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Rapa Nui: historia colonial, geopolítica y reivindicaciones de autonomía en la Isla de Pascua

A unos 3.600 kilómetros de las costas chilenas, en medio del Océano Pacífico, encontramos una de las islas más conocidas y, a su vez, más misteriosas de todo el globo terráqueo. Con una superficie de escasos 163 km cuadrados y una población en torno a los 6.000 habitantes, la Isla de Pascua presenta una composición étnico-demográfica con importantes conexiones con antiguas potencias coloniales como Francia, España, Italia e, incluso, Estados Unidos. 


El origen y desarrollo de ésta es considerado un gran enigma entre los historiadores actuales, con la isla consolidada como un enclave geopolítico de importancia vital dentro de la geografía sudamericana. El estado chileno cuenta con la posesión de más del 70% del territorio de la isla en forma de tierras de dominio público (Teave & Cloud, 2014, p. 404), así como potencia un creciente sector turístico que ocupa cada vez más espacio dentro del tejido empresarial de la isla. 


El enclave insular se encuadra en un microcosmos de problemas derivados de su propia situación geográfica, resultando de relevancia crucial para su comprensión a nivel geopolítico para entender las dinámicas que le rodean en las diferentes esferas.

 

De la memoria polinésica a la mirada occidental: poblamiento y primeros contactos

La historia de la Isla de Pascua o Rapa Nui (como la dieron a conocer lo marineros tahitianos del siglo XIX) queda totalmente incardinada en el desarrollo de la trayectoria de la exploración, así como en el espíritu aventurero decimonónico que dominó no sólo en el Pacífico sino toda la geografía mundial. El primer explorador en conocer la isla fue el neerlandés Jacob Roggeveen, quien descubrió el territorio un Domingo de Pascua de 1722; no obstante, sería una expedición española enviada desde el Virreinato del Perú en 1770 la que tomaría posesión oficial de la isla, renombrada como Isla de San Carlos. Cuatro años más tarde, el famoso James Cook llegaría a la isla, en el marco de sus investigaciones por el Pacífico. 


La ausencia de parecido con los indios sudamericanos que se habían encontrado en los territorios sudamericanos de la Corona Española, así como también la similitud de los locales con los polinesios llamaría la atención del explorador. De este modo, el debate en torno a las teorías en relación a la población de la Isla de Pascua llegó a su punto álgido a finales del siglo XVIII. Por una parte, la posibilidad de un doble poblamiento cobró relativa importancia en el círculo de Cook, defendiendo la presencia de unos primeros americanos previa a la llegada de los polinesios. Este planteamiento se apoyó principalmente en el estudio sobre la presencia de los moais, estatuas monolíticas tan características de la isla. No obstante, el doble poblamiento fue prontamente desestimado, entre otras razones, por una clara unidad étnica en la población de la isla, que descartó la posibilidad de orígenes étnicos diferentes. 


Así, el origen polinésico de la isla ha sido plenamente aceptado. Los investigadores Carl Lipo y Terry Hunt situaron la primera ocupación de la isla en torno al 1200 d.C., una cronología que dialoga y se complementa con las narrativas locales de memoria oral. Destaca de este modo la leyenda de Hotu Matu’a, rey de la mítica isla de Hiva y recordado como el primer gran colonizador de Rapa Nui. Sin embargo, ese aislacionismo geográfico que permitió el desenvolvimiento de una cultura material y simbólica se vio prontamente quebrado por la irrupción de potencias navales europeas y estados americanos que pusieron en jaque la identidad de la isla.

 

La transformación decimonónica: entre presencia europea y reclamos chilenos 

Las luchas clánicas derivadas de una sociedad altamente jerarquizada y dividida en castas caracterizaron al territorio hasta el siglo XVIII, cuando la llegada de los primeros europeos neutralizó las tensiones locales para instaurar las características interdependencias colonialistas que ya se podían atisbar en otros lugares de la geografía internacional. 


La presencia europea destacó por el envío de misioneros católicos a la zona, así como por las expediciones esclavistas llevadas a cabo desde 1864 hasta mediados de los años 70 para solventar la problemática de las guaneras de la costa de Perú. Consecuencia de ello fue la crítica disminución de la población local, que, viéndose expuesta a enfermedades no conocidas como la tuberculosis, llegó a la temible cifra de 900 rapanuis en 1872, según registros oficiales de la Biblioteca Nacional de Chile. 


La isla pasó desde 1870 a ser propiedad de John Norman Brander, comerciante escocés dueño de la Maison Brander. Establecida como una isla para impulsar el comercio por la zona, la presencia de los europeos no fue bien recibida, con los instintos bélicos igualmente derivando en importantes diezmos de la población local. A la muerte de Brander, la isla pasó a ser propiedad de Alexander Salmon, perteneciente a la familia real tahitiana. 


