea y una serie de crisis internas. Bayrou dimitió en septiembre de 2025, incapaz de aprobar su programa.
Sébastien Lecornu: el nombramiento de Sébastien Lecornu, joven ministro de Defensa, fue recibido como un intento desesperado de estabilizar el ejecutivo. Sin embargo, el nuevo gobierno duró apenas 14 horas: rechazado por una mayoría de diputados, Lecornu se vio obligado a renunciar inmediatamente. Francia comienza una una situación de bloqueo institucional sin precedentes, la cual, probablemente desembocará en el medio plazo en elecciones generales. A pesar de la renuncia de Lecornu, el 10 de octubre, Macron lo volvió a nombrar primer ministro, aceptando que intente formar un nuevo gobierno en intención de acabar con el colapso institucional.
Un parlamento ingobernable
Más allá del tradicional revolucionismo francés, el principal obstáculo de Macron desde 2022 ha sido la fragmentación parlamentaria. Su coalición “Renaissance–MoDem–Horizons–”, rebautizada como “Socle commun”, depende de alianzas variables con sectores del centro y la derecha. Al otro lado, la oposición se divide entre la izquierda del “Nouveau Front Populaire” y la derecha de Marine Le Pen, que lidera la principal fuerza de oposición.
El resultado es un Parlamento ingobernable, donde ninguna mayoría estable puede sostener un gobierno más de unos meses. Macron ha intentado repetidamente formar coaliciones de “responsabilidad republicana”, ninguno con éxito. La fractura ideológica y la desconfianza mutua han paralizado el proceso legislativo y abocado a Francia hacia su peor crisis política desde hace décadas.
En parte, el nuevo gobierno de Lecornu –48º de la V República– fue conformado inmediatamente tras su renombramiento, con un gabinete de centroderecha, centristas y otros perfiles menos políticos o de corte más progresista. Consecuencia: una dependencia extrema a las coaliciones de gobierno, fácilmente rompibles ante el ajuste presupuestario que el país está experimentando y la urgencia de presentar los presupuestos para 2026 para reducir el déficit fiscal al 4,7%.
Entre los puntos necesarios para lograr el apoyo parlamentario, Lecornu tendrá que mantener la suspensión de la reforma de las pensiones hasta 2027, la cual, elevaba la edad de jubilación de 62 a 64 años, dejando la cuestión cara a las presidenciales dentro de dos años. No obstante, las amenazas de mociones de censura, tanto de izquierda como derecha, podrían derribar su gobierno ante cualquier pérdida repentina de apoyos, lo que hace peligrar severamente la viabilidad del Ejecutivo francés.
El uso (y abuso) del artículo 49.3
Ante la parálisis parlamentaria, el Ejecutivo ha recurrido de manera reiterada al artículo 49.3, que permite aprobar leyes sin votación directa, salvo que la Asamblea apruebe una moción de censura. Este mecanismo, diseñado para evitar bloqueos puntuales, se ha convertido en el símbolo de las crisis democrática francesa.
Durante el mandato de Macron, ha sido invocado más de una treintena de veces, especialmente bajo los gobiernos de Borne y Attal. Cada uso ha reforzado la imagen cada vez más autoritaria y tecnocrática de Macron, ajeno al diálogo parlamentario.
La consecuencia ha sido un creciente divorcio entre las instituciones y la ciudadanía. Las protestas contra la reforma de las pensiones, las huelgas por el poder adquisitivo y la frustración con la clase política han minado la legitimidad del sistema.
Desgaste y desconfianza
Según algunas estadísticas recientes, la confianza en el Ejecutivo francés se encuentra en mínimos históricos. Más del 70% de los franceses considera que el país “ya no es gobernable en su forma actual”. La rotación ministerial es también récord: desde 2017, 158 ministros diferentes han pasado por los gabinetes de Macron, ocupando más de 250 carteras. El presidente, que se presentaba como símbolo de renovación, aparece ahora como un líder aislado y fatigado, sin futuro.
