Think tanks y diplomacia de las ideas: el impacto de Chatham House en las relaciones internacionales
- Rocío Iglesias Cassinelli

- 23 jul
- 7 min de lectura
Laboratorios de ideas, diplomáticos de visiones y generadores de opinión son algunas formas de definir el concepto de think tank, instituciones que han logrado conformarse como actores fundamentales para las relaciones internacionales en estos últimos años. Sin embargo, ¿qué hacen? ¿Cuál es su verdadero impacto? ¿Qué tan confiables son? ¿Qué capacidades reales tienen para transformar el mundo en el que vivimos? Son algunas de las preguntas que aparecen al pensar en su labor.
Por ello mismo, y frente a la Conferencia de Londres llevada a cabo el 9 de julio, uno de los puntos de encuentro más importantes a nivel internacional organizados por un think tank, resulta de gran importancia resaltar la importancia de estos actores en el mundo multipolar presente.
La diplomacia de las ideas: el rol de los think tanks para las relaciones internacionales
Dicho lo anterior, un think tank es difícil de definir debido a su idiosincrasia, a su adaptabilidad y a su subjetividad. Por ello mismo, el Center for International Affairs of Barcelona ha dado una definición lo suficientemente precisa pero también lo bastante amplia para permitir las distintas formas en las que se presenta. Dicha organización propuso que debe entenderse como “un grupo de expertos investigadores, generalmente de carácter multidisciplinar, organizados de forma independiente o dependiente de una ideología política, que se profesionaliza en la reflexión intelectual y la proposición de ideas referentes a políticas públicas” (Ponsa Herrera, 2015).
Este es un concepto que sigue en forma de lo que algunos pioneros norteamericanos como James Mc Gann, Ken Weaver y Donald Abelson propusieron como características de estas instituciones: (in)dependencia, equipo de trabajo permanente, dedicación al interés general y producción de propuestas innovadoras y prospectivas de políticas públicas, entre otros (Urrutia, 2013).
De tal forma, desde sus orígenes hacia finales de la Guerra Fría, pero sobre todo en la actualidad, en un mundo enfrentando la guerra de la información, los think tanks han constituido una herramienta estratégica de primera línea en la gestión del conocimiento. No es sorpresa para nadie que las ideas, doctrinas y narrativas en materia de política exterior influyen intensamente sobre el orden internacional, ejemplo de ello es el conocido telón de acero, elemento sustancial de los discursos de la Guerra Fría que hicieron al mundo practicar equilibrio sobre la cuerda floja entre dos superpotencias con capacidades militares similares pero ideologías opuestas.
Hoy en día, en el marco de la globalización y el auge de la información y la comunicación, existe una verdadera saturación de la información, lo que perjudica la comprensión de acontecimientos reales y su posterior tratamiento por parte de los tomadores de decisiones. Allí recae la labor de los think tanks como un puente entre el mundo académico, político y civil, y como principales embajadores de la diplomacia de las ideas. De tal forma, ponen suministros de información, conocimiento e innovación a disposición de los Estados, empresas e inclusive ejércitos, ofreciendo una guía, una especie de hoja de ruta útil al momento de tomar decisiones basadas en la interpretación del “saber para prever, para poder”. De tal forma, permite ajustar el presente al futuro partiendo de la comprensión del pasado.
Sin embargo, de allí también sale una de las críticas hacia la labor de los think tanks, y es que muchos de ellos están condicionados por una determinada ideología, por lo que su visión de la realidad estará interpretada según esos valores. Un problema que, aunque su debate esté de moda en la actualidad (sobre todo por las fake news y la desinformación), ya existía tiempo atrás, por lo que el punto clave está en la labor del lector de contrastar la información y corroborar su veracidad, o en elegir think tanks independientes.
Si de think tanks se habla, Chatham House no puede faltar
Con la misión de abordar los problemas internacionales y los retos geopolíticos, y asegurar un mundo justo y próspero, la Chatham House (también conocida como el Real Instituto de Asuntos Internacionales) se constituyó en 1919 de la mano de Lionel Curtis, cuya visión de alcanzar la cooperación internacional entre naciones sentó las bases de la institución. Así, poco a poco, fue convirtiéndose en un “plano de construcción” para otras organizaciones, sirviendo de referencia para otros institutos en Canadá, África, Japón y Nigeria.
De tal forma, se constituyó como un lugar donde debatir y proyectar hacia el futuro. De hecho, uno de los momentos más interesantes dentro de la institución ocurrió en 1930, cuando el economista australiano Felix Somary advirtió a la audiencia de uno de los foros que albergaba la Chatham House que esos años de posguerra serían conocidos como el periodo entre dos guerras. Dicho y hecho, en la actualidad, el crack del ´29 y los eventos circundantes son conocidos bajo esa misma premisa.
Otro momento que marcó el camino de prestigio de la Chatham House fue la creación del Servicio de Investigación y Prensa Extranjera británico (más conocido también como FRPS por sus siglas en inglés) en la Segunda Guerra Mundial. Su trabajo era proporcionar información valiosa para dar una visión coherente y consistente sobre lo que estaba pasando en los países ocupados por las Potencias del Eje. Con ello, no solamente contraatacaron la propaganda enemiga, sino que también FRPS influyó en los servicios de inteligencia británicos durante el conflicto y en la planificación de posguerra.
Por su parte, también albergó grandes discursos en sus distintos foros. Por ejemplo, en 1969 acudió a la organización el rey Hussein de Jordania, quien expresó frente a la audiencia asistente que Israel sólo podría tener paz o territorio. También organizó diálogos durante la década de los ´70 para poder encontrar formas de cooperación Este-Oeste que atravesasen el telón de acero.
