Proliferación nuclear y teoría de juegos: explicando la disuasión estratégica y el caso Irán–Estados Unidos
- Francesca Beretta Jerez

- hace 4 días
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Se entiende, de forma general entre los Estados, que, en caso de un conflicto en el que dos o más partes recurren al uso de armas nucleares estratégicas, y no dispongan de ningún mecanismo de defensa suficiente para anular los ataques rivales, este escalaría hasta un escenario de “destrucción mutua asegurada”, con consecuencias altamente destructivas para ambas partes del conflicto (Wolfson y Dalnoki-Veress, 2022). Entonces, ¿Por qué algunos países buscan obtener armas nucleares?
El marco teórico que responde esta pregunta, desde las Relaciones Internacionales, se ha enfocado en explicar la proliferación nuclear a partir de las motivaciones que poseen los actores internacionales para iniciar dichos programas. Es decir, en estudiar la voluntad como respuesta. Esto se debe realmente a que la amenaza de utilizar arsenal nuclear en las guerras de poder nunca ha sido una técnica directa de la ofensiva, sino más bien, una táctica para generar efectos en la conducta de los Estados; la amenaza (ya sea de manera explícita o latente) de su uso, o su mera posesión, puede inducir de forma disuasoria cambios en el tablero político.
En los medios de comunicación tradicionales se presenta y se debate de forma recurrente el supuesto programa nuclear de Irán, el cual ha sido señalado por muchos otros Estados como una amenaza para la seguridad internacional, tanto así, que se ha llegado a justificar las acciones invasivas por parte de Estados Unidos, las cuales continúan hasta la fecha. Sin embargo, aquí analizaremos cómo dichas decisiones no pueden entenderse únicamente como el resultado de consideraciones técnicas o normativas, como si fueran datos científicos o principios morales, sino el producto de una lógica estratégica de teoría de juegos. En este marco, la interacción entre Irán y Estados Unidos se configura como un escenario de desconfianza mutua donde cada acción refuerza la percepción de amenaza del otro, generando dinámicas de escalada difícilmente reversibles. En consecuencia, la aparente paradoja entre la necesidad de cooperación y los incentivos a la confrontación permiten abrir el análisis hacia los dilemas de juegos que estructuran este conflicto contemporáneo.
La “locura” de la Guerra nuclear
La fiebre no empezó con la bomba, sino con una carta. En 1939, Leo Szilard y Albert Einstein alertaron a Roosevelt de que la Alemania nazi podria estar desarrollando armas basadas en la fisión nuclear. Esto dio origen al Proyecto Manhattan, hoy familiar incluso para el público general, gracias a Cillian Murphy y la película Oppenheimer. El primer destello tuvo lugar el 16 de julio de 1945, cuando la prueba Trinity, en Nuevo México, demostró que la teoría nuclear funcionaba. Semanas después, el uso de armas nucleares en Hiroshima y Nagasaki no sólo precipitó el fin de la Segunda Guerra Mundial, sino que inauguró una nueva era marcada por el miedo y la disuasión. Este escenario cambió cuando la Unión Soviética en 1949 se convirtió en la segunda potencia nuclear con la RDS-1 o First Lighting, una bomba de plutonio (NeoTeo, s.f.), que se puso a prueba por primera vez en Kazajistán. Con esto finalizó el monopolio nuclear de Estados Unidos y dio paso a una competencia global.
Desde la primera “epidemia”, la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada (MAD, por sus siglas en inglés) emergió como un concepto aterrador pero paradójicamente estabilizador, pues la lógica contraproducente de incrementar la propia seguridad resultando en la aniquilación de ambas partes, sirvió como un disuasivo contra la guerra directa entre las superpotencias (Bosoer, 2025). La cercanía al precipicio durante la Crisis de los Misiles en Cuba obligó a dichas potencias a buscar una salida diplomática, teniendo así el Tratado de No Proliferación (TNP) de 1968. A partir de este contexto, es útil distinguir los tres grandes tipos de Estado en función de su relación con las armas nucleares.
En primer lugar, los Estados no nucleares que carecen tanto de arsenales como de la capacidad efectiva para poder adquirirlos. En segundo lugar, las potencias nucleares, aquellas que poseen armas nucleares, sin importar su tamaño. Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia y China fueron los primeros en alcanzar dicho estatus y son los únicos reconocidos por dicho tratado como “legítimos poseedores” (Naciones Unidas Oficina de Asuntos de Desarme, 1968). Actualmente, podemos incluir a la lista a India, Pakistán, Corea del Norte e Israel, que se encuentran fuera del marco del tratado. Por último, los Estados no nucleares con capacidad (ENNC) que se encuentran en el medio del camino, pues, aunque no cuentan con bombas operativas, si disponen de una base tecnológica y científica que podría permitirles desarrollarlas en el corto o medio plazo.
