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Terremoto en Colombia: impacto sísmico, respuesta estatal y consecuencias geopolíticas

A las 7:34 de la mañana del lunes 10 de agosto, la tierra comenzó a moverse nuevamente en Sudamérica. En este caso, el epicentro se situó en San José del Palmar, un pequeño municipio del departamento de Chocó. El temblor se expandió rápidamente hacia Cali, Pereira, Manizales y decenas de municipios del oeste y el centro del país, los cuales comenzaron a registrar daños severos en edificios, cortes de servicios y personas atrapadas bajo los escombros (Europa Press, 2026).


Dos días después, la emergencia sigue abierta. Las autoridades locales sitúan ya el número de fallecidos por encima de los dos centenares y continúan las búsquedas en distintos lugares del país, al mismo tiempo que se intenta realizar una valoración real de los daños ocasionados. Las cifras, además, siguen cambiando conforme los departamentos actualizan sus balances, una circunstancia habitual en los días posteriores de una catástrofe de gran dimensión (El País, 2026).


Pero el terremoto deja también varias preguntas que no caben en un balance de víctimas. Su considerable profundidad ayuda a explicar por qué una sacudida tan potente no tuvo consecuencias todavía más graves, pero también por qué pudo sentirse en una superficie tan extensa. A ello se suman las réplicas, la coincidencia temporal con la actividad del volcán Puracé y, sobre todo, una sucesión reciente de grandes terremotos en el norte de Sudamérica que ha llevado a preguntarse si Colombia y Venezuela forman parte de un mismo fenómeno. Para entender qué está ocurriendo hay que empezar, precisamente, por lo que sucedió bajo tierra durante la mañana del lunes.


Volvemos al 10 de agosto, 7:34 de la mañana

Para entender qué ocurrió realmente aquella mañana, hay que empezar por lo que sucedió bajo tierra. El Servicio Geológico Colombiano (SGC) ha terminado situando su hipocentro en torno a los 103 kilómetros; mientras que el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), por su parte, calculó una profundidad de 107 kilómetros y mantuvo la misma magnitud. No es una diferencia abismal, pero sí muestra algo relevante cuando se informa sobre un desastre en evolución: las primeras cifras rara vez son las definitivas y los datos se revisan constantemente. Igualmente, la interpretación del mismo es idéntica, siendo un temblor de profundidad intermedia, intensidad alta y, consecuentemente, la sacudida más violenta registrada en Colombia en lo que va del siglo XXI (SGC, 2026; USGS, 2026).


Su profundidad fue precisamente uno de los elementos que evitaron un escenario peor. Como expuso el geólogo de emergencias del CSIC Raúl Pérez López, una ruptura de magnitud similar producida a apenas diez o veinte kilómetros de la superficie habría transmitido una cantidad mucho mayor de energía directamente sobre las localidades próximas. Al mismo tiempo, las ondas de un terremoto profundo pueden recorrer distancias considerables antes de perder intensidad, lo que ayuda a entender por qué el movimiento se sintió mucho más allá del entorno de San José del Palmar (Pérez López, citado en Infobae, 2026).


Colombia, además, no es un territorio exento de este tipo de fenómenos. El país se encuentra en una región tectónica especialmente activa, marcada por la interacción entre varias placas y, de manera destacada en su fachada pacífica, por la subducción de la placa de Nazca bajo la Sudamericana. La actividad sísmica forma parte de esa dinámica geológica y se registra de forma cotidiana, aunque la inmensa mayoría de los movimientos resultan imperceptibles para la población. Lo extraordinario del 10 de agosto fue, sobre todo, la cantidad de energía liberada. Respecto a esto, Fabio Florindo, presidente del Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología de Italia, señalaba que desde 1950 solo se habían registrado dos terremotos de magnitud igual o superior dentro de un radio de 250 kilómetros respecto al epicentro actual (Caprara, 2026).