La percepción internacional del país también ha comenzado a verse afectada. Francia, tradicional motor político y económico de la Unión Europea, ha visto disminuir su influencia en el eje franco-alemán y en las grandes negociaciones comunitarias. En Bruselas, se multiplican las dudas sobre la estabilidad de París y su capacidad para sostener una coherencia en el medio y largo plazo.
¿Sistema en colapso?
Las turbulencias del macronismo no solo reflejan un desgaste personal, sino también las limitaciones estructurales del sistema francés actual. Diseñada en 1958 para garantizar la autoridad del presidente, la Constitución francesa no fue concebida para escenarios de fragmentación parlamentaria como el actual. Cuando el presidente no tiene mayoría, el sistema se convierte en un campo minado: o gobierna por decreto, o cede el control a un primer ministro sin poder real.
Algunos analistas sugieren que Francia vive una “semicohabitación permanente”; donde el presidente conserva la iniciativa, pero los primeros ministros se suceden sin margen de maniobra. Otros plantean una reforma constitucional que fortalezca el papel del Parlamento y limite el recurso al 49.3.
Principales problemas actuales de Francia
Una de las mayores preocupaciones de los ciudadanos franceses es la subida constante de precios, especialmente en bienes básicos como alimentos, energía y vivienda. Muchos franceses sienten que sus ingresos ya no cubren lo que antes sin dificultades.
El gobierno ha propuesto presupuestos con reducciones del gasto público que afectan servicios sociales, pensiones, días festivos, etc. Eso genera fuertes protestas, huelgas y descontento generalizado.
Aunque Francia tiene un sistema laboral robusto en ciertos sectores, las tasas de desempleo entre los jóvenes son altas. Esto limita las expectativas de futuro para quienes están ingresando al mercado laboral.
Respecto al déficit del presupuesto ha estado muy por encima del límite permitido por la Unión Europea, y la deuda del Estado se acerca al 110-115% del PIB. Las alertas de agencias de rating y los riesgos para las finanzas del Estado se multiplican.
La sucesión de primeros ministros, coaliciones frágiles, enfrentamientos en la Asamblea Nacional, uso del artículo constitucional para aprobar leyes sin voto parlamentario, etc., han generado una sensación de incertidumbre. Esto debilita la capacidad del gobierno para actuar con un respaldo claro.
Asimismo, muchos franceses sienten que “se va perdiendo lgo” del estilo de vida, de la seguridad económica, de la justicia social, de la protección pública… Hay miedo al empobrecimiento, a no poder mantener ciertas comodidades o niveles de vida.
A su vez, las manifestaciones, las huelgas generales o los movimientos ciudadanos como “Bloquons tout”, evidencian un malestar que ya no es sectorial, sino general. Hay reivindicaciones sobre salarios, pensiones, derechos laborales, subidas de precios, austeridad, etc.
En las grandes ciudades, como París, Lyon o Marsella, la vivienda se vuelve cada vez más cara, con accesos limitados, presión sobre el transporte, los servicios públicos y la seguridad. Quienes tienen ingresos medios o bajos lo sufren más.
El aumento de solicitudes de asilo y de personas migrantes ha generado retos en términos de alojamiento, integración, infraestructuras, servicios sociales, lo que añade tensión política y social.
Muchos tienen la sensación de que aunque trabajan, de que estudien, no pueden progresar socialmente. Que sus hijos no tendrán las mismas oportunidades. Esto crea un gran resentimiento social.
¿Realmente es una paradoja exclusivamente francesa?
Aunque los problemas que atraviesa Francia parecen específicos de su coyuntura política para algunos, en realidad forman parte de un malestar compartido que recorre Occidente, y que los españoles y otras nacionalidades europeas como los italianos, portugueses, húngaros o griegos entendemos mejor que nadie.