En suma, bajo las premisas de cooperación internacional y orden mundial, la Chatham House se ha erigido como uno de los principales laboratorios de ideas, con la misión de brindar opciones para el desarrollo de la política exterior (sobre todo británica, por supuesto), asistir a gobiernos en cuestiones como gestión de crisis y cambio climático, influenciar las políticas sobre Oriente Medio, y tener un rol central en los diálogos de la agenda tecnológica.
La Regla de la Chatham House
La Chatham House Rule es uno de los aportes más grandes del think tank británico, construida para fomentar un espacio seguro para los asistentes a sus conferencias, fomentando el debate honesto y la discusión franca sobre temas controvertidos. Surge en 1927, un momento en el que el mundo estaba saliendo de la Primera Guerra Mundial, por lo que se necesitaba hablar de temas delicados sin el temor de iniciar un nuevo conflicto. De tal forma, se entendió que sin esta regla los diplomáticos y gobernantes cuidaban lo que decían para evitar problemas con otros países, y que las personas solo decían lo que sus jefes o gobiernos querían escuchar.
Frente a ello, se requería encontrar una solución que hiciera que los discursos oficiales dejasen de sonar repetitivos, permitiera foros más constructivos y, sobre todo, permitiera poner ideas atrevidas sobre la mesa. Así, surge esta norma, la cual sostiene que cuando una reunión, o parte de ella, es llevada a cabo bajo la Chatham House Rule, los participantes son libres de usar la información recibida, pero no se podrá revelar ni la identidad ni la afiliación de los ponentes, ni la de ningún participante (Chatham House, s.f).
Una regla que trascendió incluso fuera de la Chatham House, siendo adoptada por centenar de otras organizaciones y debates, como en el Foro Llao Llao, un espacio de intercambio entre grandes empresarios de la región latinoamericana y líderes políticos. Durante sus sesiones, se erigió la regla de la Chatham House, como advirtieron sus directivos frente a los medios invitados como La Nación: “Como todos los años, es costumbre desde la organización convocar a las reuniones de todos los participantes bajo la regla de Chatham House, para permitir conversaciones que enaltezcan la dinámica” (La Nación, 2024).
Otros ejemplos también ocurren en aulas universitarias. Por ejemplo, la prestigiosa Universidad de Stanford, que en su Informe de la Comisión Especial del Claustro de Profesores sobre la libertad de expresión en la universidad de 2024, recomendó a todos los profesores la aplicación de esta reconocida norma. Lo mismo ocurre en la Universidad de Austin y en otras más alrededor del mundo.
Pero inclusive a nivel de medios también funciona de la misma forma. Naciones en Ruinas, por ejemplo, se somete a esta regla cada vez que asiste a una conferencia o foro de debate.
La Conferencia de Londres
Por su parte, otra de las funciones más relevantes de los think tanks es la construcción de redes de networking mediante espacios para la diplomacia de segundo track, es decir, la resolución de conflictos de forma no oficial. De tal forma, suelen ser organizadores de foros que reúnen a importantes líderes globales, diplomáticos y actores del sector privado. Ante ello, una de las instituciones que ha logrado destacar en este aspecto es la Chatham House, con su Conferencia de Londres, la cual, en 2026, celebra su 11.ª edición el 9 de julio, y cuya temática, “la ruta para un mayor orden en un mundo en transformación”, encabezó los debates de la sesión (Chatham House, 2026).
Así pues, el centro de conferencias One Great George Street recibió a más de 800 políticos y expertos de la sociedad civil, que escucharon ponencias y discursos que rondaban ideas como la construcción del derecho internacional desde la visión del Oeste, la utilidad de las organizaciones tradicionales como las Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio y el Fondo Monetario Internacional; e inclusive, trató también temas relacionados con las pandemias y el cambio climático.
En ese aspecto, destacaron las conversaciones relativas al gasto británico en defensa y la relación del país con la Organización del Tratado del Atlántico Norte, donde el ex secretario general de la OTAN, Lord George Robertson, destacó los avances del país para alcanzar los objetivos previstos en la Revisión Estratégica de Defensa, pero criticó la alta inversión en disuasión nuclear independiente, lo que, según él, reduce drásticamente la financiación para la defensa convencional.
La situación de Gaza y Cisjordania también fue uno de los principales temas de la Conferencia de Londres 2026. Entre los ponentes respecto a esto, destacaron los dichos de la Secretaria de Asuntos Exteriores del Reino Unido, Yvette Cooper, quien resaltó la expansión de los asentamientos ilegales en la zona y expresó su preocupación por el cumplimiento de los 20 puntos para Gaza que Trump había negociado (Chatham House, 2026).
La excelente labor de los think tanks
Sin cuestionar la labor pionera y más que destacable de la Chatham House, en este caso ha servido, más que nada, para demostrar la labor de los think tanks en el mundo de las relaciones internacionales. No obstante, no es el único que existió ni que existirá. Tan destacable como este laboratorio también lo es el Centro para la Innovación en Gobernanza Digital de Canadá, dedicado al análisis de asuntos exteriores y tecnología; el Center for Strategic and International Studies, el Council of Foreign Affairs, el Center for Strategic and International Studies, el Real Instituto Elcano, el Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales, entre otros.
El punto entonces es entender los think tanks no solo como centros de investigación, sino como laboratorios de interpretaciones, formuladores de políticas, condicionadores de opinión pública y diplomáticos de ideas.




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