Así, la sacudida se prolongó aproximadamente entre los 90 y 120 segundos, según los datos del Servicio Geológico Colombiano, recogidos por BBC News Mundo. No existe una duración idéntica para todos los lugares, influyendo las características del suelo, la construcción y la llegada de ondas sísmicas de diversa índole para determinar hasta qué punto fue perceptible en algunas zonas más que en otras. De todos modos, un minuto y medio ya es un periodo considerable para un terremoto de tal intensidad, y no es necesario dramatizar la escena para comprenderlo. Es el tiempo suficiente para que una estructura termine cediendo, para que se interrumpan las comunicaciones o para que miles de personas salgan de sus casas sin saber si regresarán a ellas. Esa duración, unida a la amplia propagación de las ondas, explica parte de la sensación descrita por muchos colombianos como algo interminable.  (BBC News Mundo, 2026).

 

La magnitud y la localización del epicentro despertaron también cierta preocupación de que se generara un tsunami en el pacífico, pero finalmente no se activó la alerta. La autoridad marítima colombiana descartó la existencia de amenaza para la costa. De hecho, no todos los terremotos de gran magnitud generan tsunamis: para que ocurra se necesitan, entre otros factores, un movimiento que produzca el desplazamiento significativo de grandes masas de agua, normalmente como consecuencia de una deformación vertical del fondo marítimo. En este caso, no se produjeron esas condiciones.


Una vez terminado el temblor, no finaliza la actividad. Para el 12 de agosto, los distintos balances hablaban de más de un centenar de réplicas, generalmente de magnitud considerablemente inferior a las del terremoto principal. Cabe destacar que las réplicas son una consecuencia frecuente tras una ruptura de este tamaño: las rocas próximas deben reajustarse a la nueva distribución de tensiones y ese proceso puede generar nuevos sismos en los próximos días, semanas e incluso meses. Esto no significa que vaya a haber otro terremoto de la misma magnitud, pero tampoco que éste deba descartarse. No es posible predecir precisamente cómo funcionará cada réplica o hasta qué magnitud llegará. Aun así, los expertos insisten en que lo normal es que disminuye progresivamente su frecuencia e intensidad (RTVE, 2026; Caprara, 2026).


Las primeras estimaciones apuntan además a que estas réplicas están sucediéndose a una profundidad suficiente para que se perciban con menor intensidad en superficie. Es una diferencia significativa respecto a lo sucedido semanas antes en Venezuela, donde los grandes terremotos fueron mucho más superficiales y las sacudidas terminaron castigando estructuras que ya estaban per se debilitadas. En Colombia, que se estén dando estas condiciones significa, al menos, que se tiene algo de margen para que los equipos de rescate trabajen correctamente (Pérez López, citado en Infobae, 2026).


En ese contexto apareció también el nombre del volcán Puracé. El mismo 10 de agosto se registraron nuevas emisiones de gases y ceniza, aumentando la inquietud en una región que acababa de sufrir el terremoto. La coincidencia es llamativa, pero conviene no establecer una relación que las evidencias disponibles no permiten demostrar. El  Servicio Geológico Colombiano insiste en separar ambos procesos, ya que el Puracé llevaba mostrando una actividad volcánica elevada desde antes del seísmo y se encontraba en alerta naranja desde principios de agosto, por lo que su comportamiento no tiene atribución directa a la ruptura ocurrida en San José del Palmar. De hecho, el presidente Abelardo de la Espriella ya anunció el 27 de julio que su toma de posesión del pasado 7 de agosto tendría lugar en la ciudad de Cali y no en la de Popayán por el mismo motivo (Europa Press, 2026). Sí constituye, en cambio, un problema añadido para las poblaciones de la zona y para unas autoridades que deben vigilar simultáneamente la evolución sísmica y la actividad del volcán.


Así, los días posteriores al terremoto han dejado una situación paradójica. Colombia sigue registrando réplicas, el Puracé continúa bajo vigilancia y apenas unas semanas antes Venezuela había sufrido dos grandes terremotos. Visto desde fuera, todo parece encajar en una misma sucesión de movimientos. Geológicamente, sin embargo, que varias zonas de Sudamérica tiemblen con pocas semanas de diferencia no significa necesariamente que exista una conexión entre ellas


¿Qué significa 7,4, Richter o Mw?