La inflación persistente, la caída del poder adquisitivo y la sensación de inseguridad económica no son fenómenos exclusivos del pueblo francés, sino consecuencias de un contexto global marcado por la guerra de Ucrania, la crisis energética y el encarecimiento de los bienes básicos. Lo que distingue a Francia es el modo en que estas tensiones impactan en una sociedad acostumbrada a un Estado fuerte y protector. Cuando esa protección se reduce, el malestar se percibe no solo como una dificultad económica, sino como una traición a un pacto social histórico.
El mismo paralelismo puede trazarse en el ámbito político. La fragmentación partidaria, la desconfianza hacia las élites políticas y el ascenso de discursos populistas son rasgos compartidos en gran parte de Europa –principalmente occidental– y de las democracias liberales. Sin embargo, la arquitectura institucional francesa amplifica sus efectos. El sistema de la Vª República, concebido para garantizar la autoridad presidencial, depende de la existencia de una mayoría parlamentaria sólida. Cuando esa mayoría se rompe –como ha ocurrido con Macron–, el país se paraliza. En otras democracias parlamentarias, las coaliciones y los compromisos son parte del jugo político; en Francia, en cambio, el acuerdo entre bloques opuestos se percibe como una rendición. La rigidez de las estructuras acentúa el bloqueo.
El descontento ciudadano también tiene raíces culturales. Francia mantiene una relación particular con el poder y la protesta. A diferencia de otros países europeos, donde las reformas se negocian y se asimilan de manera gradual, en Francia cada cambio estructural provoca un enfrentamiento directo entre gobierno y sociedad. Las huelgas generales, las movilizaciones masivas y las manifestaciones no son simples expresiones de descontento, son actos identitarios. Protestar es, en cierto modo, una forma de reafirmar la idea de ciudadanía republicana frente al Estado. Por eso, la pérdida de confianza en las instituciones adquiere en Francia un tono casi existencial.
La desigualdad y el temor al desclasamiento –idea de que las generaciones futuras vivirán peor que las anteriores– también forman parte de una ansiedad común a muchas sociedades. Sin embargo, en Francia se siente con fuerza porque el país siempre se pensó a sí mismo como garante de la igualdad de oportunidades. Cuando esa promesa se debilita, lo hace también el mito republican que sostiene su identidad nacional. La brecha entre las grandes ciudades globalizadas y las regiones periféricas –por no hablar de las de ultramar–, entre quienes se benefician de la economía digital y quienes viven en territorios olvidados, agrava la sensación de fractura y abandono social.
Incluso, en el tema migratorio, Francia refleja extensísimas tensiones compartidas pero con un trasfondo particular. La cuestión de la integración, el laicismo y la identidad nacional está marcada por la herencia colonial y por décadas de debate sobre lo que significa “ser francés”. El aumento de la inmigración y las dificultades de integración no son nuevas, pero en un contexto de crisis, adquieren un tono más polarizado. Los extremos ideológicos capitalizan este malestar con discursos que mezclan las inseguridades, el rechazo cultural, la nostalgia o el señalamiento de una Francia homogénea –en el caso de la derecha– y heterogénea –en el caso de la izquierda– que probablemente jamás haya existido como concepto inamovible.
Futuro: en la cuerda floja
De momento, Emmanuel Macron descarta convocar elecciones legislativas anticipadas, temiendo un avance de la derecha de Le Pen. Pero las presiones internas aumentan a un paso acelerado y su autoridad cae en picado. Con aún dos años de mandato por delante, el presidente enfrenta el reto de encontrar una salida que preserve la gobernabilidad sin dinamitar las bases de su proyecto político, ahora en manos de Lecornu.
El “ni derecha ni izquierda” que lo llevó al poder en 2017 parece hoy un espejismo lejano. Francia, más dividida que nunca, busca una fórmula para recomponerse políticamente. Macron, que soñaba con dejar una huella reformista, parece que pasará a la historia como el presidente que llevó al límite las costuras de la Vª República.







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