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Nepal: ¿Un nuevo renacer?

  • Foto del escritor: nacionesenruinas
    nacionesenruinas
  • 14 sept 2025
  • 10 Min. de lectura

Actualizado: 15 sept 2025

Los últimos acontecimientos ocurridos en Nepal no han dejado indiferente a nadie. Al igual que sucedió en Sri Lanka en 2022 o en Bangladesh en 2024, Katmandú se suma a una ola de estallidos sociales que sacuden el subcontinente indio. Imágenes impactantes han cruzado fronteras: jóvenes enfrentados a la policía, edificios e instituciones en llamas, calles tomadas por multitudes… El mensaje es claro: un pueblo que se siente abandonado y traicionado ha decidido levantarse.


Estudiar a Nepal siempre ha sido sinónimo de turbulencia y cambios abruptos, especialmente en el ámbito político. Esta vez no ha sido diferente. Para comprender lo sucedido en septiembre de 2025, es necesario retroceder a principios de siglo y repasar el convulso camino que ha recorrido el país del Himalaya.


Mapa político de Nepal.
Mapa político de Nepal.

Contexto histórico

Nepal, a pesar de sus tensiones internas, mantuvo durante más de dos siglos –240 años– una monarquía sólida y profundamente arraigada en la cultura local. Todo cambió en 2001, con la brutal masacre del palacio real: el rey Birendra, la reina y otros miembros de la familia real fueron asesinados por el príncipe heredero, Dipendra, bajo supuesto consumo de alcohol y drogas. Dipendra se disparó a sí mismo, quedando en coma y siendo proclamado rey mientras estaba hospitalizado, sin embargo, murió a los tres días. En consecuencia, el trono pasó a Gyanendra –su tío–, monarca muy cuestionado desde sus primeros días.


Gyanendra jamás obtuvo el total apoyo de su pueblo. Muchos nepalíes nunca creyeron la versión oficial del asesinato de los reyes, ya que Dipendra tenía fama de disciplinado y se dudó que actuar solo, llevando a acusaciones contra Gyarendra debido a la falta de transparencia durante las investigaciones. 


Durante su reinado, Gyanendra gestionó malamente la guerra civil maoísta que ya se encontraba en marcha desde 1996, intentando alternar entre los diálogos de paz y la represión militar, pero no logrando estabilizar la situación. A su vez, se encargó de destituir a varios primeros ministros, como Sher Bahadur Deuba, alegando la incapacidad de estos para frenar la insurgencia maoísta. 

Se nombraron gobiernos tecnocráticos y cercanos al monarca, debilitando el sistema multipartidista y acumulando cada vez más poder. En 2002, Gyanendra disolvió el Parlamento y asumió mayores poderes, justificándose en una medida para enfrentar la violencia de la guerra civil. De igual forma, durante los años 2003 y 2004, impuso censura en medios y limitó actividades políticas, mientras endurecía la represión militar contra los maoístas. 


El 1 de febrero de 2005, Gyarendra disolvió el Parlamento nuevamente y asumió plenos poderes estatales, declarando el estado de emergencia y desatando protestas masivas durante 2006 que forzaron la restauración democrática. Dos años más tarde, tras gobernar de forma absolutista, el 28 de mayo de 2008, la monarquía fue abolida y Nepal se declaró república democrática federal tras duras protestas. Para ello, hizo falta una reacción popular y política que encabezó la Alianza de los Siete Partidos –principales partidos democráticos–, los cuales, junto a la presión maoísta, firmaron un acuerdo en noviembre de 2005 en Nueva Delhi para lucha contra la monarquía absoluta: el “Movimiento Popular II”.


Entre abril y mayo de 2006, millones de manifestantes llevaron a cabo huelgas generales y protestas pacíficas. Estos hechos desembocaron en la restauración del Parlamento el 24 de abril, devolviendo el poder a los partidos políticos. Finalmente, en 2007, el Parlamento votó por declarar a Nepal un Estado laico y federal, aboliendo la monarquía por decisión de la Asamblea Constituyente en 2008.