Hay una costumbre que sobrevive cada vez que sucede un gran terremoto, y es ponerle inmediatamente un “apellido”. Ha sido repetido en titulares, informativos y redes sociales que el terremoto ha sido de 7,4 en “escala Richter”. Aunque se entiende perfectamente qué quiere decir, no es del todo correcto. La conocida escala de Richter sigue siendo la referencia popular para hablar de terremotos, aunque hace décadas que dejó de ser la herramienta de medición principal. 


Charles F. Richter desarrolló en 1935 la llamada magnitud local (ML) para estudiar los terremotos del sur de California. Su sistema utilizaba la amplitud máxima de las ondas registradas por determinados sismógrafos y corregía el resultado en función de la distancia al epicentro. La gran aportación estaba en convertir algo enormemente variable en una cifra manejable y, además, hacerlo mediante una escala. Eso último es importante: pasar de magnitud 6 a 7 no supone que el segundo terremoto sea simplemente “un punto más fuerte”. Cada unidad adicional representa aproximadamente diez veces más amplitud registrada y alrededor de 32 veces más energía liberada (USGS, 2026). 


Richter resolvió una parte del problema, pero no todo. Su escala había sido diseñada para ciertas condiciones, instrumentos y terremotos relativamente similares correspondientes a los sucedidos al sur de California. Cuando las redes de observación comenzaron a extenderse por el planeta, surgieron otras magnitudes que se encontraban con el mismo problema: ante terremotos extremadamente grandes, podrían saturarse y perder precisión. 


La magnitud de momento fue formalizada por Thomas Hanks y Hiroo Kanamori en 1979, entre otras razones para superar la denominada “saturación” de las escalas anteriores ante terremotos extraordinariamente grandes (Hanks y Kanamori, 1979). Aquí aparece una precisión histórica importante: no nació directamente a consecuencia de un terremoto chileno de 1950. El gran referente es el terremoto de Valdivia, Chile, de 1960, estimado posteriormente en Mw 9,5 y todavía considerado el mayor registrado instrumentalmente. Eventos de semejante tamaño mostraron hasta qué punto las magnitudes tradicionales podían quedarse cortas para describir rupturas gigantescas (USGS, 2026).


Aunque parezca puramente terminológica, la distinción sirve también para poner en contexto lo ocurrido recientemente en Sudamérica. Apenas un mes antes de Colombia, Venezuela sufrió dos grandes terremotos separados por apenas 39 segundos, de magnitudes 7,2 y 7,5. A primera vista, las cifras permiten pensar en fenómenos parecidos. Geológicamente, sin embargo, fueron bastante distintos. Los terremotos venezolanos se produjeron a poca profundidad -alrededor de diez kilómetros- y se consideran un doblete sísmico -siendo el segundo el evento principal-, mientras que el colombiano se originó a más de cien. Esa diferencia contribuye a explicar por qué las sacudidas superficiales de Venezuela resultaron especialmente destructivas y por qué numerosos edificios recibieron una segunda sacudida cuando ya habían quedado dañados por la primera (La Vanguardia, 2026; Pérez López, citado en Infobae, 2026).


Tampoco existen evidencias de que los terremotos de Colombia y Venezuela pertenezcan a una misma secuencia. El terremoto colombiano se relaciona con la plaza de Nazca que se introduce bajo sudamérica, mientras que los venezolanos responden a un contexto tectónico completamente diferente, vinculado al límite entre las placas del Caribe y la Sudamericana. Florindo descartó además la existencia de pruebas que permitan una conexión directa entre ellos (Caprara, 2026).


Eso no significa que el continente se encuentre quieto entre terremoto y terremoto. Más bien ocurre exactamente lo contrario. Las placas tectónicas están moviéndose continuamente y las tensiones se acumulan durante años, décadas o siglos hasta que una parte de la corteza cede. En una región tan activa como el margen occidental y septentrional de Sudamérica, pueden producirse grandes terremotos con poca distancia temporal sin que uno haya causado necesariamente al siguiente. Además, Colombia específicamente ha sufrido sismos de forma recurrente en su historia, teniendo referencias de 1743 o de 1906, este último estimado en Mw 8,8, uno de los mayores registrados en la historia (Salcedo-Hurtado y Gómez-Capera, 2013).