El acuerdo TNP establece un compromiso tripartito. Los Estados no nucleares deben renunciar a poseerlas, las potencias nucleares deberán de buscar el desarme gradual y se fomentará la energía atómica únicamente para fines pacíficos bajo la supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Este régimen, posteriormente, se vió reforzado por los Acuerdos de Conversaciones sobre la Limitación de Armas Estratégicas (SALT I y SALT II) vigentes entre Estados Unidos y la URSS desde 1972, donde se impusieron límites en las cantidades y las mejoras que podrían tener sus misiles balísticos estratégicos (Gayubas, 2023). En pleno auge de la Guerra Fría, se alcanzaron las 70,000 ojivas nucleares (Serbin Pont, 2025), una cifra alarmante si se considera que, por sí sola, tendría la capacidad de desencadenar un invierno nuclear, borrar del mapa todas las ciudades de más de 100,000 habitantes del mundo, o destruir totalmente la capa de ozono (Robock et al., 2007 ). Sin embargo, SALT II nunca fue ratificado por el Senado estadounidense y ambos marcos fueron reemplazados por otra ronda de tratados, como START I, SORT o el New STAR.
No obstante, la doctrina MAD podría no ser suficiente hoy en día, mostrándose cada vez más frágil ante un desorden global, en el que se anticipa una transición hacia un nuevo sistema global, pero cuyo rumbo está por verse. Los actores nucleares se han multiplicado, junto con las posibilidades de que países ENNC, como Irán, alcancen su propio arsenal nuclear, lo que introduce una diversidad de prioridades estratégicas, políticas y percepciones de “amenaza” que dificultan la estabilidad de la disuasión, pues cada Estado calcula sus umbrales de tolerancia, sus rivales y las estrategias de represalia de forma distinta.
Asimismo, con más Estados armados nucleares involucrados en conflictos regionales, como India, China y Pakistán en torno a Cachemira, aumentan los riesgos de error de cálculo o escalada accidental. Además, tenemos que considerar los grandes avances tecnológicos en el sector bélico, como los ciberataques, la inteligencia artificial y los misiles hipersónicos, que podrían generar nuevas oportunidades para socavar las capacidades de represalia asegurada del oponente, un elemento clave para la lógica de la doctrina MAD.
Las pirámides de poder en el Orden Atómico
En este ámbito, el estatus de un Estado respecto a su relación nuclear puede variar al de otro según cuatro tipos de situaciones relativas:
Primero, la supremacía, cuando uno de los actores domina y tiene control total, mientras que la inferioridad genera una desventaja clara que invita a la sumisión o al rearme desesperado. Seguidamente, el balance nuclear, cuando ambos poseen arsenales comparables y efectivos, mientras que el equilibrio no nuclear sería la situación ideal, que es cuando ambas partes se abstienen de desarrollar armas nucleares o de depender de ellas (Snidal, 1945).
Por ejemplo, Rusia se encontraría en una situación de supremacía respecto a Belice y en una situación de balance nuclear con China, independientemente del tamaño de su arsenal, pues ambos son potencias nucleares. Mientras que Belice se encuentra en una inferioridad respecto a los Estados poseedores, y en una situación de equilibrio no nuclear junto a Omán. En tercer lugar y, en teoría, para que un Estado no nuclear pueda perseguir la proliferación nuclear, primero necesita dotarse de los medios suficientes que le permitan acceder a un arsenal nuclear en el corto o medio plazo, convirtiéndose en un Estado no nuclear, pero con capacidad (ENNC).
Por último, para convertirse en una potencia nuclear, es necesario que el Estado adquiera o desarrolle al menos un arma nuclear operativa. En contraste, una estrategia de desnuclearización sigue la lógica inversa. Es decir, primero se comienza con el desarme completo y se continúa con la eliminación de su capacidad técnica y los incentivos que permitan retomar dichos desarrollos. Aunque pueda parecer poco probable, el caso de Sudáfrica en la década de los 90´s demuestra que sí es posible. El país se convirtió en un ENNC, para posteriormente, acabar perdiendo su capacidad de producir nuevas armas y convertirse en un Estado no nuclear (Jo y Gartzke, 2007).
¿Armarse para protegerse o para amenazar?
Como respuesta a la pregunta del inicio, las escuelas realistas enfatizan las razones de seguridad nacional y suelen interpretar la proliferación como una consecuencia directa del “dilema de seguridad”. Este concepto, aunque popularizado por John Herz en 1950, hunde sus raíces en la filosofía de Kant y Hobbes. Forma parte de lo que se conoce como la Teoría de juegos, donde se observa con especial atención las circunstancias y motivaciones de cada Estado, con el fin de comprender por qué los “jugadores” adoptan una estrategia específica para cuando la cooperación se complica.
El dilema de seguridad se basa en que en un mundo sin autoridad superior o más bien en anarquía, las acciones que un Estado realiza para defenderse son interpretadas por sus vecinos como preparativos ofensivos (Jervis, 1978). Esto activa un círculo vicioso, donde la búsqueda de seguridad de uno (Irán) produce la inseguridad de los demás (EE.UU. y otros Estados), obligándolos a reaccionar y elevando la tensión. Además, Irán se encuentra en una posición asimétrica y en una situación de inferioridad como ENNC, frente a su rival poseedor de armas nucleares y aliados regionales, lo que se llama en Teoría de juegos como el peor escenario, ya que los Estados temen a estar en posiciones vulnerables a la explotación por otros.