Gyanendra aceptó la abolición sin resistencia armada, pasó a ser un ciudadano común y fue desalojado del palacio real de Narayanhiti –hoy Museo del Palacio Real de Nepal–. No obstante, sigue manteniendo influencia simbólica en algunos sectores nacionalistas, conservadores y monárquicos que se quejan de la falta de mejoras por parte de los partidos políticos tras la abolición de la monarquía.


Durante la década siguiente, diferentes gobiernos de corte comunista dominaron el escenario político nepalí –PCN y CPN (con sus respectivas escisiones) —. Sin embargo, las luchas internas, la corrupción y las promesas incumplidas erosionaron rápidamente la confianza ciudadana. La alianza entre el Partido Comunista de Nepal (MLU) y los maoístas, liderada por K.P. Sharma Oli y Pushpa Kamal Dahal “Prachanda”, terminó rota y sin cohesión.


Entre 2008 y 2021, Nepal tuvo más de 10 primeros ministros distintos. Los gobiernos comunistas fueron muy breves y la Asamblea Constituyente elegida en 2008 no aprobó la prometida constitución hasta 2015, cinco años más tarde de lo esperado. Este retraso mostró divisiones ideológicas y étnicas, debilitando la confianza popular. 


Asimismo, la unión entre UML (partido de Oli) y maoístas (Prachanda) prometía estabilidad, pero no se plasmó nunca. En 2021, la Corte disolvió la fusión y volvió a dividirlos, derivando en un caos político y un gran descrédito. Estos partidos, generaron casos de contratos inflados, tráfico de influencias, pésima gestión del terremoto de 2015, pérdida de ayudas internacionales en burocracia y corrupción, una mala administración de la pandemia de COVID-19, un alto desempleo juvenil y una falsa promesa de industrialización y reforma agraria que nunca llegó.


Además, la crisis siguió agravándose: Oli disolvió en dos ocasiones el Parlamento, hasta que la Corte Suprema lo reinstauró, en medio de una grave pérdida de legitimidad y visto como un golpe encubierto contra la democracia. Ese clima permitió que en 2022, un outsider, el rapero independiente Balen Shah, ganara la alcaldía de Katmandú, reflejando el hartazgo ciudadano hacia los partidos tradicionales.


En paralelo, el desempleo juvenil creció de manera alarmante, la migración hacia el extranjero se intensificó hacia países como Qatar, Malasia o Emiratos Árabes Unidos y las desigualdades económicas se hicieron más evidentes. El terreno estaba listo para estallar.


Antecedentes próximos

En marzo de 2025, se produjeron manifestaciones promonáquicas en Katmandú que fueron reprimidas con violencia: dos muertos y decenas de heridos. El episodio, sumado al contexto, encendió aún más la frustración, especialmente entre jóvenes.


En Nepal, la monarquía es entendida por muchos como la “madre de la nación”, representando estabilidad frente a las divisiones políticas. Asimismo, el monarca era considerado la encarnación de Vishnu, el protector del hinduismo. En consecuencia, muchos hinduistas más conservadores ven en la república un Estado “sin alma”, por lo que añoran un líder con legitimidad divina.


El rey Birendra –asesinado en 2001– es recordado como un monarca cercano y pacífico, por lo que la república es comparada como un período peor por la falta de liderazgo por parte de los políticos. Además, la población mantiene una percepción de que con la monarquía había menos corrupción y más orden, lo que ha llevado a un apoyo al alza entre la población hacia movimientos promonárquicos, en torno entre un 20% y un 40% apoyaría la restauración de la dinastía Shah. 


El 4 de septiembre de 2025, el gobierno tomó una decisión radical que resultó fatal: bloqueó las principales redes sociales –Facebook, LinkedIn, Reddit, Signal, Snapchat X, YouTube…— mediante decreto unilateral del gobierno, sin pasar por el parlamento ni consulta pública. El Ministerio de Comunicación y Tecnología de la Información dio a conocer la noticia mediante una orden administrativa que obligaba a las plataformas a registrarse bajo una nueva regulación para operar legalmente en Nepal, dando un escaso corto periodo de tiempo para que las redes lo cumplieran.