Por eso, quizá la pregunta correcta no sea si “la falla se está moviendo”. Las fallas y las placas llevan moviéndose muchísimo antes de que existiera Colombia y seguirán haciéndolo mucho después. Lo verdaderamente complicado es saber cuándo esa acumulación de tensión va a liberarse, dónde lo hará y qué encontrará en la superficie cuando ocurra. Y ahí la sismología encuentra todavía uno de sus límites principales: no poder predecir qué vendrá después.


El Estado después del temblor

El terremoto encontró a Abelardo de la Espriella en su tercer día como presidente y le cambió la agenda antes de que pudiera empezar a ejecutar la que tenía prevista. Aquella mañana estaba en Barranquilla y debía continuar hacia la Guajira -uno de los lugares más golpeados por la pobreza y el abandono institucional- pero terminó cancelando el viaje, volando a Bogotá e instalándose en la sede de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD); donde se reunió con el Puesto de Mando Unificado. La emergencia convirtió la primera semana, pensada para fijar prioridades y reordenar la estrategia, en una prueba inmediata de capacidad (Osorio, 2026, Lewin, 2026).


Aun así, la respuesta no dependía solamente de lo que hiciera el presidente en la capital. La gestión se repartió entre la UNGRD, gobernaciones y alcaldías, bomberos, cuerpos de socorro, Policía, personal sanitario y equipos de búsqueda y rescate. Solo en Pereira trabajaban cerca de 300 rescatistas a primera hora del miércoles, mientras continuaban las operaciones para localizar a quienes seguían atrapados. La imagen de los equipos pidiendo silencio alrededor de los escombros para intentar escuchar una voz explica perfectamente la prioridad sobre el terreno (EFE, citado en El País, 2026; RTVE, 2026).


El despliegue tampoco llegó en un momento administrativo sencillo. Cuando ocurrió el terremoto, De la Espriella aún no había formalizado el nombramiento de su elegido para dirigir la UNGRD y la institución continuaba encabezada por Javier Pava, procedente del Gobierno anterior. Tampoco se había producido un proceso ordinario de empalme entre los equipos entrante y saliente. Más que una anécdota de transición, la situación planteaba el problema de coordinar una institución encargada de coordinar gran parte de la respuesta nacional con un equipo y una dirección que se encontraban en pleno relevo (Osorio, 2026).


Fuera de Colombia, la respuesta humanitaria comenzó a efectuarse con rapidez. El vicepresidente José Manuel Restrepo aseguró el 12 de agosto que más de doce países habían ofrecido ayuda humanitaria o equipos de rescate, así como compromisos superiores a 1.300 millones de dólares para la reconstrucción que, en todo caso, solo podía utilizarse en términos de cooperación para una fase posterior, no es dinero disponible inmediatamente para las operaciones de búsqueda (RTVE, 2026).


De este modo, Estados Unidos anunció un equipo DART y 15,5 millones de dólares para refugio, alimentos, protección y evaluación de daños; Ecuador ofreció 47 rescatistas y perros especializados; Perú, 62 efectivos y 12,5 toneladas de suministros; y El Salvador preparó dos aviones con cien toneladas de ayuda humanitaria (RTVE, 2026). La Unión Europea también se sumó, movilizando dos millones de euros para las comunidades más afectadas, además de los 100.000 euros de asistencia inmediata anunciados inicialmente y del apoyo cartográfico de Copernicus (Europa Press, 2026). España aportó otro millón a través de la AECID para refugio, agua y saneamiento, medicamentos y personal sanitario. Al mismo tiempo, la Embajada y el Consulado permanecían movilizados mientras Exteriores trataba todavía de localizar a decenas de ciudadanos españoles (Europa Press, 2026).