El miedo a ser utilizado es el motivo por el que se cumple el “dilema de seguridad”, y es asimismo, porque desde Teherán, el posible desarrollo del programa nuclear es una herramienta de supervivencia y autonomía. Una estrategia se considera “la preferente” cuando es la única que permite alcanzar la situación óptima. Si esta, además de alcanzar el objetivo final, también evita el peor escenario posible, puede calificarse como racional. En este sentido, una estrategia racional es aquella que previene la mínima pérdida de bienestar, independiente de las decisiones del rival. Por ello, si se asume que el peor resultado se produce en una situación de inferioridad (D,P), la proliferación se presenta como la única estrategia capaz de evitar dicho escenario.
Por otro lado, para Estados Unidos y sus aliados, cualquier avance iraní es visto como una ruptura del equilibrio que amenaza la estabilidad de Oriente Medio. En esta situación, dicha anarquía desalienta la cooperación, pues siempre existe esa incertidumbre en la que el otro bando “engañe” los acuerdos preestablecidos. Esta dinámica se ilustra perfectamente con el modelo de la teoría de juegos de la Caza del Ciervo, planteada originalmente por Jean-Jacques Rousseau (1755).
Para Teherán, la “caza mayor” o el “ciervo” sería el levantamiento de las sanciones y la reinserción económica y política en la Comunidad Internacional, mientras que para Washington sería la contención verificable del programa nuclear iraní, eliminando por completo cualquier capacidad de enriquecimiento. A ello, se le suma el interés común por el libre tránsito a través del Estrecho de Hormuz. Sin embargo, una zona de posible acuerdo solo será obtenida si ambos creen firmemente que el otro cumplirá. En este tablero, la seguridad es un juego de suma cero, cualquier indicio de que una parte prefiere “cazar la liebre”, es decir, asegurar su ventaja militar o autonómica nuclear inmediata, destruye la coordinación recíproca. Ambos Estados convierten lo que debería de ser el mayor beneficio mutuo en un conflicto persistente, llamando a esta situación el dilema del prisionero iterado, donde la lógica racional individual impulsa a cada actor a no cooperar si sospecha que el otro puede romper dicho vínculo, provocando un bucle de repetidas rupturas y reanudaciones de la confrontación. Para ellos, el mayor beneficio se obtiene justamente traicionando, mientras el otro coopera (Flood y Drescher, 1950).
Jaque al caos: el Futuro del juego nuclear
La sostenibilidad de la disuasión nuclear para llegar al equilibrio no nuclear requiere atender a una serie de detalles que tenemos que tener en cuenta. Si se explica con una situación hipotética de la vida real, Schelling (1960) lo comparó como cuando dos individuos se apuntan mutuamente con una pistola. Es posible que ninguno de los dos tenga el interés real de disparar al otro, pero existe el riesgo de interpretar de forma errónea las intenciones del otro y acabar disparando a modo “preventivo”. La lógica es: “él piensa que yo pienso que él piensa que yo pienso que él va a atacar; entonces él piensa que él debe atacar; entonces él atacará; entonces yo debo atacar” (Schelling, 1960, p. 207).
No obstante, cuando se habla de Estados, el Derecho Internacional Público regula estas ambigüedades, porque cuando se habla de Estados, el uso de la fuerza es únicamente legítimo mediante el principio de prohibición del uso de la fuerza (Art. 2.4). Conforme a la Carta de las Naciones Unidas, el recurso a la fuerza armada sólo se considera legítimo bajo la autorización del Consejo de Seguridad, tras la previa identificación de una amenaza a la paz, el quebrantamiento de la misma o un acto de agresión (Art. 39). Aunque, en tal caso se considera como la última medida a ejercer, pues primero debe de agotarse los medios no violentos para apaciguar cualquier conflicto, hasta en el caso de violencia armada directa.
El análisis de la relación entre Irán y Estados Unidos revela que el equilibrio no nuclear deseado por la comunidad internacional es un resultado políticamente frágil. Actualmente, las conversaciones que se desarrollan en Islamabad reflejan esto, pues la naturaleza inherente de la impredecibilidad de la administración Trump colisiona con un gobierno iraní que se mantiene firme en su posición, proyectando una voluntad inquebrantable respecto a su lista de diez puntos fundamentales.
Si el orden internacional aspira a evitar que Estados con capacidades avanzadas abandonen el equilibrio no nuclear, deberían ofrecer incentivos de seguridad verificables y protección real frente a la coerción unilateral. Mediante la creación de estos espacios, será posible transformar el escenario actual, propio de un dilema del prisionero, a un juego de caza del ciervo, donde la cooperación será percibida como la única ruta racional hacia la supervivencia.




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