En total, 26 plataformas fueron bloqueadas con excusa de proteger la seguridad cibernética, regular la información en línea y prevenir la difusión de “fake news” En una sociedad hiperconectada, la medida fue vista como un ataque directo a la libertad de expresión y una herramienta para silenciar la voz crítica del público más jóven.


El resultado no tardó en llegar. Entre el 8 y el 9 de septiembre, estallaron protestas masivas en todo el país, con epicentro en Katmandú. El mundo se despertaba con portadas en los telediarios sobre Nepal, la Generación Z se colocaba en primera línea, exigiendo una democracia real, trabajo y dignidad. La represión se hizo también sentir: más de 72 muertos y miles de heridos. Entre los fallecidos, 59 eran manifestantes, 10 prisioneros y 3 agentes de policía. Además, se han contabilizado alrededor de 2,100 heridos, de los cuales más de 253 todavía quedan hospitalizados. 


La presión social fue insoportable. El 9 de septiembre, el primer ministro K.P. Sharma Oli renunció y abandonó el país hacia India, seguido por varios ministros y altos funcionarios que huyeron para evitar represalias. La ira popular derivó en escenas de linchamiento y ataques a propiedades de exdirigentes, un reflejo del profundo resentimiento popular acumulado.


Entre los linchamientos, destacan los de el ex primer ministro Sher Bahadur y su esposa, su residencia fue incendiada y la mujer falleció quemada viva en su domicilio. De igual forma, la vivienda del ex primer ministro Jagannath Khanal también fue atacada y destruida. El ministro de Finanzas Vishnu Prasad Paudel fue perseguido, ridiculizado y agredido por manifestantes por las calles de Katmandú, haciendo viral un vídeo suyo semidesnudo en un río. Tampoco quedaron exentos los ministros de Interior y Defensa, atacados por multitudes, reportando casos de cuerpos mutilados y asesinatos con cuchillo. Por último, entre los destacables, queda todavía en paradero desconocido la situación de la Presidente del Parlamento de Nepal, cuya residencia también fue incendiada.


Sushila Karki: la primera mujer en liderar Nepal

Tras la tormenta, el 12 de septiembre, el Parlamento disuelto y las fuerzas políticas acordaron nombrar a Sushila Karki, ex jueza del Tribunal Supremo, como primera ministra interina, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar el cargo en la historia de Nepal.


El nombramiento buscó calmar los ánimos tras días de violencia, linchamiento y saqueos, y garantizar una transición ordenada hacia las elecciones generales convocadas para marzo de 2026. El hecho de que una figura independiente, con credenciales judiciales y sin afiliación partidaria directa, asumiera el poder, también buscaba restablecer la confianza ciudadana en las instituciones, debilidades por décadas de corrupción y conflictos internos entre partidos.


El 13 y 14 de septiembre se levantó el toque de queda y, en un gesto simbólico, miles de manifestantes comenzaron a limpiar calles y retirar escombros, como si quisieran dejar atrás las cenizas y preparar el terreno para un nuevo Nepal. Estas imágenes han recurrido las redes sociales, plasmando un mensaje directo: la sociedad nepalí está dispuesta a dejar atrás las cenizas de la violencia y preparar el terreno para un nuevo capítulo político en Nepal, marcado por la participación ciudadana y la esperanza de cambio.


Primera líder elegida por discord

Como curiosidad, una parte de la elección de Sushila Karki como primera ministra se coordinó de manera informal a través de plataformas digitales, entre las que destaca Discord, utilizada por grupos de la Generación Z y activistas juveniles durante las protestas.


Esta plataforma sirvió como espacio de deliberación y consenso, donde representantes de distintos movimientos discutieron posibles candidatos para el gobierno interino. Karki fue seleccionada como figura de compromiso, neutral y con trayectoria reconocida, lo que la hacía aceptable tanto para los manifestantes como para ciertos sectores parlamentarios y fuerzas tradicionales.

Nepal vio por primera vez un proceso de decisión política parcialmente impulsado por votación digital comunitaria, otro hecho que se suma a la influencia de las redes y el poder de la organización juvenil dentro de la política nacional.