No obstante, la coordinación de toda esa solidaridad fue, precisamente, una de las cuestiones más discutidas durante las primeras horas. Bogotá comunicó a algunos gobiernos que necesitaba principalmente insumos, no más personal extranjero. Nayib Bukele explicó que esa fue la petición recibida desde Colombia y justificó así que El Salvador enviase carga humanitaria. Naciones Unidas, mientras tanto, señaló que aún no había recibido una solicitud oficial, aunque la Cancillería colombiana ya había establecido un puesto de cooperación internacional para ordenar las ofertas de gobiernos y organismos multilaterales.


El problema es que esa decisión convivía con la cruda realidad de rescatistas que pedían públicamente guantes, cascos y otros materiales para retirar escombros (RTVE, 2026). Decir que Colombia rechazó la ayuda internacional sería incorrecto: aceptó dinero, suministros y capacidades, pero limitó la llegada de determinados equipos extranjeros, al no ser considerados necesarios. La discusión estaría en si las necesidades detectadas desde la capital coincidían con las que se estaban encontrando quienes trabajaban en terreno.


En mitad de esa emergencia, el nuevo gobierno abrió además una polémica que nada tenía que ver con el seísmo. La tarde del 10 de agosto, apenas unas horas después del territorio, Colombia se convirtió en el segundo Estado -tras EE. UU.- en reconocer la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán, territorio ocupado por Israel desde 1967 y cuya anexión cuenta con el rechazo de la mayor parte de la comunidad internacional. Tanto el contenido como el momento elegido fueron ampliamente criticados. La diplomacia colombiana justificó su posición por la importancia estratégica del Golán para la seguridad israelí y su importancia para la protección de sus ciudadanos (Pita, 2026).


Esto no significa que el Ejecutivo abandonara la gestión del desastre para ocuparse de Oriente Medio, ya que esta decisión se preparó semanas antes. La cuestión es por qué una medida de semejante carga diplomática necesitaba hacerse precisamente aquella tarde. Que una Administración sea capaz de gestionar varios asuntos a la vez no convierte automáticamente cualquier momento en el adecuado para anunciarlos. Colombia estaba en los primeros instantes de una crisis humanitaria que necesitaba toda la atención, tanto interna como externa, en ella; y no en un comunicado altamente polémico.


Igualmente, el giro hacia Israel tampoco apareció de la nada. El 8 de agosto, dos días antes del terremoto, el nuevo Ejecutivo había reconocido la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental y retirado el reconocimiento de la República Árabe Saharaui Democrática. Rabat calificó la decisión de “histórica” y Bogotá la presentó como el comienzo de una relación política y económica más estrecha con Marruecos (Europa Press, 2026). Por cronología, el Sáhara no forma parte de la polémica, pero sí permite observar la rapidez de del nuevo gobierno en modificar posiciones diplomáticas, sea cual sea la circunstancia interna. 


El terremoto alteró de golpe el arranque del Gobierno de De la Espriella: obligó a coordinar una respuesta nacional e internacional mientras el Ejecutivo mantenía abierto su giro diplomático. El reconocimiento de los Altos del Golán, anunciado apenas horas después del seísmo, terminó simbolizando esa tensión entre la urgencia interna y una agenda exterior que Bogotá decidió no detener.


Las consecuencias posteriores al terremoto

En estos momentos, el terremoto deja de ser únicamente una emergencia y empieza a entrar en una fase distinta donde comienzan a aparecer problemas menos inmediatos: viviendas inhabitables, centros sanitarios dañados, cortes de electricidad, carreteras afectadas y municipios con dificultades para recibir suministros. A 12 de agosto, los balances de las autoridades locales situaban ya en al menos 250 el número de fallecidos, con cientos de heridos y todavía numerosas personas desaparecidas (El País, 2026). Son cifras provisionales y seguramente seguirán cambiando, pero sirven para dimensionar una tragedia que todavía no ha terminado de contarse.