Cabe discutir a lo largo de toda esta cronología la presencia e importancia de Chile dentro del desarrollo de la isla. El país sudamericano era el territorio más cercano a la Isla de Pascua, con las Islas Pitcairn como el otro punto próximo (a unos 2.000 km de distancia); debido a la descompensación en lo que a importancia geopolítica se refiere, Chile se consolidó pronto como el principal bastión de influencia. Así, los reclamos de esta potencia regional sobre la isla comenzaron ya durante el gobierno de Bernardo O’Higgins, en un contexto de consolidación de la Patria Nueva, aunque fue el 9 de septiembre de 1888 cuando el oficial naval Policarpo Toro tomó posesión oficial de la isla, con un plan de anexión desarrollado a partir de sus visitas entre 1875 y 1886 en el marco de gobierno de José Manuel Balmaceda. 


La consolidación chilena se contextualiza dentro del reparto colonial que aconteció con la Conferencia de Berlín y las ansias de expansión imperialista cuando nuevamente las voces chilenas recobraron esa potencia en términos de reclamación territorial. De esta forma, el traspaso de poder se realizó mediante un Acuerdo de Voluntades entre Toro y el rey local Atamu Tekena. El tratado, como ya habría pasado en otros casos como Waitangi en Nueva Zelanda tuvo una doble lectura, con la población local entendiendo el mismo como una alianza de protección, y los dirigentes chilenos como una cesión total de la soberanía. Como expone Coulter (2015, p.294), “En 1888, Chile celebró un supuesto tratado fraudulento con unos pocos líderes rapanui, y de ese modo se anexionó o pretendió anexionar la isla”.



Desde 1892, la isla sufrió tres cesiones consecutivas a la Sociedad Exploradora de la Isla de Pascua, una sociedad de capitales británica que convirtió el territorio en un enclave comercial para la extracción de recursos. De 1966 en adelante, Rapa Nui se anexó al departamento de Valparaíso en calidad de subdelegación. Actualmente, los habitantes de la isla son ciudadanos chilenos de pleno derecho, sujetos a una jurisdicción especial basada en la Ley Pascua 16441, donde todos las problemáticas se regulan con recursos internos del Estado chileno. Asimismo, existe además legislación en relación al control de ingreso y residencia dentro de la población.


Los problemas actuales de la isla de Rapa Nui

Actualmente, la Isla cuenta con una gran cantidad de problemas derivados de una parte de los diferentes flujos coloniales que definieron el enclave a lo largo de su historia, así como también de la explotación de determinados sectores empresarios que el gobierno de Chile ha venido realizando los últimos años. La cultura rapanui se ha visto amenazada constantemente por diferentes intrusiones: desde el turismo masivo que hay que va acechando la isla desde finales de la década de los 90 hasta importantes deficiencias empresariales y emplearias. Esta situación, acompañada de un marco legal internacional cada vez más concienciado con la autonomía de los territorios, ha hecho que los reclamos de independencia de la isla  hayan cobrado más fuerza en los últimos años.


El porcentaje de turistas dobla anualmente la población total de la Isla de Pascua, que tiene problemas estructurales en relación a los servicios básicos: Una única planta de basura que abastece a todo el terreno, la imposibilidad de quemar los residuos o importantísimas plagas de Dengue y otros insectos frente a infraestructuras hospitalarias mal financiadas son sólo algunas de las materializaciones de esta situación. 


La migración ha sido otro de los puntos candentes dentro de la isla, con tensiones con la población local en relación a una inmigración indiscriminada procedente de Chile y los muchos traslados derivados de la ausencia de empleo. La población ha incrementado de manera vertiginosa; el último ciclo de crecimiento comenzado en 2003 ha más que triplicado la densidad demográfica del terreno. 


Frente a toda esta problemática, la ONU ha introducido Rapa Nui entre los territorios no independientemente gobernados, al amparo del Art. 73 de su carta fundacional, así como de las Resoluciones 1514 y 1541. Esto, junto a un importantísimo sentimiento de identidad nacional ha conformado el pilar fundamental del movimiento de independencia Rapa Nui. 



Ya desde la dictadura de Pinochet se vieron importantes reclamos en términos de identidad cultural, rechazando la prohibición que el dictador realizó sobre el uso del idioma regional, o la gobernabilidad de la isla reducida a dirigentes rapanuis exclusivamente desde 1984. 


La trayectoria histórica de Rapa Nui sintetiza la compleja transición de un aislamiento cultural originario hacia una inserción forzada en las dinámicas geopolíticas y comerciales de Occidente. Se puede ver cómo la isla ha experimentado una importante influencia de diferentes potencias que se ha desarrollado de manera paralela al propio espíritu isleño. 


​Frente a estos desafíos estructurales, el pueblo rapanui continúa redefiniendo su relación con el Estado chileno a través de la reivindicación de su autonomía, la protección de sus tierras ancestrales y el fortalecimiento de su identidad cultural. El amparo en marcos jurídicos internacionales y la persistencia de sus movimientos locales demuestran que la isla no puede seguir siendo tratada como un mero destino exótico o un enclave estratégico pasivo. El futuro de Rapa Nui exige el reconocimiento pleno de sus derechos colectivos y la construcción de un modelo de gobernanza verdaderamente representativo, capaz de conciliar su patrimonio histórico con las legítimas aspiraciones de autodeterminación de su gente.

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