Reacciones internacionales

Las protestas de Nepal han generado una amplia gama de reacciones alrededor del mundo. Entre ellas, podemos destacar:


  • Reino Unido: el Ministerio de Asuntos Exteriores del Reino Unido emitió una declaración instando a los ciudadanos británicos en Nepal a seguir los consejos de viaje, evitar las protestas y mantenerse informado a través de los medios locales. Además, ofreció asistencia consular. 

  • India: tras el cierre temporal de la frontera indo-nepalesa debido a los disturbios, India permitió la reapertura parcial de algunos puntos, como Rupaidiha y Sonauli. Esto facilitó el suministro de productos esenciales, como alimentos, combustible y medicamentos.

  • China: Pekín expresó su esperanza de que Nepal pudiera restaurar el orden tras las protestas. Aunque fue una declaración breve, reflejó un cierto grado de preocupación por la estabilidad regional, especialmente al ser China una sociedad que puede verse afectada por movimientos sociales ligados a las nuevas tecnologías, las cuales se encuentran en auge en el gigante asiático.

  • EEUU: tras la designación de Karki como primera ministra interina, la embajada estadounidense en Katmandú emitió una declaración donde celebraba la restauración de la calma y la resolución pacífica de la crisis. Destacó el papel del Ejército nepalí en la estabilización del país y expresó su disposición a apoyar el proceso democrático y las elecciones programadas en 2026.

  • ONU y UE: expresaron su preocupación por la violencia y la pérdida de vidas humanas durante las manifestaciones y revueltas. Instaron a todas las partes a la calma y al diálogo para resolver la crisis de manera pacífica.


Posible impacto económico y social

Las protestas y la represión en el país han tenido un efecto inmediato y profundo sobre la vida cotidiana de sus ciudadanos. El comercio en Katmandú y otras ciudades clave se ha visto paralizado, con tiendas, mercados y oficinas cerradas durante días por miedo a la violencia. El sector turístico, vital para la economía nepalí, ha sufrido un golpe crítico: vuelos cancelados, el aeropuerto internacional de Katmandú paralizado, hoteles vacíos y quemados, rutas de trekking cerradas etc…, lo que afecta a guías locales, transportistas y comunidades rurales que dependen de ingresos turísticos.


El desempleo juvenil, ya alto antes de las protestas, ha empeorado, y la incertidumbre política ha generado un aumento de la migración. Además, la infraestructura urbana ha quedado dañada:carreteras bloqueadas, edificios gubernamentales y comerciales incendiados, lo que retrasa servicios esenciales como salud o educación. La percepción de inseguridad también ha espantado a la inversión extranjera, afectando a proyectos en desarrollo y la llegada de capital externo.


En el ámbito social, la represión deja huellas físicas y psicológicas a miles de personas. Familias han perdido miembros, y la violencia ha fracturado la confianza hacia las instituciones estatales. Los jóvenes, se sienten cada vez más marginados, pero también más movilizados políticamente, mostrando un cambio generacional en la forma de participación ciudadana. 


Dimensión regional

El estallido social en Nepal tiene implicaciones más allá de sus fronteras. Para India, la proximidad geográfica y los lazos comerciales hacen que cualquier desestabilización política pueda afectar al suministro de productos esenciales y de seguridad en los estados fronterizos de Uttar Pradesh y Bihar. Por su parte, Bangladesh observa el fenómeno con cierta inquietud, temiendo que la movilización juvenil inspire movimientos similares en su propio país, donde la generación “Z” también está descontenta con las élites políticas tradicionales.


China, que mantiene intereses en el desarrollo de infraestructura en Nepal y proyectos del corredor económico China-Nepal, ha expresado su preocupación por cómo podría afectar sus inversiones. La situación en Nepal es vista como un indicador de cómo los movimientos sociales ligados a la digitalización y las redes pueden influir en países vecinos con regímenes más autoritarios, poniendo a prueba la capacidad estatal para controlar la información y mantener contenida la estabilidad social.


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