Además, los daños materiales no se reparten de manera uniforme. Según las primeras estimaciones, en El Cairo, cerca del 80% de las viviendas habrían colapsado; mientras que en Dagua cientos de casas resultaron afectadas, sumado a la dificultad de respuesta por los cortes en las comunicaciones. Los hospitales de El Águila y Argelia sufrieron daños suficientes para obligar a habilitar centros provisionales de atención (RTVE, 2026).  No todos los municipios afrontan ritmos similares de recuperación: en algunos casos la prioridad será reparar servicios esenciales, mientras que en otros reconstruir gran parte de las viviendas.


El Chocó concentra una parte especialmente delicada de esa situación. Varias comunidades indígenas y rurales próximas al epicentro permanecieron sin electricidad y con acceso limitado a servicios básicos, en una región donde las dificultades de comunicación y transporte ya existían antes del terremoto (Reuters, citado en El País, 2026), lo que puede dificultar la llegada de equipos de emergencia, alimentos o medicamentos y prolongar las consecuencias del desastre.


Además, existe otro problema más silencioso: las viviendas que no han colapsado pero no son seguras. Tras un terremoto de esta magnitud, evaluar correctamente los edificios es fundamental para determinar quiénes pueden volver a sus hogares y qué hogares necesitan reparaciones o deben ser desalojados. Ésta es una fase lenta, a la par que relevante, ya que condicionará la vida cotidiana de buena parte de la población afectada en el medio plazo. La recuperación tampoco termina en la reconstrucción física. La interrupción de clases, el traslado de pacientes, los problemas de abastecimiento de agua y la necesidad de alojar temporalmente a quienes no puedan regresar a sus casas forman parte de una segunda fase de la emergencia. También son cuestiones menos visibles, pero exigirán una coordinación sostenida entre el Gobierno central, los departamentos y los municipios. 


También habrá consecuencias económicas graves, aunque todavía no es posible calcularlas a ciencia cierta. El cierre de comercios, la pérdida de mercancías, interrupciones laborales y costes de reconstrucción de infraestructuras se sumarán a una factura a día de hoy incalculable. En las zonas más vulnerables, además, la recuperación dependerá de que los recursos lleguen cuando el terremoto deje de ocupar las portadas internacionales. Mientras tanto, las labores de búsqueda y evaluación continúan sin cesar.


Desde Naciones en Ruinas ya seguimos la última hora del terremoto cuando acababa de producirse. Este artículo busca ir un paso más allá: ordenar la información disponible, contrastarla con fuentes oficiales y ofrecer una lectura más sosegada de una emergencia que todavía sigue evolucionando. Por eso, mientras continúen las réplicas, las búsquedas y la evaluación de daños, conviene seguir siempre los canales oficiales y evitar amplificar rumores o informaciones no verificadas. Desde Naciones en Ruinas queremos trasladar también nuestras condolencias a las familias de las víctimas y nuestro apoyo a los heridos, a quienes siguen buscando a sus seres queridos y a todos los profesionales y voluntarios que continúan trabajando sobre el terreno.


Para cualquier emergencia en Colombia, el 123 funciona como número único nacional. La Policía Nacional dispone también del 112 y la Defensa Civil del 144 (MinTIC, 2014). Los ciudadanos españoles que necesiten asistencia ante una emergencia consular grave pueden contactar las 24 horas con el Consulado General de España en Bogotá en el +57 316 473 3216 (Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, 2026).


El terremoto del 10 de agosto dejó algo más que un nuevo episodio en la larga historia sísmica de Colombia. Ha servido para recordar que una catástrofe nunca ocurre al margen de la política. La respuesta de un Gobierno recién estrenado, las dudas en la coordinación de la ayuda y el controvertido reconocimiento de los Altos del Golán demostraron que, incluso mientras se buscan supervivientes, la agenda internacional no se detiene. Ahora empieza una etapa bastante menos visible: reconstruir pueblos, recuperar servicios y acompañar a quienes tendrán que seguir viviendo con lo ocurrido cuando el terremoto ya no abra informativos. La tierra tembló durante apenas unos minutos; Colombia tardará bastante más en volver a encontrar el equilibrio.


Crédito foto: World Central Kitchen, Cali after the earthquake 2 - WCK.jpg, 2026. Wikimedia Commons. CC BY 4.0.

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